Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

El silencio es mi respuesta. Sus dedos se deslizan bajo la tela mojada.

El contraste entre sus manos calientes y el agua me hace jadear.

Con una paciencia que me tortura, levanta la camiseta.

El algodón se desliza por mi pecho, rozando mis pezones erguidos.

Cuando la prenda cae al suelo, me quedo frente a él, solo con las bragas puestas, con el agua lamiendo mi piel.

Su mirada se detiene en mis pechos con una posesión absoluta.

—No voy a pedirte que te quedes… pero tampoco voy a dejar que te vayas —murmura.

Mis manos buscan su pecho, necesitando donde apoyarse. Él aprovecha para bajar sus dedos por mis caderas, llegando al borde de mi ropa interior.

—Esto también sobra.

No espera permiso. Desliza la tela hacia abajo con una lentitud agónica hasta que queda a nuestros pies. Estoy completamente desnuda ante él, bajo el vapor, vulnerable y poderosa a la vez. Su mano vuelve a mi cintura; la otra sujeta mi nuca con firmeza.

—Mírame —ordena.

Lo hago. Sus ojos son dos pozos de obsesión. Se inclina y me besa con una profundidad que me roba el alma. Sus manos exploran mis muslos y mis caderas mientras las mías se pierden en su espalda. Su boca desciende por mi cuello, marcando territorio, mientras sus dedos aprietan mi carne.

—Dios, nena… —susurra contra mi piel—. No quiero hacerte daño. —Su pulgar traza una línea por mi costado—. Pero tampoco voy a fingir que no me muero por follarte.

Mis uñas se clavan en su espalda.

—Entonces no finjas —respondo, desafiándolo a perder el control conmigo.

Dejo que su mano se deslice entre mis muslos, buscando mis pliegues empapados. La tensión explota. Rowan me besa con un hambre renovada, con una rabia contenida que me hace gemir.

—Maldita sea, Vega… me vuelves jodidamente loco —gruñe Rowan, y sus labios bajan por mi cuello con una violencia hambrienta, mordiendo mi piel como si quisiera arrancarme un trozo.

—Me encanta —le susurro, frotándome contra él—. Me encanta verte así de desesperado.

Esa pequeña provocación termina de romper el poco control que le quedaba.

Sus manos, grandes bajan por mi espalda hasta mis nalgas, apretándolas con una fuerza que me dejará marcas mañana.

Me pega contra los azulejos y sus dedos se hunden en mi sexo empapado sin previo aviso.

Suelto un gemido que se pierde en el rugido del agua.

No hay delicadeza, solo urgencia. Me abre, explorándome con una crudeza que hace que mis piernas tiemblen mientras sus dedos se mueven dentro de mí con un ritmo obsceno.

—Mírate —murmura contra mi boca, su voz es pura grava, sucia y cargada de una lujuria enferma—. Estás empapada para mí… abierta, gimiendo como una perra… y todavía tienes los cojones de fingir que no te mueres por tener mi polla dentro.

—Cállate—le ordeno, tirando de su pelo con fuerza para obligarlo a mirarme a los ojos.

El beso que sigue sabe a whisky, a vapor y a una necesidad desesperada.

Siento la pared helada castigando mi espalda mientras su cuerpo, hirviendo y duro como una roca, me aplasta.

Sus dedos entran y salen de mí con un ritmo violento, estirándome, reclamándome, mientras su pulgar presiona mi clítoris con una intensidad que me hace ver las estrellas.

—Si no tuviera este puto tiro en el costado —me dice al oído, con la voz rota—, te juro que no podrías ni mantenerte en pie. Te follaría tan duro que te costaría caminar durante una semana. Te dejaría tan llena de mí que no podrías pensar en nada más.

—Entonces voy a darme las gracias por dispararte —le devuelvo, con la voz rota y los ojos en blanco por el placer que me recorre.

Él suelta una risa oscura, cargada de una posesión letal, y me levanta por los muslos de un tirón.

Mis piernas se envuelven alrededor de su cintura por instinto, y siento su miembro, enorme y palpitante, golpeando contra mi entrada, buscando el camino.

Sus ojos están completamente negros, dilatados por una obsesión que nos va a consumir a ambos.

—Dime que me quieres dentro, Vega. Dime que quieres que te folle —exige, clavando sus uñas en mis caderas.

—Te quiero a ti… dentro de mí. Ahora —suplico.

Me penetra de una sola estocada, profunda y brutal.

El grito se me escapa de la garganta, él lo devora con su boca, invadiéndome por completo.

No hay ternura, no hay suavidad; es un acto de posesión salvaje.

Rowan suelta una maldición entre dientes mientras empieza a embestirme con un ritmo demoledor, cada golpe de su cadera contra la mía suena húmedo y violento bajo el chorro de agua.

—Eres mía, ¿me oyes? —gruñe, enterrándose en mí hasta el fondo—. Mi pequeña poli… te voy a follar hasta que recuerdes quién eres.

No puedo responder. Solo puedo agarrarme a él, clavando mis uñas en su espalda, sintiendo cómo el mundo se reduce a ese vaivén frenético, al calor de su cuerpo y a la descarga eléctrica que empieza a subir por mis piernas.

Mis paredes se contraen alrededor de él, ordeñándolo, y Rowan suelta un rugido animal cuando siente que estoy a punto de estallar.

El orgasmo me golpea con la fuerza de una explosión, nublándome la vista mientras me corro sobre él.

Segundos después, él me sigue, llenándome con una fuerza que me hace que mi cuerpo tiemble por completo.

Rowan apoya la frente contra la mía, jadeando, con los músculos todavía vibrando por el esfuerzo.

—Mía —repite, como un mantra oscuro.

Le devuelvo el beso, con el sabor de la rendición en la boca.

El agua se lleva el rastro de nuestra locura, pero el peso de su cuerpo y la forma en que me mira me dicen que esto no ha sido solo sexo.

Ha sido una marca. Una adicción que nos va a destruir a los dos, y me muero de ganas de que empiece el incendio.