Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Vega

Un crujido procedente de la cocina me atraviesa los oídos. El pelo se me eriza y el corazón me golpea con fuerza las costillas. No hay tiempo para dudas, cojo la pistola y avanzo hacia la cocina con pasos rápidos pero silenciosos, respirando con violencia.

—¿Quién anda ahí? —grito con firmeza, mientras intento controlar el temblor de mis manos.

Silencio, otro crujido, esta vez más cerca y entonces lo veo... Él. La capucha baja cubre parcialmente su rostro, pero reconozco la mandíbula firme, los ojos grises que me han perseguido toda la semana. Está dentro de mi casa, sin mi permiso y sin previo aviso.

—¿Qué cojones haces aquí? —digo, levantando la pistola, apuntando directamente a su cabeza—. ¡Sal de mi casa ahora mismo puto loco!

Él levanta las manos en un gesto que no es de sumisión sino control.

—Tranquila, Vega —dice con voz grave—. No quiero hacerte daño.

—¡Escúchame bien, gilipollas! —grito, apretando un poco el gatillo, el dedo me tiembla sobre el disparador—. ¡Sal ahora mismo o disparo! ¿Cómo coño has entrado?

Da un paso hacia mí, lento, calculado, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Shhhh… nena —susurra mientras sonríe—. Solo necesito que me escuches.

—¿Nena? —Aprieto el gatillo.

El estruendo del disparo que retumba en las paredes de la cocina es ensordecedor. La bala impacta en un mueble, pero él ni siquiera parpadea.

—¡Te lo juro, gilipollas, si das un paso más…!

Se detiene en seco, apenas respira. Sus ojos me estudian, evaluando cada movimiento. Mi pulso es un tambor en mis sienes, me sudan las manos, pero no puedo bajar la pistola.

—No sabes con quién te estás metiendo —gruño.

—Lo sé perfectamente —responde él— Y por eso estoy aquí.

Antes de que pueda reaccionar, tira una silla para cubrirse de la línea de fuego. Disparo otra vez, más cerca, y el sonido me hace girar la cabeza.

—Vega… —dice entre dientes— Para.

Mi dedo aprieta el gatillo una vez más. Él se mueve, se protege y desaparece en la sombra del pasillo ¿Pero este tío de donde coño ha salido y cómo ha logrado entrar aquí? ¿Y por qué sabe mi nombre? Me quedo temblando, con la pistola humeando entre mis manos.

El apartamento parece demasiado grande, escucho sus pasos retroceder hacia la puerta principal.

No me atrevo a bajar la guardia, no sé si se ha ido o si está esperando detrás de otra esquina.

Respiro hondo para intentar calmarme. Pero sé que esto no ha terminado, nunca termina.

Mi apartamento ya no es seguro, mi vida ya no es segura y él lo sabe.

El sonido de mis propios pasos retumba por toda la estancia. Él se mueve rápido, silencioso, calculando cada ángulo. Mi pistola vuelve a apuntar a su cabeza, temblando solo un poco, pero con firmeza.

—¡Déjate de juegos! —grito mientras avanza hacia mí—. ¿Quién te crees que eres?

—No estoy aquí para jugar, Vega —responde él, con esa calma que me saca de quicio— Te vienes conmigo. Ahora.

—¡No pienso ir contigo a ningún sitio! —le grito, y mis palabras se mezclan con insultos automáticos—. ¡Eres un gilipollas! ¡Un maldito hijo de puta que no tiene derecho a entrar en mi casa!

Da un paso más, está demasiado cerca. Por instinto disparo, el impacto da en su costado, y la sangre mancha su camiseta gris oscura. Gruñe, pero no cae ni retrocede.

—¡Joder! —sisea, mirándose la herida—. ¿Me has disparado?

—¡Retrocede, hijo de puta! —grito—. ¡Ahora!

Él ríe, con un sonido áspero y extraño, y de repente se lanza a por mí. Forcejeamos. Mi pistola se mueve, disparo otra vez, esta vez al aire. Grito, él me agarra la muñeca, tirando con fuerza, me quita el arma y me estrecha entre sus brazos.

—¡Suéltame! —grito mientras caemos hacia la puerta del salón—. ¡Hijo de puta!

El impacto contra la madera me duele, él es fuerte, demasiado fuerte. Mis piernas se enredan, mis manos se cruzan con las suyas y mi corazón late como un tambor.

—Eres imposible, Vega —gruñe, y siento que su sangre caliente mancha mi camisón mientras me arrastra—. Pero no me voy a ir de aquí sin ti.

Intento morderlo, patear, golpear, pero nada funciona. Cada movimiento que hago, él lo anticipa.

—¡Me estás haciendo daño! —grito, desesperada, mientras él me tira hacia la puerta principal—. ¡Suéltame gilipollas!

Sale al pasillo conmigo aún atrapada entre sus brazos.

—Vega, escucha —dice, y aunque está perdiendo sangre, su fuerza no disminuye— Necesito que vengas conmigo.

—¡Nunca! —grito, peleando con uñas y dientes—. ¡Suéltame ahora mismo!

—No tienes elección —responde, mientras la sangre en su costado empieza a manchar la manga de su chaqueta— Esto es lo que hay.

Forcejeamos hasta el vestíbulo. El portal está abierto y la calle está vacía. Me envuelve en su abrazo, controlando mis brazos, y antes de que pueda reaccionar, me levanta con una fuerza que me hace jadear.

—¡Bájame ahora mismo! —grito, pero él no me escucha—. ¡Suéltame!

Cruza la acera en cuestión de segundos conmigo a cuestas.

El aire frío me golpea la cara y el cuerpo.

Grito otra vez, pero el sonido se pierde entre los edificios, abre la puerta de su coche y nos mete a la fuerza en los asientos traseros.

La sangre en su costado deja un rastro sobre su ropa y sobre mi camisón.

—¡Joder! —gruñe, ajustando la postura mientras me mantiene controlada— Esto no es lo que quería hacer. Pero no me has dejado otra elección.

—¡Estás loco! —grito—. ¡No tienes derecho!

—No se trata de derecho —responde, apretando los dientes— Se trata de supervivencia. Y la tuya depende de mí ahora. Domenico arranca. — dice.

El tío que conduce me mira a través del retrovisor y el motor ruge.

Justo cuando el coche sale disparado, miro por la ventanilla trasera hacia mi edificio.

Dos todoterrenos negros irrumpen en la calle bloqueando el paso, de ellos bajan hombres armados hasta los dientes, moviéndose con precisión militar hacia mi portal.

Un escalofrío me recorre la columna. No es solo miedo, es la comprensión brutal de que ese hombre sangrando a mi lado tenía razón, mi vida anterior acaba de saltar por los aires.

Las luces de la ciudad se convierten en líneas borrosas mientras nos alejamos.

Lo miro, atrapada entre la furia y el terror, sabiendo que ya no hay vuelta atrás.

Sé que esta noche no voy a dormir, ni mañana, ni nunca, porque él ya ha entrado en mi vida y no piensa irse.