Capítulo 3
Vega
El timbre suena veinte minutos después y casi me da un infarto del susto. Me dirijo hacia la puerta de la entrada y respiro hondo antes de abrir, Clara aparece al otro lado con una sonrisa enorme, un vestido rojo ajustado y una botella pequeña de ginebra en la mano.
—¡Feliz cumpleaños, señora misteriosa! —dice con entusiasmo.
Me envuelve en un abrazo que huele a perfume dulce y a vida normal, vida sin cadáveres.
—Estás guapísima, perra —dice, alejándose para inspeccionarme—. Es un milagro. Sabía que debajo de ese uniforme de CSI deprimida había una tía buenorra.
—No soy del CSI —corrijo por inercia.
—Ya, ya. Déjame dramatizar un poco.
Cojo mis cosas y cierro la puerta tras de mí, asegurándome de comprobar el cerrojo dos veces antes de bajar al coche.
El vehículo de Clara es pequ eño, un caos de trastos, ropa, restos de café y música pop que rebota contra las ventanillas.
En cuanto arranca, baja el volumen de la música que traía a todo trapo hasta dejarlo en un murmullo insignificante.
—Vale. Actualízame. ¿Sigues limpiando escenas horribles? ¿Sigues sin vida amorosa? ¿Sigues evitando hablar de lo que sientes? —pregunta, lanzándome miradas curiosas entre semáforo y semáforo.
—Hola, Clara. Yo también te he echado de menos.
Ella se ríe.
—Eso es un "sí" a todo.
Apoyo la cabeza contra el cristal, dejando que la vibración del motor me sacuda el cráneo.
Las luces de la ciudad pasan como trazos borrosos, una estela de neones y sombras que se deforman al ritmo de la velocidad.
Intento soltar la tensión de mis hombros, obligándome a relajar la mandíbula, pero los músculos se resisten, atrapados en un nudo de nervios que no quieren disiparse.
—El trabajo… está siendo raro últimamente —confieso en voz baja.
—¿Raro nivel "qué asco" o raro nivel "voy a terminar en un documental de true crime "?
La pregunta me arranca una sonrisa amarga.
—Nivel... cosas que no encajan. Dos supuestos suicidios esta semana, muy distintos, pero con detalles idénticos que no deberían estar ahí. Objetos fuera de lugar, cosas que no aparecen en los informes oficiales...
Clara se pone seria y apaga música.
—Vega… tú ya no eres policía.
—Lo sé.
—Y no te pagan por investigar —añade con un deje de advertencia—. ¿Por qué suena como si estuvieras trabajando en un caso?
Porque alguien dejó una brida en mi mesilla. Porque un hombre me observa desde las sombras. Porque el reloj de un muerto se detuvo exactamente a las tres.
Pero no digo nada de eso, no quiero asustarla.
—Porque me obsesiono —respondo al final—. Ya me conoces.
Clara suspira.
—Te conozco y cuando algo te huele mal, no paras hasta desmontarlo —dice, sonriendo con suavidad.
Se queda callada unos segundos y luego vuelve a sonreír.
—Pero esta noche no vas a desmontar nada, esta noche vamos a beber, bailar y quizá besar a algún macizo buenorro —asegura inclinándose hacia mí con complicidad.
—No voy a besar a ningún buenorro —replico con firmeza.
—Entonces solo macizo, pero que sea alto y guapo. Es tu cumpleaños, por favor —dice exagerando el gesto con las manos.
Miro por la ventanilla. Un semáforo en rojo nos obliga a detenernos e, instintivamente, reviso el retrovisor.
Un coche oscuro se coloca detrás y mi estómago se tensa.
Intento ver al conductor, pero los cristales tintados son demasiado oscuros.
El semáforo cambia, Clara acelera, y el coche de detrás también.
—¿Todo bien? —pregunta ella al notar que me quedo rígida.
—Sí. Solo… estoy cansada. —respondo, intentando relajarme.
