Capítulo 11
Vega
Todavía siento su aliento cerca. Casi noto el roce en mis labios, pero me detengo. No debería sentir nada; no debería importarme. Mi corazón late demasiado rápido y no es solo por él; es esa sensación extraña, como si algo dentro de mí reconociera algo que mi mente ha bloqueado deliberadamente.
Cuando me aparto, Rowan se queda inmóvil, observándome con una intensidad que me desarma. Es una mirada penetrante, como si pudiera ver las costuras de un alma que ni yo misma me atrevo a tocar. Cierro los ojos un instante y, de repente, la oscuridad me devuelve fragmentos rotos:
Plástico negro. El roce frío de las bridas. Una voz baja, un susurro que no logro descifrar, pero que vibra en mi memoria con una intensidad insoportable. Alguien que estaba allí, en las sombras, mientras el terror me consumía. Alguien que, a diferencia de los otros, no me hacía daño.
Es la misma puta pesadilla que me persigue desde hace meses. Abro los ojos de golpe y miro a Rowan. Está demasiado cerca. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente; hay algo familiar en él, algo que debería alarmarme, pero que me ancla al suelo y me impide moverme.
—Nena… —dice, y su voz es baja, cargada de algo que me revuelve por dentro.
—No sé qué me pasa —susurro, casi para mí misma.
Lo peor es que él sí lo sabe. Siento que entiende este temblor mucho mejor que yo.
Me acerco a la mesa buscando estabilidad, pero mis ojos caen sobre el reloj de la habitación y, de repente, los engranajes de mi mente se bloquean.
Las bridas. El miedo que no puedo nombrar.
La sensación de haber estado aquí antes, en este mismo infierno.
Rowan se acerca un paso, invadiendo mi espacio, y esta vez no me aparto.
—No voy a hacerte daño —vuelve a susurrar.
Cierro los ojos de nuevo y el recuerdo se vuelve nítido por un instante:
Mi espalda contra una silla. Las bridas mordiéndome la carne. Un hombre susurrando: “Respira. No mires. Yo me encargo” .
Abro los ojos de golpe. Su voz. Su presencia.
Su olor. Todo vuelve, confuso, como si mi memoria fuera un espejo roto en mil pedazos.
Y ahora está aquí, tan cerca que siento que no podría huir aunque quisiera.
Rowan se sitúa detrás de mí y, antes de que pueda procesarlo, sus manos me rodean los hombros y me empujan con firmeza contra la madera de la mesa.
—No te muevas —susurra en mi oído. Su tono no deja espacio para la discusión.
Estoy atrapada entre su cuerpo y la madera. Giro un poco la cabeza para mirarlo y sus ojos me devuelven una mezcla de necesidad y advertencia que me hace temblar. No hay delicadeza en sus movimientos, solo una urgencia posesiva.
—No puedo dejar que nadie te haga daño —murmura. Es una orden y una promesa al mismo tiempo.
El corazón se me acelera y mi respiración se vuelve irregular, golpeando mi pecho como un animal enjaulado.
—Nena... respira.
Aunque sé que debería empujarlo, no puedo.
Mi cuerpo reacciona a él, traicionándome.
Esta brusquedad, esta posesión... no es casualidad.
Siento su pecho contra mi espalda, una pared sólida que me encierra.
Sus manos encuentran el borde de mi sudadera y la deslizan hacia un lado, descubriendo mi hombro con una lentitud que me eriza la piel.
Trago saliva, consciente de cada centímetro que queda al descubierto.
Rowan inclina la cabeza y deposita un beso lento en la curva de mi cuello. Está tan cerca de mi oído que casi puedo escuchar su latido; es un ritmo constante, acompasado con el mío.
—Eres tan… diferente —murmura. El aliento cálido de su voz me hace estremecer—. No hay nadie como tú.
Sus manos me sujetan la cintura con firmeza mientras su boca vuelve a reclamar mi piel, aspirando mi aroma, dejándome sin defensas. Siento su erección contra mi culo, su control absoluto, y cada roce me desarma un poco más.
—No puedes imaginar lo que siento cuando te tengo cerca.
No necesito imaginarlo. Puedo sentir su obsesión vibrando en sus manos. Me gira con un movimiento lento, pero inevitable, obligándome a mirarlo. Estamos frente a frente, atrapados entre sus brazos y la mesa. Rowan se arrodilla ante mí.
