Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Vega

Rowan me lanza una mirada rápida mientras se ajusta la chaqueta de cuero, ocultando el arma y la tensión que siempre lo acompaña.

—Tengo que salir un rato —dice con esa voz que no admite réplicas—. No te muevas de aquí, ¿entendido?

—¿Y me vas a dejar sola con tus hombres? —pregunto, con un hilo de ironía y desconfianza filtrándose en mis palabras.

—Solo con Dante —responde, ya con la mano en el pomo—. Él se encargará de que no te pase nada… y de que no hagas locuras.

Dante, uno de los hombres de confianza de Rowan, asiente sin pronunciar palabra.

Su mirada es fría, como si estuviera evaluando cada centímetro de la habitación y, al mismo tiempo, diseccionando cada uno de mis posibles movimientos.

Es silencioso, pero su presencia física —ancha, alerta y letal— llena el espacio.

Rowan sale, la puerta se cierra tras él con un golpe seco y, de repente, el aire se vuelve denso. Estoy sola con Dante.

—Bueno… ¿y ahora qué? —pregunto, cruzándome de brazos y apoyándome en la encimera—. ¿Me vas a vigilar todo el día o me vas a dar conversación?

Dante me mira de arriba abajo, imperturbable. Su rostro es una máscara de profesionalidad.

—No estoy aquí para conversar —responde con una calma que irrita—. Estoy aquí para asegurarme de que no te metas en problemas, Vega.

—¿Problemas? —repito, arqueando una ceja—. ¿Como escapar por la ventana o disparar a alguien?

—Exactamente —responde sin un ápice de ironía—. Y si te mueves sin permiso, tendrás problemas, ¿queda claro?

Suspiro, dejando caer los hombros. Estar bajo vigilancia nunca fue lo mío, y menos cuando el carcelero parece una estatua de granito.

—Entonces… ¿solo te quedarás ahí plantado, observando como un psicópata silencioso?

Dante da un paso y se recuesta contra la pared. Mantiene su arma visible, pero su postura es relajada, casi indolente, lo que lo hace parecer aún más peligroso.

—Observar es más útil que disparar, princesa. Te sorprenderías de cuánto aprendes de alguien simplemente mirando.

—¿Y qué has aprendido de mí hasta ahora? —le lanzo, con una mezcla de desafío y una curiosidad que no puedo reprimir.

—Que eres obstinada —dice, directo al grano—. Que no sabes seguir órdenes. Y que a Rowan le importas más de lo que admitirá jamás.

Eso me corta la respiración un segundo. Frunzo el ceño.

—¿Qué sabes tú de lo que le importo a Rowan?

—Más de lo que me gustaría admitir —responde, acercándose un par de pasos, recortando la distancia sin llegar a ser invasivo—. Él confía en ti, aunque no te lo diga. Y si algo te pasara, no se lo perdonaría nunca.

El silencio vuelve, pero ahora tiene un matiz diferente, algo más cálido y humano. Lo estudio con detenimiento, la forma en la que sus ojos verdes escanean la entrada incluso cuando me habla, la facilidad con la que controla cada músculo.

—¿Siempre eres así? —pregunto de pronto—. Misterioso, callado… un poco intimidante.

Dante arquea levemente una ceja, y por primera vez detecto un destello de diversión en su mirada.

—Depende de con quién esté.

Se encoge de hombros, manteniendo esa media sonrisa que parece guardarse un secreto. Dudo un segundo, pero la curiosidad me quema.

—¿Tienes novia?

La pregunta cae entre nosotros con el peso de una granada. Dante no responde de inmediato; sus ojos verdes se clavan en los míos, evaluando a qué clase de juego estoy intentando jugar.

—No —dice al final—. No tengo tiempo para eso.

—Qué triste —comento, aunque no puedo evitar un ligero tono burlón—. Tan guapo y tan ocupado.

Su sonrisa se acentúa, volviéndose casi cínica.

—No es tristeza. Es elección.

—Claro… seguro que todas piensan lo mismo —replico, aguantándole el pulso.

Se separa de la pared y se cruza de brazos, devolviéndome el golpe.

—¿Y tú siempre haces preguntas personales a hombres armados que apenas conoces?

