Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Rowan

Sigue temblando cuando la bajo al suelo. No sé si es por el agua que aún cae sobre nosotros, enfriándose poco a poco, o por la intensidad de lo que acabamos de hacer. O quizás sea por lo que significa: una entrega que va más allá de la piel.

Vega apoya la frente contra mi pecho, buscando el latido de mi corazón. Su respiración se va calmando, acompasándose con la mía. Sus manos siguen aferradas a mi cintura, como si temiera que fuera a desaparecer en el vapor si me suelta. Si supiera. Si recordara quién soy realmente.

Cierro los ojos un segundo y el pasado me golpea sin piedad. Sus ojos. Los mismos ojos que ahora me miran con un deseo que me quema el alma, pero que aquella vez me miraban sin esperanza, vacíos y rotos.

Yo sí me acuerdo de cada puto segundo.

Ella se aparta ligeramente para mirarme, escrutando mis facciones.

—¿En qué piensas? —pregunta, todavía con la voz ronca por los gemidos.

«En la noche en que te saqué de allí. En cómo gritaste cuando te solté porque no sabías si yo era uno de ellos o un monstruo nuevo. En cómo me suplicaste, con la voz quebrada, que no te tocara». Pero ahora… ahora me ha dicho que me quiere.

—En nada —miento, y la palabra me amarga la boca.

Ella frunce el ceño, detectando la grieta en mi voz. Siempre ha sido demasiado perceptiva.

—No es verdad.

Paso los dedos por su mejilla con una suavidad que me duele, apartando un mechón de pelo mojado.

—Estoy pensando que deberías salir antes de que te resfríes.

—No cambies de tema —me reprende, sin dejarse amedrentar.

Su mirada se clava en la mía, buscando la verdad que escondo tras mi máscara de frialdad. Su mano sube hasta mi hombro… y se queda quieta sobre una de mis cicatrices antiguas. La que me dejó esa noche . La que me hizo ella misma, luchando con uñas y dientes cuando intenté sacarla de aquel infierno.

—Esta… —murmura, y su tono cambia—. Esta herida…

Mi corazón se detiene. El aire en el baño se vuelve irrespirable.

—¿Qué pasa con ella? —logro preguntar, conteniendo el aliento.

Ella frunce más el ceño, perdida en un laberinto mental. Veo cómo algo tira de su memoria, una sombra que intenta tomar forma.

—No sé… —susurra—. Me resulta familiar.

Ahora no, por favor , ruego en silencio. Todavía no estamos listos.

—Tienes muchas cicatrices —continúa, pero su voz ya no suena segura, hay una nota de duda que me hiela la sangre—. Es normal.

Normal. Nada de lo que nos pasó fue normal. Sus dedos siguen el borde de la marca con una lentitud que me está rompiendo por dentro. De repente, ella parpadea fuerte y retira la mano como si la piel le hubiera quemado.

—¿Te duele? —pregunta, regresando al presente.

—No.

Lo que me duele es que no me recuerdes. Lo que me desgarra es saber que, cuando lo hagas, es muy probable que me odies con la misma intensidad con la que hoy me has buscado.

Cierro el grifo y el silencio absoluto del baño nos envuelve. El vapor empieza a disiparse, y con él, la fantasía. La realidad vuelve, fría y cortante. Vega se envuelve en una toalla y me mira de arriba abajo, evaluando mi costado.

—No debiste hacer tanto esfuerzo —me dice con ese tono de preocupación que me hace sentir más miserable de lo que ya soy.

—Ha valido la pena cada puto segundo—respondo, levantando las cejas con una arrogancia que uso como escudo.

Ella levanta una ceja ante mi gesto, recuperando un poco de su fuego habitual.

—Que flipado.

Sonrío. Si supiera que haría cosas mucho peores por ella.

La sigo hasta el dormitorio; se mueve con una naturalidad que debería reconfortarme, pero la noto distraída.

Como si un fantasma caminara a su lado. Se pone una de mis camisetas, que le queda enorme, ocultando su cuerpo, pero volviéndome loco al imaginar que no lleva nada debajo.

No llega a meterse en la cama. La agarro de la muñeca antes de que lo haga y la atraigo hacia mí de un tirón.

—Aún no hemos terminado, Vega —gruño contra su boca.

La tiro sobre el colchón y me pongo entre sus piernas antes de que pueda reaccionar.

No me importa el dolor punzante en mi costado; la adrenalina y la necesidad de poseerla son mucho más fuertes.

Le levanto la camiseta de un tirón, dejando sus pechos al aire, y me hundo entre ellos con un hambre desesperada.

—Rowan… —jadea ella, arqueándose hacia mis labios.

Le abro las piernas con brusquedad, subiendo la camiseta hasta su cuello para que pueda ver cómo mis manos la reclaman.

Sus dedos se clavan en mis hombros, justo sobre las cicatrices que ella misma me hizo, y eso solo me enciende más.