Vuelvo a mirar atrás. El coche gira en la siguiente calle; no nos sigue. Suelto el aire despacio. No voy a arruinar la noche; no permitiré que la sombra me acompañe. Clara aparca cerca de la discoteca y me da un pequeño golpe con el hombro.
—Hoy celebramos que sigues viva, Vega. Y eso ya es bastante épico, teniendo en cuenta a lo que te dedicas. —dice Clara, riendo.
La miro y por primera vez en toda la noche, sonrío de verdad.
—Anda vamos — digo mientras bajamos del coche.
La música del local vibra desde la esquina.
No puedo evitar sentir que alguien, en algún punto de la oscuridad de la ciudad, sabe exactamente dónde estoy.
Y que quizá… esta vez no se ha limitado a observarme desde lejos.
Clara me agarra de la mano y me arrastra hacia la entrada, como si temiera que me arrepintiera en el último segundo.
—Nada de escaparte al baño a analizar la trayectoria de las luces estroboscópicas —me advierte riendo.
—No prometo nada.
El portero nos deja pasar después de revisar nuestros DNIs, cosa que me sorprende teniendo en cuenta que estamos a las puertas de los treinta.
Dentro, el calor es inmediato: perfume barato, alcohol y muchos cuerpos moviéndose demasiado cerca.
Es otro mundo. Clara pide dos copas y dos chupitos en la barra.
La camarera que nos atiende es una chica de melena pelirroja brillante y ojos verdes penetrantes que parecen saberlo todo. En cuanto sus ojos se encuentran con los de Clara, se queda paralizada.
—¿Diana? —pregunta Clara, soltando una carcajada sonora, con esa chispa pícara que siempre tiene—. ¡Madre mía, tía! ¿Todavía sigues viva? Llevamos como doce años sin saber nada la una de la otra desde el instituto y casi se me olvida que existías.
Diana, la camarera, deja la bayeta sobre la barra con un golpe seco, incapaz de ocultar la sorpresa.
—¡Madre mía! No me lo puedo creer… estás guapísima, tía, no has cambiado nada —responde Diana, esbozando una sonrisa amplia mientras la recorre con la mirada.
—¡Es que soy como el buen vino, cariño, o como un susto, según se mire! —responde Clara con una sonrisa de lado, divertida—. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Cómo es que te encuentro yo detrás de una barra?
Diana suelta una risita, relajándose al ver la actitud de mi amiga.
—Trabajo aquí desde hace un tiempo, ya ves, la vida da muchas vueltas.
—Qué fuerte —suelta Clara, rodando los ojos con gracia antes de girarse hacia mí—. Mira, Vega, esta es Diana. Éramos mejores amigas en el instituto, aunque seguro que ya no se acuerda de los líos en los que nos metíamos.
Clara le da un golpe juguetón en el brazo a Diana y señala las copas.
—Oye, prepara otro chupito más, ¿vale? No vas a dejar que brindemos solas. Tenemos que celebrar este reencuentro y que hoy es el cumpleaños de Vega.
Diana, contagiada por la energía arrolladora de Clara, sonríe y sirve el tercer chupito. Las tres chocamos los vasos sobre la barra antes de levantarlos.
—Por tus veintiocho —dice, chocando su vaso contra el mío—. Y porque este año hagas algo imprudente.
—Trabajo limpiando cadáveres. Eso ya es imprudente —respondo, encogiéndome de hombros.
—No cuenta. Eso es tu zona de confort perturbadora —dice riéndose.
Me bebo el chupito de golpe notando cómo el alcohol me quema la garganta y, poco a poco, la tensión de la semana empieza a aflojar mis músculos.
Un chico se acerca a la barra con gesto impaciente para pedir una copa.
Diana nos dedica una mirada rápida de disculpa y se gira para atenderlo.
Clara aprovecha el momento y me arrastra hacia la pista de baile.
Al principio me muevo rígida; siempre me pasa.
Mis ojos se desvían por inercia, analizando cada sombra, cada rostro.
Incapaz de apagar el interruptor de mi cabeza, incluso aquí dentro.