—Solo cuando me obligan a pasar tiempo con ellos —respondo, encogiéndome de hombros—. Es una forma de no aburrirme.

Dante niega con la cabeza, casi imperceptiblemente, pero noto que ha bajado un poco la guardia.

—No tienes remedio, princesa.

—No —admito—. Pero funciona. —Hago una pausa, bajando un poco el tono—. ¿Y tu familia?

Esta vez sí hay un cambio. Es sutil, pero real: su mandíbula se tensa y el brillo divertido de sus ojos se apaga un instante.

—Muertos —responde, seco.

El aire se vuelve frío de repente. Parpadeo, dándome cuenta de que he tocado un tema delicado.

—Lo siento…

Él niega con la cabeza, recuperando la compostura.

—No pasa nada, solo que no es algo de lo que suela hablar.

Asiento lentamente, pero el impulso de saber más es más fuerte que mi prudencia.

—¿Y dónde vives? —pregunto, suavizando la voz—. ¿También en una casa sin fotos ni recuerdos como esta?

Exhala por la nariz, una media risa contenida.

—Algo así.

—Qué deprimente —murmuro—. Ni una planta, ni un sofá cómodo…

—Tengo un sofá —responde, mirándome con una chispa de diversión en la cara.

—Vaya, todo un lujo —digo, llevándome la mano al pecho en un gesto dramático—. Un auténtico palacio.

Por un momento, el ambiente se relaja. La sombra de Rowan parece alejarse un poco.

—No paso mucho tiempo allí —añade Dante—. Solo lo necesario.

—Entonces no es un hogar —digo sin pensar—. Es solo un sitio donde caer cuando no tienes otra opción.

Se queda en silencio. Por primera vez, Dante no tiene una respuesta rápida o una frase mordaz. Sus ojos se detienen en mí de una forma distinta, más profunda, como si estuviera viendo a la mujer detrás de la prisionera.

—Puede ser —admite finalmente.

Sostengo su mirada un segundo más de lo necesario, consciente de que ese hilo de honestidad nos ha unido de una forma extraña.

—¿Y tú? —pregunto—. ¿Siempre estás al servicio de Rowan, o hay algo más?

—Siempre estoy al servicio de Rowan —dice sin un ápice de duda—. Pero mientras esté aquí, me aseguro de que tú estés segura. Es diferente, princesa, créeme.

Me muerdo el labio. La tensión en la habitación se vuelve eléctrica, mezclando el miedo residual con una curiosidad punzante.

—¿Y si me escapara, Dante? —suelto, solo por probar hasta dónde llega su paciencia.

—No lo harás —responde con una seguridad que me irrita—. Pero si lo intentaras, tendrías un par de segundos para arrepentirte antes de que yo interviniera.

Me cruzo de brazos y respiro hondo. Todo en este mundo está diseñado para el control: Rowan, Dante, esta casa de paredes mudas.

—Debes ser un hombre muy aburrido —le digo finalmente—. Vigilar a una prisionera que se queja todo el día.

Deja escapar una media sonrisa, apenas un roce en sus labios.

—Aburrido sería si no hubiera riesgo —responde—. Y contigo, princesa, nunca hay aburrimiento.

El silencio vuelve a caer, pero ya no es pesado. Lo observo: cada respiración, la forma en que su mano derecha descansa siempre cerca de la funda de su arma. Él hace lo mismo conmigo, calculando mis impulsos.

—¿Y él… siempre deja todo así de organizado? —pregunto, mirando las estanterías vacías—. Sin fotos, sin recuerdos… nada personal.

—Así es Rowan —dice Dante—. Orden, control, eficiencia. Nada que pueda ser usado contra él. Nada que le distraiga. Y aun así… siempre tiene tiempo para cuidar a quienes le importan.

Sus palabras me dejan pensativa. Rowan no necesita estar presente para que su voluntad se cumpla; su control reside en la lealtad ciega de hombres como este.

—¿Cuánto tiempo llevas siendo su hombre de confianza?

—Demasiado para contar historias interesantes —dice con esa ironía que parece ser su marca personal—. Pero dime… —Hace una pausa, clavando sus ojos verdes en los míos con una intensidad renovada—. ¿A qué te dedicas, Vega?

