Capítulo 4
Vega
Despierto con el recuerdo de la noche anterior clavado en el pecho.
El hombre de la capucha, su mirada y la manera en que desapareció como un fantasma.
Me pongo de pie antes de que suene el despertador.
Es demasiado temprano para cualquier persona “normal”, pero yo hace tiempo que no entro en esa categoría.
Mi apartamento está en un silencio sepulcral, pero ya no me ofrece paz. Siento que las sombras de la calle me han seguido hasta aquí, que cada detalle de mi trabajo me persigue como una maldición silenciosa.
Me preparo rápido: café, ropa negra, mono de trabajo en la mochila... Hoy no voy a revisar debajo de la cama ni las ventanas; si alguien quiere matarme, que al menos tenga la cortesía de no esconderse.
El móvil vibra sobre la encimera. Es un mensaje de Clara.
Sonrío sin querer. Clara siempre encuentra la manera de recordarme que hay vida fuera de pisos vacíos y sangre seca.
Contesto rápidamente y me guardo el teléfono en el bolsillo del pantalón.
Salgo a la calle. Las farolas aún dibujan sombras largas y distorsionadas sobre el asfalto.
Un escalofrío me recorre la espalda e instintivamente escaneo las aceras, buscando una silueta con capucha, pero no hay nadie.
Subo al coche, arranco y conduzco hacia mi primer destino: un piso donde, según el parte, ha ocurrido otro "accidente doméstico".
Aprieto el volante con fuerza, tratando de disipar la sensación de estar siendo observada. En mi trabajo, la muerte no suele pedir permiso para entrar, pero esta vez siento que soy yo la que está invitando al peligro a sentarse en el asiento del copiloto.
Llego a media mañana. Es un bloque de ladrillo oscuro, con ventanas estrechas y persianas de aluminio.
Es de esos edificios cuyas paredes parecen haber absorbido demasiadas discusiones y demasiados silencios.
El portal huele a polvo viejo y detergente barato; las bombillas del techo parpadean con un zumbido eléctrico, como si estuvieran a punto de morir definitivamente.
El ascensor luce el típico cartel de «FUERA DE SERVICIO». No me importa; prefiero las escaleras. Subir cinco pisos me servirá para ordenar la cabeza antes de entrar en una escena que alguien, con mucha prisa, ha decidido borrar de la existencia.
En el rellano, la puerta del apartamento está entornada.
Entro; el lugar es minúsculo: cocina americana, muebles de Ikea que han visto tiempos mejores y un salón asfixiante.
El olor me golpea de inmediato. No es la putrefacción de un cuerpo —eso ya se lo llevaron los forenses—, es un rastro metálico mezclado con humedad que flota en el aire como un recuerdo persistente.
Cierro la puerta y dejo el maletín. El escenario habla por sí solo: la mesa del comedor está desplazada y una de las sillas yace de costado.
En el suelo sobreviven unas manchas oscuras que el primer equipo no logró limpiar.
Me enfundo los guantes y el chasquido del látex contra mis muñecas suena como un disparo en el silencio del piso.
Empiezo el reconocimiento. Observo la taza rota en el fregadero y el grifo que gotea con una cadencia desesperante.
En la pared del pasillo hay una rozadura larga, un rastro de violencia que la pintura no ha podido ocultar.
El informe decía «caída accidental», pero las caídas accidentales no desplazan mesas pesadas.
Me agacho cerca de la cocina y entonces la veo.
Debajo del mueble hay una brida negra sin cortar. Es nueva.
Mi respiración se atasca. El corazón me da un vuelco, aunque no debería sorprenderme.
Me quedo mirándola, esperando que sea un error óptico, pero el plástico brilla bajo la luz mortecina.
No tiene polvo ni marcas de uso, como si alguien la hubiera dejado caer allí hace escasos minutos.
Siento un leve temblor en los dedos mientras saco las pinzas.
Cada brida es un mensaje. Alguien sabe dónde estoy, qué hago y cómo trabajo.
Guardo la prueba en una bolsa hermética y trato de concentrarme. Fregar, desinfectar, borrar. El roce de la fregona contra el suelo es hipnótico, pero no logra disipar la presión en mi nuca. Reviso las ventanas, el baño, el interior de los armarios. Solo hay silencio.
Cuando termino, el apartamento parece una cáscara vacía.
Limpio, neutro, como si la muerte nunca se hubiera sentado a esa mesa.
Bajo las escaleras con el pulso acelerado.
Al salir a la calle, ahí está. En la otra acera, con la capucha puesta y la silueta firme.
Me observa como si llevara esperándome todo el día.
La tensión en mi estómago muta en rabia pura.
Ya no voy a seguir actuando como si nada pasara.
Cruzo la calle con pasos decididos, decidida a que esta vez, la conversación sea bajo mis términos.
—¡Eh! —le grito, plantándome a dos palmos de él—. ¿Qué coño quieres de mí? ¿Por qué me sigues?
Él no retrocede. Se baja ligeramente la capucha y me encuentro con unos ojos grises, tan fríos y calculadores que me erizan el vello de la nuca. Su tranquilidad es insultante.
—Para ya — le recrimino, señalándolo—. ¿Te divierte esto? ¿A qué juego estamos jugando?
Él se queda en silencio, acortando la distancia con una chulería que me pone en alerta.
—Deja de tocarme los cojones —gruño, apretando los dientes—. No me das miedo.
Él sonríe despacio, es una curva mínima, desprovista de cualquier calidez. Es la sonrisa de quien sabe algo que tú ignoras.
—No se trata de tener miedo.
El mundo a mi alrededor se estrecha. El ruido de los coches, el murmullo de la ciudad, la gente pasando... todo desaparece. Solo quedamos nosotros dos y esa certeza terrible: no puedo simplemente ignorarlo, porque él ya está dentro de mi órbita.
—Mira, capullo — le digo, apoyando las manos en las caderas para ocultar que me tiemblan —. No voy a ser parte de tus jueguecitos. No voy a ser tu marioneta.
—No pretendo que lo seas—responde él con una convicción que me hiela la sangre.
Su mirada me atraviesa, analizando algo que va más allá de mi uniforme de trabajo.
Sin decir nada más, me doy media vuelta.
Subo al coche, arranco el motor y salgo disparada, quemando rueda.
Y por primera vez entiendo, que esto no es un juego para él, es algo mucho más grande, algo que estoy intentando comprender.