Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Rowan

No debería haber salido del baño sin vestirme antes.

Lo sabía. Pero cuando abrí la puerta y la vi arrodillada sobre la cama, con mi camiseta cubriéndole apenas la piel, algo en mi cabeza dejó de funcionar con normalidad.

La camiseta es mía, y está sobre su cuerpo.

La idea de que algo mío la toque de esa forma, que la tela que roza mi piel ahora acaricie la suya...

me enciende algo que no es precisamente sano.

Camino hacia ella despacio, midiendo cada paso como si estuviera acechando a una presa que, a la vez, es mi único refugio.

No quiero asustarla, pero, sobre todo, no quiero que note lo que realmente me pasa por la cabeza cuando me mira así.

Me está observando como si quisiera devorarme.

Y, maldita sea, eso debería bastarme para perder el juicio.

—¿Qué miras? —le pregunto, aunque la respuesta late entre los dos.

Se sonroja. Cruza los brazos en un intento inútil de protegerse y finge.

No es buena fin giendo. Cuando apoyo la rodilla en la cama y me inclino sobre ella, el aire se vuelve denso, casi sólido.

Siento cómo su respiración cambia, cómo su cuerpo responde a mi proximidad antes incluso de que mis dedos la rocen.

Me gusta. Me gusta demasiado el poder que tengo sobre sus reacciones.

Deslizo la mano por la sábana, subiendo por su muslo sin llegar a tocarla, torturándonos a ambos con la posibilidad del contacto.

Podría hacerlo. Podría marcarla como mía en cuestión de segundos.

Cuando susurra “hazlo”, algo dentro de mí se rompe.

Porque no suena asustada; suena hambrienta.

Y eso es lo que me obliga a detenerme. No porque no la desee —mi polla está tan dura que me duele—, sino porque si cruzo esa línea ahora, no habrá vuelta atrás. No habrá rescate posible para ninguno de los dos.

—No voy a tocarte —termino diciendo.

No porque no quiera. Sino porque quiero demasiado. Me aparto antes de que el instinto gane a la razón. Bajo de la cama y camino hacia el armario. Necesito distancia. Necesito recomponer mi jodida cabeza.

Me quito la toalla sin pensar, movido por una urgencia ciega de vestirme y recuperar mi armadura.

Entonces siento su mirada en mi espalda.

Se clava como una caricia que no le pedí, recorriendo cada relieve de mi piel.

Y recuerdo. Las cicatrices no me avergüenzan; son los galones de las guerras a las que he sobrevivido.

Pero que ella las vea… que vea hasta dónde puedo llegar cuando me importa alguien…

eso me inquieta más que cualquier arma apuntándome al pecho.

—Vístete —le ordeno, con la voz más seca y cortante de lo que pretendía.

—Rowan… —susurra.

Ese tono. Cuando pregunta quién me hizo eso, la memoria me golpea con la violencia de un puño americano.

—No importa.

Porque si importa, ella empezar a formar parte de lo que pasó.

Y no estoy seguro de saber proteger lo que me importa sin destruirlo en el proceso.

Siento su mano en mi espalda y mi cuerpo se tensa al instante.

No por dolor, sino por un instinto primario de defensa.

No estoy acostumbrado a que me toquen ahí sin la intención de arrancarme un pedazo de carne.

—No necesito que me mires con lástima.

La palabra me quema la garganta como ácido.

Pero ella no retrocede. Dice que es rabia lo que siente.

Rabia por lo que me hicieron. Y por un segundo, un puto y glorioso segundo, quiero creerle.

Quiero creer que no va a huir cuando entienda que el hombre frente a ella está hecho de pedazos mal pegados.

Pero cuando me mira así… abierta… decidida…

algo en mi cerebro cambia de lugar. Ya no es solo deseo.

Es necesidad. Necesidad de que se quede.

Necesidad de que me mire siempre como si yo fuera su único norte.

Y eso es peligroso. Porque cuando algo se vuelve necesario para mí, hago lo que sea para no perderlo. Lo que sea.

Retrocedo un paso. Si me quedo, voy a besarla. Si la beso, voy a empotrarla contra la pared y no voy a parar hasta que ambos estemos exhaustos. Y si no paro, voy a querer más de lo que tengo derecho a pedir.

—Necesito… —empiezo. Necesito que no me importes tanto. pienso.

No termino la frase. Salgo de la habitación como un vendaval, huyendo de una batalla que no sé si puedo ganar.

En la cocina, apoyo las manos en la encimera y agacho la cabeza, dejando que el frío del mármol me baje las revoluciones.

Respiro hondo. Intento calmar los latidos desbocados de mi corazón.

Pero lo único que veo al cerrar los ojos es a ella bajo mi camiseta negra.

Su voz susurrando que lo haga. Su mano tocando mis cicatrices sin asco, sin miedo.

