Capítulo 16
Vega
Despierto sobresaltada en el sofá, con la cabeza pesada y la garganta reseca, como si hubiera estado gritando en sueños.
El salón está sumido en una penumbra densa; la luz de la tarde murió hace horas y no hay ni rastro de Dante.
Un silencio inquietante me rodea, roto solo por unos ruidos suaves que se filtran desde el dormitorio de Rowan.
Es un murmullo ahogado, un sonido de lucha contenida que me pone los pelos de punta.
Me levanto con cuidado, apoyándome en el respaldo del sofá para estabilizar mis piernas.
Mis pasos son lentos, cautelosos, mientras avanzo hacia la puerta entreabierta.
Cada crujido de la tarima bajo mis pies retumba en mis oídos como un disparo.
Cuando empujo la madera con suavidad, un escalofrío me recorre el cuerpo.
Ahí, en el sofá del dormitorio, está Rowan… y algo está muy mal. Lo veo inclinarse hacia un lado, con la respiración entrecortada y la ropa manchada de un rojo osc uro y brillante. El corazón me da un vuel co. No p uedo evitar soltar un jadeo contenido. Sangra. Sangra demasiado.
El disparo ha dejado una marca abierta, una boca roja y cruel que se arquea hacia su costilla. El vendaje improvisado de esta mañana está empapado, incapaz de contener la hemorragia. Y él… él está quieto, mirándome con esos ojos grises que parecen dos tormentas atrapadas en cristal.
—Vega… —su voz es apenas un hilo, ronca, cargada de una precaución que me hiere.
Cierro los ojos un segundo, obligando a mi pulso a estabilizarse. He curado heridas peores en mi época en el cuerpo, pero verlo así, tan vulnerable, con la camiseta tirada en el suelo y los músculos tensos bajo la piel sudorosa, me desarma. Me hace querer protegerlo y devorarlo al mismo tiempo.
—Tengo que limpiar esto —murmuro, recobrando mi instinto de policía.
Rowan asiente, rindiéndose a mis manos. Se recuesta ligeramente, ofreciéndome su costado. El aire entre nosotros está cargado de una tensión eléctrica, pero también de algo más frágil, casi sagrado: una confianza que me está entregando y que me aterra aceptar.
—No te muevas —murmuro, dándome la vuelta—. Vuelvo enseguida.
Salgo del dormitorio casi tropezando, cruzo el salón en sombras y entro en la cocina. Abro los cajones con prisa, tirando cubiertos y trapos sin cuidado. Todo en esta casa está demasiado ordenado, demasiado muerto, y yo estoy rompiendo ese orden con mi urgencia.
—Vamos… joder.
Encuentro el botiquín y unos trapos limpios. Los agarro con fuerza y mi mirada cae sobre la botella de whisky en la encimera. La cojo también. Vuelvo al dormitorio con el corazón golpeándome las sienes como un martillo.
—Esto te va a doler —digo al entrar, dejando el equipo sobre la mesita de noche con un golpe seco—. Y no voy a ir con cuidado.
Rowan deja escapar una exhalación baja, una sombra de risa sin humor. Abro la botella y se la tiendo.
—Bebe.
Él arquea una ceja, pero no discute. Da un trago largo y profundo. Puedo ver cómo el alcohol baja por su garganta, cómo sus músculos se tensan y se relajan en una danza de dolor y alivio.
—Otro —ordeno.
Obedece sin apartar los ojos de los míos.
Dejo la botella a un lado y me calzo los guantes de látex con un chasquido.
Me acerco, y al tocar su piel, mis dedos se tensan.
Su sangre está caliente, viva. Él no se queja, pero noto cómo cada respiración suya es un recordatorio de que este hombre es real, de que siente, de que puede morir.
—Respira hondo —susurro.
Empapo una gasa con desinfectante y, sin aviso, presiono contra la herida abierta. Rowan se tensa de golpe, el aire escapando entre sus dientes en un siseo de agonía.
—Joder… Vega…
—Lo sé —respondo, manteniendo la voz firme, aunque por dentro tiemble—. Aguanta.
Limpio la zona con la precisión de un cirujano, retirando la sangre y evaluando el daño. Mi mente entra en "modo limpieza", ese lugar donde el horror desaparece y solo queda mi cometido. Todo lo demás se desvanece.
—Mmm… —gruñe, un sonido de advertencia que vibra en mi palma.
—Shh… estate quieto —respondo.
Cada vez que mis dedos rozan su costado, un estremecimiento me recorre el cuerpo. Es una mezcla incómoda de deber y deseo. Su olor —metálico, a sudor y a sándalo— me envuelve. Cada cicatriz antigua bajo mis manos me cuenta que es un hombre que ha sobrevivido a mil infiernos.
—Rowan, voy a tener que suturar la herida —susurro.
Me mira con los ojos brillantes por el whisky y el dolor. Hay una súplica muda en ellos, una vulnerabilidad que nunca le ha mostrado a nadie. Busco la aguja y el hilo de seda. Me pongo a trabajar. Mis manos no tiemblan; soy una profesional, aunque mi corazón quiera saltar fuera de mi pecho.
