Capítulo 26
Vega
La sala de reuniones huele a café quemado y a esa tensión eléctrica que precede a las ejecuciones.
Es una densidad física, de las que se te instalan en los pulmones y te impiden respirar con normalidad.
Entro sin levantar la vista, concentrada en el eco de mis propios pasos para no perder el equilibrio.
La resaca ya no es solo un dolor de cabeza; es un recordatorio punzante de que mi cuerpo ya no me pertenece del todo.
Siento a Hale detrás de mí. No necesito verlo.
Su presencia es como un centro de gravedad que me empuja hacia atrás, una constante que se niega a desaparecer.
Me siento y hundo los codos en la mesa, entrelazando los dedos para ocultar el ligero temblor de mis manos.
Mi mente es un campo de batalla: una parte intenta analizar el caso; la otra sigue atrapada bajo las sábanas de esta mañana, en esos vacíos de memoria que ahora se sienten como una condena.
El comisario no pierde e l tiempo en cortesías. Se planta frente a la pizarra con el rostro curtido por la falta de sueño.
—Tenemos un problema —dice seco.
No pierde el tiempo. Nunca lo hace cuando algo va mal.
—Anoche cayó una de las rutas principales.
Eso me obliga a levantar la vista. La palabra no encaja con nada de lo que llevamos semanas construyendo.
—¿Cómo que ha caído?
—Alguien sabía exactamente dónde y cuándo intervenir. El intermediario ha desaparecido. No ha huido, lo han extraído. Ha sido una operación organizada desde dentro de la comisaría.
Cruzo los brazos, protegiéndome. El nudo en mi estómago se aprieta. Ya no es solo malestar físico; es un presentimiento negro que empieza a cobrar forma.
—Esto solo significa una cosa —continúa el comisario, barriendo la sala con una mirada que busca culpables—. Tenemos un topo. Y no es un infiltrado de tres al cuarto. Es alguien con acceso a la estrategia de las últimas setenta y dos horas.
Hace una pausa dramática. El silencio es absoluto, roto solo por el zumbido de los fluorescentes.
—Alguien que empezó a filtrar información muy reciente. Demasiado reciente.
El mundo se detiene. Fragmentos de la noche anterior me golpean la frente: el calor del alcohol, el roce de una mano, mi propia voz hablando más de la cuenta... Mierda.
—Vamos a empezar por lo obvio —sentencia el comisario—. Sangre nueva... Agente Hale.
Todas las cabezas se giran hacia él como girasoles mecánicos.
Hale no se mueve. No se tensa. No pone esa cara de inocencia ofendida que pondría cualquiera.
Simplemente se queda ahí, con esa calma insultante que lo caracteriza, observando al comisario como si estuviera analizando una mancha en la pared.
—Usted ha sido transferido hace poco y tiene acceso total a los últimos informes —el comisario se inclina sobre la mesa, invadiendo su espacio—. ¿Tiene algo que decir antes de que lo apartemos del servicio de forma permanente?
El aire se vuelve plomo. Hale responde sin pestañear.
—No.
—Eso es exactamente lo que diría un topo —espeta el jefe.
Y entonces, ocurre. No es una decisión lógica, ni un movimiento estratégico. Es un impulso primario, una reacción visceral que sale de mis entrañas antes de que mi cerebro pueda ponerle un bozal.
—No ha sido él.
El silencio que sigue es todavía más denso que el anterior. Siento todas las miradas clavándose en mí, cargadas de sorpresa y sospecha. Hale también me mira. Siento su mirada de soslayo, pesada y expectante, como si estuviera midiendo el tamaño de mi sacrificio.
—¿Perdón? —El comisario entorna los ojos.
—Que no ha sido él —repito. Mi voz es ahora una piedra, sólida y fría. Me obligo a sostenerle la mirada al jefe, aunque por dentro sienta que me estoy desintegrando.
—¿Y se puede saber cómo estás tan segura Hartman? ¿Tienes pruebas de su paradero anoche?
La pregunta es una trampa. No hay salida lateral. Me quedo petrificada, sintiendo cómo el calor me sube por el cuello, una mancha roja que delata mi humillación. Si me callo, Hale termina el día en una sala de interrogatorios. Si hablo... tiro mi reputación por el retrete.
—Lo sé porque es imposible —digo, intentando ganar tiempo.
—Explícate Hartman. Ahora mismo Hale es el sospechoso número uno. Si tienes algo que lo exculpe, dilo.
Miro a Hale un segundo. Él no me ayuda. No asiente ni niega, solo espera a ver si soy lo suficientemente valiente, o lo suficientemente estúpida, para salvarlo. Trago saliva y el pecho se me cierra tanto que me duele.
—Estaba conmigo —suelto al fin.
La sala se sumerge en un vacío sónico. Alguien al fondo suelta un carraspeo incómodo.
—¿Anoche? —pregunta el comisario, incrédulo.
—Anoche —confirmo, clavando las uñas en mis palmas—. Toda la noche. El ataque ocurrió hace seis horas, en ese momento, Hale no estaba cerca de ningún equipo informático. Estaba en mi casa.
Las palabras flotan en el aire, irreversibles. Ya está. Lo he dicho. He admitido frente a mis subordinados y mi superior que me he acostado con el agente nuevo, con el tipo del que todos sospechan, con el hombre al que debería estar vigilando.
—Ya veo —dice el comisario. Su tono ha cambiado. Ya no hay sospecha criminal, ahora hay algo mucho más difícil de digerir: decepción—. De acuerdo, descartamos a Hale... por ahora.
El "por ahora" suena a amenaza, pero el foco se desplaza.
La reunión continúa, se barajan otros nombres, se dan órdenes de búsqueda, pero yo estoy en otro planeta.
Escucho el ruido de fondo como si estuviera bajo el agua.
Solo puedo pensar en el precio de lo que acabo de hacer...
he comprado su libertad a cambio de mi respeto.
Cuando la reunión termina, el ruido de las sillas arrastrándose me devuelve a la realidad. La gente sale rápido, evitando mirarme a los ojos, con ese tipo de silencio que se llena de susurros en cuanto cruzan la puerta.
No me levanto. Me quedo pegada a la silla, intentando recomponer los pedazos de mi profesionalidad. Pero entonces noto su mirada. Hale no se ha ido, está ahí, de pie, esperándome. Su mirada es una brasa constante que se clava en mi nuca.
Sé que en cuanto salgamos de aquí, va a querer hablar. Y sé que, después de lo que acabo de admitir, ya no tengo muros lo suficientemente altos para protegerme de él.