Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Vega

Me despierto con un martillo neumático instalado tras las sienes.

No es un dolor normal; es una pulsación rítmica, violenta, que me castiga el cráneo con cada latido del corazón.

Gruño, hundiendo la cara en la almohada, intentando reconstruir las ruinas de la noche anterior.

Alcohol, mucho. Unas risas borrosas. El resto es un agujero negro.

Abro los ojos con la cautela de quien espera una emboscada.

La luz de la mañana entra por la ventana como una cuchilla.

Mi habitación. Mi cama. Mis sábanas. Hasta ahí, el inventario es correcto.

El problema empieza cuando intento moverme: la piel me roza contra la tela y descubro, con un escalofrío, que no llevo nada puesto.

Me quedo petrificada. Mierda.

Me incorporo de golpe y el mundo decide dar una vuelta de trescientos sesenta grados.

Cierro los ojos con fuerza para no devolver el poco estómago que me queda, pero el mareo no es lo que me corta la re spiración.

Es el calor que emana del lado derecho de la cama, Hale.

Dormido, con una calma insultante, en mi cama, y tan desnudo como yo.

—¿QUÉ COÑO...?

Mi propia voz retumba en las paredes y el dolor de cabeza me devuelve el golpe con un pinchazo agudo. Me da igual. Agarro la sábana como si fuera un escudo de guerra y me arrastro hacia el borde del colchón, alejándome de él como si me quemara.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?! —grito, aunque suena más a un graznido desesperado.

Él se mueve con una lentitud exasperante. Parpadea, se pasa una mano por el pelo revuelto y me mira. No hay sorpresa en sus ojos, solo una calma espesa que me pone enferma.

—Buenos días inspectora —dice. Su voz suena más ronca de lo habitual, cargada de un sueño que yo ya he perdido para siempre.

Le lanzo la almohada con todas mis fuerzas. La recibe de lleno en la cara, pero ni siquiera se inmuta. Solo resopla y me mira de reojo.

—Vale. Malos días, entonces.

—¿Qué coño ha pasado? —Mi voz tiembla y odio que tiemble.

Él se queda en silencio, observándome con esa intensidad analítica que usa para los interrogatorios.

—Hale, dímelo ya.

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Nada. Absolutamente nada —admito, y la palabra sabe a hierro. Miro el desorden, nuestras ropas por el suelo, su torso desnudo. Las piezas del puzle encajan de una forma demasiado obscena—. Nos... ¿acostamos?

No es una pregunta. Es una afirmación. Él tarda un segundo de más en responder, saboreando mi pánico.

—Depende de lo que consideres “acostarse”.

—No juegues conmigo, Hale.

—No juego. —Se incorpora un poco más, apoyando la espalda en el cabecero. Se ve demasiado cómodo en mi espacio, demasiado dueño de la situación—. No pasó nada que no quisieras que pasara.

—Eso no me aclara nada. ¡¿Qué hicimos?!

Él arquea una ceja, disfrutando de mi desesperación.

—Follamos, Vega. Eso hicimos.

El aire desaparece de la habitación. Me quedo vacía, con el corazón martilleando contra las costillas de forma errática.

—No... No, no, no...

Me levanto de un salto, envolviéndome en la sábana como una toga romana. Tengo que apoyarme en la mesilla porque el suelo parece de gelatina, pero necesito moverme. Necesito caminar para que el cerebro me arranque.

—No me acuerdo de nada —murmuro, más para mí que para él—. Joder, no tengo ni un solo recuerdo.

—Ya lo has dicho tres veces.

—¡CÁLLATE! —Me paso la mano por el pelo, tirando de las raíces—. Joder, esto es un desastre...

—Vega.

—¡He dicho que no me hables!

Sigo dando vueltas, tropezando con mis propios zapatos. Mi mente busca un destello: música alta, el olor de su colonia, su cara muy cerca de la mía... Mierda. Me giro hacia él con una sospecha que me hiela la sangre.

—¿Dije algo? ¿Hablé del caso?

El silencio de Hale se vuelve pesado. Sus ojos no se apartan de los míos.

—Sí. Bastante.

El estómago se me hunde hasta el suelo. Soy una profesional, una agente que se supone que controla sus cartas, y anoche le entregué la baraja entera a la persona menos indicada.

—Soy idiota —susurro, hundiéndome la cara en las manos.

—Coincido.

