Capítulo 5
Vega
El motor ruge más de lo necesario mientras me alejo.
Mis manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos han perdido el color.
Conduzco varios minutos sin rumbo, intentando disipar la imagen de esos ojos grises y la frialdad de su voz, hasta que el móvil vibra en el asiento del copiloto. Es un mensaje de Clara: «Brunch» .
Suelto el aire despacio, forzando a mis pulmones a expandirse. Necesito a alguien que me recuerde que el mundo no se reduce a cadáveres, bridas y hombres que aparecen entre la bruma. Doy un volantazo y giro hacia el centro.
Cuando llego, el local me recibe con una bofetada de luz y un estruendo de conversaciones cruzadas.
Es un contraste brutal con la atmósfera opresiva del quinto piso.
Clara ya está sentada en una mesa junto al ventanal; lleva el pelo recogido de cualquier manera y unas gafas de sol enormes, a pesar de estar dentro del local.
En cuanto me ve, levanta la mano, ignorando las miradas de los clientes cercanos.
—¡Milagro! —anuncia, quitándose las gafas con una sonrisa burlona—. La mujer que desaparece durante semanas en pisos con cadáveres ha decidido volver al mundo de los vivos.
Me desplomo en la silla frente a ella y dejo el bolso en el suelo.
—Hola a ti también —respondo, y mi voz suena más agotada de lo que pretendía.
Clara me observa unos segundos, inclinando la cabeza con ese escáner que tiene por ojos.
—Tienes cara de haber dormido entre cartones —dictamina.
—No he dormido —me limito a decir.
—Eso explica el humor de perros.
La camarera llega y pedimos dos cafés. En cuanto se marcha, Clara se inclina sobre la mesa, tamborileando los dedos con entusiasmo. Conozco esa expresión. Es su cara de "tengo un chisme y no me voy a callar".
—Bueno —empieza—. Hablemos de tu misterioso admirador.
Frunzo el ceño, fingiendo confusión.
—¿Qué admirador?
Clara abre mucho los ojos, dramática como ella sola.
—Vega… el tipo de la capucha de anoche. El que hizo que salieras del coche como si fueras a ejecutar a alguien.
Siento un pequeño nudo en el estómago, pero trato de mantener la calma.
—Ah. Él.
—Sí, "ah". Ese "ah" —repite ella con sarcasmo—. Bébete el café y desembucha. ¿Quién es?
—No sé quién es.
Clara se queda callada un par de segundos, procesando la respuesta. Luego, una sonrisa pícara curva sus labios.
—Vale —dice, inclinándose hacia delante—. Primera pregunta importante.
La miro con sospecha.
—Temo tu pregunta.
—¿Está bueno? —suelta con total naturalidad.
—Clara, por favor.
—Es información relevante para el caso —insiste ella—. Si te va a acosar un desconocido, al menos que el psicópata sea agradable a la vista.
—No me está acosando —miento, aunque la palabra me quema la lengua.
—¡Ah, perdón! —corrige ella con un gesto teatral—. ¿Y cómo lo llamamos? ¿Turismo de seguimiento? ¿Acompañamiento no solicitado?
Suspiro.
—Clara…
—¿Qué? —dice ella encogiéndose de hombros—. Yo solo intento entender la trama.
Se inclina un poco más.
—En serio —añade—. ¿Está bueno?
Suspiro, derrotada por su lógica.
—No sé, tiene los ojos grises —admito finalmente.
Clara levanta las cejas, victoriosa.
—Eso no responde a mi pregunta, pero es un comienzo prometedor.
—Y parece salido de una película de asesinos a sueldo —añado, recordando su calma absoluta frente a mis gritos.
—Vale —concluye ella—. Definitivamente está bueno. Los peligrosos siempre lo están.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo has insinuado
Bebo café otra vez.
—No lo conozco —digo finalmente.
Clara frunce el ceño.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Segurísimo?
—Sí —repito, mirándola.
—Porque a veces pasa —continúa ella con aire filosófico—. Conoces a un tipo en algún sitio, lo miras dos segundos más de la cuenta, él interpreta “amor eterno” y de repente tienes un fan. A mí me ha pasado.
—No es eso.
Bebo un sorbo largo de café, dejando que el calor me asiente el ánimo.
—¿Le habías visto antes? —pregunta ella, ahora un poco más seria.
—No. Jamás.
—¿Te ha hablado?
Asiento ligeramente y Clara se endereza en la silla.
—Ah, mira, vamos progresando —dice— ¿Y qué dice tu misterioso encapuchado?
Recuerdo sus palabras, su calma...
—Cosas raras —respondo.
—Define raras —pide Clara, apoyando la barbilla en la mano.
—Como si me conociera.
Clara frunce el ceño un momento.
—Eso suena bastante a enamoramiento obsesivo —dictamina.
—No está enamorado —digo, encogiéndome de hombros.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta frunciendo el ceño mientras me mira fijamente.
—Porque lo sé.
Clara se queda pensativa unos segundos, mordisqueando el borde de la taza.
—Hmm —murmura finalmente.
Luego sonríe otra vez.
—Vale, segunda teoría: es uno de esos tipos raros que se enamoran de mujeres intensas que limpian escenas de crímenes. Te ve ahí, rodeada de sangre, silenciosa, letal... y piensa: "Esa es la mujer que quiero que limpie mis desastres".
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Estás fatal de la cabeza.
—Lo sé —responde ella con orgullo—. Pero no me importa.
Sin embargo, la risa se apaga rápido, Clara nota el cambio en mi rostro y deja de bromear. Se inclina hacia delante, bajando la voz.
—Ahora en serio, Vega. ¿Te está siguiendo de verdad?
—Sí —confieso, bajando la mirada hacia el café—. Aparece en mis servicios, en la calle, anoche en la discoteca y esta mañana... esta mañana estaba esperándome fuera del edificio donde estaba trabajando.
Clara se queda completamente quieta. El juego ha terminado para ella también.
—Vale. Eso ya no tiene ni una pizca de romántico. Suena jodidamente creepy .
—Lo es.
—Te ha fijado como objetivo —concluye ella, y esta vez no hay rastro de burla en sus ojos—. Está obsesionado contigo tía, de una forma que no entiendo, pero está ahí.
—Gracias, Clara, justo lo que necesitaba oír para calmar mi ansiedad.
—De nada. Para eso están las amigas —dice, intentando recuperar un poco de ligereza, aunque me toma la mano por encima de la mesa—. Pero escucha bien: si vuelve a aparecer... si sientes que da un paso más, me avisas, iré yo misma a partirle un tacón en la frente.
—¿Para defenderme? —pregunto con una ceja arqueada.
Clara sonríe lentamente, recuperando su esencia.
—Eso también. Pero sobre todo para comprobar de cerca si, efectivamente, está tan bueno como sospechamos.