Capítulo 24
Rowan
Ha bebido más de lo que esperaba. Y mucho menos de lo que debería haber necesitado para no meterse en problemas.
Después de dos botellas, Vega está apoyada contra la barra del restaurante, riéndose de algo que no tiene ni puta gracia.
Tiene la copa medio vacía y esa forma de perder el equilibrio justo lo suficiente como para no caerse…
todavía. Ya ha hablado. Más de la cuenta.
Rutas, nombres, dudas metódicas y puntos débiles del caso.
No me lo ha dado todo, pero sí lo suficiente para que Víktor se frote las manos.
Suficiente para que esta noche haya merecido la pena.
Y, sin embargo, no puedo darme la vuelta y dejarla así.
La observo mientras charla con el camarero como si fueran viejos amigos. Está más relajada de lo que la he visto nunca, más suelta, más… ella. Y eso es un problema de dimensiones catastróficas, porque ahora ya no la veo como a una inspectora de policía que me estorba.
—Vale —dice, girándose hacia mí y señalándome con la copa—. No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si te gustara lo que ves.
Demasiado tarde para eso, Hartman.
—Deberíamos irnos —sentencio, tratando de recuperar algo de cordura.
—No.
—Vega...
—He dicho que no —repite, más firme, inclinándose hacia mí—. No quiero irme a casa.
Se tambalea un poco y la sujeto por los hombros antes de que el suelo la reclame. Error. Está demasiado cerca. Su aliento huele a vino y a una libertad peligrosa.
—Estás borracha.
—Estoy perfectamente —me clava una mirada sin filtros—. Tú eres el único muermo en este local.
—Cierto, soy un muermo muy profesional.
—Pues deja de serlo por una noche —añade—. Vamos a otro sitio.
Se queda observándome y, por primera vez, no hay escudos, solo una curiosidad cruda.
—¿Siempre tienes que tener el control de cada puto segundo? —pregunta.
—Siempre. Es eso lo que me mantiene vivo.
Eso la hace sonreír. Una sonrisa perezosa y magnética.
—Qué... agotadorrrrrr.
—Deberías dejar que te lleve a casa.
—Y tú deberías dejar de decirme lo que tengo que hacer.
Se suelta, pero no se aleja. Al contrario, acorta la distancia hasta que puedo oler su perfume mezclado con el ambiente del restaurante.
—No me apetece ir a mi apartamento —dice en voz baja—. Quiero ruido. Música. Gente.
La miro. Esto no estaba en el plan de Víktor. Nada de esto lo estaba.
—Mañana te vas a arrepentir de esto.
—Probablemente —se encoge de hombros con una despreocupación que me asusta—. Pero eso es un problema para la Vega del futuro. Yo soy la de ahora.
Está desarmada. Sin esa tensión que la define y aun así, es más peligrosa que con el arma en la mano.
—Vega…
—Hale —me corta—. Solo una noche. ¿Eres capaz de concederme eso?
No es una pregunta; es un desafío. Y sabe que no suelo rechazar ninguno. Exhalo despacio, sabiendo que estoy cruzando una línea de la que no se vuelve.
—Una hora —cedo finalmente.
Sus labios se curvan en una sonrisa que me deja sin aire.
—Sabía que podía convencerte.
No. No me ha convencido ella. Me ha convencido el deseo de ver hasta dónde llega el fuego antes de quemarnos. Pago la cuenta y la guío hacia la salida. Esta vez no se resiste; camina a mi lado, rozándome, como si el espacio personal hubiera dejado de existir entre nosotros.
El lugar es justo lo que esperaba. Un antro oscuro, saturado de gente y con la música tan alta que los pensamientos se vuelven imposibles. Vega entra como si el sitio fuera suyo. No mira atrás, sabe que la sigo.
—Vamos a por copas —dice señalando la barra.
Avanzamos entre sudores, empujones y calor hasta llegar al borde de la barra. Pide dos copas sin preguntarme que quiero. Cuando el camarero las deja, ella levanta su vaso.
—Por… —empieza, pero se interrumpe con una risa suave—. Da igual, por lo que sea.
Bebe casi la mitad de un tirón. No puedo apartar la vista del movimiento de su garganta.
