Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Vega

Me despierto con el sonido de Rowan moviéndose débilmente a mi lado.

Al encender la lámpara, mi corazón da un vuelco: el vendaje que le puse anoche con tanta precisión está arrugado.

Ha sangrado un poco mientras dormía. Aunque parece un poco más descansado, su palidez me recuerda que, bajo toda esa fachada de acero, todavía es frágil y vulnerable.

—Rowan… —susurro, acercándome lentamente mientras mis dedos rozan su hombro—. Tienes que dejar que te ayude…

Su mirada se encuentra con la mía. Esa mezcla de dolor crudo y fuerza indomable en su cuerpo que me hace estremecer. Cada cicatriz, cada músculo que se tensa ante mi presencia, cada línea de su torso es un recordatorio de que ya no puedo —ni quiero— apartarme.

—Vega… —susurra, y su voz tiene una aspereza que me cala hondo—. Necesito que… me ayudes con la ducha.

Asiento en silencio. Le ayudo a incorporarse, sintiendo cómo su peso se apoya en mí. Cuando llegamos al baño, le retiro con cuidado el vendaj e y abro el grifo. El agua caliente empieza a rugir, llenando el espacio de un vapor denso que nos aísla del resto del universo.

Se quita los pantalones con una torpeza que me rompe el alma; el hombre que siempre tiene el control ahora depende de mis manos.

Lo ayudo a entrar bajo el chorro de agua.

El vapor se levanta rápido, envolviéndonos en una nube tibia que borra las paredes, los miedos y la lógica.

Intento concentrarme en la herida, en los puntos que yo misma cosí, en el algodón empapado y en la sangre que debo limpiar para evitar una infección. Pero mi atención es una traidora.

Su cuerpo desnudo me deja sin aliento. Cada cicatriz y cada tatuaje cuenta una historia de supervivencia.

Cada músculo se tensa bajo el castigo del agua caliente.

La luz que se filtra entre la niebla del baño resbala por su piel húmeda como si fuera oro líquido, y mi mirada lo sigue sin permiso, recorriendo la línea poderosa de sus hombros, el ancho de su pecho y la fuerza bruta de su torso.

Trago saliva. El aire en el baño empieza a escasear.

Intento obligarme a mirar solo la herida, pero Rowan está demasiado cerca. Demasiado presente. Su respiración se vuelve más profunda, más rítmica, mientras el agua le corre por el pecho. El calor de la ducha se mezcla con un calor interno, mucho más peligroso y difícil de sofocar.

Y entonces, mi mirada baja. Solo un segundo. Un desliz de curiosidad que me deja congelada, con los pulmones vacíos.

—Madre de Dios… —murmuro, apenas audible por encima del ruido del agua.

Rowan levanta la cabeza con curiosidad, y en sus ojos grises aparece ese brillo oscuro, esa chispa de depredador que siempre anuncia problemas.

—¿Qué pasa? —pregunta con una media sonrisa que me desarma.

Intento apartar la mirada con rapidez, concentrándome obsesivamente en el algodón que tengo entre los dedos.

—Nada —miento con voz temblorosa.

Él no me cree ni un poco. Sabe exactamente dónde estaban mis ojos.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta en voz baja, con una provocación que me golpea como una ola.

Levanto la vista para fulminarlo con la mirada, intentando recuperar mi dignidad, pero el efecto es el contrario. Su sonrisa se ensancha, lenta y peligrosamente. Mis manos tiemblan ligeramente mientras limpio la sangre de su piel, sintiendo el calor de su cuerpo irradiando hacia mí.

—Respira hondo —le digo, intentando sonar como la profesional que solía ser—. Solo voy a curarte.

Rowan suelta un gruñido bajo cuando el algodón roza la carne viva. Su mano se mueve por puro instinto y sus dedos rozan mi brazo. El contacto es breve, apenas un roce de piel húmeda contra piel húmeda, pero es suficiente para encenderme los nervios.

—Mmm… —gruñe, y su mano empieza a acariciarme el brazo, ascendiendo lentamente, dejando un rastro de fuego a su paso—. No te hagas la loca… cada centímetro de tu cuerpo me está llamando a gritos.

El vapor de la ducha ya no es el principal problema para mis pulmones. Estoy demasiado cerca. Soy demasiado consciente de cada poro de su piel, de su respiración entrecortada y de la electricidad estática que hace que el vello de mis brazos se erice.

—Vega… —dice mi nombre, y suena a posesión.

Mi pulso se dispara, golpeando contra mi cuello.

—Primero te curo —respondo, luchando por un último gramo de control—. Después… ya veremos.

La sonrisa que aparece en su rostro es de una oscuridad absoluta. Como si esa respuesta fuera la llave que acababa de abrir una puerta que ya no podrá cerrarse.

El vapor nos envuelve cuando Rowan se gira para darme la espalda. Ya conocía sus cicatrices, pero verlas así, bajo el agua, es una experiencia religiosa y aterradora a la vez. El agua resbala por su espalda ancha, dibujando los relieves de su historia.

Alargo la mano y mis dedos rozan la primera cicatriz. Rowan se estremece. Es un movimiento leve, pero bajo mi tacto se siente como un terremoto. Su espalda se tensa como el acero. Me detengo de inmediato.

—Lo siento —murmuro—. ¿Te duele?

