Capítulo 2
Vega
El segundo aviso me llega tres días después del hallazgo del anillo.
Estoy en la cocina, observando cómo el café se enfría en mi taza favorita mientras termino de preparar mi desayuno.
Corto un aguacate en láminas perfectas y las acomodo sobre el pan tostado, espolvoreando un poco de sal por encima.
Me encantan; es de las pocas cosas que me devuelven cierta sensación de normalidad en medio del caos.
Justo cuando voy a dar el primer bocado, el móvil vibra con violencia sobre la encimera, rompiendo el silencio de la mañana. El nombre de Martin, mi supervisor, parpadea en la pantalla como una advertencia que no puedo ignorar.
Dejo la tostada a medio camino de la boca, sintiendo cómo el apetito se desvanece de golpe. Sé que esa llamada no es para darme los buenos días. Con un suspiro, deslizo el dedo por la pantalla.
—Dime — pronuncio, tratando de que mi voz suene más firme de lo que me siento.
—Tenemos otro servicio —suelta Martin con ese tono plano, despojado de cualquier emoción, que usa para todo.
—¿Dónde?
Me apoyo contra el mármol de la encimera.
—Distrito norte. Varón, cuarenta y dos años —enumera, saltando directamente a los datos.
—¿Causa? —pregunto.
Siento un leve cosquilleo en la nuca, esa señal instintiva que nunca falla.
—Ahorcamiento —responde él, como quien da el pronóstico del tiempo.
—¿Días? —insisto.
—Lo encontraron anoche; no puedo decirte más —explica. Hace una pequeña pausa antes de sentenciar—: Suicidio. Cerrado desde dentro.
Pronuncia las últimas palabras marcando cada sílaba, como si el hecho de que la llave estuviera echada fuera suficiente para disipar cualquier duda o misterio.
—Vale —respondo tras unos segundos de silencio—. ¿A qué hora quedo con Liam?
Al otro lado de la línea, el ruido ambiental de la oficina parece congelarse.
—Liam no va a ir —suelta Martin al fin.
Frunzo el ceño y me separo del mueble, y me pongo en alerta.
—¿Cómo que no va a ir?
—Tiene fiebre, me ha llamado esta mañana.
—¿Y? —replico.
Él nota mi irritación; lo sé por la forma en que inspira antes de hablar.
—No puede trabajar hoy, Vega. Así de sencillo.
—Martin, somos dos por algo —le recuerdo, empezando a caminar por la cocina con un nerviosismo creciente—. El protocolo está para cumplirlo.
—Lo sé.
—Pues mándame a otro —digo, parándome en seco frente a la ventana.
—No tengo a nadie libre —suelta tras una breve pausa.
Suelto una risa seca, carente de gracia.
—Genial.
—Es un servicio simple, Vega —añade él, intentando restarle importancia con un tono paternalista que me crispa los nervios.
—Ya, claro.
—Vega…
—Martin, este trabajo no tiene nada de simple —le corto, apretando los dientes.
Un suspiro cansado viaja por la línea.
—Escucha. La policía ya ha retirado el cuerpo. Solo queda la zona del suelo y algo de contaminación biológica. Nada que no hayas visto mil veces.
—Eso dijiste del último —respondo con sequedad.
—Y lo hiciste perfecto.
—Porque éramos dos —le recuerdo una vez más.
Se hace otro silencio, uno de esos que pesan.
—Confío en ti —dice finalmente.
Me aprieto el puente de la nariz con los dedos, cerrando los ojos.
—Esa frase es el código para decir que me va a tocar hacerlo sola.
—Solo será por hoy.
—Eso también lo dices siempre —replico, pero sé que la batalla está perdida.
Martin ignora mi comentario, retomando su eficiencia habitual.
—Te mando la dirección por mensaje.
—Qué remedio.
—Y Vega… —añade antes de colgar.
—¿Qué?
—Ten cuidado —murmura.
El clic de la llamada terminada suena como un punto final. Me quedo mirando la pantalla oscura unos segundos hasta que entra el mensaje con la ubicación. Suspiro con una mezcla de resignación y mal humor.
—Gracias por nada, Liam —murmuro para la cocina vacía mientras agarro el maletín de equipo.
