Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Vega

Me despierto con la luz que entra por la ventana y el silencio llena la habitación. El sofá está vacío.

—¿Dónde…? —susurro, todavía medio dormida.

Escucho el agua corriendo. Rowan está en el baño, duchándose. Un escalofrío me recorre la espalda. No quiero admitirlo, pero algo en la idea de él ahí desnudo me hace sentir… algo que no sé cómo nombrar.

Me incorporo despacio quedándome de rodillas sobre la cama. Llevo puesta la camiseta que me dejó ayer. La tela oscura me cubre lo justo y ese simple pensamiento hace que se me contraiga el estómago. El agua se detiene, y pronto lo veo aparecer.

La toalla rodea su cintura, ridículamente baja, dejando ver la curva de sus caderas y un torso que parece esculpido en piedra. Tiene los hombros anchos, la línea del abdomen marcada y el pecho cubierto de gotas que brillan bajo la luz.

Pero son los tatuajes los que me dejan hipnotizada.

La tinta negra trepa por sus brazos y se pierde por su pecho en patrones oscuros y complejos, grabados en una piel que parece contar mil historias violentas.

No puedo apartar la mirada. Mi corazón se acelera y me muerdo el labio sin poder evitarlo, recorriendo con los ojos cada músculo y cada cicatriz que se entrelaza con el arte en su cuerpo.

Rowan se da cuenta de mi escrutinio. Se apoya contra el marco de la puerta con una arrogancia que me enfurece tanto como me atrae, dejando que el agua resbale por sus abdominales tatuados.

—¿Qué miras? —Su voz grave, aún más profunda por el vapor, me hace sobresaltarme. Me pongo rígida al instante.

—Nada —respondo, tratando de sonar casual, cruzando los brazos, aunque sé que me traiciona el color de mis mejillas—. Solo… es que… bueno… estoy evaluando la… eficiencia de la toalla.

Su mirada se clava en mis piernas. Trago saliva con dificultad, sintiendo cómo la garganta se me cierra y la boca se me seca.

Él se queda ahí, demasiado cerca, invadiendo mi espacio sin necesidad de tocarme, estirando cada segundo hasta volverlo insoportable.

Sus ojos no se apartan de las marcas que decoran mis muslos, recorriéndolos con una lentitud que me hace sentir expuesta.

Un nudo de ansiedad se me aprieta en el estómago. Me aterra que pregunte por ellas. Me aterra que el silencio se rompa y tenga que poner palabras a lo que mis recuerdos apenas logran descifrar; que el horror que hay detrás de cada cicatriz se filtre en este momento de calma y lo destruya todo.

—¿Vas a seguir mirándome como si no supieras qué hacer conmigo? —añade, inclinando la cabeza, como si me estuviera estudiando.

Suelto una risa breve y seca.

—Créeme, sé perfectamente qué hacer contigo.

—Ah, ¿sí?

Hay algo en su tono… un desafío. Uno que mi orgullo no debería aceptar, pero que mi cuerpo reclama a gritos.

—Sí —respondo, más firme de lo que me siento—. Ignorarte.

Su sonrisa no desaparece. Al contrario, se vuelve algo más afilado y oscuro.

—No parece que te esté funcionando muy bien.

Trago saliva, odiando el hecho de que tenga razón.

—No sabía que te gustara exhibirte —le digo con un tono que no es el que quería utilizar; suena más a deseo que a reproche.

—Te encanta que lo haga —responde con una sonrisa peligrosa que hace que se me ericen los pelos de la nuca.

—No te creas tan irresistible. — espeto con voz cortante.

Él suelta una risa seca, ignorando el dolor del costado que yo misma le causé.

Me observa con una intensidad depredadora, como si mis palabras fueran el mejor de los cumplidos.

Sabe que me tiene desarmada, y no por sus hombres armados que vigilan fuera, sino por la pura fuerza de su presencia en esta habitación.

Es un animal herido, peligroso y malditamente perfecto.

Se detiene justo frente a la cama. Está lo bastante cerca como para que el calor de su piel me envuelva.