Ese gesto me deja sin aire. Sus manos suben por mis piernas, seguras, sin apartar la mirada de la mía. Cada centímetro que recorre enciende un incendio que no quiero —que no puedo— apagar.
—No voy a dejar que te toquen, ¿entiendes? —gruñe en voz baja.
Sus dedos se deslizan hacia el borde de mis pantalones.
Se detiene un instante, dándome la oportunidad de decir «no».
Pero el «no» se ha quedado atascado en mi garganta, silenciado por la urgencia.
Tira de la tela hacia abajo con una lentitud tortuosa.
La vulnerabilidad me golpea, pero la mirada de Rowan me mantiene erguida, anclada a su voluntad.
—Respira… —susurra.
La tela cae al suelo. Luego, me levanta con una fuerza que me arranca un jadeo, sentándome sobre la mesa.
El frío de la madera contrasta violentamente con el calor de su cuerpo.
Se coloca de rodillas entre mis piernas, abriéndolas sin pedir permiso, reclamando su lugar con una posesividad que me corta la respiración.
—Mírame —exige.
Lo hago. Porque ya no sé cómo dejar de hacerlo. Me recorre lenta y detenidamente con la mirada, como si estuviera memorizando cada detalle, como si ya me hubiera tenido así antes, en otra vida o en otra pesadilla.
—Vega… —dice en voz baja, casi reverente.
Sus manos suben por mis muslos, abriéndome un poco más.
Mi respiración se rompe. Lo veo inclinarse y mis dedos se tensan contra la superficie de la mesa, mis nudillos tornándose blancos.
Y entonces… lo siento. Su lengua, un contacto suave, casi sagrado.
Un escalofrío eléctrico me atraviesa de pies a cabeza y mi espalda se arquea, traicionándome por completo.
—Rowan… —apenas puedo articular su nombre, un suspiro de rendición absoluta.
Él ya no se contiene. Sus manos se aferran a mis muslos, sujetándome con una firmeza que no admite escapatoria. Me pasa la lengua una y otra vez, absorbiendo, mordiendo, sin darme ni un segundo de tregua. Mi cuerpo responde sin filtros, entregado a una intensidad que apenas puedo procesar.
—Rowan… —jadeo, su nombre convertido en una súplica.
La tensión crece hasta volverse insoportable.
Mi respiración es errática, un hilo que amenaza con romperse por completo.
Sus manos me anclan a la mesa, obligándome a sentir cada segundo, cada roce.
Y entonces… todo estalla. Una sacudida violenta me atraviesa, arrancándome el aire de los pulmones.
Echo la cabeza hacia atrás, perdiendo cualquier rastro de control en una ola que me consume por dentro.
Rowan se aparta ligeramente, manteniéndose entre mis piernas, todavía de rodillas.
Me observa. Su sonrisa es lenta, oscura, cargada de una satisfacción que me eriza la piel.
Se relame los labios con una parsimonia que me hace sentir expuesta.
El calor sube por mis mejillas, rojo vivo, y aparto la mirada, incapaz de sostener la suya tras haberme visto tan expuesta.
—Esto… —trago saliva, intentando recuperar la voz— esto no debería haber pasado.
Él suelta una risa seca, desprovista de cualquier arrepentimiento.
—¿No? —dice con una calma que me hace temblar—. ¿Estás segura de eso, Vega?
—No soy así. No hago esto. Joder, ni siquiera te conozco.
—Me conoces más de lo que crees —responde él, con una voz baja que parece una confesión.
Eso me obliga a levantar la mirada de golpe. Él se incorpora lo justo para quedar a mi altura, manteniendo una distancia prudente, pero sin dejarme escapatoria.
—No tienes que avergonzarte —dice, observándome con una calma que me descoloca.
—No es vergüenza —murmuro, aunque mi voz me traiciona—. Es solo que no estoy acostumbrada a que alguien me mire así.
Vuelvo a mirarle. Esta vez no aparto la vista. El silencio que se instala entre nosotros es peligroso, cargado de todo lo que aún no nos hemos dicho. Su mano sube despacio y roza mi brazo, un gesto que me concede el espacio que me negó antes, pero que se siente igual de posesivo.
—Eso puede cambiar —sentencia él.
Siento cómo el pulso se me dispara, golpeando contra mis sienes. Me quedo ahí, atrapada en su mirada, sin moverme, sin querer hacerlo.