Deja escapar una pequeña risa ronca, sin rastro de burla.

—No. —Gira la cabeza y me mira por encima del hombro. Sus ojos están dilatados, consumidos por algo que se ha encendido en su interior—. Ya no.

Trago saliva, sintiendo que el suelo desaparece bajo mis pies.

Mis dedos vuelven a moverse, siguiendo la estela de una cicatriz más larga que cruza su omóplato. La recorro con un respeto casi sagrado. Esta vez el estremecimiento recorre toda su columna. Rowan cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.

—Vega… —mi nombre en su boca es una advertencia.

Pero no se aparta. Sigo el rastro de su dolor con la yema de mis dedos, leyendo el mapa de su vida.

—Has pasado por demasiado —susurro, y me duele el pecho por él.

Rowan exhala lentamente, soltando toda la presión acumulada.

—Y aun así estás aquí —responde—. Tocándome como si no te asustara.

—No me asusta —sentencio. Apoyo la palma de mi mano entre sus omóplatos, sintiendo las marcas de su vida bajo mi piel—. Lo que me asusta —añado, casi en un susurro— es lo fácil que es para mí querer tocarte otra vez.

El silencio que sigue solo es roto por el repiqueteo del agua. Rowan suelta una risa baja, cargada de una oscura incredulidad.

—Eso… es un problema, Vega.

No respondo. Dejo que mis manos hablen por mí. Cuando vuelvo a rozar una marca cerca de su hombro, Rowan se estremece de nuevo, pero esta vez se queda paralizado ante mi contacto. Me acerco hasta que no queda aire entre nosotros. Siento el movimiento rítmico de su espalda contra mi pecho.

—Vega… —vuelve a murmurar, entre la amenaza y la rendición.

Ignoro la advertencia. Sigo el recorrido de una marca larga y profunda. El agua resbala por mis muñecas mientras la toco como si fuera cristal fino. Dejo de pensar. Me inclino y mis labios rozan la primera cicatriz. Es un beso suave, una caricia para sanar lo que el tiempo no pudo.

Rowan se queda petrificado. Durante un segundo eterno, espero que me aparte, pero su respiración se vuelve un rugido profundo. Apoyo una mano en su hombro para no caer y beso otra marca, más arriba. Siento la tensión vibrando bajo mis labios.

—¿Qué estás haciendo…? —pregunta con la voz rota.

Sonrío contra su piel mojada.

—Nada peligroso.

Mis labios siguen el camino de mis dedos.

Rowan deja escapar una exhalación que vibra en todo mi cuerpo.

Me pego a él, rodeando su torso con mis brazos desde atrás en un abrazo desesperado.

Él apoya las manos en los azulejos para sostenerse, como si sus piernas fueran a fallar.

Mis manos suben por su pecho, sintiendo sus músculos duros como el mármol.

Rowan inclina la cabeza hacia atrás, entregándose.

—Vega… —su voz es ahora un ruego.

Mis manos bajan, explorando la firmeza de su abdomen, el relieve de sus oblicuos. El agua corre entre nosotros, actuando como un lubricante natural. Siento su respiración volverse irregular, pesada.

—Deberías parar —murmura, pero no hace ningún movimiento para soltarse.

Apoyo la frente entre sus omóplatos, con una curiosidad que ha devorado mi prudencia. Cuando mis dedos bajan un poco más, Rowan se tensa de golpe. Me quedo quieta, disfrutando de la reacción eléctrica de su cuerpo.

—No parece que quieras que lo haga —respondo.

Él suelta una risa ronca que se ahoga en el vapor.

Sus manos se clavan en los azulejos. Envuelvo su dura polla con mis dedos y comienzo a masturbarlo con una lentitud deliberada.

Lo acaricio como si quisiera grabarme su anatomía en la piel de mis palmas.

Rowan deja caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta.

—Vega…

Me pego a su espalda mientras mi abrazo se vuelve posesivo. Parece luchar contra el último vestigio de control hasta que, de repente, se gira. Todo ocurre en un parpadeo. Sus manos encuentran mi cintura y me aprieta contra él, borrando cualquier milímetro de distancia. Su mirada es puro fuego.

—Tú has empezado esto —dice, su voz es una amenaza deliciosa—. No finjas ahora que no sabes lo que haces.

Levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada.

—¿Y si sí lo sé?

Es la chispa final. Rowan me agarra del cuello y me besa.

Es un beso de guerra, intenso, urgente, reclamando cada rincón de mi boca.

Sus manos recorren mi espalda, bajando por mis glúteos para pegarme más a su erección.

Mi corazón golpea con violencia. El vapor, el agua, el calor…

todo se funde en un solo deseo. Su mirada baja a mi camiseta blanca, ahora transparente.

—Estás demasiado vestida para estar en mi ducha —murmura, y su voz suena a peligro puro.

Trago saliva. La tela se me pega al cuerpo como una segunda piel, revelándolo todo ante sus ojos hambrientos.

—Tengo que terminar de curarte —intento decir, pero es una mentira piadosa.

Él da un paso más, acorralándome contra los azulejos fríos.

—Ya has terminado —sentencia sin romper el contacto visual.

Sus manos suben por el borde de mi camiseta, rozando apenas mi piel mojada, haciéndome temblar con precisión.

—Rowan… —mi voz es un susurro quebrado.

—Dime que pare.