Capítulo 23
Rowan
El restaurante no está demasiado lleno. Lo suficiente para que el murmullo de fondo nos dé cobertura, pero no tanto como para que alguien preste atención a nuestra mesa.
Luz tenue, madera oscura, olor a vino y especias.
Es el tipo de sitio donde las confesiones se mezclan con el ruido de los cubiertos y se pierden para siempre. Exactamente lo que necesito.
Vega entra primero, con ese paso decidido que no pide permiso a nadie.
No espera, no mira atrás. Observa el local como si fuera una escena del crimen: rápido, preciso, localizando salidas de emergencia y puntos ciegos.
Se sienta sin quitarse la chaqueta, manteniendo esa postura de "estoy lista para salir corriendo o disparar" que la acompaña siempre.
No se relaja ni un milímetro. Ni siquiera aquí.
—Bonito sitio —dice. Su tono deja claro que no es un cumplido, sino una observación sospechosa.
—Útil —pienso—. Es lo único que importa en mi mundo.
El camarero aparece y ella pide agua con una sequedad profesional. Yo pido vino. Cuando lo traen, sirvo en mi copa y luego en la suya, ignorando su mirada de advertencia.
—Estamos trabajando, ¿lo recuerdas? —Sus ojos oscuros se clavan en los míos, cargados de reproche.
—Sí —empujo la copa ligeramente hacia ella—. Pero algunos trabajamos mejor cuando el ambiente acompaña. Un poco de zumo de uva no va a nublar tu juicio, Hartman. O al menos, espero que no seas tan floja.
Me lanza una mirada que podría cortar el cristal, pero no rechaza la copa. Solo la ignora. Por ahora.
El camarero trae los platos y, de repente, el espacio entre nosotros se reduce.
La observo mientras come. Es un error, lo sé.
No debería fijarme en la forma en que el pelo oscuro le cae sobre la cara cuando inclina la cabeza, ni en cómo se niega a apartarlo porque está demasiado ocupada analizando el entorno.
No hay vanidad en ella. No busca ser atractiva, y precisamente por eso, lo es de una forma devastadora.
Sus ojos son más profundos de cerca. No solo miran; evalúan, pesan, diseccionan. Es como si nunca se permitiera bajar la guardia, como si el mundo fuera un lugar que siempre está a punto de traicionarla y lo peor es que tiene razón.
—¿Siempre haces eso? —pregunta de repente, dejando el tenedor a un lado.
—¿El qué? —pongo mi mejor cara de inocencia.
—Analizar a la gente como si fueran pruebas periciales mientras comen.
—Solo cuando la persona merece la pena —hago una pausa larga, sosteniéndole la mirada—. Y tú, Vega... la mereces con creces.
Ella no se inmuta, pero noto una pequeña tensión en su cuello.
—Hale —dice con voz baja—, ¿de dónde vienes realmente?
Joder, es demasiado lista para el juego de la seducción barata.
—Depende de qué versión quieras escuchar —respondo con calma.
—Quiero saber si lo que pone en tu expediente es verdad. Me huele demasiado raro. Nadie es tan perfecto, ni siquiera en Asuntos Internos.
—¿Y si no lo fuera? —inclino la cabeza—. ¿Crees que te lo diría entre el primer y el segundo plato?
—No me gusta trabajar con incógnitas. Las incógnitas causan bajas.
—A mí me encantan. Hacen que el juego sea mucho más interesante.
—Esto no es un juego. Hay vidas en juego.
—Para mí, todo es un juego, Hartman. La diferencia es que yo siempre gano.
Ella roza el tallo de su copa con los dedos, ya no la ignora. La tensión en el aire ha cambiado; ya no es solo desconfianza profesional, es algo eléctrico, algo que vibra entre los dos cada vez que nuestras miradas se cruzan más de lo necesario.
—En el interrogatorio... —empieza ella, tratando de volver a terreno seguro—. Has intervenido demasiado pronto. Ha sido un riesgo innecesario.