Respiro hondo. No suelo abrir este baúl, pero la calma de Dante me empuja a hacerlo.

—Antes era policía —confieso —. Me gustaba… o eso pensaba. Hasta que pasó algo que no pude controlar. Algo que me obligó a dejarlo todo.

—¿Policía? —arquea una ceja, genuinamente sorprendido—. No me lo hubiera imaginado nunca.

—Una operación salió mal —continúo, sintiendo el nudo de siempre en la garganta—. Perdí a alguien… alguien importante. No pude aceptar lo que pasó. Me sentí responsable, aunque sabía que no era del todo mi culpa.

Dante me observa en silencio. No hay juicio en su mirada, solo una atención que me permite respirar sin fingir que soy de hierro.

—Después de eso… no pude seguir. La policía no era un lugar seguro para mí, ni para nadie que se cruzara en mi camino. Me sentía atrapada, y un poco rota.

Él asiente lentamente. Su silencio es una invitación.

—Entonces… cambié de rumbo —continúo, jugando con el borde de mi camiseta—. Ahora me dedico a limpiezas.

Frunce el ceño, confundido.

—¿Limpiezas?

—Limpieza postmortem —aclaro—. Escenas de crimen, suicidios, accidentes… lugares donde la muerte deja huella.

El silencio se vuelve denso, pero esta vez es un silencio de respeto.

—Suena duro —dice finalmente.

—Lo es. Pero me da control. Me mantiene cerca de la justicia de un modo extraño. Y sobre todo… me permite no sentirme inútil frente a la muerte. Le da sentido a lo que hago.

Dante no me juzga. Simplemente me escucha, aceptando mi oscuridad como acepta la suya.

—Entiendo —dice—. No cualquiera podría hablar así de su pasado. Rowan debe haberse dado cuenta de tu fortaleza.

Sonrío levemente. Es un alivio compartir el peso.

Me recuesto en el sofá, sintiendo que Dante, a pesar de ser mi carcelero, es alguien que entiende el lenguaje de las cicatrices.

—No te he preguntado… ¿en qué trabaja Rowan, realmente? —intento sonar casual.

Él se tensa, un microgesto que casi me pierdo.

—Rowan hace muchas cosas. Muy pocas de ellas son fáciles de explicar.

—Eso no me dice mucho —replico—. ¿Negocios? ¿Política?...

Dante se acerca un poco más, apoyando las manos en sus piernas, midiendo el terreno.

—Digamos que Rowan se ocupa de resolver problemas que otros prefieren ignorar. Y es el mejor en lo que hace.

—Eso suena… misterioso —río suavemente—. Pero no me vas a decir más, ¿verdad?

—No. Algunas cosas no se comparten hasta que es seguro. Por ahora… puedes confiar en que todo lo que hago es para mantener a Rowan y a su mundo a salvo. Incluyéndote a ti por supuesto.

Respiro hondo, dejándolo ahí. Hay algo en su forma de hablar que me dice que no miente del todo, solo que… hay capas de verdad que todavía no puedo ver.

—Está bien —susurro—. Supongo que tendré que conformarme con eso por ahora.

Él asiente, como aprobando mi decisión, y vuelve a mirar hacia la ventana. El silencio que queda entre nosotros tiene un peso distinto: lleno de secretos compartidos de manera indirecta, pero también de confianza implícita.

Por un momento, siento que estoy más cerca de entenderlo, aunque todavía haya barreras que no puedo atravesar.

Me recuesto un poco más en el sofá, sintiendo cómo la tensión del día empieza a ceder. Dante sigue sentado frente a mí, hablando de cosas generales, casi superficiales, pero su presencia es tranquilizadora. Cada palabra llega a mis oídos con un murmullo que se mezcla con el leve zumbido de la casa.

Pestañeo más lentamente, y siento cómo el peso del sueño comienza a apoderarse de mis párpados. Intento mantenerme alerta, pero es inútil. Cada respiración se vuelve más profunda, más pausada. Siento que me hundo en el sofá, y por un momento me doy cuenta de que puedo permitirme descansar.