Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Vega

Un año después...

El olor nunca es el mismo. Eso es lo primero que aprendí: la muerte tiene un olor propio, una mezcla de abandono y de todo lo que se queda suspendido en el aire cuando alguien deja este mundo.

Me subo al ascensor con Liam. El habitáculo es estrecho, viejo, y huele a lejía barata y metal oxidado. Lo agradezco; cualquier cosa es mejor que el hedor que nos espera un par de plantas más arriba. Mi compañero se apoya contra la pared metálica y me estudia mientras el ascensor inicia el ascenso.

—Y bien, ¿qué tenemos esta vez? —pregunta él, rompiendo el silencio.

—Suicidio —respondo. Mi voz suena tan neutra como puedo.

Liam hace una mueca de asco.

—Joder. Nunca me acostumbro a este olor cuando pasan más de veinticuatro horas.

—Nadie lo hace, Liam. Si te acostumbraras, el muerto serías tú.

El supervisor ha sido breve por teléfono: varón de treinta y ocho años, dos días sin responder llamadas, muerte por disparo. La historia de siempre.

El ascensor se detiene en la sexta planta con un golpe seco.

Las puertas se abren, revelando un pasillo bañado por una luz amarillenta que acentúa la decadencia del edificio.

Frente a la puerta 6B, dos policías cuchichean.

El precinto está mal pegado al marco, como si el drama pudiera despegarse con la misma facilidad que una pegatina vieja.

Uno de los agentes nos mira de arriba abajo.

—¿Los de la limpieza?

—Los mismos —contesta Liam, levantando el maletín.

El policía suspira y retira el precinto.

—El forense ya se ha ido. Podéis pasar. Pero si encontráis algo raro, avisadnos.

Liam me dedica una mirada de reojo.

—Qué pesados. Siempre dicen lo mismo.

—Porque siempre hay algo raro —respondo.

Empujo la puerta con el hombro. Un aire denso, dulce y metálico me golpea la garganta. No hago ningún gesto; ni siquiera arrugo la nariz. He aprendido a desconectar los sentidos cuando el trabajo lo requiere. Liam, en cambio, titubea en el umbral.

—Joder...

—Respira por la boca —le aconsejo.

—Eso no ayuda tanto como crees, Vega. El olor se te queda pegado en la lengua.

Le lanzo una mirada que podría matarlo y entramos.

Liam descarga el equipo mientras yo me ajusto los guantes negros, dedo por dedo, hasta que mi piel queda sellada bajo el látex.

Trabajamos para una empresa de limpiezas post mortem ; nosotros llegamos cuando todo el mundo ya se ha ido, cuando la policía ya ha capturado el horror en fotografías desde todos los ángulos posibles y el cuerpo ha sido retirado.

El salón permanece en silencio absoluto. La sangre se concentra frente al sofá, una mancha oscura que empieza a oxidarse. Hay una salpicadura radial en la pared derecha; eso me hace sospechar que el disparo ha sido frontal.

—Directo a la cara —silba Liam, inspeccionando el ángulo—. Debía de estar sentado.

—Con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás —añado, reconstruyendo la escena casi sin querer—. El impacto lo proyectó contra el respaldo antes de que resbalara al suelo.

Liam me observa, impresionado.

—Cada vez que haces eso me recuerdas que deberías haber sido forense.

—¿Y perderme este glamour? —señalo el charco de fluidos—. Ni de coña.

Liam suelta una carcajada seca y saca los botes.

—Vale. Tú la pared, yo el suelo.

Dejo el maletín y empiezo el protocolo. Pulverizo el agente enzimático sobre la pared. El líquido resbala, mezclándose con el rojo oscuro. Espero unos minutos y froto con movimientos firmes, mecánicos, despojados de cualquier rastro de emoción. O al menos, eso es lo que dejo ver.

Mientras limpio, escaneo el lugar. Algo no encaja.

