Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Rowan

La sujeto un segundo más contra la mesa, disfrutando de su temblor, de su respiración entrecortada y de ese corazón que golpea contra sus costillas como un animal enjaulado. Puedo oírlo. Es un tambor salvaje que retumba contra mi propio pecho.

—Vamos —murmuro. Mi voz suena más ronca, cargada de una autoridad que intenta enmascarar el hambre que me devora.

No le doy margen para procesarlo. Mi mano rodea su cintura, firme, pero sin brusquedad, y la guío hacia el dormitorio.

No la arrastro, pero mi cuerpo es una barrera que no le deja más opción que avanzar.

Cada paso por el pasillo es una tortura silenciosa, un espacio cargado de verdades que ninguno se atreve a nombrar.

Cuando la suelto frente a la cama, su postura delata su fragilidad.

Está rota, temblando todavía por lo que acaba de pasar en la cocina.

Me mira con esos ojos enormes, buscando una señal: peligro, consuelo o qu izá una explicación que no puedo darle.

—Túmbate —ordeno. No es una sugerencia.

La observo dejarse caer sobre el colchón.

Abraza la almohada con un gesto instintivo, como si ese trozo de tela pudiera protegerla de mí o del mundo que hay tras esas paredes.

Me quedo de pie, mirándola desde arriba, respirando el aire que ella exhala.

Hay tanto que quiero decirle, tantas sombras que nos unen y que ella no recuerda…

pero el monstruo en mi interior me obliga a guardar silencio.

—¿Por qué… por qué me haces esto? —susurra. Su voz es un hilo de seda a punto de romperse, teñido de desconfianza.

La miro fijamente. Sus ojos me registran, tratando de leer mi alma. Por un instante, deseo que lo consiga. Que vea la oscuridad que soy y que, aun así, decida no huir.

—No voy a follarte —respondo.

Vega cierra los ojos, asimilando el golpe de mis palabras. Ese gesto me escuece. Me duele que tenga que recordarse a sí misma que está a salvo conmigo, cuando toda mi puta existencia desde que la vi por primera vez ha sido para asegurarme de que siga respirando.

—Rowan… —murmura de nuevo—. No entiendo nada.

Lo sé. No puede entenderlo, hasta que sea capaz de soportar el peso de la verdad. Me siento en el borde de la cama, manteniendo una distancia que me quema los dedos. Estoy demasiado cerca para lo que dicta la prudencia, pero lo suficientemente lejos para no asustarla. O eso intento creer.

—Sé que todo esto parece una locura —le digo en voz baja—. Que nada tiene sentido. No confías en mí, y no espero que lo hagas de momento.

Sus párpados se alzan lentamente. Hay miedo, hay curiosidad y hay algo más…

algo que nace del instinto y que la une a mí.

Mi mano, traicionera, se mueve antes de que mi cerebro pueda detenerla.

Rozo su muslo. Su piel arde bajo mi tacto.

Tardo un segundo en procesar que no hay barreras, que sigue desnuda de cintura para abajo tras lo de la mesa.

El aire se me queda atascado en la garganta, asfixiándome.

Retiro la mano de golpe, como si me hubiera quemado con ácido. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duelen los dientes. Control, joder. Control.

Me inclino hacia adelante, evitando mirarla, buscando una salida de ese bucle de deseo. Abro el cajón de la mesilla con más brusquedad de la necesaria. Revuelvo el interior hasta que mis dedos dan con lo que busco: unos calzoncillos de algodón y una camiseta negra de manga corta. Mía.

Los agarro con fuerza y me enderezo. Mantengo la vista clavada en la pared de enfrente durante un segundo eterno. Cuando finalmente la miro, le tiendo la ropa.

—Póntelo —digo. Mi voz suena tensa y temblorosa, con una urgencia que me cuesta ocultar—. Para dormir.

No añado nada más. Cualquier palabra que diga en este momento sería un error garrafal.

La observo de reojo mientras se mueve. Sus dedos se cierran sobre la tela negra y, tras un instante de duda, se quita la sudadera.

El movimiento es rápido, mecánico, pero mis ojos registran cada curva, cada sombra de su piel.

Se pone mi camiseta, que le queda enorme, y luego se pone los calzoncillos con esa torpeza leve de quien se siente observada hasta la médula.

Fijo la vista en un punto muerto de la habitación, dándole ese rastro de intimidad que es lo único que puedo ofrecerle ahora mismo sin romperme.

—Descansa. Mañana… hablaremos —susurro.

El silencio se vuelve denso, íntimo.  Por primera vez en años, siento que no tengo que vigilar desde las sombras; ella está aquí, bajo mi techo, vestida con mi ropa. Respiro hondo y espero a que sus ojos se cierren, observando cómo su cuerpo cede por fin al agotamiento.

—Duerme —murmuro. Me inclino lo justo para rozar su frente con un beso suave, una promesa de que mientras yo respire, nadie volverá a tocarla—. No voy a irme lejos.

Me aparto con cautela, asegurándome de no invadir su espacio más de lo necesario.

