Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Rowan

No debería haberme acercado tanto. Todavía puedo sentir su respiración rozándome la boca.

El calor. La duda suspendida en el aire.

Ese segundo exacto en el que sus labios casi rozan los míos y el mundo se reduce a una línea invisible entre los dos.

Ella retrocede primero. Yo me quedo quieto, con el pulso golpeándome en las sienes, mirándola como si fuera algo que no sé si puedo tocar sin romper.

Tiene los ojos muy abiertos. Está confundida; puedo notarlo.

—Esto está mal —murmura.

Lo que está mal no es casi besarme. Lo que está mal es que no me recuerda.

Se aleja un paso, luego otro, buscando el oxígeno que yo le estoy robando.

Me mira como si fuera el peligro personificado.

Si supiera... la observo mientras se pasa una mano por el pelo, nerviosa, y la cicatriz blanquecina de su muñeca asoma cuando la manga de la sudadera se desliza.

El recuerdo de las bridas me golpea sin aviso.

Habitación sin ventanas. Una bombilla desnuda balanceándose.

Plástico negro apretándose alrededor de su piel.

Su respiración, un hilo descontrolado. Estaba en el suelo, indefensa, con un tipo encima intentando someterla.

Su rabia era lo único que mantenía a raya el terror en sus ojos; tenía la ceja partida y, aun así, desafiaba al hombre como si fuera ella quien tenía el control.

Tan jodidamente valiente. Tan jodidamente imprudente.

—No la toquéis —dije aquella noche.

No necesité levantar la voz. Cuando los demás intentaron reaccionar, los saqué de la ecuación con la frialdad que exigía el momento. En cuanto el peso se retiró de encima de ella, me arrodillé a su lado, bloqueando su campo de visión.

“Respira. No mires. Yo me encargo”.

Fui yo quien cortó las bridas que le inmovilizaban las manos.

Fui yo quien las aflojó con cuidado para que no perdiera la circulación en los brazos, tratando de ignorar cómo temblaba bajo mi tacto.

Fui yo quien la sacó de aquel infierno, aunque ella, en medio de la adrenalina y el shock, todavía no fuera capaz de recordar quién le había salvado la vida.

Y ahora está aquí, en mi casa, mirándome como si yo fuera un error que casi comete. Ironía cruel.

—¿Por qué me miras así? —pregunta, sacándome de mis pensamientos.

«Porque llevo un puto año mirándote» —pienso.

«Porque te vi romperte y no gritar; porque te vi salir de ese infierno con la espalda recta y la cabeza firme.

Porque volviste a trabajar rodeada de muerte sin que te temblaran las manos.

Porque no eres como las demás. Las demás lloran, suplican, se doblegan...

tú no. Tú aprietas los dientes y sigues respirando».

Me acerco un paso; esta vez, ella no retrocede.

Solo me observa, desconfiada, pero firme.

Me enamoré de ti antes de que supieras que yo existía.

Me enamoré de ti cuando estabas atada y, aun así, parecías más libre que todos los que te rodeaban.

Me enamoré de tu odio. Y ahora casi te beso, y todo lo que puedo pensar es que no merezco tocarte.

No después de haber formado parte del sistema que te puso allí.

No después de haber aceptado la orden de matarte hace un año.

La orden sigue flotando sobre mi cabeza como una sentencia.

“Rowan, encárgate tú.”

Si no lo hago yo, lo hará otro. Alguien que no dudará. Alguien que no la mirará como yo la miro ahora mismo.

Ella traga saliva.

—No entiendo qué me pasa cuando estoy cerca de ti —susurra llevándose las manos a las sienes.

«Yo sí», pienso. «Tu cuerpo recuerda lo que tu mente bloqueó. Recuerda mi voz en la oscuridad. Recuerda que no te hice daño cuando pude hacerlo. Recuerda que fui el único que no disfrutó viéndote sufrir».

Alargo la mano y rozo su muñeca, justo sobre las cicatrices. Ella se tensa al contacto, un espasmo instintivo, pero no huye. Se queda ahí, atrapada entre el presente y aquel recuerdo que empieza a emerger como una marea oscura.

—Eres más fuerte de lo que crees —le digo, y mi voz suena rota.

Vega aparta la mirada casi al instante.

—No es lo que parece —dice rápidamente.

