Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Vega

Rowan. Repito su nombre mentalmente.

Podría haberme hecho daño y no lo hizo. Podría haberme encerrado bajo llave y me dejó la puerta abierta. Hay piezas que no encajan: las bridas, los "suicidios" que yo limpio y él, siempre un paso por delante de la policía y de mí.

Me seco con parsimonia. Me pongo su sudadera negra —que me queda enorme— y unos pantalones de algodón gris.

El tejido huele a detergente limpio y a ese aroma amaderado que emana de su piel.

Salgo del baño y abro la puerta con la cautela de quien atraviesa un campo de minas.

El pasillo está en penumbra, pero el eco de unas voces llega desde el salón.

Respiro hondo. No eres una víctima, Vega. Nunca lo has sido. Me digo mentalmente.

Camino hacia la luz. La casa de Rowan no es un hogar, parece un cuartel. Lo noto en cuanto cruzo el umbral del salón. No es la decoración —sobria, func ional y de una elegancia fría—, sino los hombres que la ocupan.

Tres. Todos armados. Todos alerta. Me miran con la frialdad de quien escanea un paquete sospechoso.

El primero está junto a la ventana; alto, con barba de varios días y una funda de pistola asomando en la cintura.

El segundo está sentado en el respaldo del sofá, haciendo bailar una moneda entre sus nudillos con una destreza irritante.

El tercero, cerca de la cocina, guarda un silencio absoluto. Ninguno se sorprende al verme.

—Así que tú eres Vega —dice el de la moneda con una media sonrisa. Reconozco su voz. Es el que conducía el coche. El tal Domenico.

—¿Y tú eres el comité de bienvenida? —respondo, cruzándome de brazos.

Domenico suelta una risa baja. Al observarlo, me cuesta mantener el hilo de mi propia agresividad. Es... insultantemente guapo. Tiene una mandíbula tallada en piedra y unos ojos oscuros que parecen leerte el código genético. Su presencia llena la habitación sin esfuerzo.

—Me gustas —dice inclinando ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluándome.

El de la ventana no se ríe. Es rubio, de facciones duras y mirada gélida.

Y sí, también parece haber salido de un catálogo de moda táctica.

Lo observo incrédula y una idea absurda me cruza la mente: ¿Pero esto qué es?

¿Un casting? Empiezo a sospechar que en esta casa el primer requisito para entrar es tener el aspecto de un modelo de pasarela con licencia para matar.

No puede ser que estadísticamente no haya ni un solo feo entre ellos.

—Rowan dijo que eras problemática —añade el rubio con voz grave.

—Rowan exagera —respondo con calma, sosteniéndole la mirada.

El de la cocina se acerca un par de pasos. Es el tercero en discordia, y sí, confirma mi teoría: el estándar de belleza aquí es ridículo. Resoplo para mis adentros.

—No suele traer desconocidos aquí —dice con tono neutro mientras se detiene a un par de metros.

—No estoy aquí por gusto —le recuerdo con sequedad.

Domenico se levanta del sofá y camina hacia mí. No invade mi espacio por un pelo, pero noto su magnetismo.

—Lo sabemos. También sabemos que le pegaste un tiro —añade con una sonrisa ladeada—. Tiene gracia.

—No apunté a matar, una pena —respondo sin inmutarme.

Los tres intercambian una mirada rápida.

—Eso también lo sabemos —dice el de la ventana cruzándose de brazos.

El silencio se vuelve denso. El de la cocina rompe la tensión inclinándose hacia mí.

—La pregunta importante es otra, Vega.

—¿Cuál?

—¿Por qué sigues viva?

Arqueo una ceja, asimilando el peso de sus palabras.

—Buena pregunta. Avisadme cuando encontréis la respuesta.

Domenico sonríe, guarda su moneda y se mete las manos en los bolsillos.

—Créeme, preciosa, nosotros también nos la estamos haciendo.

Unos pasos pesados resuenan a mi espalda. Rowan entra en el salón. Su palidez delata la pérdida de sangre, pero su autoridad sigue intacta.

—¿Hay algún problema? —pregunta con esa voz tranquila que hiela la sangre.

Los tres se enderezan de golpe. No es miedo lo que veo en ellos, es algo mucho más profundo: respeto absoluto.

—Solo estábamos conociendo a tu invitada —dice Domenico

—No soy su invitada —suelto, girándome hacia Rowan.

Él se apoya en el marco de la puerta, observándome con una chispa de ironía.

—Lo has dejado claro, Vega. Unas veinte veces.

El rubio señala mi figura.

—¿Quieres que la desarmemos, jefe?

—Inténtalo —lo desafío, dando un paso al frente.

El hombre sonríe.

—Me caes bien —dice con una pequeña risa.

Rowan suspira ligeramente.

—No Dante. Nadie va a desarmar a nadie —dice con tono firme mientras entra en la estancia.

Se detiene a mi lado. Demasiado cerca.

—Vega no es una amenaza, ni siquiera va armada —añade mirándolos.

Los tres hombres se quedan en silencio un segundo.

—Discrepo —dice el de la cocina con calma.

—Yo también —añade Domenico.

Rowan suspira.

—¿Siempre eres así de problemática? —pregunta Dante con curiosidad.

—Solo cuando me secuestran —respondo con sequedad.

Rowan suelta una pequeña risa a mi lado.

—No fue exactamente un secuestro —dice mirándome.

—Entraste en mi casa armado —le recuerdo.

—No les des detalles —responde él levantando las cejas y con un tonito de ironía que hace que quiera partirle la cara.

El de la ventana niega con la cabeza.

—Nos va a meter en problemas —dice señalándome.

—Ya estamos en problemas —responde Rowan con calma.