—¡QUE TE CALLES! —le grito, aunque la rabia ahora es contra mí misma—. No debería haber bebido, no debería haberte dejado entrar, no debería...

—Vega. Mírame.

—¡No me hables!

Respiro hondo, intentando que el oxígeno queme la náusea. Me vuelvo hacia él. Sigue ahí, impasible, observando mi desmoronamiento como si fuera un documental interesante.

—¿Y tú? ¿No te arrepientes?

Él sostiene mi mirada durante una eternidad. No hay burla ahora, solo algo oscuro y serio que no sé descifrar.

—No.

La respuesta me golpea como un bofetón.

—¿Cómo que no? ¿Me estás tomando el pelo?

—No me arrepiento porque no te obligué a nada. Estábamos de acuerdo. Los dos.

—¡PERO YO NO ME ACUERDO DE ESTAR DE ACUERDO!

Me quedo quieta, temblando por la mezcla de resaca, furia y el pánico de saber que Hale ahora posee una parte de mí que yo misma he perdido.

Vestirme es un ejercicio de supervivencia. Cada vez que me agacho a recoger una prenda, mi cerebro amenaza con liquidarme. No lo miro, pero siento su presencia moviéndose por el cuarto con la naturalidad de un fantasma que ya conoce todos los rincones.

—Deja de moverte —gruño, peleándome con un botón—. El ruido de tus pasos me está matando.

—Casi no me he movido, Vega.

—Respiras. Con eso ya me basta para querer asesinarte.

Siento su mirada en mi nuca.

—Anoche no te molestaba mi respiración. Más bien al contrario.

Cierro los ojos, apretando los puños.

—Te juro por mi vida que, como sigas por ahí, terminarás el día en una bolsa de plástico.

Termino de ponerme la ropa, ignorando que la camiseta está del revés. No quiero ni mirarme en el espejo. Solo quiero salir de aquí. Hale se viste sin prisas, con una parsimonia que me saca de quicio. Salgo de la habitación antes de que pueda decir una palabra más.

El trayecto al coche es una agonía de silencio tenso. El motor arranca con un rugido que me atraviesa los oídos y conduzco con las manos aferradas al volante, los nudillos blancos y la vista clavada en el asfalto.

—¿Siempre gritas tanto al despertar? —pregunta él después de unos minutos.

—Solo cuando me despierto desnuda al lado de alguien en quien no confío —le espeto sin mirarlo.

—¿Te arrepientes? —Pregunta. Su voz ha perdido el tono burlón. Ahora es afilada.

—No lo sé.

— Vaya, interesante.

—No saques conclusiones, Hale. No estás en un interrogatorio.

—No las saco, solo observo.

—Pues deja de observar. —Me arriesgo a mirarlo un segundo y me arrepiento al instante. Sus ojos están llenos de preguntas que no quiero responder—. ¿Qué es lo que buscas exactamente con esa pregunta?

—Nada. Solo saber si esto cambia algo entre nosotros. Si vas a seguir tratándome como a un enemigo o si por fin vas a bajar la guardia conmigo.

—No cambia nada —digo, quizás demasiado rápido—. Esto ha sido un error monumental causado por el whisky. Fin de la historia.

Hale suelta una risa seca, sin rastro de humor.

—Ya. Si tú lo dices.

Aparco frente a la comisaría de un frenazo que casi nos hace saltar los airbags. Salgo del coche antes de que el motor se detenga del todo, buscando aire limpio, espacio, distancia. Pero lo oigo caminar detrás de mí. Siempre está ahí, un paso por detrás, marcando mi sombra.

Al cruzar las puertas, el ambiente me golpea. No es el murmullo habitual de tecleos y cafés. Hay una electricidad estática en el aire, gente corriendo con carpetas, teléfonos sonando al unísono. Algo pasa.

—Hartman. Hale.

Nuestro superior está en medio del pasillo. Su rostro parece tallado en piedra.

—A la sala de reuniones. Ahora. Todos.

Intercambio una mirada rápida con Hale. Por un segundo, el caos de la mañana desaparece y solo queda el instinto. La resaca sigue ahí, y el secreto de lo que pasó entre las sábanas quema en mi piel, pero el tono del jefe me dice que nuestros problemas personales acaban de volverse secundarios.

Algo gordo ha pasado. Y tengo el presentimiento de que voy a desear haberme quedado en la cama.