—No empieces otra vez —suelta ella sin mirarme.
—¿El qué?
—Eso —me señala con el vaso—. Mirarme como si estuvieras descifrando un código que no vas a compartir.
—A lo mejor el código es mejor no compartirlo.
Ella deja el vaso en la barra y, sin previo aviso, me agarra de la mano y tira de mí hacia la pista. No hay opción a réplica.
Vega se suelta y empieza a moverse, dejándose llevar, olvidando que el resto del mundo existe. Y eso atrae miradas, la mía es la más voraz de todas. Se mueve cerca, reduciendo el espacio de forma deliberada. Sus manos rozan mi pecho al girarse, sus dedos me queman a través de la tela de mi camisa.
—Sigues demasiado rígido, Hale —dice alzando la voz sobre la música.
—Estoy bien.
Niega con la cabeza y da un paso más, eliminando el último aliento de distancia que nos quedaba.
—No, no lo estás.
Entonces pega su espalda contra mi pecho.
Sigue el ritmo con movimientos lentos, constantes, encajando contra mí con una intención que me nubla la vista.
Siento cada curva, el calor de su cuerpo atravesando mi ropa, el roce de su pelo en mi barbilla.
Me está provocando sin disimulo, marcando el ritmo de su culo contra mi polla.
—Vega… —mi voz sale más ronca de lo que pretendo.
—Shhh… —se inclina hacia atrás, pegando su oído a mi boca—. No lo estropees.
Siento su risa vibrar contra mis costillas.
Mis manos, por puro instinto de supervivencia, acaban en su cintura.
Me digo que es para que no se caiga. Mentira.
Se mueve contra mí, restregándose con una lentitud que me obliga a apretar los dientes.
Joder, como siga así, la bestia que llevo dentro va a romper las cadenas.
Se gira entonces, quedando frente a mí. Sus manos suben a mi pecho, deteniéndose ahí.
—¿Ves? —dice con los ojos brillantes—. No es tan complicado.
—Depende de lo que intentes conseguir, Hartman.
—Ahora mismo… solo disfrutar —susurra cerca de mi oído—. No eres de los que disfrutan, ¿verdad?
—Depende del momento.
—Este es uno —responde.
Vuelve a moverse, más pegada, usando la música como la excusa perfecta. Su mano se desliza por mi brazo, sube por mi cuello y se enreda en mi nuca. No puedo moverme y tampoco quiero hacerlo.
—Deberías relajarte —añade.
—No es buena idea.
—¿Por qué? —se gira un poco, mirándome por encima del hombro—. ¿Porque entonces dejarías de pensar?
—Exacto. Y pensar es lo único que te está salvando ahora mismo.
Ella sonríe. Es una sonrisa triunfadora.
—¿Salvarme de qué, Hale?
No sé en qué momento el juego se convierte en realidad, pero sucede.
Ya no hay espacio entre nosotros. Nuestras respiraciones se mezclan, irregulares.
Sus manos en mi pecho me queman. Ella no retrocede y eso es lo que rompe mi última defensa.
Si ella no pone distancia, yo no voy a ser quien la busque.
Mi mano sube por su espalda, deteniéndose en la base de su nuca, sujetándola con una posesividad que no debería sentir. Ella se inclina hacia mí, buscándome y eso es todo lo que necesito.
La beso. No es un beso de película. Es hambre, es necesidad acumulada, es el estallido de una tensión que llevaba días cocinándose en ese despacho compartido. No hay duda en su respuesta; se aferra a mi camiseta, tirando de mí, eliminando cualquier milímetro que nos separara.
Me separo lo justo para recuperar el aire, pero mantengo mi frente pegada a la suya. La miro. Y ahí está: algo nuevo. Una conexión que no debería existir entre un verdugo y su víctima.
—Deberías probarlo más a menudo —dice ella con la voz rota.
—¿El qué?
—Dejar de fingir que no te morías por hacer esto.
La sostengo la mirada, intentando recordar quién soy y para quién trabajo.
—No estaba fingiendo, Vega.
—Claro —sonríe —. Y yo no estoy borracha.
No puedo evitarlo; una pequeña sonrisa asoma a mis labios.
