Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 9 #3
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De todas las muchachas, fue precisamente ella la elegida para completar tu aprendizaje.

Llevaba pocas horas en el sótano, y aún tenía en el rostro la expresión de incredulidad de las recién cazadas, el esto no me puede estar pasando a mí, por qué a mí, la faz que compartían las mujeres a las que Khabib había arrastrado al sótano y que todos reconocían como la marca de Khabib.

McGunn, entre carcajadas, dijo que se parecía demasiado a Lulú Veletrix y que te hacía un favor dejándote probar la carne antes que él.

Y sí que era un favor: McGunn siempre era el primero en entrar en la masa de los cuerpos, pero en aquellos días estaba contento con tu faena, uno de tus últimos videos se había vendido bien alto en las subastas.

Incluso ahora, en estos paisajes mentales que aún pueden nombrarse Lucas Terán, la recuerdas.

Recuerdas a tu propia Flor de Coleridge, desnuda y trigueña (McGunn no la había obligado aún a usar la peluca azul, no se había transmutado en una versión golpeada de Lulú Veletrix), entre los pechos tan chicos aquellas tres plumas grises (¿plumas de gorrión, tal vez?

, ¿de qué pájaro del destino eran aquellas plumas?) amarradas a una soguita.

Un atrapasueños, pensaste mientras te bajabas los pantalones y McGunn te vitoreaba («vamos, Spielberg, vamos»).

De qué sirve un atrapasueños aquí si las pesadillas somos nosotros, fue tu pensamiento.

¿Por qué le preguntaste su nombre justo antes de romperle la cara de un puñetazo, como McGunn te ordenó? ¿Por qué te susurró un instante después: «tengo dieciséis años, solo dieciséis años, por favor»?

¿Por qué querías llamarla Soledad mientras le abrías las piernas, mientras McGunn la obligaba a llevar aquella jodida peluca azul que desdibujaba la identidad de la chica y la transformaba en Lulú Veletrix?

¿Por qué le respondiste: «Ahora ya no te llamas de ninguna manera, eres Noimporta»?

¿Por qué de repente ella dejó de llorar? ¿Por qué te clavó los ojos en los ojos, desafiándote mientras la rompías entera, como si no le doliesen las costuras abiertas en la carne o el rostro que machucabas una y otra vez?

Muerta en vida parecía cuando terminaste con su cuerpo.

En silencio, se encogió sobre sí misma, mientras McGunn aplaudía, Rivas chasqueaba la lengua y el ruido atronador de la película de Khabib inundaba el sótano.

Y tú vomitabas en una esquina en penumbra.

Tus piernas, temblorosas por el orgasmo, apenas te sostenían.

La gente tiene una tendencia aberrante a poseer lo nuevo, hasta que lo vuelve viejo y lo desecha.

Y Soledad —alias Noimporta, alias Lulú Veletrix— ya no era nueva.

Había envejecido una vida entera luego de que tu cuerpo arrasara con su cuerpo, aunque nunca antes una muchacha te pareció tan niña como entonces: sus brazos flacos intentaban proteger todo lo que le dolía, que era mucho, y tenía un costado del rostro amoratado, como si fuera una marca de nacimiento (he aquí la marca de Lucas Terán).

McGunn empezó a desabrocharse el cinto y a colocarse el pasamontaña (nunca se dejaba grabar, ni permitía que grabaran a sus Agentes sin proteger sus identidades: era un monstruo viejo y con experiencia), y en algún momento lo escuchaste gritar algo así como «Bergman, prepara la cámara, y mira lo que un hombre de verdad puede hacer con una putica bien chunga».

Los ojos de Soledad, durante tres días, clavados en tus ojos.

Había elegido mirarte a ti, culparte solo a ti.

Quizás porque fuiste el primero en violarla, tal vez porque pudo rastrear cierto olor de la inexperiencia en tu cuello (dicen que quienes van a morir pueden detectar los olores que pasan desapercibidos para los vivos).

Volviste a tomarla a la mañana siguiente.

Soledad tenía los ojos en blanco (no por placer, sino por la droga de Rivas).

Rozaste su boca abierta con el pulgar (apenas).

Querías que lo chupara, que lo hiciera suyo, que lo gozara la muy perra.

Menos mal que no fue tu boca la que quedó atrapada en el mordisco, o te hubieras quedado sin labios.

Menos mal que solo alcanzó a llevarse la carnecita fresca del pulgar.

Con un grito, te despegaste de ella (nunca fue una naranja mal pelada, Lucas Terán, la que dejó cicatriz), y Soledad aprovechó aquella libertad del cuerpo para golpearte con un puño en las sienes y arrastrarse fuera de la jaula.

McGunn no estaba en el sótano. Khabib había salido a cazar.

Pensaste en Rivas («dónde está este cara de pan cuando se le necesita»), y ya no pensaste más porque lo siguiente que recuerdas es a Soledad subiendo a trastazos por la escalera que llevaba del sótano hacia el mundo exterior, al cuarto de ladrillo visto que tenía por techo una lámina de calamina.

Y allá afuera, en el patio, bien pegados a la puerta, ladraban los perros de McGunn, dos pastores alemanes que parecían máquinas de guerra y a los que se les había entrenado para desguazar cualquier cuerpo en movimiento.

La chica no iba a llegar lejos. Lo sabías.

El desconcierto fue más fuerte que el dolor.

Luego, todo se hizo niebla.

La niebla de la que después resucitaste.

Rivas estaba allí, y te miraba como a un mosco gordo y asqueroso.

Su cara de pan era una mueca. Había conseguido reducir a Soledad y ahora aquella putica llevaba de nuevo la peluca azul (McGunn nunca se enteraría de aquel intento de escapatoria, Rivas daba cierta repugnancia, pero no era un chivato), y se parecía demasiado a Lulú Veletrix, pero a una Lulú más rota.

Su rostro se había convertido en un machón de golpes.

En una esquina de su jaula, masticaba vidrios.