Huele a jabón, a limpio y a hombre. El pelo negro está empapado y las gotas de agua le resbalan por el rostro, bajan por su pecho tatuado y recorren su abdomen hasta detenerse en el borde de la toalla.

—No es que me lo crea —murmura con una sonrisa que no promete nada bueno—. Lo soy.

Aprieto los dedos contra el colchón, hundiendo las uñas en la tela.

Rowan apoya una rodilla en la cama. El colchón cede bajo su peso y él se inclina sobre mí, tan cerca que un par de gotas de agua de su cabello caen directamente sobre mis labios.

No me toca, pero está invadiendo cada átomo de mi espacio.

El corazón me golpea el esternón y, sin pensar, me paso la lengua por los labios para recoger las gotas.

—Dime que no quieres que me acerque más —susurra a centímetros de mis labios.

Mi respiración se vuelve irregular. Sé que debería decir que no. Pero no puedo apartar los ojos. Su mirada desciende lentamente por mi cuerpo. Se detiene en su camiseta y acto seguido en mis piernas desnudas.

—Llevas algo que es mío —dice con una sonrisa peligrosa—. Y todo lo que toca esa camiseta... me pertenece.

El pulso me golpea con fuerza en la garganta.

—Yo no soy tuya —susurro con la voz temblorosa.

—Todavía no.

Se inclina un poco más, rompiendo la última barrera.

Siento su aliento rozándome el cuello, enviando descargas eléctricas por todo mi sistema.

Su mano se desliza por la sábana, subiendo despacio por mi muslo...

sin llegar a tocar mi piel. Solo roza el borde de la tela.

El hecho de que no me toque es una tortura peor que cualquier golpe.

—Pero puedo hacer que me supliques, Vega —murmura contra mi piel.

Un escalofrío me recorre entera. Giro el rostro y nuestros labios quedan a un suspiro de distancia, compartiendo el mismo aire. El recuerdo de lo que me hizo anoche, de su lengua reclamándome sobre la mesa, sigue clavado en mi mente y no puedo pensar en otra cosa.

—Hazlo —pienso. Pero me encuentro susurrándolo en voz baja, entregándome.

Rowan se queda paralizado por un segundo, como si mi rendición le hubiera golpeado. Luego sonríe y en sus ojos puedo ver algo más que deseo, pura oscuridad.

—No voy a tocarte —dice, y su voz ya no tiene el mismo tono juguetón. Es firme. Decidido.

Esa frase me sacude como un jarro de agua fría.

—¿Qué se supone que significa eso? —pregunto, totalmente desconcertada.

Se aparta por completo, bajando la pierna de la cama y tomando una distancia que duele.

El colchón recupera su forma, pero el espacio que deja se siente vacío, demasiado grande.

Se dirige hacia el armario y me da la espalda por completo.

Se quita la toalla de un tirón y me quedo petrificada, mirando su cuerpo mientras busca ropa.

—Vístete — me dice.

Pero no puedo apartar los ojos de él. Tiene toda la espalda llena de cicatrices.

Marcas irregulares, muchas de ellas redondas, dispersas, como cientos de impactos que atravesaron la piel y dejaron su huella al salir.

Algunas son pequeñas, otras más deformes, más profundas, como si el daño hubiera sido mayor.

Hay cicatrices antiguas, blanquecinas, y otras aún rosadas.

Una especialmente fea le cruza cerca del omóplato, con una salida desgarrada que se abre hacia un lado.

El aire se me queda atascado en los pulmones.

—Rowan… —mi voz sale como un susurro.

Él se tensa. Sus hombros se bloquean. Sabe exactamente lo que estoy mirando. Se pone la camiseta rápido, ocultando el mapa de su calvario, y acto seguido se sube los pantalones. La tela cubre las cicatrices, pero la imagen ya está grabada a fuego en mi cabeza.

—Te he dicho que te vistas —repite, sin girarse todavía.

Hay algo distinto en su voz ahora. Una vibración metálica, defensiva. Me bajo de la cama lentamente, pero no para buscar ropa. Camino hacia él en silencio, atraída por un magnetismo que ya no puedo negar.