La música ruge. El bajo retumba directamente en el pecho y, por un segundo, cierro los ojos. Intento dejarme llevar por el ruido, por las luces estroboscópicas y el calor de los cuerpos. Pero cuando los vuelvo a abrir... el alivio se evapora.
El tipo de la capucha está ahí, plantado al otro lado de la sala, recortado entre la penumbra y el humo artificial. No baila, no bebe, no parpadea. Solo me mira, y el resto de la discoteca se desvanece.
El ritmo de la música sigue machacando los altavoces, la gente se agita a nuestro alrededor, Clara se gira frente a mí con una sonrisa eufórica...
pero todo se vuelve lejano y amortiguado.
Él no aparta la vista. Sostiene mi mirada con una fijeza que se siente física, como una mano fría cerrándose alrededor de mi garganta.
No parece sorprendido de haberme encontrado aquí.
Ni siquiera está incómodo. Su postura transmite algo mucho más inquietante: satisfacción.
—¿Qué pasa? —grita Clara por encima de la música.
Trago saliva.
—Nada. —respondo, aunque mi voz no suena convincente.
Pero no es nada. Antes de desaparecer, él ha inclinado la cabeza.
Ha sido un gesto mínimo, una especie de saludo que me deja claro que sabe que lo he reconocido.
Mi pulso se dispara y ya no es miedo puro; es la certeza de que he entrado en un terreno de juego que empezó mucho antes de que yo supiera que existía.
Clara se gira hacia la barra para pedir otra ronda.
Aprovecho el segundo y vuelvo la vista hacia la esquina donde lo vi.
Ahora, el lugar está ocupado por dos chicos que se ríen y una pareja que se besa con urgencia.
Nada más. Mi respiración se acelera. Es imposible que se haya esfumado así.
Escaneo la sala con la precisión de un forense en una escena del crimen: baños, barra, entrada, salidas de emergencia... nada.
—Vega —dice Clara volviendo con las copas—. Estás pálida.
Fuerzo una sonrisa.
—Necesito aire. Solo eso —respondo, apartándome ligeramente.
—Te acompaño
—No. Ahora vuelvo, te lo prometo.
No espero a que insista. Cruzo la pista a zancadas y me deslizo por una salida lateral que da al patio trasero, una zona de fumadores donde el aire huele a humedad y colillas. La brisa gélida me golpea la cara y el alivio es instantáneo. Respiro hondo, contando en voz baja. Uno... dos... tres...
—No deberías salir sola. — me advierte una voz desde mi derecha.
Me quedo inmóvil antes de girarme. Lo hago despacio, con los músculos en tensión, y ahí está: apoyado contra la pared, parcialmente oculto por las sombras.
Tiene el cabello oscuro, la mandíbula marcada y unos ojos que, aunque no puedo leer desde esta distancia, siento como agujas clavándose en mi piel.
—¿Perdona nos conocemos? —pregunto, y odio que mi voz no suene completamente firme.
Una ligera curva aparece en su boca. No es una sonrisa amable.
—Todavía no —responde con calma.
Mi corazón late tan fuerte que temo que lo oiga.
—Entonces deja de mirarme como si... —empiezo, dando un paso adelante, cerrando los puños.
En ese instante, un grupo de chavales ruidosos irrumpe en el patio, pasando entre nosotros como un torbellino de risas y humo. El ruido me ciega un segundo. Cuando vuelvo a clavar la vista en la pared donde estaba el encapuchado, esta está vacía.
—Pero qué cojones... —gruño, girando sobre mis talones para buscarlo entre la gente, pero ya no hay rastro. Solo el sonido de mi propia respiración agitada en la noche.
Vuelvo al interior de la discoteca buscando a Clara.
Estoy agotada, los tacones me martillean las plantas de los pies y, para colmo, el tipo de la capucha ha conseguido arruinarme la noche.
Salimos al exterior entre las risas ahogadas de Clara —que ya empieza a notar los efectos del alcohol— y el destello de las farolas reflejado en los charcos de la acera.
