Capítulo 28
Rowan
Vega anota las coordenadas de las naves de enfriamiento con una rapidez febril. Verla recuperar el mando, ver cómo sus ojos se encienden al vislumbrar una pista real, me produce una satisfacción amarga. Le estoy dando la victoria, pero también la estoy metiendo más hondo en la boca del lobo.
—Si esto es cierto, Hale, y encontramos a los menores en el sector sur, habremos ganado semanas de investigación —dice ella, sin dejar de escribir.
—No te adelantes. Podría ser un callejón sin salida.
—Mi instinto dice que no. —Se detiene y me mira, apoyando la barbilla en la mano—. ¿Cómo sabías lo de las naves de enfriamiento? Es un sector que ni siquiera estaba en nuestro radar.
Mierda. Si es que es demasiado lista.
—A veces, para atrapar a una rata, tienes que pensar como una —respondo, encogiéndome de hombros con fingida indiferencia—. El puerto está demasiado vig ilado ahora. El sector sur es tierra de nadie. Es lógico.
Ella asiente, aunque no parece convencida del todo. Me estudia un segundo más, como si intentara descifrar el código fuente de mi cabeza. Yo me limito a beber mi café frío, sosteniendo su mirada. Si parpadeo, estoy perdido.
—Voy a pedir una orden de registro discreta —dice al fin, levantándose—. Si movilizamos a toda la comisaría, el topo avisará antes de que crucemos la calle. Iremos nosotros dos solos.
Mi pulso se acelera. Joder, mi plan empeora por momentos.
—Vega, es peligroso. No sabemos cuántos hombres tienen allí.
—Por eso vamos nosotros. Tú eres bueno en combate, yo soy buena con la estrategia. Además... —hace una pausa y me mira con una vulnerabilidad que me desarma— después de lo de esta mañana, eres el único en quien puedo confiar.
Sus palabras son como una puñalada. "El único en quien puedo confiar". La frase retumba en mi cabeza mientras la veo coger su funda de hombro y ajustarse el arma. Ella confía en mí para cubrirle la espalda, sin saber que mi mano es la que sostiene la red que ella intenta rasgar.
Salimos del despacho. El pasillo parece haberse enfriado diez grados. Los murmullos mueren a nuestro paso, pero las miradas de desprecio hacia ella siguen ahí, pegajosas y crueles. Vega camina con la cabeza alta, ignorándolos a todos, pero noto cómo aprieta la mandíbula.
Subimos al coche. Esta vez conduzco yo.
Mientras salimos del aparcamiento, mi teléfono vibra en el bolsillo. Un patrón de vibración corto: es la Red. El mensaje será claro: "¿Por qué no ha muerto todavía?". O peor: "¿Dónde está la ubicación de la nueva entrega?".
Miro de reojo a Vega. Está revisando su cargador, con una concentración casi hipnótica. Es tan valiente que me asusta. Ella lucha por un mundo que yo sé que está podrido, y aun así, verla me hace querer creer que ella tiene razón.
Tengo que jugar mis cartas con una precisión de cirujano.
Tengo que llevarla a esas naves, dejar que "descubra" a los niños —que mi gente ya ha puesto a salvo en una zona segura de la nave— y asegurarme de que el mérito sea suyo.
Si ella rescata a esos menores, será intocable en la comisaría.
Y si es intocable, quizás pueda retrasar la orden de ejecución un poco más.
—¿En qué piensas? —pregunta ella de repente, rompiendo el silencio del coche.
—En que tienes una mancha de salsa de la hamburguesa en la mejilla —miento, señalando mi propia cara.
Ella suelta una carcajada genuina, la primera desde que despertó. Se limpia rápidamente con la mano, sonrojada.
—Dios, qué desastre de día.
—Podría ser peor —digo, girando hacia el sector sur—. Podríamos estar todavía en esa reunión.
—O podrías haberme dicho que ronco.
Me quedo helado. Su comentario me recuerda que ella aún cree que nos acostamos. La mentira sigue ahí, creciendo como un tumor entre los dos.
—No roncas, Vega —digo, y esta vez mi voz suena más profunda de lo que pretendía—. Duermes como si el mundo no fuera un lugar horrible.
Ella se queda callada, mirando por la ventanilla el paisaje industrial que empieza a rodearnos. Siento que me estoy hundiendo. Cuanto más la conozco, más difícil es recordar por qué acepté esta misión.
"Mátala", me dijeron. "Es una molestia para el negocio".
Lo que no me dijeron es que ella no es una molestia. Es la luz que me está haciendo ver lo sucias que tengo las manos.
—Estamos llegando —anuncio, divisando las naves de ladrillo visto al fondo—. Prepara el arma. A partir de aquí, somos solo tú y yo.
Tú y yo , pienso. Un asesino que quiere ser héroe y una policía que confía en el hombre equivocado. Que Dios nos ayude si esto sale mal.
El sector sur es un cementerio de hormigón y metal oxidado. El coche levanta nubes de polvo gris mientras nos acercamos a las naves de enfriamiento. El silencio aquí no es tranquilo; es el tipo de silencio que te pone los pelos de punta, el que precede a un tiroteo o a una traición.