Vega ha visto lo que prohíbo ver a todo el mundo.

Y no se ha apartado. Eso es lo que me descoloca.

Preparo café solo para ocupar las manos, para tener algo que controlar. El olor amargo y fuerte llena el aire, dándome un punto de anclaje. Mientras ella se ducha, dejo la ropa que compré hace una semana sobre la cama. No sé por qué lo hice, o quizás sí.

Cuando escucho sus pasos en el pasillo, cada nervio de mi cuerpo se pone en alerta roja.

Me enderezo, pero no me giro. Necesito reconstruir mi máscara de frialdad.

Escucho cómo se detiene en el umbral. Puedo sentir su presencia vibrando detrás de mí.

Aprieto la taza entre las manos hasta que los nudillos se me ponen blancos.

No me giro, pero sé exactamente el momento en que da un paso dentro de la cocina.

El suelo cruje bajo su peso. Su respiración cambia.

Hace una pausa pequeña, casi imperceptible, evaluándome.

—Gracias por la ropa —dice al fin.

Doy un sorbo al café antes de responder, dejando que el calor me queme la lengua.

—No se dan —respondo con voz seca, profesional.

—Ah.

Silencio otra vez. Puedo imaginarla perfectamente: cruzándose de brazos, levantando la barbilla, lista para pelear. Es una superviviente por naturaleza.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta con un tono curioso, casi suave.

Aprieto la taza, deseando que el café fuera algo más fuerte.

—Intentando no cometer un error —susurro en voz baja, casi para mí mismo.

Escucho su respiración detenerse un segundo.

—¿Yo soy el error?

Cierro los ojos un momento, tomo aire y me giro despacio.

Está apoyada en el marco de la puerta. Vaqueros ajustados que marcan sus curvas, camiseta clara, el cabello negro aún húmedo cayéndole por los hombros en ondas desordenadas.

Está demasiado guapa para alguien que insiste en parecer indestructible.

—No —digo con firmeza, clavando mis ojos en los suyos—. Tú no eres el error.

Camino un paso hacia ella sin acercarme demasiado. Mantengo la distancia de seguridad, me pican las manos por querer tocarla.

—El error sería tocarte sin que estés preparada para lo que viene después.

Sus ojos, oscuros y profundos, se clavan en los míos sin parpadear.

—¿Y qué viene después? —pregunta con la voz temblorosa, pero sin sombra de duda.

La pregunta es directa, honesta y malditamente peligrosa.

—No soy alguien fácil de tener cerca, Vega —respondo—. Lo que viste en mi espalda no fue un accidente. Es una vida entera de cosas que no desaparecen solo porque ahora tenga una cocina y café caliente. Soy todo oscuridad, nena.

Ella no aparta la mirada. Ni siquiera parpadea.

—No pretendo que desaparezcan —susurra en voz baja.

Su respuesta me descoloca más que cualquier ataque directo.

—Te pedí que me dejaras entenderte —añade.

Doy otro paso. Ahora estamos a menos de un metro. El aire entre nosotros está cargado de electricidad estática.

—Entenderme implica quedarte —murmuro—. Y quedarte conmigo no es… fácil.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, aparece en la comisura de sus labios. Una sonrisa que me dice que no sabe dónde se está metiendo, o que le da exactamente igual.

—No me va lo fácil —dice cruzándose de brazos, lanzándome una mirada que es puro fuego y desafío.

El corazón me golpea con tanta fuerza que me duele el pecho. Porque lo dice en serio. No es un juego. Levanto la mano, esta vez sin dudar, sin detenerme a mitad de camino. Rozo un mechón húmedo de su cabello y lo aparto de su rostro con una lentitud deliberada.

—Si cruzamos esa línea —le digo en voz baja, mi cara a centímetros de la suya— no va a ser un juego de poder. No voy a competir contigo. No voy a dominarte para ganar algo. Voy a poseerte, Vega. De todas las formas posibles.

Sus pupilas se dilatan hasta casi borrar el iris.

—Bien —susurra.

Mi pulgar roza su mandíbula, bajando por la línea de su cuello.

—Pero si entras en esto conmigo —añado, endureciendo el tono— no te marcharás cuando esto se ponga oscuro. No acepto deserciones.

Su respiración se vuelve más profunda, golpeando contra mi pecho.

—No me asustan las sombras, Rowan —sentencia ella.

Me quedo mirando sus labios al pronunciar esas palabras.

Tengo unas ganas demoledoras de besarla, de morderla, de comprobar si sabe tan bien como recuerdo.

El silencio entre nosotros se alarga, volviéndose asfixiante.

El aire se espesa. Podría perder el control y dejar que el mundo ardiera fuera de estas cuatro paredes.

Pero lo que siento no es miedo a perder el control.

Es el miedo aterrador a querer quedarme para siempre cuando ella decida que ya ha tenido suficiente de mis sombras.