La miro un último segundo, grabándome su imagen en mi cama, y salgo de la habitación.

La puerta del dormitorio se cierra con un clic sordo, pero el silencio del salón no me trae la paz.

Al contrario, amplifica el estruendo de mi propia sangre.

Me quedo de pie en la penumbra, con la espalda apoyada contra la madera fría, tratando de vaciar mi mente de la imagen de Vega sobre la mesa.

De su piel expuesta. De la forma en que mi nombre se rompió en sus labios cuando mi lengua la reclamó y la dejó empapada para mí.

Me cago en mi puta vida.

Me separo de la puerta y camino hacia el ventanal, pero no veo la ciudad.

Me veo a mí mismo reflejado en el cristal: un hombre que ha perdido el control.

Aprieto los puños, pero el dolor de la herida en mi costado no es suficiente para distraerme del hambre que me quema más abajo.

Mi polla golpea contra la tela del pantalón, tensa, dolorosa, exigiendo el alivio que le he negado para no destrozar a Vega en esa cama.

Me desplomo en el sofá de cuero. La casa está en silencio, pero el aire todavía huele a ella, a ese aroma de mujer excitada y miedo que se me ha instalado en los pulmones.

Cierro los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, la veo otra vez.

Veo sus piernas abiertas de par en par, la vulnerabilidad de su coño goteando sobre la mesa, entregado a una sensación que yo mismo le provoqué con mi boca.

Suelto un gruñido animal y me desabrocho el cinturón con manos impacientes. No me bajo los pantalones del todo, solo libero mi dureza, que salta libre, roja y palpitante de necesidad.

Mis dedos se cierran alrededor y el primer contacto me arranca un jadeo que se pierde en el vacío del salón. Está tan tensa que me duele, la piel estirada al límite. Empiezo a pajearme con movimientos bruscos, casi violentos, castigándome por no haberla follado allí mismo contra la mesa.

Visualizo su rostro. No a la Vega que me dispara, sino la a que se arquea mientras mi lengua la devora, la que se moja solo con sentir mi aliento en su cuello.

Imagino mis manos recorriendo su cuerpo otra vez, pero esta vez hundiéndose en su carne, abriéndola, preparándola para mi entrada.

Imagino el sonido de mi piel golpeando contra la suya, el calor de su coño apretándose alrededor de mí, succionándome mientras me entierro en ella hasta el fondo.

Mis movimientos se vuelven frenéticos. La herida del costado me da un latigazo de dolor con cada embestida de mi mano, pero me da igual.

Uso ese dolor para alimentar el morbo. El placer es una línea de fuego que me recorre la columna.

Aprieto los dientes para no rugir, consciente de que ella está a solo unos pasos, separada por un muro que parece de papel.

Imagino que puede oírme, que sabe exactamente lo que estoy haciendo mientras pienso en su cuerpo desnudo bajo mis sábanas.

La obsesión me golpea con la fuerza de un camión. Me corro de solo pensar en su sabor, en ese rastro de su humedad que todavía siento en mi lengua.

—Vega… joder, Vega… —el nombre escapa de mis labios en un susurro ronco, sucio, cargado de una lascivia que me avergonzaría si no estuviera tan desesperado.

El clímax me alcanza con una violencia que me deja sin aliento.

Mi cuerpo se tensa como una cuerda a punto de romperse, mi espalda se arquea contra el sofá y mi mano acelera hasta que el semen sale disparado, manchando mis dedos y mi abdomen con chorros espesos y calientes.

Es una explosión de calor blanco que me deja vacío y temblando como un puto crío.

Poco a poco, la realidad vuelve a filtrarse. El frío del salón, el olor metálico de la sangre y el aroma acre de mi propio ADN.

Me limpio con la camiseta en un gesto mecánico, sintiendo un asco sordo hacia mi propia debilidad, hacia la forma en que esa mujer me tiene a su merced. Me abrocho los pantalones, sintiendo todavía el latido residual en mi polla, y me quedo mirando al techo.

He cruzado todas las líneas posibles. La he tocado, la he marcado y ahora la deseo con una intensidad que me aterra.

Mañana tendré que mirarla a la cara y fingir que sigo siendo el protector frío y calculado que ella necesita.

Pero esta noche, mientras el rastro de su nombre todavía quema en mi garganta y el aroma de nuestra lujuria flota en el aire, acepto mi condena.

Soy el monstruo que la ama tanto que se conforma con desearla en la oscuridad mientras ella duerme con mi ropa puesta.

Mañana será la guerra. Pero esta noche, ella es mía. Aunque sea solo en mi cabeza.

Todo parece en calma, pero es una calma engañosa. El reloj marca las tres de la madrugada cuando un grito rasga la quietud del apartamento como una cuchilla sobre seda. Se me congelan los músculos. No es un grito común; es un alarido gutural, cargado de un pánico que conozco demasiado bien.

Salto del sofá y corro hacia la habitación. Cada paso es urgente, cada respiración un disparo de adrenalina que me quema los pulmones.

—¡VEGA! —grito mientras abro la puerta de golpe.