Estaciono a una manzana de distancia, ocultando el vehículo tras un contenedor de carga descolorido. Vega sale del coche antes de que termine de apagar el motor. Su lenguaje corporal ha cambiado por completo: la resaca ha sido sepultada por la adrenalina. Ahora es un halcón.
—Escúchame —le digo, agarrándola del brazo antes de que avance—. Si entramos ahí y las cosas se ponen feas, tú te quedas detrás de mí. No es machismo, Vega, es que yo no tengo nada que perder y tú tienes una carrera que salvar.
Ella se suelta de mi agarre, pero no con rabia, sino con una determinación fría.
—En esta misión no hay rangos, Hale. Y no me vuelvas a decir que no tienes nada que perder. Me tienes a mí, que soy tu única coartada para no estar en una celda ahora mismo. Así que, hazme el favor y no se te ocurra morirte.
Sus palabras me golpean como un disparo. Me tienes a mí . Si ella supiera lo que soy, no me miraría con esa chispa de compañerismo en los ojos.
Nos movemos con sigilo hacia la Nave. Mis hombres ya deberían haber evacuado a los niños hacia el ala este, dejando solo el rastro necesario para que Vega "encuentre" el hilo que la lleve al éxito. Pero en este juego de múltiples identidades, siempre hay una variable que no puedes controlar.
Al llegar a la puerta lateral, noto algo que me hiela la sangre. La cerradura está reventada. No con delicadeza, como lo harían mis hombres de la organización de rescate, sino por la fuerza.
—Espera —susurro, pegándome a la pared de ladrillo.
—¿Qué pasa? —Ella ya tiene el arma en la mano, con el dedo fuera del gatillo, lista.
—Hay movimiento dentro.
Entramos en formación, cubriendo los ángulos muertos.
El aire dentro de la nave es gélido, un contraste brutal con el calor del mediodía.
El olor a humedad y a refrigerante es casi insoportable.
Avanzamos entre cajas de madera y palés hasta que un sonido nos detiene en seco: el llanto ahogado de un niño.
Vega se tensa. Su instinto maternal —o simplemente su humanidad desbordante— tira de ella.
—Allí —señala con la cabeza hacia una pequeña oficina elevada con cristales reforzados.
Subimos las escaleras metálicas, que chirrían bajo nuestras botas como si quisieran delatarnos. Cuando llegamos arriba y pateamos la puerta, la escena que nos encontramos no es la que yo había planeado.
Hay tres hombres armados. No son mis rescatadores. Son soldados de a pie de la Grey line . Tipos de los que se manchan las manos de verdad. Tienen a cinco niños amontonados en un rincón, temblando.
—¡Policía! ¡Soltad las armas! —grita Vega con una autoridad que haría temblar a cualquiera.
Los tipos no sueltan nada. Se giran, sorprendidos, y por un microsegundo, uno de ellos me reconoce. Abre la boca para decir mi nombre, para preguntarme qué demonios hago con una puta policía apuntándoles, pero no le doy tiempo. Si habla, Vega muere. Si habla, mi cobertura vuela por los aires.
Disparo dos veces. Rápido. Preciso. El tipo cae antes de que pueda articular la primera sílaba.
Vega se encarga del segundo, dándole en el hombro y derribándolo.
El tercero intenta usar a uno de los niños como escudo, pero soy más rápido.
Le meto una bala entre las cejas con una frialdad que me asusta incluso a mí.
El silencio vuelve a la sala, roto solo por los sollozos de los pequeños. Vega se lanza hacia los niños, bajando el arma y envolviéndolos en un abrazo colectivo, murmurando palabras de consuelo que yo nunca sabría decir.
Me quedo de pie, con el arma todavía humeante, mirando el cuerpo del hombre al que acabo de ejecutar. Era un soldado de mi organización criminal. Acabo de matar a uno de los "míos" para salvar la mentira que comparto con ella.
—¿Estás bien? —pregunta ella, levantando la vista. Tiene lágrimas en los ojos, pero son lágrimas de alivio—. Lo has hecho... los has matado antes de que pudieran parpadear, Hale. Gracias.
—Eran ellos o nosotros —digo con la voz plana, guardando la pistola—. Y esos niños no tenían la culpa.
Ella se levanta y camina hacia mí. Me pone una mano en el pecho, justo encima del corazón. Siento su calor a través de la camisa y, por un momento, el peso de ser un asesino, un infiltrado y un salvador a la vez, me sobrepasa.
—Has salvado estas vidas, Rowan —dice, usando mi nombre real por primera vez sin darse cuenta—. Eres un buen hombre.
Esas cuatro palabras son la mentira más dolorosa que he escuchado nunca. Soy el hombre que anoche jugaba con su mente y que mañana podría tener que apretar el gatillo contra ella.
—Llama a la central, Vega —le digo, apartándome de su contacto porque me quema—. Trae a las unidades médicas. Saca a estos niños de aquí.
Ella asiente y coge la radio. Mientras la escucho dar las coordenadas y reclamar la victoria que le he servido en bandeja de plata, mi teléfono vibra de nuevo. Esta vez no es la Red. Es mi equipo de rescate.
"Rowan, nos hemos cruzado con una patrulla de la Grey line de camino a la extracción. Hemos tenido que abortar. Hay más de ellos viniendo hacia tu posición. Sal de ahí."