Media hora después, llego a la dirección.
Es un distrito distinto, un barrio de edificios modernos, cámaras en el portal y porteros digitales.
Decido subir por las escaleras; necesito que mi cuerpo se mueva para soltar la rigidez que me atenaza.
Desde que salí de casa, no he dejado de pensar en el anillo que tengo guardado en el cajón.
No debería haberlo cogido, y mucho menos debería seguir dándole vueltas, pero ahí está, instalado en mi cabeza.
Llego al tercer piso y encuentro la puerta entornada.
Han retirado el precinto policial, aunque todavía quedan restos de adhesivo pegajosos en el marco.
Empujo con suavidad. Aquí el olor es diferente: ya no es el aroma metálico del disparo, sino humedad, orina y madera vieja.
El cuerpo ya no está, pero su ausencia no lo hace menos tétrico.
Solo queda la marca en la viga del techo y una mancha oscura en el suelo, justo donde reposó la bolsa con el cuerpo.
Dejo el maletín y me enfundo los guantes.
—Vamos allá —murmuro, rompiendo el silencio.
Empiezo la rutina: pulverizar, desmontar, frotar.
Mis ojos, por puro instinto, escanean el entorno.
La silla está volcada, sí, pero demasiado centrada bajo la viga; parece alineada con escuadra y cartabón, como si alguien la hubiera colocado ahí después del acto.
La cuerda sigue sobre la mesa, dentro de una bolsa de pruebas que la policía ha olvidado recoger.
No es normal, la policía no olvidaría una prueba como esa. Nada de esto lo es.
Al agacharme para revisar bajo el mueble del recibidor, un brillo me detiene. Es pequeño, negro, de plástico. Otra brida cortada.
Siento un vuelco en el estómago. La recojo con las pinzas: es una brida común, de ferretería, pero tiene una muesca blanca en la cabeza, un corte limpio hecho con una cuchilla.
Igual que en el piso del disparo, algo no cuadra.
Esta brida no figura en el informe preliminar.
¿Qué pintaría una brida en un suicidio por ahorcamiento?
No la tiro al contenedor de residuos biológicos.
La guardo. Empiezo a ver un patrón donde el resto del mundo solo ve tragedias rutinarias.
Termino una hora después. El piso queda impecable, neutral.
Como si la muerte hubiera sido una visita breve y educada.
Sobre la puerta del salón cuelga un reloj barato con las agujas quietas.
Me quedo mirándolo: las tres en punto. El segundero no se mueve.
Consulto el informe en el móvil: hora estimada de la muerte, entre las seis y las ocho de la tarde.
Un cosquilleo eléctrico me recorre la piel. Deja de darle vueltas, Vega , me digo. Recojo el equipo y salgo de allí a toda prisa.
Cuando salgo la calle, ya es casi de noche.
Saco las llaves del coche y entonces siento esa misma presión en la nuca que noté hace tres días.
Levanto la vista. Al otro lado de la acera, un callejón estrecho se abre entre dos edificios, oscuro y profundo.
Dentro, apenas iluminado por la luz mortecina de una farola rota, hay alguien.
Un hombre. Alto, inmóvil, encapuchado. Es él otra vez. Me está mirando.
Camino rápido, casi trotando, y me meto en el coche.
Arranco de un volantazo y salgo pitando.
Miro por el retrovisor mientras me ajusto el cinturón con manos torpes; sigue ahí, clavado como una estatua.
Por primera vez desde que empecé en este trabajo, tengo la certeza absoluta de que alguien no solo está dejando escenas para que yo las limpie.
Alguien quiere que yo las encuentre. Y acaba de asegurarse de que sepa que él también me ha encontrado a mí.
No quiero mirar hacia el callejón otra vez, no quiero darle el placer de comprobar si sigue ahí, pero lo sé.
Lo siento. Conduzco por encima del límite, con los músculos en tensión, viendo amenazas en cada semáforo, en cada sombra.
Cuando por fin aparco frente a mi edificio, el silencio me resulta insoportable.
—Respira, Vega. Solo es estrés —me ordeno en voz baja—. Te estás montando una película donde no la hay.