El salón está demasiado ordenado. No hay botellas de alcohol para armarse de valor, no hay cajones revueltos, ni rastro de una nota de despedida sobre la mesa.

El caos que suele acompañar a un hombre que decide quitarse la vida brilla por su ausencia.

Me agacho para revisar la base del sofá, buscando salpicaduras ocultas bajo la alfombra. Entonces, veo algo: un destello metálico atrapado entre las fibras de la alfombra y el parqué. Lo recojo con las pinzas.

Es un anillo. Simple, de un dorado pesado, con un símbolo grabado en el exterior: una línea vertical atravesada por tres cortes finos y paralelos.

No es un diseño comercial. Paso el pulgar enguantado por encima y siento un escalofrío que nada tiene que ver con la temperatura del piso.

El informe decía que vivía solo, sin vínculos, sin pasado. Entonces, ¿de quién es esto?

Por un segundo, contemplo dejarlo en la bolsa de objetos personales. Pero, sin pensarlo, lo deslizo en el bolsillo interior de mi mono de trabajo. El gesto me sorprende incluso a mí; nunca me involucro, nunca me quedo nada de los muertos. Yo solo estoy aquí para limpiar este tipo de escenas.

Seguimos trabajando. La sangre desaparece bajo la presión de nuestras manos y el efecto de los químicos. La pared vuelve a ser blanca, el suelo recupera su brillo y la estancia queda habitable, como si allí nunca hubiera muerto nadie.

Cuando terminamos, me quedo de pie en el centro de la habitación.

Todo está impecable, quizás demasiado. Esa sensación punzante, la que me dice que aquello no ha sido un suicidio, vuelve a instalarse bajo mi piel.

Alguien quiere que lo parezca. Me aprieto el bolsillo donde guardo el anillo; no debería habérmelo quedado.

Pero sé que no podré olvidarme de este piso y estoy casi segura de que acabamos de limpiar la escena de un crimen.

Al salir, algo más llama mi atención: debajo de una silla, encuentro una brida de plástico, la recojo con disimulo y la miro, está cortada.

—Qué raro —susurro.

—¿El qué? —pregunta Liam.

—Nada —miento, negando con la cabeza mientras la dejo caer al suelo sin que Liam se dé cuenta.

Bajamos en silencio y salimos a la calle. Ya es casi de noche; el aire gélido y húmedo me golpea el rostro, las farolas proyectan sombras largas y deformes contra los edificios.

—¿Una cervecita después del turno? —pregunta Liam, con ojos esperanzados.

—Paso, Liam.

—Algún día me dirás que sí, Vega.

—Algún día —murmuro, sabiendo perfectamente que ese día no existe en el calendario.

—Mi coche está por allí. — dice Liam señalando hacia el aparcamiento.

—El mío en la otra esquina.

Se coloca la chaqueta y coge su maletín.

—Bueno, nos vemos mañana. — continúa.

—Sí.

Liam levanta una mano a modo de despedida.

—No pienses mucho en mí —dice con una sonrisa seductora.

—Nunca lo hago —respondo, logrando esbozar una sonrisa a pesar de la tensión.

Me cuelgo el maletín y camino en dirección contraria. Voy a sacar las llaves del coche cuando un escalofrío me recorre la espalda. Me detengo. En la acera de enfrente, un hombre me observa. Es alto, de hombros anchos, con la capucha de la sudadera negra puesta. No mira al edificio, me mira a mí.

Mis dedos se tensan sobre las llaves. Busco a Liam con la mirada, pero ya ha desaparecido. Mi pulso se acelera. Podría ser cualquiera, un vecino, un curioso... Un coche pasa entre nosotros y, por un segundo, la luz de sus faros recorta su silueta.

Acelero el paso, entro en el coche y echo el seguro. Cuando vuelvo a mirar hacia el callejón, el hombre ya no está. Apoyo la cabeza contra el asiento, intentando controlar la respiración.

—Puff, estás paranoica, Vega —me digo, aunque sé que no es paranoia.