Pero no me muevo. Ni ella tampoco. El ritmo de la música cambia, volviéndose más lento, y ella se adapta, pegándose a mí, marcando cada movimiento.
No hay distancia, no hay plan y por un segundo…
solo por un segundo… me planteo mandarlo todo a la mierda.
Pero sé exactamente quién es ella. Y sé lo que pasará cuando el sol salga y deje de ser esta versión vulnerable de sí misma. Aun así, no me aparto. Porque ahora mismo, en esta oscuridad, ella es lo único que me hace sentir vivo.
El aire frío de la noche nos golpea al salir del local, pero a ella no parece importarle.
Vega camina dando tumbos, con una risa floja que se pierde en el eco de la calle desierta.
Sus dedos se aferran a mi brazo para no caer, y cada vez que su cuerpo choca contra el mío, siento un chispazo de algo que debería estar muerto en mi interior.
—Mi coche... —balbucea, señalando con una mano errática hacia el callejón donde la penumbra se traga las farolas—. Está allí, Hale. El pequeño y abollado.
La sigo en silencio, mis botas resuenan con un ritmo metálico sobre el asfalto mojado.
Mi mano derecha, por puro instinto, baja hacia la culata de la pistola que llevo oculta bajo la chaqueta.
El plan de Viktor es sencillo: ella sabe demasiado, se ha acercado demasiado.
Eliminarla ahora, en este callejón oscuro, sería lo más fácil del mundo.
Un tiro limpio, un cuerpo abandonado entre las bolsas de basura y un problema menos para la organización. Nadie sospecharía de mí.
Hazlo ya , me susurra una voz en la cabeza. Es solo una pieza más en el tablero. No dejes que la debilidad te joda el plan .
Entramos en la boca del callejón. La luz de la última farola parpadea, creando sombras largas y distorsionadas.
Vega se detiene junto a la puerta de su coche y se gira hacia mí, apoyando la espalda en el metal frío.
Tiene las mejillas encendidas por el alcohol y el pelo revuelto, cayéndole sobre los ojos con un descuido que me resulta insoportable.
Aprieto el agarre sobre el arma. Solo tengo que sacarla, apuntar y apretar el gatillo. Serían tres segundos.
—Eres... eres un tipo raro, ¿sabes? —dice ella, con una sonrisa ladeada, rompiendo el silencio—. Hace una semana deseaba con todas mis fuerzas perderte de vista, pero ahora... no sé qué es Hale, pero tienes algo, algo bueno. Se te nota en los ojos, aunque intentes esconderlo.
Se ríe de nuevo, una risa suave, honesta, y por un momento me mira como si realmente pudiera verme a través de todas mis capas de mierda.
La luz de la luna rebota en sus pupilas y me doy cuenta de lo insultantemente guapa que es cuando no está intentando ser la inspectora implacable.
Hay una luz en ella, una bondad que no debería existir en este mundo podrido.
Miro su cuello, el lugar exacto donde debería entrar la bala, y luego vuelvo a su cara. Está ahí, vulnerable, entregada a mi cuidado porque cree que soy alguien que no soy. Es demasiado buena para este final. Es demasiado real para acabar siendo una mancha de sangre en un callejón infecto.
Suelto el arma. La mano me tiembla ligeramente mientras la saco de debajo de la chaqueta, pero no es por el frío. Es por la rabia de saber que acabo de sentenciarme a mí mismo. Si no la mato yo, Viktor vendrá a por los dos.
—Dame las llaves, Vega —le digo, mi voz más ronca de lo habitual—. Estás demasiado borracha para conducir.
—¿Me vas a llevar a casa inspector? —pregunta sonriendo, mirándome con una confianza que me quema por dentro.
—Sí —respondo, arrebatándole las llaves de los dedos—. Te voy a llevar a casa.
Cierro la puerta del coche tras ella y me quedo un segundo mirando hacia la oscuridad del callejón.
He fallado a mi misión, he desobedecido una orden directa y probablemente acabo de cavar mi propia tumba.
Pero mientras arranco el motor y la veo quedarse dormida contra la ventanilla, sé que no podría haberlo hecho.