Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Rowan

Cuando la bala me atravesó el costado, lo único que pude pensar fue:

Joder, está loca. Y yo lo estoy por ella.

Dios, solo de recordar cómo me sostenía la mirada mientras me apuntaba con el arma... hace que me empalme como un puto quinceañero. Ni un grito de terror, ni un segundo de duda. Simplemente apretó el gatillo.

La sangre empapa mi camiseta. El dolor es un tajo punzante y constante, pero no me va a tumbar; solo ha atravesado tejido blando. Sobreviviré. A mi lado, ella forcejea en el asiento con una ferocidad que me descoloca. Es más fuerte de lo que parece, más rápida y salvaje de lo que recordaba.

—¡Estás enfermo! —me grita, intentando zafarse de nuevo—. ¡Suéltame, joder!

Aprieta los dientes al verse inmovilizada. No hay lágrimas ni súplicas, cualquier otra chica en su situación ya se habría meado encima del susto. Ella n o, ella solo está buscando una oportunidad para matarme.

—Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho —le digo sin apartar la vista de ella.

—¡Ya lo estás haciendo!

Tiene razón, pero no entiende nada. Dom toma una curva cerrada y ella aprovecha el balanceo para intentar clavarme la rodilla en los huevos, bloqueo el golpe con el antebrazo a tiempo.

—Para —le ordeno.

—¡Que te den!

Casi sonrío. Tiene fuego en las venas, y ese tipo de fuego es difícil de apagar.

No comprende que no soy su amenaza; soy la única variable que la mantiene respirando.

Aprieto la mandíbula cuando el dolor del costado se intensifica, el cuero del asiento está empapado, necesito cerrar este agujero pronto.

—Si sigues moviéndote así, vas a empeorar las cosas.

—¿Peor que esto? ¿Secuestrarme? ¿Allanar mi casa? Estás completamente desquiciado.

No respondo, si le explico ahora lo que está pasando fuera, intentará volver. Y si vuelve, no durará ni diez minutos. Aparcamos en el garaje subterráneo. Ella se lanza contra la puerta en cuanto el motor se detiene, pero la bloqueo con un movimiento rápido.

—Escúchame bien, Vega — me acerco a su rostro rompiendo la distancia—. Tienes dos opciones: vienes conmigo por tu propio pie o te llevo yo a rastras y ahora mismo no me queda paciencia.

Se queda quieta. Su respiración es un jadeo rápido. Sus ojos oscuros brillan de pura rabia.

—No pienso cooperar —gruñe.

Asiento.

—Lo imaginaba.

Mis hombres están apostados en cada rincón estratégico, sombras armadas que mantienen el perímetro bajo un silencio sepulcral.

Sus siluetas, recortadas por el frío acero de sus armas, me dan la cobertura que necesito.

Rodeo el coche y abro su puerta. Intenta empujarme, pero la sujeto por la muñeca con firmeza, sin brutalidad.

Siente mi sangre en su piel y baja la vista hacia mi costado.

Por primera vez, su expresión cambia, no es compasión; es satisfacción.

—Te he dado bien —dice, casi saboreando las palabras.

No puedo evitarlo y sonrío de verdad.

—Sí. Me has dado de lleno.

Hago una señal a mis hombres para que mantengan la posición mientras la guío hacia el interior del edificio.

Subimos por las escaleras hacia mi ático.

Cada escalón me cuesta más de lo que estoy dispuesto a admitir, pero no puedo permitirme flaquear ante ella.

Entramos y cierro la puerta con tres vueltas de llave.

Ella gira sobre sí misma de inmediato, evaluando salidas, distancias y posibles objetos arrojadizos.

Siempre analizando todo lo que le rodea.

—Si intentas algo estúpido —le advierto—, no tendré margen para protegerte.

—No necesito que me protejas, gilipollas —espeta.

No le tiembla la voz. Pero entonces ve el rastro de sangre sobre el suelo y su mirada se clava en mi herida abierta. Algo en su postura de combate se relaja un milímetro.

—Si te mueres aquí —dice con una frialdad glacial—, voy a tener que limpiar otra escena.

La miro y dejo escapar una risa ahogada.

—No me voy a morir, Vega.

Aunque, si no actúo rápido, la posibilidad está ahí. Y ahora mismo, la única persona en esta habitación que sabe manejar sangre sin perder los estribos... es ella.

El calor pegajoso se extiende por mi cadera. La herida no es mortal, pero el flujo es constante.

—Siéntate —dice ella y no es una sugerencia.

—No estás en posición de dar órdenes.

Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, desafiándome.