Cada puntada es precisa. Su respiración se vuelve pesada, rítmica. En algún momento, vuelve a coger la botella y bebe de nuevo.
—No te muevas… —insisto.
—No lo estoy haciendo —responde, con la mandíbula tan apretada que me sorprende que no se le rompan los dientes.
Termino el último punto, corto el hilo y coloco un vendaje limpio. Ajusto el adhesivo al lateral de su torso y él exhala un suspiro de rendición. Noto que mi toque lo afecta, que su piel reacciona a mi cercanía más de lo que su orgullo permite.
—Eres… muy precisa —susurra. Hay gratitud en su voz, pero también algo oscuro, una fascinación que hace que mi pecho se contraiga.
Se incorpora un poco, sentándose frente a mí con la botella en la mano. La gira entre los dedos, evitando mi mirada durante un segundo antes de clavar sus ojos grises en los míos.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso? ¿Qué eres… médica o algo así?
—No —respondo con calma—. Pero he visto suficientes heridas como para no dudar cuando hace falta.
Él entrecierra los ojos, estudiándome como si fuera un enigma que por fin empieza a resolver. Una sonrisa lenta y peligrosa curva sus labios. Bebe de nuevo y luego me ofrece la botella.
—Te lo has ganado.
Dudo un segundo. Solo uno. Me inclino y tomo la botella.
Mis dedos rozan los suyos y el calor que me sube por la nuca me marea.
Rowan inclina la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Por un instante, parece rendido. Y yo… yo quiero tocarlo de otra manera.
Quiero cerrar el espacio que nos separa y reclamar lo que anoche quedó a medias.
—Gracias —dice. Su voz es ahora un secreto, un susurro íntimo que solo me pertenece a mí.
Me aparto un poco, pero el aire sigue cargado de una tensión insoportable.
—¿Estás seguro de que estás bien? —pregunto, tratando de recuperar mi escudo de frialdad.
—Sí —responde, aunque se encoge al intentar moverse.
Me retiro un paso. La habitación se siente pequeña, asfixiante. No sé qué ha sido más difícil: coserle la carne o no besarlo mientras lo hacía.
—Vega… —su voz me detiene. Mi nombre en sus labios es un desafío y una súplica.
Respiro hondo. Decido que hoy mantendré la distancia, aunque cada fibra de mi ser desee que no haya límites. Pero el cansancio le está ganando la batalla. Lo veo en cómo sus hombros caen, en cómo sus ojos se cierran contra su voluntad.
—Rowan… —susurro—. No vas a descansar aquí. Te vas a joder la espalda en ese sofá y la herida no cerrará.
—No me molesta… estoy bien así —responde con esa terquedad masculina que me dan ganas de abofetear.
Me acerco y rozo su brazo. Su piel arde.
—No, Rowan. Necesitas descansar para que la herida cicatrice. Dormir aquí solo va a empeorarlo todo.
—Vete a descansar, Vega —dice, con una advertencia oscura en los ojos—. Antes de que haga algo que no deba.
Me sostiene la mirada, una mezcla de deseo y peligro.
—No quiero dormir en la cama —susurra, pero noto el hilo de rendición.
—Entonces tendré que obligarte —respondo firme—. Ven conmigo. Necesito asegurarme de que no te levantes en mitad de la noche y te desgarres los puntos.
Él gruñe, con un sonido animal.
—Tú… estás obsesionada conmigo, ¿verdad? —La sombra de su sonrisa es intoxicante.
—Sí —bromeo, aunque ambos sabemos que hay mucha verdad en esa palabra—. Y por eso te digo que te metas en la cama. Ahora.
Rowan se queda inmóvil. Finalmente, suspira y se incorpora con cuidado. Cada movimiento es una tortura que intenta ocultar. Lo ayudo a levantarse, pasando su brazo sobre mi hombro. Siento su peso, su calor, la fuerza de sus músculos incluso en su debilidad.
—No te muevas demasiado —susurro guiándolo hacia el colchón—. Solo… déjame cuidar de ti esta noche.
Él inclina la cabeza y sus labios rozan mi cabello.
—No sé si quiero descansar… si significa no sentirte cerca.
Mi pulso se dispara. Lo ayudo a recostarse y ajusto el vendaje una última vez. Él cierra los ojos con un suspiro de alivio. Recojo el material manchado: las gasas con sangre, el hilo, los restos de la batalla. Me muevo en silencio, limpiando el rastro del dolor, borrando lo que no debe estar ahí.
Pero aún hay sangre seca en su abdomen. Vuelvo del baño con un vaso de agua y analgésicos.
—Toma. Esto te ayudará con el dolor.
Él bebe despacio, ayudado por mi mano. Cuando termina, humedezco una gasa y empiezo a limpiar los restos de sangre de su piel, recorriendo la línea de su abdomen con una lentitud que me delata. Mis dedos se mueven con una consciencia nueva. Su piel sigue caliente, invitándome a quedarme.
