Capítulo 27
Rowan
La sigo por el pasillo de la comisaría, ignorando las miradas furtivas de los agentes que se apartan a nuestro paso.
Puedo oír los susurros, el veneno que ya empieza a correr por los bebederos de agua.
Vega acaba de inmolarse. Ha lanzado su carrera a los leones por mí, y lo ha hecho con una dignidad que me está quemando las entrañas.
Mierda . Esto no entraba en mis planes.
Mi misión era sencilla: infiltrarme, encontrar el momento de debilidad y eliminarla.
Había usado lo de anoche como una herramienta, una pequeña tortura psicológica.
La emborraché, la llevé a casa y, cuando se empezó a quitar toda la ropa, se quedó dormida, y yo simplemente me desnudé y me metí en su cama para que, al despertar, su mente hiciera el resto del trabajo.
Quería desestabilizarla, que dudara de sí misma, que perdiera el control.
Pero no lo ha hecho, ha dado un paso al frente y ha mentido por mí.
—Vega —la llamo cuando entramos en el área de descanso, que por suerte está vacía.
Ella no se detiene. Se apoya en la encimera de la pequeña cocina, de espaldas a mí. Sus hombros están rígidos, como si esperara un impacto.
—Vete, Hale —dice con una voz que suena a cristal roto—. Ya has conseguido lo que querías. Estás libre. Ahora déjame en paz.
Me acerco, aunque cada paso me pesa como si llevara plomo en las botas. Me siento como el mayor hijo de puta del planeta, y eso que he hecho cosas peores. Pero verla así, con la nuca expuesta y la reputación destrozada por una mentira que yo mismo alimenté, me revuelve el estómago.
—¿Por qué lo has hecho? —La pregunta sale de mi boca antes de que pueda filtrarla.
Necesito saberlo. Necesito entender por qué alguien defendería a muerte a un tipo del que no sabe absolutamente nada. Ella se gira despacio. Tiene los ojos inyectados en sangre por la resaca, pero la mirada es tan pura que me obliga a apartar la mía.
—Porque no eres un topo —responde ella, tajante—. Sé leer a las personas, Hale. Eres un arrogante, un imbécil y anoche fuiste un error, pero no eres un traidor. No te iba a dejar caer por algo que no has hecho.
Si supieras lo que soy en realidad , pienso. Se me cierra la garganta. La ironía es tan amarga que me escuece. Me ha defendido de ser un topo cuando, en realidad, soy su asesino. Soy el tipo que tiene órdenes de meterle una bala entre los ojos en cuanto tenga la oportunidad.
—Vega... —Dudo. Las palabras de agradecimiento me resultan difíciles de decir, pero salen con una sinceridad que me asusta—. Gracias. No tenías por qué exponerte así.
—No lo he hecho por ti —miente ella, aunque sé que ni ella misma se lo cree—. Lo he hecho por el caso. No podemos perder el tiempo investigando a quien no es.
Me acerco un poco más, invadiendo ese espacio que anoche fue una mentira y que ahora se siente demasiado real.
—Me has salvado el cuello ahí dentro —insisto, bajando la voz—. No conocía esa faceta tuya... la de ser tan legal.
Ella suelta una risa seca, sin rastro de alegría.
—Pues ya la conoces. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a ver cómo limpio el desastre que he dejado en mi hoja de servicio.
Se dispone a salir, pero la detengo poniéndole la mano en el brazo. Es un contacto breve, pero siento su calor a través de la tela de su chaqueta. Ella se queda quieta, mirándome con una mezcla de confusión y cansancio.
Por un segundo, estoy a punto de decírselo.
A punto de confesar que anoche no pasó nada, que solo quería jugar con su cabeza.
Pero si lo hago, perdería la única ventaja que tengo.
Y aun así... ver su lealtad, ver cómo ha dado la cara por un desconocido solo porque cree en la justicia, me hace cuestionarme todo por primera vez.
Matar a un corrupto es fácil. Matar a un enemigo es rutina. Pero matar a alguien como ella...
—Vega —murmuro, y esta vez mi voz no tiene nada de teatro—. No debería haberme quedado en tu casa anoche. Siento... siento que las cosas hayan terminado así.
Ella me mira fijamente, buscando algo en mis ojos. No sé si encuentra la verdad o solo más sombras.