Subo a mi piso y cierro con doble vuelta. Echo el cerrojo y apoyo la frente contra la madera fría de la puerta. Estoy temblando, y odio temblar.
Voy directa al dormitorio y abro el cajón. El anillo sigue ahí. Lo dejo sobre la mesilla y saco la brida del bolsillo del abrigo para colocarlas juntas. Dos escenas. Dos detalles «insignificantes» que ahora me pesan como el plomo.
El móvil vibra sobre la colcha y me saca de mis pensamientos con un sobresalto. Es Clara.
—Por fin das señales de vida. Estaba por asumir que ibas a ignorarme y de paso borrar este día del calendario. —dice Clara nada más descolgar, con ese tono exageradamente dramático que siempre usa.
Parpadeo un par de veces. Mierda, es verdad. Mi cumpleaños.
—No te estaba ignorando idiota —miento, sentándome en la cama—. Solo… he tenido un turno de mierda y no he podido contestar antes.
—Vega, siempre estás trabajando —protesta Clara con exageración—. Hoy cumples veintiocho años. ¡Veintiocho, tía! Eso ya es edad oficial de tener una crisis existencial, mínimo.
Me río por primera vez en toda la noche. Clara siempre ha sido así. Luz, movimiento. Todo lo contrario, a mí.
—No estoy en crisis —respondo, mirando al techo.
—Eso dicen todos antes de adoptar un gato y empezar terapia —replica ella sin dudar.
Me tumbo boca arriba.
—¿Qué quieres, Clara? —pregunto con resignación.
—Que salgamos —responde al instante—. Que te pongas algo que no huela a desinfectante industrial, que bebamos, que bailemos y que me cuentes por qué has desaparecido del mundo social.
Cierro los ojos. Hace meses que no salgo, hace meses que mi vida se reduce a pisos vacíos, sangre seca y silencio.
—No estoy muy… social hoy —murmuro.
—Precisamente por eso —insiste Clara con suavidad—. Además, llevamos siglos sin vernos. Te echo de menos, Vega.
Su tono cambia ligeramente. Miro de reojo la mesilla. El anillo, la brida, la sensación en la nuca, el hombre en el callejón... tal vez salir no sea mala idea. Tal vez necesito un poco de ruido para silenciar mi cabeza.
—¿Dónde vamos? —pregunto finalmente.
Al otro lado del teléfono hay un pequeño grito de victoria.
—¡Sabía que dirías que sí! —dice Clara—. Al centro. Paso a recogerte en una hora y no acepto un no por respuesta.
—Vale… —respondo sin demasiado entusiasmo, aunque se me escapa una pequeña sonrisa.
Cuelgo y me quedo unos segundos inmóvil.
Tengo una hora, me levanto y voy al baño.
El espejo me devuelve una imagen ajena: ojos oscuros, ojeras y una rigidez que no pertenece a alguien de mi edad.
Abro el grifo y dejo que el agua caliente intente llevarse el olor a muerte.
Me convenzo de que lo del callejón fue una coincidencia, una sugestión. Nada más.
Pero cuando salgo, el vapor aún empaña los cristales y el aire se siente distinto.
Entro en el dormitorio y me quedo gélida. La ventana está ligeramente abierta y estoy segura de que la cerré. Mi mirada vuela a la mesilla, el anillo sigue ahí, pero está girado: el símbolo, que antes apuntaba a la pared, ahora mira directamente hacia la puerta de mi habitación.
No respires ni hagas ruido. Me ordeno mentalmente.
El corazón me golpea las costillas. Justo al lado del anillo, hay otra brida negra, intacta, nueva. No es la mía; la mía sigue ahí con su muesca blanca.
Saco mi Glock 19 de debajo de la almohada y recorro el apartamento en toalla, con el arma en alto y los sentidos en carne viva. Registro cada rincón, cada armario. Nada. No hay señales de forzamiento y tampoco hay nadie.
Me quedo mirando la brida nueva un segundo que parece eterno. Cierro la ventana con violencia, bajo la persiana y guardo las pruebas en el cajón, cerrándolo de un golpe.
Esta noche no. No pienso dejar que esto me robe también mi cumpleaños.