Me quito la toalla con una mano mientras con la otra la preparo, metiéndole dos dedos de golpe, hondo, buscando ese punto que la hace gritar mi nombre como si fuera un pecado.

—Estás tan estrecha… tan mojada para mí —susurro de forma sucia mientras mi pulgar la machaca sin piedad.

Ella suelta un gemido gutural, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco.

Yo ya estoy duro como una piedra otra vez.

No espero más. Me posiciono y me hundo en ella con una estocada brutal, llenándola por completo.

Vega suelta un grito que devoro con un beso violento, saboreando su rendición.

Pienso follarla hasta que sus piernas no paren de temblar, hasta que el único recuerdo en su mente sea el de mi cuerpo rompiéndola.

Me muevo con un ritmo salvaje, posesivo, ignorando el sudor y el latido de mi herida. Cada vez que mis caderas golpean contra las suyas, el sonido es húmedo, crudo, real. Vega me aprieta con una fuerza que me vuelve loco, buscándome, necesitando que la termine de destrozar.

—Me voy a quedar contigo, nena —le gruño al oído mientras me corro dentro de ella con una fuerza que me deja sin aire—. Grábatelo en el puto cerebro. De aquí no vas a salir.

Me desplomo sobre ella un momento, jadeando, sintiendo su corazón desbocado contra mi pecho.

El silencio vuelve a la habitación, cargado de un olor a sexo y sudor que nos envuelve.

Ella intenta recuperar el aliento, pero el fantasma que la perseguía parece haber vuelto a sentarse al borde de la cama.

—Rowan.

—¿Mm?

—¿Nos conocíamos de antes?

Me quedo helado. No sé si es pura intuición, un residuo de la memoria que ha despertado con mi contacto o si el destino simplemente se está riendo de mi cara.

La miro sin apartar la vista. Aquí está el momento que tanto temía.

Podría mentir. Podría ganar tiempo, proteger su cordura un poco más.

Pero ella merece la verdad, aunque la verdad sea el mazo que destruya lo poco que estamos construyendo.

—Depende —digo con cuidado, midiendo cada sílaba.

—¿Depende de qué?

De si cuando recuerdes que te saqué de aquel infierno, también recordarás que yo llevaba el mismo uniforme que tus captores. De si recordarás que fui parte de la organización antes de traicionarlos por ti. De si recordarás que llegué tarde.

—Depende de lo que entiendas por conocer —respondo finalmente.

Ella se acerca. Sus dedos rozan mi pecho desnudo, allí donde mi corazón late desbocado.

—A veces —susurra— siento que mi cuerpo te reconoce.

Eso me destroza. Porque es la verdad más pura que ha salido de su boca. Siempre hubo una conexión, una frecuencia que solo nosotros compartíamos. Incluso cuando ella estaba rota. Incluso cuando intentaba matarme.

Apoyo mi frente contra la suya. «Tu mente te protegió, Vega. De mí. De ellos. De la oscuridad» . Pero no puedo soltarlo así.

Sus ojos se oscurecen de miedo, y eso es lo que me aterra. Que cuando todas las piezas encajen… cuando recuerde la organización, el cautiverio, la noche en que la cargué inconsciente entre una lluvia de balas… también recuerde quién era yo antes de ser su salvador.

Su mano se desliza hasta mi cuello.

—¿Seguro? No me mientas —dice en voz baja. No es una amenaza; es una súplica que me desgarra.

La abrazo con cuidado, protegiendo mi herida física, pero sintiendo cómo la herida del alma se abre de par en par. La atraigo contra mí, necesitando su calor para no congelarme.

—Nunca te mentiría sobre lo que importa.

Ella cierra los ojos contra mi pecho, confiando en mí sin saber por qué, sin saber cuánto arriesga al entregarme esa fe. Nos metemos en la cama y el silencio de la noche nos rodea. Antes de quedarse completamente dormida, sus dedos se tensan ligeramente contra mi piel.

—Rowan…

—¿Sí?

—Había… alguien —murmura, ya medio perdida en el sueño—. En ese sitio.

Se me hiela la sangre en las venas.

—¿Alguien?

—No me acuerdo bien… pero… —traga saliva—. No me hacía daño.

El mundo entero se detiene. Mis pulmones se olvidan de cómo respirar.

—Volvió a por mí —añade, casi en un suspiro antes de caer rendida—. Aunque no debía.

Cierro los ojos con fuerza, sintiendo un nudo en la garganta.

Porque eso… eso sí lo recuerda. No mi cara, ni mi nombre, ni mi traición.

Pero recuerda que volví por ella. Y eso es aún más peligroso.

Porque los recuerdos están rompiendo el dique.

Y cuando el agua lo inunde todo, no sé si me verá como el hombre que la rescató o como el monstruo que formó parte de la pesadilla desde el principio.