Capítulo 8
Vega
No sé cuánto tiempo llevamos aquí dentro.
El apartamento es amplio, minimalista, aséptico.
No hay fotos, ni recuerdos, ni una sola mota de polvo.
No hay nada que diga quién es, y eso me inquieta más que la herida que le causé.
Está sentado frente a mí, con el costado vendado por mis propias manos.
La hemorragia se ha detenido, pero su postura sigue siendo firme.
No parece un hombre que acaba de recibir un balazo; parece un depredador en reposo.
Y no deja de observarme, escaneándome como si fuera un mapa.
Me cruzo de brazos, intentando ignorar la vulnerabilidad de mi situación.
—¿Vas a decirme cómo te llamas? —pregunto con tono agresivo, sosteniendo su mirada.
Él levanta la vista despacio. Me estudia un segundo antes de hablar.
—No es relevante.
—Para mí sí —replico al ins tante.
Se queda en silencio. Camino por el salón sin dejar de observarlo, escaneando el lugar con rapidez. Calculo las salidas: puertas, ventanas. Identifico cada objeto que podría usar como arma si me viera obligada a defenderme de nuevo.
—Te colaste en mi casa, me secuestraste y me hiciste dispararte —digo con frialdad mientras me giro hacia él—. Creo que merezco al menos un nombre.
Él apoya los codos en las rodillas y entrelaza sus dedos, observándome con una calma que me saca de quicio.
—Decirte mi nombre no cambiaría tu perspectiva sobre mí.
—No —le devuelvo una sonrisa seca—, pero cambiaría mi forma de insultarte.
Un destello, casi un rastro de diversión cruza sus ojos grises.
—Ya lo haces bastante bien sin uno.
Doy un paso más, estoy lo bastante cerca como para oler el desinfectante y el aroma metálico de su piel.
—No voy a hablar contigo si no sé cómo llamarte.
Él se reclina en la silla, relajado, como si estuviéramos tomando un café y no negociando los términos de un secuestro.
—Entonces no me hables —suelta con una ligera sonrisa.
Que hijo de puta. Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
—¿Eres así siempre o es puro teatro? ese aire de “sé cosas que tú no” ... ¿Es un personaje o simplemente eres así de gilipollas las veinticuatro horas del día?
Por primera vez, una curva real aparece en su boca. No es una sonrisa amable; es algo más oscuro.
—No te estoy ocultando mi nombre para fastidiarte, Vega.
—¿Entonces?
—Porque cuanto menos sepas, más segura estarás —responde. Su voz ha bajado un octavo, volviéndose más dura.
Esa frase me enciende la sangre.
—No me hables como si fuera una niña pequeña a la que tienes que proteger —le espeto.
—No lo hago.
—Si lo haces.
Doy otro paso. La proximidad es peligrosa, eléctrica. Él alza una mano hacia mi cara, quizá para apartarme un mechón de pelo, pero le doy un manotazo antes de que me roce.
—Te he dicho que no me toques —le advierto en un susurro cargado de veneno.
El silencio vuelve a caer, denso y pesado. Su respiración es rítmica, estable. La mía, en cambio, es un incendio.
—¿Quieres mi nombre? —pregunta al fin.
—Sí.
—Rowan.
Rowan. Lo repito mentalmente. Es un nombre corto, cortante. Encaja con él.
—Rowan —digo en voz alta, probando el peso de las sílabas.
—Ya lo tienes —dice él, sin apartar los ojos de los míos.
—¿Apellido?
—No abuses.
Resoplo, frustrada.
—Eres insufrible.
—Es lo que hay, preciosa.
Nos quedamos ahí, mirándonos. El aire ha cambiado. Ya no es "el hombre de la capucha"; tiene nombre, y eso lo hace más real, más humano y, por lo tanto, mucho más peligroso.
—No confío en ti, Rowan.
—No necesito que lo hagas.
—¿Entonces qué necesitas de mí?
Se levanta despacio. A pesar del vendaje, se mueve con una dominancia natural, sin esfuerzo.
—Que sobrevivas.
Me mira durante un tiempo que parece eterno, como si estuviera desarmándome pieza por pieza, y luego es él quien aparta la mirada primero. Ese gesto me molesta. Me molesta que incluso el final de la conversación esté bajo su control.
—Necesitas ducharte —dice con voz neutra.
Parpadeo, incrédula.
—¿Perdona?
—Hueles a muerto.
La rabia me sube por la garganta como ácido.
—¿Y tú? —replico—. También hueles a sangre.
Él baja la vista un segundo hacia el vendaje improvisado.
—Ya me ocuparé de eso más tarde.
Camina hacia el pasillo con una naturalidad insultante. Lo sigo a una distancia prudencial. El ático es una galería de líneas rectas y superficies frías. Es un espacio diseñado para ser abandonado en cinco minutos sin dejar rastro. Se detiene ante una puerta y la abre.
Es un dormitorio. Cama perfectamente hecha, sábanas grises, ni una sola foto o libro en la mesilla. Nada.
—Puedes usar el baño de dentro —señala una puerta lateral—. Hay ropa limpia en el cajón inferior. No suelo tener visitas, pero algo te servirá.
Entro despacio, sin quitarle el ojo de encima.
—¿Vas a cerrar con llave?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si quisiera encerrarte, no estaríamos teniendo esta conversación —responde con esa lógica aplastante.
Se apoya en el marco de la puerta. Por primera vez, noto una grieta en su fachada: parece cansado, realmente cansado.
—Deberías cambiarte ese vendaje en unas horas —le digo, odiando que me importe lo más mínimo.
Su mirada se suaviza un milímetro.
—¿Te preocupa que se me infecte? —pregunta, casi divertido.
—Me preocupa que te mueras antes de explicarme qué demonios está pasando.
—Descansa, Vega.
—No puedo dormir aquí.
—Lo harás —sentencia con una seguridad que me pone los pelos de punta.
—¿Y si intento irme?
Rowan no sonríe. Ni siquiera parpadea.
—No lo harás.
—No me conoces —le espeto, apretando los puños.
—Dúchate. Necesitas pensar con la cabeza fría.
Da un paso atrás y, antes de cerrar la puerta, añade:
—Ah, y no intentes salir por la ventana. Tiene alarma de contacto.
La puerta se cierra y el silencio de la habitación me golpea como un muro. Estoy sola. Analizo la estancia por instinto: una salida, una ventana sellada, muebles pesados. Abro el cajón inferior y encuentro ropa neutra: sudaderas oscuras, pantalones deportivos. Sin logos, sin marcas. Igual que él.
Entro en el baño y abro el grifo. Cuando el agua caliente me golpea la piel, el olor a muerte y desinfectante empieza a resbalar por mi cuerpo. Veo el agua teñida de un rojo pálido desaparecer por el desagüe.
Cuando termino, me envuelvo en una toalla y me miro en el espejo empañado.
Mis ojos brillan con una intensidad extraña.
Debería estar aterrorizada, debería estar buscando una forma de degollarlo mientras duerme.
Y sin embargo, lo que siento es una curiosidad abrasadora.
No tengo miedo. Tengo hambre de respuestas.