—Lo bueno siempre es arriesgado —le devuelvo—. ¿O eres de las que prefieren ir con ruedines en la bicicleta?
—Prefiero no perder el control.
—Eso suena aburridísimo. Y lo que es peor: poco eficaz. El control es una ilusión, Vega. A veces hay que provocar el caos para ver qué sale a la superficie.
—A mí me funciona —insiste ella, aunque sus ojos muestran una duda mínima.
—Te funciona para sobrevivir, pero no para ganar. No te está dando lo que quieres.
He dado en el clavo porque se queda callada, y por un segundo, la máscara de inspectora de hierro se agrieta.
—No sabes lo que quiero —dice, aunque suena más a una defensa que a una afirmación.
—Aún no —corrijo con una sonrisa lenta—. Pero tengo toda la noche.
Ella se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio.
—El detenido, Ronnie... te miró de una forma rara, como si te conociera.
Joder, no se le escapa un maldito detalle. Admiro su instinto, aunque sea lo que puede terminar matándola.
—Tú también llamas la atención, Vega. No me sorprende que los tipos como él reaccionen de forma extraña cuando una mujer como tú les respira en la nuca.
—No me cambies de tema con halagos baratos. ¿Lo conocías o no?
Sostengo su mirada, manteniendo mis constantes vitales bajo un control absoluto. La mentira sale de mi boca suave y perfecta.
—No. Pero sé leer a los hombres como él. Son perros que solo responden ante un amo más fuerte.
Ella busca la mentira. Escanea mis ojos, mi pulso en el cuello, mi tono de voz. No encuentra nada. Soy mejor que ella en esto.
—Entonces ha sido suerte —concluye ella, aunque no parece convencida.
—La suerte es para los que no tienen talento.
Sirvo un poco más de vino en su copa. Esta vez, Vega la levanta y da un sorbo. Victoria. El primer muro ha caído.
—Si quieres que esto avance —le digo, bajando la voz—, necesitas cambiar de estrategia. No hablan por miedo a la placa, hablan cuando creen que tú eres su única salida en un callejón oscuro.
—Eso es manipulación básica.
—No —niego suavemente—. Lo básico es presionar hasta que hablan. Lo inteligente es hacer que quieran quedarse contigo porque el resto del mundo les da más miedo que tú.
Vega bebe de nuevo, esta vez un sorbo más largo. El alcohol y la atmósfera están haciendo su trabajo.
—¿Y tú haces eso? ¿Haces que la gente quiera quedarse contigo?
—Depende —la miro fijamente—. De la persona y de lo dispuesta que esté a dejarse convencer de que soy lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo.
La tensión es ahora una cuerda tensada al máximo. Vega sujeta la copa con fuerza, como si fuera lo único que la mantiene anclada a la realidad.
—Sigue siendo trabajo, Hale —dice, aunque su voz ha perdido la dureza de antes.
—Por supuesto, pero el trabajo no tiene por qué ser desagradable.
Ella se queda mirándome, debatiéndose entre su instinto de protección y la curiosidad que la empuja hacia mí. Finalmente, cede.
—Tenemos tres rutas de transporte —dice, bajando la voz al nivel de un secreto—. Dos confirmadas, una probable que pasa por el puerto industrial.
No sonrío, aunque por dentro lo estoy celebrando. Lo tengo. He conseguido que empiece a soltar información que no está en los informes oficiales.
—Sigue —susurro, acercándome un poco más—. Cuéntame qué más has visto en esa pizarra que nadie más se ha atrevido a mirar.
Y esta vez, Vega no se detiene. Empieza a hablar, y mientras lo hace, me doy cuenta de que mi misión se acaba de complicar diez veces más. Porque cuanto más me cuenta, más entiendo por qué Víktor quiere que muera... y más difícil me resulta imaginarme siendo yo quien apriete el gatillo.