—Quédate quieto —susurro cuando intenta moverse.
Termino de limpiarlo y me quedo sentada a su lado, lo suficientemente cerca para sentir su corazón. Rowan abre apenas los ojos, relajándose por fin, confiando en mí de una manera que me consume.
—Descansa, Rowan —susurro, pasando mi mano por su brazo una última vez.
Él emite un suspiro de aceptación. Y mientras su respiración se vuelve rítmica, me doy cuenta de que este juego de deseo y control nos ha atrapado a ambos. Esta noche, el monstruo duerme bajo mi guardia. Y por primera vez, no sé quién de los dos es el verdadero prisionero.
Me despierto varias veces durante la noche, en ese estado de alerta perpetuo que solo conocen los soldados y los que han perdido demasiado.
Vigilo cada respiración de Rowan a mi lado.
Su cuerpo, antes una masa de tensión y resistencia finalmente ha cedido al cansancio y a los analgésicos.
Ha confiado en mí lo suficiente para cerrar los ojos, para dejar su vida en mis manos.
Yo, en cambio, sigo consciente de cada sonido del apartamento: el leve crujido de las paredes, el zumbido de la nevera y el frío sutil que se filtra por la ventana.
A las tres de la mañana —la hora maldita—, un sudor frío me recorre la espalda. La habitación es un laberinto de sombras, iluminada solo por el resplandor mortecino de una farola que se cuela por la cortina. Y entonces… los recuerdos me atacan como lobos hambrientos.
En mi mente, estoy corriendo. Corriendo entre sombras que se alargan y gritan mi nombre con voces distorsionadas.
Voces que no reconozco y que, a la vez, me resultan dolorosamente familiares.
Un disparo resuena en mis oídos, un estallido seco que me hace vibrar los dientes, y siento la sangre caliente empapando mis manos.
Es la misma sensación de parálisis que sentí cuando ocurrió de verdad… pero ahora es más intensa. Más real.
—No… —susurro. Intento despertar, pero estoy atrapada en la pesadilla—. No…
Despierto entre jadeos, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Siento su calor justo detrás de mí y, en un acto puramente instintivo, busco su contacto.
Rowan reacciona al segundo. Su brazo rodea mi hombro, firme, posesivo, una barrera de carne y músculo contra mis fantasmas.
La cercanía me hace estremecer, incluso mientras el terror sigue recorriendo cada uno de mis músculos.
—Nena… —su voz grave y profunda me atraviesa como una bala, trayéndome de vuelta al presente—. Estoy aquí. No pasa nada.
Pero la pesadilla no se rinde fácilmente.
Las sombras de mi pasado se mezclan con la sensación de peligro, con el tacto de manos que nunca quise sentir y el frío cortante del miedo.
Suelto un grito bajo, con la voz rota por el llanto contenido, y me giro hacia él en la oscuridad, aferrándome a su pecho como si fuera la única madera flotante en un naufragio.
—Shh… —susurra pasando una mano por mi cabello, acariciando mi nuca con una delicadeza que contrasta con la brutalidad que desprende—. Soy yo. Estás segura. Nadie puede tocarte. Te tengo, nena.
Su calor me envuelve, un incendio controlado que empieza a derretir el hielo de mi pánico.
Poco a poco, mi respiración se regula, sincronizándose con los latidos potentes de su corazón bajo mi oído.
Pero su cercanía también despierta algo más: un fuego contenido que no debería estar allí, no cuando me siento tan vulnerable.
La línea entre el cuidado y el deseo se vuelve difusa, casi inexistente.
Mi cuerpo responde a su tacto incluso cuando mi mente intenta poner barreras.
—Rowan… —murmuro, apenas un hilo de voz contra su piel.
—Lo sé —responde él. Su aliento roza mi mejilla, caliente y cargado de una promesa silenciosa.
Me acurruco contra él, hundiendo el rostro en su pecho, evitando rozar el vendaje pero necesitando sentir su fuerza.
Su brazo me rodea con más fuerza, pegándome a su costado.
La oscuridad de la pesadilla sigue rondando en las esquinas de la habitación, pero su protección me da algo que no esperaba: una seguridad absoluta…
y algo más intenso, más peligroso que cualquier fantasma.
—Quédate conmigo —susurra él contra mi sien.
Mi corazón se acelera por mil razones distintas. Por el residuo del miedo, por el calor de su piel contra la mía y por la tensión eléctrica que siempre nos consume. Por primera vez, en medio de la noche y del dolor, confío en él sin reservas.
Mientras me dejo arrastrar de nuevo hacia el sueño, protegida por el hombre que me mantiene cautiva, sé que la noche aún no ha terminado.
La oscuridad de mi pasado y la obsesión de Rowan por mí se han entrelazado definitivamente, jugando un juego cuyas reglas aún no comprendemos, pero del que ninguno de los dos puede —o quiere— escapar.