—Si no te sientas en los próximos treinta segundos, perderás suficiente sangre como para desmayarte, y si te desmayas, no pienso evitar que te abras la cabeza contra el suelo.

—Qué considerada.

—Treinta, veintinueve... —empieza a contar, cruzándose de brazos.

—Eres insoportable —resoplo, y me desplomo en la silla más cercana.

El movimiento me arranca un gruñido. Ella se acerca despacio, no tiene miedo; se mueve con la eficiencia de quien ha visto mil heridas así.

—Quítate la chaqueta.

Obedezco. La tela está empapada; cuando la retiro, el surco sangrante queda expuesto.

Es una herida abierta a lo largo de mi costado donde el proyectil ha segado la piel y el músculo superficial.

Ella se inclina y, sin apartar la vista de mi cara, presiona con fuerza los bordes de la herida para contener el flujo.

El dolor es un rayo blanco que me cruza el cerebro, una descarga abrasadora que me obliga a cerrar los puños.

—Joder… —siseo entre dientes.

—Cállate, nenaza —dice sin retirar la mirada.

—Disparas mejor de lo que haces primeros auxilios —murmuro con una mueca.

Aprieta más fuerte a propósito.

—Puedo empeorar las cosas si quieres comprobarlo.

Exhalo despacio, sintiendo su control total sobre mi cuerpo.

Podría dejar de presionar; podría simplemente apartar las manos y dejar que me desangrara allí mismo, sobre el suelo de mi salón.

Ella lo sabe, y yo también. Sus ojos negros se clavan en los míos, cargados de una intensidad que quema más que la propia herida.

—Podría dejarte morir ahora mismo —dice con una calma absoluta.

—Sí —respondo.

—¿Te asusta?

—No.

—Mientes.

—Un poco —admito con una sonrisa torcida—. Pero prefiero seguir respirando.

Sus labios casi esbozan una sonrisa, pero la decapita antes de que nazca.

Es un gesto cruel, una victoria silenciosa.

Si yo caigo, nadie la protegerá de los tipos de los todoterrenos; ella se quedaría sola frente al abismo que yo mismo he abierto a sus pies.

Pero no puedo decírselo. Mantenerla en la ignorancia es la única forma que tengo de conservar la poca ventaja que me queda.

—¿Y por qué no lo haces? —la provoco—. ¿Por qué no me dejas morir?

Se queda en silencio. Observo su rostro, donde destaca una cicatriz minúscula cerca de la ceja izquierda.

Vega no es la clase de mujer que alguien elegiría para proteger; es la clase de mujer que te obliga a preguntarte si no eres tú quien necesita protección contra ella. Y eso es lo que la hace letal.

—Porque quiero respuestas —sentencia.

Su mandíbula se tensa. Acerco la mano con lentitud extrema y la coloco sobre la suya, la que presiona mi costado. Se queda rígida; no retira la mano, pero tampoco cede.

—No soy tu enemigo, Vega.

—Te colaste en mi casa —responde ella con frialdad—. Y no vuelvas a tocarme sin mi permiso.

Me aparta la mano de un manotazo y presiona la herida con saña.

El dolor me hace ver las estrellas, una descarga eléctrica que me recorre el costado hasta dejarme sin aliento, pero apenas puedo articular queja alguna.

Hay algo en su tono, una vibración que no es solo rabia; es un muro levantado hace mucho tiempo, una barrera infranqueable que se ha vuelto su única forma de supervivencia.

—Está bien —asiento.

—Dilo bien.

—No volveré a tocarte sin tu permiso —repito con seriedad.

Me sostiene la mirada un segundo más antes de dirigirse a la cocina. Abre los cajones con una seguridad asombrosa, moviéndose por mi casa como si fuera la dueña, hasta que encuentra el botiquín.

—¿Siempre sabes dónde guardo todo? —pregunto, intentando mantener el hilo de la voz pese al dolor.

—Siempre sé dónde buscar.

Regresa y empieza a limpiar la herida sin una pizca de delicadeza.

El alcohol entra en el surco de la piel, quemándome el costado como si fuera ácido puro.

Aprieto los dientes para no gritar, sintiendo cómo ella, impasible, continúa trabajando sobre mi carne como si fuera un mueble más que debe dejar reluciente.

—Si sigues así, vas a hacerme gritar.

—Hazlo —suelta ella con indiferencia—. Así los vecinos pensarán que, por fin, tienes compañía femenina.

Suelto una carcajada seca que termina en un quejido de dolor agudo.

—Eres cruel.

—Eficiente, más bien.

