Capítulo 22
Rowan
Llevo casi una semana en el caso y es peor de lo que esperaba.
Esta tía sabe demasiado. Cuando vi la pizarra con las fotos, los recortes de prensa y esas líneas rojas que conectan rutas que deberían ser invisibles, no pude evitarlo: sentí un escalofrío.
Vega Hartman ha avanzado mucho más de lo que Víktor cree. Mucho más de lo que a mí me conviene.
Nos dirigimos a la sala de interrogatorios.
Ella camina cuatro pasos por delante, con esa seguridad cortante que la define.
No mira atrás; da por hecho que la sigo.
La observo mientras avanzamos: no pierde el tiempo saludando, no se detiene a por café.
Va directa al problema, como si cada segundo fuera un error de cálculo.
Encaja con el informe que leí, pero el papel se queda corto. Hay algo en ella, una vibración de intensidad pura que no se puede redactar en una ficha técnica. Evalúo el recorrido por instinto: cámaras, guardias, salidas. Hasta los putos baños. Costumbre de infiltrado.
La he pillado mirando mis datos. Sé que Víktor ha creado una ficha perfecta, pero Vega es una cazadora. Si empieza a notar que mi trayectoria es demasiado "perfecta", estoy jodido.
Se detiene frente a la sala de interrogatorios y abre la puerta sin avisar. Entro tras ella y el aire cambia; se vuelve denso, cargado de sudor frío y miedo.
El detenido está al otro lado de la mesa, esposado. En cuanto lo veo, el corazón me da un vuelco que entierro bajo una capa de hielo. Lo reconozco. Trabajaba en una de nuestras rutas secundarias. Ronnie. Un peón, pero uno que sabe lo suficiente como para hundirnos a todos si abre la boca.
Vega se queda de pie, observándolo en silencio. Deja que la presión del vacío haga su trabajo. Sabe exactamente lo que hace. Me apoyo contra la pared, midiendo los riesgos. Ronnie levanta la vista y me ve. Sus pupilas se dilatan un milímetro. Reconoce mi cara, pero no el uniforme.
—Vamos a intentarlo otra vez —dice Vega, sentándose con una parsimonia letal—. Nombre.
Ronnie no responde. Bien. Sigue el guion de la calle. Pero su mandíbula está tensa. No por ella. Por mí. Él sabe que, si habla, la policía es el menor de sus problemas.
—Podemos hacer esto fácil… o muy difícil —insiste Vega.
Nada. Ronnie aguanta bien, pero sus ojos viajan hacia mí cada pocos segundos. Vega se inclina hacia delante, invadiendo su espacio.
—Estás perdiendo una oportunidad de oro.
El silencio se alarga. Observo a Vega. Hay algo debajo de su frialdad, algo personal. Y eso la hace peligrosa.
—No tiene ninguna oportunidad —suelto yo, rompiendo el protocolo.
Vega gira la cabeza hacia mí con un latigazo. Sus ojos me advierten que me estoy saltando las reglas, pero Ronnie sí reacciona. Me mira fijamente.
—Ya está muerto —continúo, acercándome a la mesa con paso lento—. La única pregunta es cuánto va a tardar en aceptarlo. Y si va a hacerlo solo… o con ayuda.
—No sabes de lo que hablas —escupe Ronnie. Primera respuesta. Ha picado el anzuelo.
—Sé exactamente de lo que hablo. Los de arriba ya han limpiado las rutas. Han borrado los contactos. Incluso a tu gente. No queda nada a lo que volver. Nadie te está esperando fuera.
—Mientes —pero hay un ápice de duda en su voz. Incertidumbre.
—Ojalá. Pero si fueras importante para ellos, no estarías aquí sentado. Estarías en un vertedero o no estarías respirando.
Es un golpe directo al orgullo. Lo veo desmoronarse. Vega, rápida como un rayo, aprovecha la brecha que he abierto.
—Tiene razón —dice ella, bajando el tono, casi compasiva—. No eres nadie para ellos. Solo una pieza prescindible. Pero para nosotros sí. Dinos lo que queremos y esto no acabará como tú crees.
Me retiro medio paso, dejándole el terreno. Es una coreografía perfecta. Ella es la policía buena; yo soy el recordatorio de la muerte que lo espera fuera.
Tres horas después, salimos de la sala. El portazo resuena en el pasillo vacío. Vega se gira hacia mí al instante.
—¿No te dije que no hablaras? —su voz es un susurro afilado.
—Ya.
—Y lo hiciste igualmente —da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con la misma agresividad que usó con Ronnie.
—Funcionó, ¿no?
Ella me mira, buscando la trampa, intentando descifrar por qué un inspector recién llegado tiene ese instinto criminal para apretar las tuercas.
—Sí —admite, y parece que las palabras le amargan la boca—. Funcionó. Pero no vuelvas a hacerlo sin avisar.
—La próxima vez avísame tú antes de usar un método que se va a estrellar contra un muro.
Su mandíbula se tensa.
—¿Siempre eres así de jodidamente seguro de todo?
—Solo cuando tengo razón —la miro a los ojos. Estamos demasiado cerca—. Y hoy la tenía.
Vega aparta la mirada, procesando la derrota.
—Buen trabajo, Hale —murmura. Le ha costado decirlo.
Empieza a caminar y la sigo. Ya no se aparta tanto. El muro ha bajado un centímetro. La observo: es un problema. Es demasiado buena. Si sigue tirando de Ronnie, llegará a Víktor. Y si llega a Víktor, yo tendré que matarla.
—¿Siempre has trabajado sola? —pregunto.
No se detiene, pero sus hombros se tensan.
—No. Pero trabajo mejor así.
—O eso te dices para no tener que confiar en nadie.
Se para en seco y se encara conmigo.
—No necesito que cuestiones mi forma de trabajar.
—Has estado tres horas y solo has sacado un nombre de pila. Te ha dado lo que ha querido, Vega. Te ha toreado.
—Cuidado —sus ojos se endurecen.
—Si sigues así, vas a tardar semanas. Y esa red se mueve por días.
Se hace el silencio. La tensión es casi física.
—¿Y tú lo harías mejor no? —dice, casi en un susurro desafiante.
—Sí. Pero no aquí. No en esta sala con cámaras y olor a detención. Aquí él está en guardia. Tú también.
—¿Entonces qué propones?
La miro. Este es el momento. El momento de sacarla de su entorno, de ganar su confianza... y de encontrar su punto débil.
—¿Cenamos?
Se queda de piedra.
—Ni de coña.
—No es una cita, Hartman. Es trabajo.
—No necesito irme a cenar contigo para hacer bien mi trabajo.
—Admite que necesitas un enfoque distinto. Un sitio sin cámaras. Donde la gente baje la guardia. Donde yo pueda enseñarte a ver lo que aquí se te escapa.
Duda por un instante, lo veo en sus ojos. Su curiosidad es más fuerte que su desconfianza.
—¿Y qué ganas tú con esto, Hale?
—Lo mismo que tú. Cerrar el caso.
Mentira. Yo gano tiempo. Gano acceso. Ella me observa, buscando el fallo en mi lógica.
—Bueno vale —dice finalmente—. Pero no esperes que te cuente nada relevante.
—No espero nada.
Mentira otra vez. Caminamos juntos hacia la salida, hombro con hombro.
Ya no hay distancia de mando, solo dos personas moviéndose hacia una noche que va a cambiar las reglas del juego.
No necesito que confíe en mí. Solo necesito que baje la guardia el tiempo suficiente para decidir si puedo salvarla...
o si tengo que terminar el encargo de Víktor. Solo necesito… que hable.