—¿Quién te hizo esto? —murmuro mientras coloco una mano justo en el centro de su espalda, sobre la camiseta negra.

Rowan se queda inmóvil. Su espalda se endurece como el acero bajo mi palma.

—No importa —murmura. Y puedo notar el dolor en su respuesta.

—Claro que importa.

—Es pasado —me suelta, intentando zanjar la conversación.

—El pasado no deja la piel así porque sí.

El silencio se espesa, volviéndose casi sólido entre nosotros. Por primera vez desde que lo conozco, Rowan parece… vulnerable. Humano.

—Vega —dice, controlando la voz con un esfuerzo sobrehumano—. Hay cosas que no quieres saber.

Da un paso hacia delante, alejándose de mi mano, y se gira. Sus ojos están cargados de un reproche amargo.

—No necesito que me mires con lástima —sentencia.

La palabra cae sobre mí como un golpe físico. Entiendo entonces que se apartó no por falta de deseo, sino por vergüenza. Porque estar desnudo frente a mí es mostrar lo que nadie ve, lo que él considera su debilidad. Me acerco un poco más, desafiando su paciencia.

—No te estoy mirando con lástima —digo con firmeza—. Te estoy mirando con rabia.

Él parpadea, desconcertado por mi respuesta.

—Rabia por lo que te hicieron. No por lo que eres —continúo, sosteniéndole la mirada.

Su mandíbula se tensa hasta que los músculos de su cuello sobresalen.

—No necesito que me salves.

—No intento salvarte —respondo, sin retroceder ni un milímetro—. Intento entenderte.

El aire entre nosotros cambia otra vez. Rowan sostiene mi mirada un segundo más, buscando alguna mentira en mis ojos. No la encuentra. Baja la vista, pasa una mano por su nuca y retrocede un paso, como si la cercanía física fuera un incendio que no puede apagar.

—Necesito… —empieza, pero no termina la frase. Las palabras se le mueren en la garganta.

Se gira antes de que pueda decir nada más y camina hacia la puerta, midiendo sus movimientos como si tuviera miedo de romperse o de romperme a mí. Cuando su mano toca el picaporte, se detiene un segundo sin girarse.

—Vístete —repite, más bajo esta vez, casi como un ruego.

Y sale. La puerta se cierra con un clic suave que suena como una detonación en el silencio de la habitación. Me quedo inmóvil, sola, en medio de la estancia que todavía huele a él.

De repente todo parece más grande. Más frío.

La cama deshecha, la toalla tirada en el suelo, el vapor que aún flota en el aire.

Exhalo despacio, sintiendo que por fin puedo respirar, aunque el aire me queme.

Mis piernas flaquean y me siento en el borde de la cama, intentando procesar las cicatrices, su mirada y la forma en que ha huido de mí.

Me levanto al fin y entro en el baño. Cierro la puerta con seguro, apoyando la espalda contra la madera fría durante unos segundos.

Abro la ducha y dejo que el agua caliente llene el espacio de vapor.

Me quito la camiseta y los calzoncillos lentamente; la tela todavía conserva su calor y su olor a sándalo y piel.

Entro bajo el agua y dejo que el calor me envuelva, pero la imagen de su espalda marcada no se borra.

Cuando salgo, me observo en el espejo empañado. No soy buena manejando cosas que me importan. Y Rowan… no sé por qué, pero me importa más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Sobre la cama encuentro una pila de ropa: camisetas, vaqueros, mallas y ropa interior, todo de mi talla y con el aroma a ropa limpia.

Rowan ha debido dejarla ahí mientras me duchaba.

Me visto con rapidez y salgo de la habitación.

Camino hacia la cocina siguiendo el tintineo de una cuchara contra el cristal.

Lo veo allí, de espaldas, apoyado en la encimera con una taza entre las manos.

Su postura es relajada, pero sé que es una fachada.

Está reconstruyendo su armadura pieza por pieza.

Me detengo en el umbral. El olor a café inunda el aire. Y aunque solo han pasado unos minutos, sé que lo que hemos visto el uno del otro esta mañana lo ha cambiado todo.