Sus dedos son firmes, precisos. No hay ni un asomo de temblor en sus movimientos. Y yo no puedo dejar de mirarla, atrapado en su forma de desenvolverse.

—Las bridas —dice de pronto, sin levantar la vista—. El reloj. ¿Qué significan?

—Significan que alguien te estaba observando, Vega.

Sus manos se detienen en seco sobre mi piel. El silencio que sigue es pesado, cargado de una electricidad nueva. Levanta la mirada y, por primera vez, veo algo distinto en sus ojos: no es solo rabia, es una alarma encendida que ella intenta ocultar bajo una capa de hielo.

—¿Desde cuándo?

—Lo suficiente como para conocer tus rutinas mejor que tú misma. Ya estaban ahí antes de que yo apareciera.

Su mandíbula se tensa, tanto que parece que va a quebrarse.

—¿Quiénes eran esos hombres?

—Gente que no deja cabos sueltos.

Ella vuelve al trabajo, colocando las gasas con movimientos mecánicos y precisos.

—¿Y yo qué soy? —pregunta, sin mirarme—. ¿Un cabo suelto?

La observo fijamente, buscando una grieta en su fachada.

—Eres un problema, Vega.

—Esa respuesta no me sirve de nada.

—Es la única que puedo darte por ahora.

Aprieta el vendaje con una firmeza que roza la violencia.

En ese movimiento, su manga se desliza hacia arriba y mis ojos se clavan en sus muñecas: una serie de cicatrices finas, blanquecinas, que hablan de un pasado que ella ha intentado enterrar.

Vega nota mi mirada y, por primera vez, el control se le escapa. Baja el brazo con un movimiento brusco.

—¿Qué es eso? —pregunto, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.

—Nada.

—No parece nada.

—No es asunto tuyo —responde con voz cortante, cerrando el vendaje con un tirón innecesario que me hace arquear la espalda.

—Parecen cortes —insisto, ignorando el aviso en sus ojos—. ¿Te los hiciste tú?

—Te estás pasando de la raya.

—Solo intento...

—No —me corta con firmeza—. No estás intentando nada. Estás preguntando lo que no debes.

Levanto las manos en señal de paz. Ella termina de recoger el material y se endereza. Estamos demasiado cerca; siento el calor de su cuerpo y el olor residual a pólvora y desinfectante.

—No tienes pinta de alguien que se rinda fácilmente —murmuro.

Vega no responde. Mira sus manos, sopesando verdades y mentiras.

—No confío en ti —dice al fin.

—No deberías.

—Podrías estar manipulándome.

—Probablemente lo estoy haciendo.

Se cruza de brazos, evaluándome con frialdad.

—Podría atarte a esa silla, dispararte en la otra costilla para equilibrar el dolor y llamar a la policía.

—Pero no lo harás. No vas a dejar que me muera —añado con calma—. Eres buena persona, Vega. Aunque te joda reconocerlo.

Sus ojos parpadean, un breve instante de vulnerabilidad que desaparece de inmediato.

—No me conoces.

—Te conozco lo suficiente. No me disparaste a matar.

—Fallé. Una pena.

—No. Lo hiciste aposta. Sé que tienes esa cicatriz en la ceja y que no apartas la mirada. Significa que aprendiste a sobrevivir.

—No me analices.

—Entonces no me mires así. Como si intentaras decidir si soy una amenaza o algo peor.

—¿Qué podría ser peor? —pregunta, desconcertada.

—Alguien que te importe.

El aire se vuelve denso, eléctrico. Ella da un paso atrás, rompiendo el hechizo.

—No eres importante.

—Todavía no —susurro.

Me lanza una mirada que podría fundir el acero y señala el vendaje.

—Te lo merecías.

—Probablemente.

Camina hacia la ventana y aparta la cortina apenas un milímetro para vigilar la calle.

—Si me has metido en algo que no puedo controlar, te juro que...

—No te he metido en nada, Vega. Solo he llegado a tiempo para que no te saquen de ahí dentro en una bolsa negra.

Me levanto con cuidado. La herida tira, pero el dolor me mantiene alerta. Ella se gira al instante, tensa.

—No te acerques.

Me detengo donde estoy.

—Vega... gracias.

Frunce el ceño, visiblemente incómoda con la gratitud.

—Sigo pensando que eres un gilipollas —dice finalmente, aunque ya no hay veneno en su voz.

Sonrío. Ahora ya no soy el fantasma de la capucha. Soy el hombre al que disparó y al que decidió salvar. Y ese es un vínculo mucho más peligroso que cualquier bala.