—Ya es tarde para arrepentirse, Hale. Solo... no hagas que me arrepienta de haber dado la cara por ti.
Sale de la sala dejándome solo con el zumbido de la cafetera y un peso negro en el pecho que no se va. Aprieto los puños hasta que me duelen las manos.
Se supone que soy un profesional. Se supone que ella es un objetivo.
Pero mientras la veo alejarse por el pasillo, sé que mi cometido acaba de volverse imposible.
No sé cómo voy a apretar ese gatillo, cuando ella acaba de demostrarme que es la única persona de toda esta maldita comisaría que vale la pena.
Han pasado dos horas y el ambiente en la comisaría no ha mejorado.
Las miradas siguen ahí, pero ahora son cuchillos afilados que cortan el aire cada vez que Vega pasa por el pasillo.
Yo he salido un momento. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba hacer algo que calmara esta extraña presión que siento en el pecho.
Regreso con una bolsa de papel que huele a grasa y a sal. He buscado lo más calórico que he encontrado: una hamburguesa doble con queso y patatas. El remedio universal para una resaca que amenaza con tumbarte.
Llego a su despacho y no llamo. Empujo la puerta con el hombro.
Vega está enterrada entre expedientes. Se ha quitado la chaqueta y tiene las mangas de la camisa remangadas, revelando unos antebrazos tensos mientras teclea con furia. Ni siquiera levanta la vista.
—He dicho que no quiero ver a nadie —suelta sin dejar de mirar la pantalla.
—Menos mal que yo no soy "nadie" —digo, dejando la bolsa sobre el único hueco libre de su mesa.
El olor inunda el despacho. Ella se detiene, dejando los dedos suspendidos sobre el teclado. Levanta la vista, me mira a mí y luego a la bolsa.
—¿Qué es esto?
—Comida. Si sigues bebiendo solo café con el estómago vacío, te vas a desmayar antes del turno de tarde. Y no quiero tener que cargarte otra vez en brazos.
Ella aprieta los labios, debatiéndose entre mandarme al infierno o aceptar la tregua, pero gana el hambre. Abre la bolsa con desgana, pero sus ojos brillan un segundo al ver las patatas.
—Gracias —murmura, tan bajo que casi no la oigo.
Me siento en la silla frente a ella y abro mi propia hamburguesa. Es el momento de volver al juego, ella no puede sospechar que el hombre que le ha traído el almuerzo es el mismo que anoche informó a la Red sobre los movimientos de la unidad.
Mis ojos viajan inevitablemente a la pizarra de su despacho. Fotos de niños desaparecidos, rutas portuarias, nombres de barcos. Es la red de trata de la organización para la que supuestamente trabajo.
Ella no lo sabe, pero anoche, mientras ella dormía y yo fingía estar a su lado, envié un mensaje encriptado a mi otra gente.
No a la Grey line , sino a mi verdadera unidad.
Gracias a la información que Vega soltó anoche, pudimos desviar uno de los camiones antes de que llegara al puerto.
No "cayó la ruta" por un topo; cayó porque yo saqué a esos niños de allí.
—¿Qué tenemos de la organización? —pregunto, señalando los papeles.
Vega mastica una patata, recuperando poco a poco el color en la cara. Señala una foto en la pizarra: un almacén en la zona portuaria.
—La trata de menores es su especialidad —dice ella, y su voz recupera ese filo profesional que tanto me molesta y me atrae a la vez—.
Son fantasmas. Mueven a los niños en contenedores ventilados antes de que podamos rastrear los manifiestos de carga.
Pero este intermediario que ha desaparecido anoche...
él sabía la ruta de salida de esta semana.
Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado. Yo sé dónde está ese intermediario. Yo mismo ayudé a "limpiar" el rastro anoche mientras ella dormía profundamente en su cama, engañada por la falsa seguridad de mi presencia.
Me inclino hacia delante, simulando interés por el caso.
—La ruta que cayó anoche... —empieza ella, masticando con lentitud—. El comisario cree que fue una filtración profesional. Pero el intermediario no ha aparecido.
—A lo mejor está muerto —sugiero, manteniendo mi máscara de frialdad.
—O a lo mejor alguien lo sacó de aquí para que no hablara. —Vega me mira fijamente—. Alguien que sabía que la policía estaba cerca y no quería que el cargamento se perdiera.
