Cadáver (Imperio de sombras 1)
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PRÓLOGO
El chasquido del metal contra el marco de la puerta es el último sonido de mi cautiverio. He pasado semanas escuchando esos sonidos: celdas, bandejas de plástico, carros de medicación. El ruido de un sistema diseñado para convencerte de que tu peor enemigo eres tú misma.
Aquí, el tiempo no se mide en horas, sino en dosis de medicación y en el roce de las suelas de goma de las enfermeras contra el linóleo blanco.
—Hoy es el gran día, Vega —dice la doctora, extendiéndome un sobre con mis informes.
Miro mis manos que están tranquilas, apoyadas sobre mis rodillas. Unas manos que, según ellos, intentaron apagar mi propia luz. Llevo las muñecas cubiertas por vendas blancas, impecables, que ocultan el motivo de mi estancia en este lugar de paredes acolchadas y ventanas que no se abren.
—Aquí tienes tus pertenencias. Intenta no perderlas esta vez —dice la enfermera, entregándome una bolsa de plástico con mis objetos personales.
No hay mucho dentro: algo de ropa, un libro que no he leído, un teléfono muerto, unas llaves que no sé qué abren y el vacío de una vida que no reconozco.
No hay nada que me devuelva el reflejo de quién era antes de que me encontraran en aquel baño, con el agua teñida de rojo y la vida colgando de un hilo.
—Gracias —susurro. Mi voz suena áspera, como si estuviera oxidada por el desuso.
Camino por el pasillo principal hacia la salida de la unidad psiquiátrica.
Los médicos dicen que tengo "amnesia disociativa inducida por trauma".
Es una forma elegante de decir que mi mente ha borrado el motivo por el cual quise dejar de respirar.
Me dicen que las marcas de mis muñecas son el recordatorio de mi desesperación, el resultado de un colapso nervioso tras meses de estrés policial.
Cruzo el umbral de la puerta de cristal y el aire del exterior me golpea con una violencia inesperada. El exterior es demasiado ruidoso, demasiado brillante y real.
A unos metros, un coche familiar me espera.
Una rubia baja del vehículo y me dedica una sonrisa cargada de un alivio que me duele.
Clara, mi mejor amiga. La que me encontró, la que llamó a la ambulancia, la que ha estado a mi lado en cada hora de visita asegurándome que todo estará bien.
Me promete una casa tranquila, una rutina sin sobresaltos y un olvido necesario.
—Vamos a casa, Vega —me dice, abrazándome. Su perfume a jazmín es lo único que me resulta familiar en este mundo extraño.
Me subo al coche y apoyo la frente contra la ventanilla. Mientras nos alejamos de la clínica, me bajo un poco la manga de la chaqueta para observar el borde de las vendas. Dicen que intenté rendirme, que no pude con la presión de mi vida anterior.
Pero hay algo que no encaja.
Al cerrar los ojos, no veo una bañera ni una nota de suicidio. Veo ráfagas de luz bajo una puerta de acero. Siento el frío del cemento en mis pies y el sabor amargo del miedo, pero no de un miedo hacia mí misma, sino hacia alguien que no logro recordar.
Miro a mi amiga mientras conduce y me pregunto por qué, si se supone que estoy a salvo, mis manos buscan instintivamente un arma que no tengo. Por qué mi cuerpo se tensa ante cada frenazo y por qué, en el fondo de mi mente, una voz me grita que el peligro no ha terminado.
La clínica me ha dado el alta, pero la sospecha acaba de ingresar en mi sistema. Dicen que soy una mujer rota que necesita paz; pero mis instintos, esos que no se han borrado con la medicación, me dicen que soy una presa que acaba de salir al mundo.
Y que la verdadera guerra empieza ahora...