Subimos al coche. Mientras me inclino para abrocharme el cinturón, mis ojos se clavan de nuevo en la acera de enfrente.
Ahí está otra vez. Capucha puesta, silueta inmóvil, observándome con la misma pasividad gélida de hace tres noches.
Mi corazón se dispara, pero esta vez el miedo se queda atrás, sepultado bajo una capa gruesa de rabia pura.
—¿Otra vez tú? —gruño, sin pensar.
Clara, a mi lado, me mira confundida mientras rebusca en su bolso.
—¿Quién? ¿De qué hablas?
—Ese gilipollas que no sabe cuándo dejar de joderme —respondo, apretando el volante hasta que los nudillos se me ponen blancos.
No espero a que responda. Salgo del coche echa una furia, el taconeo de mis zapatos resuena en la calle mojada. Me planto frente a él, con las manos en la cintura.
—¡Eh, tú, gilipollas!, ¿Quieres dejar de seguirme de una maldita vez? —grito furiosa.
Él no se inmuta. La capucha oculta casi toda su cara, pero puedo ver la línea firme de su mandíbula, los ojos de un color gris acero, y esa calma… esa maldita calma que me pone los pelos de punta.
—Seguir no sería la palabra correcta preciosa—responde con voz grave, desprovista de cualquier urgencia—. Observar es más preciso.
—¿Observando el qué? —replico, dando un paso hacia él—. ¿Te divierte verme salir de una discoteca?
Él inclina la cabeza, sopesándome, como si decidiera si soy un juego o una amenaza.
—Es divertido, sí. Y también… necesario.
—¿Necesario? —mis palabras se endurecen—. ¡Pues es ilegal y jodidamente molesto! —gruño.
Un silencio tenso se instala entre nosotros. Las luces de la calle juegan sobre su capucha. Parece un fantasma, un espectro que insiste en aparecer donde menos quiero.
—Tienes algo que me pertenece —dice finalmente, bajando la voz.
La frase me detiene en seco. La imagen del anillo en mi cajón me golpea la mente.
—¿Y eso te da derecho a perseguirme por toda la ciudad? ¿Qué demonios quieres?
Sus ojos se clavan en los míos, fijos, inquebrantables.
—Solo quiero asegurarme de que estás lista.
—¿Lista para qué? —pregunto. Mi voz empieza a traicionarme con un leve temblor, pero no retrocedo.
—Para lo que viene.
Me hierve la sangre. No entiendo la mitad de lo que dice, no confío en nada de lo que hace y aun así… hay algo en su calma que me hace sentir que no puedo apartar la mirada de él.
—Pues que sepas, gilipollas —digo, apuntando con el dedo como si pudiera clavarlo en su pecho a través de la distancia—. No me voy a quedar quieta. No me vas a asustar ni a manipular.
Él se encoge de hombros levemente, sin un gesto de amenaza real y da un paso atrás hacia la sombra de la otra acera.
—Eso espero —responde, dejando que la oscuridad lo envuelva—. Hasta pronto, Vega.
Desaparece antes de que pueda articular una réplica. Me quedo sola en la calle, con el pulso martilleando en mis oídos y la rabia vibrando en cada fibra de mi cuerpo. Siento una mano en el brazo; es Clara, que se ha bajado del coche.
—¿Quién coño era ese? —pregunta nerviosa.
—Alguien que va a complicarme la vida —respondo, todavía mirando la acera vacía—. Y por favor, no me hables de “salir de fiesta” otra vez.
Clara ríe nerviosa, intentando quitarle hierro al asunto, pero yo me siento incapaz de moverme.
Hay una verdad que me quema en la garganta: alguien está moviendo las piezas de este tablero y, por algún motivo, yo soy la siguiente.
Pero lo que más me hiela la sangre no es el acoso, ni la amenaza, ni siquiera que sepa dónde vivo o qué hago.
Lo que me mata es la pregunta que se queda colgada en el aire: ¿Cómo demonios sabía mi nombre?