Siento una punzada de admiración. Es tan lista que duele. Está rozando la verdad, pero la verdad es mucho más compleja: saqué al intermediario para interrogarlo yo mismo antes de que la Red lo eliminara por "descuidado".
—Si la ruta ha caído, cambiarán de puerto —sugiero, intentando alejarla de la verdad sin que parezca obvio.
—O quizás no —dice ella, clavándome esos ojos negros, tan inteligentes que parecen ver a través de mi cráneo—. Quizás creen que somos tan idiotas que no esperamos que repitan el movimiento.
La observo trabajar. Hay una nobleza en su rabia que me resulta insoportable.
Ella cree de verdad que puede salvar a esos niños.
Cree que el sistema funciona. Y mientras tanto, yo estoy sentado aquí, con la orden de matarla en el bolsillo, sabiendo que mi organización es la que financia la moto que conduzco y el arma que llevo al cinto.
—Eres demasiado legal para este trabajo, Vega —suelto, sin poder evitarlo.
Ella deja la hamburguesa a medio comer y me mira fijamente.
—¿Ser legal es un defecto ahora?
—En este mundo, sí. Te acabas de poner en el punto de mira por un desconocido. En la Red de la que hablamos, la lealtad se paga con sangre, no con mentiras en una sala de reuniones.
Vega deja la comida sobre la mesa y se inclina hacia delante. Sus ojos están llenos de una determinación que me quema.
—No eres un desconocido, Hale —dice ella con una suavidad que me desarma—. Eres mi compañero y en mi mundo, eso significa algo para mí.
Me quedo mudo. "Compañero". La palabra me suena a traición. Ella me está ofreciendo una lealtad que yo voy a usar para destruirla. Por primera vez en mi vida, el peso de la infiltración se siente como una losa.
Miro la pizarra, miro la comida que le he traído y luego la miro a ella. Es tan fácil. Solo tengo que esperar a que salgamos de aquí, llevarla a un callejón y terminar con esto. Pero cuando me mira así, con esa confianza ciega que acaba de depositar en mí, el gatillo de mi mente se siente atascado.
—Sigamos trabajando —digo, rompiendo el contacto visual—. Tenemos una organización que destruir.
Se queda mirándome unos segundos que parecen eternos.
— Hale. No te conozco de nada, es verdad. Pero anoche vi algo en ti, no sé qué es, pero sé que no eres uno de ellos. Y si tengo que jugarme la placa para que el único agente con instinto de esta comisaría siga libre, lo haré.
Me quedo en silencio, incapaz de sostenerle la mirada. Si ella supiera... si supiera que estoy infiltrado para matarla porque mis superiores en la Red creen que sabe demasiado. Y si supiera que, al mismo tiempo, estoy usando su información para salvar a esas mujeres y niños que ella tanto protege.
Soy un monstruo que juega a ser héroe en un tablero lleno de trampas. Pero ella es real. Su ética es real.
—Solo... no vuelvas a hacer algo así —digo en un susurro—. Y menos por mí. No valgo tu carrera.
—Eso déjame decidirlo a mí —responde ella con una pequeña sonrisa desafiante.
Vuelve a teclear, dándome por terminada la conversación personal.
La observo trabajar y, por primera vez, el miedo me atenaza.
No miedo a que me descubran, sino miedo a fallar.
Mi otra organización, la que realmente importa, confía en mí para desmantelar la trata.
La Grey line confía en mí para matarla a ella.
Y yo, solo puedo pensar en que tengo que encontrar la forma de destruir a los malos sin que el fuego alcance a la única persona "legal" que he conocido en mi puta vida.
—Sigamos —digo, señalando un punto en la pizarra—. Si yo fuera ese intermediario, no iría al puerto. Me escondería en las naves de enfriamiento del sector sur.
Ella anota la dirección, confiando en mi instinto.
No sabe que le estoy dando la ubicación donde mis hombres tienen a salvo a los niños de anoche.
Se lo estoy entregando a ella para que se cuelgue la medalla, para que recupere el respeto que perdió esta mañana por mi culpa.
Es lo mínimo que puedo hacer antes de que la Red me presione para que apriete el gatillo.
Miento con una facilidad pasmosa, pero por dentro, algo se está rompiendo. La Red me pidió su cabeza, pero lo que no me dijeron es que, para cortársela, primero tendría que admirarla.