El silencio vuelve a caer sobre la habitación. Esta vez más pesado. El de la cocina rompe el silencio.

—Entonces dime algo, Vega —dice mirándome directamente.

—¿Qué?

Él apoya una mano sobre la mesa.

—Si vienen a por Rowan… —dice despacio, haciendo una pequeña pausa. —¿Vas a disparar contra nosotros… o con nosotros? —pregunta con seriedad.

La pregunta queda suspendida en el aire. Los cuatro me miran. Lo pienso por un segundo y luego me encojo ligeramente de hombros.

—Dependerá de quién dispare primero —respondo con calma.

Domenico vuelve a reír.

—Definitivamente me cae bien —dice mirando a Rowan.

Rowan no responde. Solo me mira. Y en su mirada hay algo peligroso, porque creo que acaba de darse cuenta de que traerme aquí… quizá fue una muy mala idea.

—Marchaos — dice Rowan haciendo un gesto con la mano. — dejadnos solos.

Obedecen al instante, sin rechistar. Me quedo mirando la puerta por la que salen, procesando la jerarquía. Cuando me vuelvo hacia Rowan, lo veo de espaldas en la cocina, con la sudadera levantada. Una mancha roja fresca empapa el vendaje blanco.

—Te está sangrando otra vez —digo. Mi tono profesional sale a flote antes de que pueda evitarlo.

—Ya —responde él con desidia.

—Siéntate —ordeno con firmeza, señalando la silla.

Durante un segundo parece que va a discutir, pero al final se limita a obedecer. Se sienta en la misma silla de antes, en silencio.

—Quítate la venda —le digo con tono profesional mientras cojo el botiquín.

Rowan tira de la tela ensangrentada y la deja caer al suelo.

—Te dije que no hicieras esfuerzos —le reprocho mientras observo la herida.

—Secuestrarte implicaba cierta actividad física —responde con ironía, encogiéndose ligeramente de hombros.

Le lanzo una mirada seca.

—Eres imbécil —murmuro mientras preparo las gasas limpias.

Me acerco para limpiar la herida y noto el calor de su piel cuando presiono la gasa. Rowan aprieta la mandíbula, pero no se queja.

—¿Cuántas cicatrices tienes? —pregunto sin levantar la mirada de su costado, puedo ver en su piel como asoman unas cuantas.

—Las suficientes —responde.

—Respuesta evasiva.

—Pregunta innecesaria —replica con tranquilidad.

Aprieto un poco más la gasa contra la herida.

—Joder, Vega…

—Pues respóndeme bien —le digo con frialdad.

Rowan guarda silencio un momento antes de responder.

—Más de las que debería tener alguien que vive oficialmente fuera de cualquier guerra —explica finalmente con voz baja.

La palabra oficialmente se me queda grabada en la mente. Levanto la mirada hacia él.

—¿En qué estás metido, Rowan? —pregunto con cautela.

Él me observa unos segundos antes de responder.

—En algo que no empezó contigo —dice con seriedad.

—Pero que ahora me incluye —añado mientras preparo una venda limpia.

—Sí —confirma sin rodeos.

Termino de limpiar y preparo una venda nueva. Empiezo a rodear su torso con la venda.

—El anillo, las bridas y el reloj … no es casualidad, ¿verdad? —pregunto pensativa.

—No —responde con tono grave.

—¿Es la firma de un asesino en serie? —pregunto.

Sus ojos grises se oscurecen ligeramente.

—Es un mensaje —explica con calma.

—¿Para quién? —pregunto mirándolo fijamente.

—Para quien sepa mirar —contesta sin apartar los ojos de mí.

—Yo lo vi —digo con determinación.

—Exacto —responde él.

Termino el vendaje y mis manos se quedan un segundo más sobre su pecho.

—¿Me vas a matar? —susurro.

—No.

—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué las escenas del crimen? ¿Por qué traerme aquí?

Rowan guarda silencio. Me mira como si estuviera decidiendo cuánta verdad puedo soportar. Al ver que no va a hablar, intento levantarme, pero él se inclina hacia mí, acortando el espacio.

—No soy dueño de tus decisiones —murmura cerca de mi oído, y su aliento me eriza el vello del cuello—, pero soy muy consciente de tus impulsos. Me disparaste a quemarropa y no apuntaste al corazón.

—Podría haberlo hecho —digo, aunque mi voz suena menos firme de lo que me gustaría.

—Sí. Pero no lo hiciste.

Su mano se acerca a mi muñeca, deteniéndose justo antes de tocarme. La tensión en la cocina es casi sólida, algo que se puede cortar con un cuchillo. Nuestros rostros quedan peligrosamente cerca.

—Si intentas besarme, te dispararé otra vez —le advierto con voz baja.

Una ligera sonrisa aparece en su boca.

—No voy a besarte.

—Bien —respondo tragando saliva.

—Aún —añade con una sombra de diversión.

Lo empujo ligeramente hacia atrás.

—No te confundas, Rowan. Esto no es… lo que sea que estés pensando —digo con dureza.

—No estoy pensando en eso —responde.

—Claro que sí —replico.

—Estoy pensando que si te acercas medio centímetro más, voy a olvidar que se supone que debo mantener distancias contigo —confiesa.

—¿Qué pasa? ¿No tienes tanto control como dices?

—Nunca dije que lo tuviera —responde a medio milímetro de mis labios.

Lo miro fijamente. Ya no busco la salida de emergencia.

Ya no escruto los cajones en busca de un arma.

Estoy aquí. Presente. Y, por primera vez, entiendo que no es el miedo lo que me mantiene en este apartamento; es algo mucho más peligroso: la aceptación de que mi vida anterior ha muerto y que este hombre es el único que posee las respuestas sobre lo que viene después.