La veo arqueada sobre sí misma en mitad de la cama, temblando con una violencia que hace crujir el somier.

Está cubierta de un sudor frío que hace que mi camiseta se pegue a su piel, y sus ojos están abiertos de par en par, fijos en un terror absoluto que no pertenece a este dormitorio.

Sus manos buscan desesperadamente algo a lo que aferrarse, algo que la saque de la oscuridad de su propia memoria.

—Shh… tranquila —murmuro, arrodillándome a su lado en un movimiento fluido—. No pasa nada, nena. Estoy aquí.

Sus ojos me encuentran, pero están perdidos, desenfocados, como si todavía estuviera viendo la bombilla desnuda y las paredes desconchadas de aquel sótano. Sus labios tiemblan, incapaces de formar palabras.

—Fue solo un sueño —susurro. Rozó su brazo con extrema precaución, tratando de inyectarle la calma que a mí me falta—. Solo una pesadilla. Ya pasó.

Sus manos, pequeñas y frías, se aferran a mi camiseta con una fuerza asombrosa, como si fuera el único objeto sólido en un mundo que se desmorona. La envuelvo con mis brazos, rodeándola con cuidado, convirtiéndome en el escudo que ella no sabe que siempre he sido.

—Rowan… —su voz se quiebra, es un sollozo seco que me desgarra por dentro—. No… no puedo…

Lo sé. Lo sé mejor que nadie. Sé lo que su mente ha intentado enterrar y lo que su cuerpo se niega a olvidar. Las bridas, la oscuridad, el frío metálico… y mi voz, que entonces era un susurro en las sombras y ahora es lo único que la mantiene cuerda.

—Estás a salvo —insisto, acariciando su cabello empapado, apoyando mi frente contra la suya—. Aquí no hay nadie que pueda tocarte. Nadie va a volver a hacerte daño.

Lo juro por mi puta vida pienso.

Lentamente, el temblor cede. Sus manos dejan de palpar mi ropa y se enroscan en la tela, absorbiendo mi calor, mi seguridad, mi devoción enferma.

No puedo alejarme, y menos cuando su subconsciente está empezando a aceptar que soy su único refugio.

Miro el reloj de reojo: tres y cinco. La hora exacta.

La hora en que el mundo se detuvo para ella hace meses.

—Estoy aquí —le susurro al oído, aspirando el aroma de su miedo y su piel—. No te va a pasar nada.

Siento que mi obsesión muta en algo todavía más profundo.

No es solo protegerla de los demás; es protegerla de sí misma.

Es saber que, en su hora más oscura, me busca a mí.

Mi polla todavía late por lo de hace un rato, pero ahora el sentimiento es distinto: es una posesión protectora, casi religiosa.

—Rowan… —su voz es apenas un hilo—. Desde hace meses… no puedo dormir.

La escucho y siento que algo se quiebra definitivamente en mi pecho.

Me la imagino sola en su piso, luchando contra fantasmas que yo ayudé a crear, refugiándose en el trabajo para no volverse loca.

Quiero borrarle cada cicatriz, cada recuerdo amargo, pero solo puedo ofrecerle este presente compartido.

—A veces… me sumerjo en el trabajo porque es lo único que me mantiene cuerda —confiesa, temblando—. No entiendo por qué sigo despertándome así. No sé cómo manejarlo.

Me inclino un poco más, uniendo nuestras frentes.

—No quiero que pienses que… bueno… que soy rara o dependiente.

Su vergüenza me resulta casi insoportable. No recuerda que una vez ya dependió de mí para no morir. Solo siente esa atracción gravitatoria hacia mí que la intimida y la reconforta a partes iguales.

—Tranquila —suavizo el tono—. No vuelvas a decir eso. Solo descansa.

Se remueve en la cama, incómoda, evitando mi mirada. Finalmente, baja la voz hasta un murmullo casi inaudible:

—Si… si no es mucha molestia… ¿puedes quedarte cerca? No en la cama, pero… cerca. Por favor.

Mi corazón da un vuelco, pero asiento con solemnidad. La distancia que pide es su última defensa, y voy a respetarla… de momento.

—Por supuesto —respondo—. Me quedaré en el sofá individual, aquí mismo. No me moveré de tu lado.

Se acomoda bajo las mantas, todavía con los hombros tensos.

Me siento en el sofá que hay junto a la cama, lo suficientemente cerca para oír su respiración y lo suficientemente lejos para no invadir su espacio.

La observo cerrar los ojos. Sus manos juegan nerviosas con la sábana hasta que, poco a poco, sus dedos se relajan.

—Rowan… gracias —susurra desde el borde del sueño—. Es raro… pedir algo así a un extraño.

—No se dan —la corto con suavidad.

No soy un extraño, Vega pienso mientras la vigilo en la penumbra. Soy el hombre que te dio una segunda vida y el único que te quitará la primera si alguien intenta arrebatármela.

La escucho suspirar, acomodándose finalmente. Me quedo ahí, como una gárgola protectora, velando su sueño. Esto es suficiente. Por ahora, ser su guardián es el precio que pago por ser su verdugo en las sombras.