Alzo una ceja, pero no retiro la mano.

—Entonces explícamelo.

Se queda en silencio. Traga saliva. Veo cómo sus dedos se curvan ligeramente, como si quisiera esconder la muñeca otra vez… pero no lo hace.

—Yo no… —empieza, y se detiene. Frunce el ceño—. No hice eso.

La observo sin interrumpirla.

—No intenté… —vuelve a intentarlo, pero la frase se le rompe a mitad—. No intenté… joder.

Aprieta los labios, claramente frustrada consigo misma.

—No estaba intentando morirme —dice al final, más bajo—. No era eso.

Inclino la cabeza, esperando su explicación.

—¿Entonces?

Vega niega una vez, como si ni ella misma no supiera por dónde empezar.

—Fue… otra cosa. —Exhala, tensa—. Algo… estúpido.

No es estúpido. Es el trauma gritando a través de su piel.

Empiezo a calcular hasta dónde llegan sus recuerdos y dónde empieza el vacío que su cerebro construyó para protegerla.

La vi soportar lo insoportable. Y ahora es mía.

Su vida me pertenece porque yo la reclamé ante hombres que querían verla arder.

—No tienes que mentirme —murmuro.

—No lo estoy haciendo —responde, demasiado rápido otra vez—. Solo… —Se queda callada, buscando las palabras.

La estudio un segundo más, sin apartarme. La observo en silencio, sin presionarla, aunque cada fibra de mi ser busca hacerlo. No es solo lo que dice, es cómo lo hace: las pausas, los cortes, ese esfuerzo torpe por no admitir algo que ni siquiera ella termina de entender.

La vi soportar cosas que habrían destruido a cualquier otro. La vi sobrevivir. Y ahora la tengo aquí, respirando frente a mí, viva solo porque yo lo permití. Esa vida me pertenece; el simple hecho de que siga aquí es una victoria que me he cobrado a pulso.

Me inclino un poco más. Nuestros labios vuelven a estar peligrosamente cerca.

Esta vez es ella quien duda, sus ojos bajando hacia mi boca en una invitación muda.

Si la beso, cruzaré una línea definitiva.

Si la beso, dejo de ser su protector para convertirme en algo mucho más letal.

Pero, siendo honesto, yo ya soy un peligro.

Para ella, para la organización y, sobre todo, para mí mismo.

—No voy a hacerte daño —murmuro, y es la única verdad absoluta que tengo.

Ella cierra los ojos y, en un gesto que me destroza más que cualquier bala, apoya su frente contra la mía. Confía en mí sin saber por qué. Y yo me convertiría en el demonio que ella necesita odiar si con eso consigo mantenerla viva.

—Vega… —empiezo, pero no termino.

Ella no se aparta. Sus dedos rozan mi muñeca, comprobando si soy real. Alza el rostro y, en ese instante, el límite invisible desaparece.

La beso.

Al principio es un roce incierto, una pregunta desesperada. Pero ella responde con una urgencia que me desarma. La acerco más, profundizando el beso como si quisiera fijarla a la tierra, como si mis brazos pudieran ser su único refugio contra el mundo que viene a por ella.

El beso deja de ser una caricia para convertirse en una batalla.

Es lento, profundo, cargado de una necesidad que me quema los pulmones.

Sus labios se mueven contra los míos con una mezcla de duda y hambre que me hace olvidar quién soy y por qué estamos aquí.

Deslizo mi mano hacia su nuca, sujetándola con firmeza, asegurándome de que esto no es un sueño.

El mundo exterior se desvanece. Solo queda el calor de su aliento y el leve temblor de su cuerpo contra el mío. Ella se presiona más hacia mí, y ese contacto acaba con cualquier rastro de cordura que me quedaba. Debería parar. Debería alejarla antes de que sea demasiado tarde, pero no puedo.

Se separa apenas unos milímetros para respirar, pero no rompe el contacto. Sus ojos negros están fijos en los míos, cargados de esa maldita y hermosa confianza que me va a obligar a traicionarlo todo.

La observo, intentando memorizar cada detalle de su rostro antes de que la realidad nos pase por encima.

—Esto es una mala idea —murmuro, aunque mis labios vuelven a buscar los suyos.

Mi voz no suena a advertencia, suena a una sentencia que acepto con gusto.