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En la última curva de tu vida, el Jaguar y el Mercedes se fundieron en un amasijo de yerros y caucho.
Lo que quedaba de tu cuerpo se acomodó: múltiples fracturas expuestas en las piernas (esas mismas piernas que no conservarías), las tripas reventadas y, dentro del cráneo, una riada sangrosa que arrasó con las neuronas, el rostro que ya no sería más rostro, que habías dejado atrás en una quemadura de fricción contra el asfalto, y el ojo (solo te quedaba uno luego de la colisión) fijo en esos puntos, en esas estrellas del choque que no eran las estrellas del cielo en Cancún, sino los cristales de los parabrisas y las ventanas, rotos y desperdigados en la curva.
«Un CADÁVER es un peligro que hay que ocultar.
La memoria está llena de olvidos. Se oculta para olvidar.
Se oculta para evitar la vergüenza. Un CADÁVER es una vergüenza».
Así te dijo Mariela en la noche aquella, luego de que la nana en kansai se le atorara en la garganta, y ya no pudiera contar ni cantar nada que no fuera aquel gemido que le brotaba de las entrañas.
Suspiro adentro ya no era la muchacha que se dejaba coger con un abandono tal que no parecía dueña de su cuerpo.
Mientras te abrazaba en las arenas de Cancún, el cuerpo de Mariela se estremecía por el temblor de su bochorno (estaba borracha y lo sabía, le gustabas demasiado y lo sabía, no quería espantarte con su trauma por la desaparición de la hermana, pero cargaba aquel peso a todos lados y aquel peso era, en cierta medida, su identidad).
Primero te sudaron las manos, luego la espalda, luego la entrepierna, el sudor era el lenguaje de la culpa, o del miedo: cada vez que Mariela te revelaba un nuevo detalle sobre Soledad, se encajaba en ella el alfiler de un sollozo y en ti el alfiler de un temblor.
Cuando finalmente encontró fuerzas para contarte que el cadáver de su hermana nunca había aparecido y que la única certeza de su muerte había sido aquel video infernal donde aparecía llevando un peluca azul (McGunn había insistido en ponérsela, porque ese preciso azul era el color de las putas y porque su actriz porno favorita filmaba siempre con una peluca idéntica), cuando finalmente Mariela te contó de su padre sentado con el video entre las manos, destrozado el padre como la boca de la hija a la que vio comer cristales bajo el efecto de la droga, te latió la cicatriz en el pulgar.
Hubieras querido huir, convertirte en fantasma, como años después lo hiciste en aquel café de mala muerte, pero la prudencia te encajó las nalgas a la arena, y una ráfaga de culpa tardía te hizo resistir la cabeza de Mariela contra el hueso del hombro.
Sollozaba, así que le acariciaste los cabellos como mismo unos años antes se los agarraste rabioso a la otra muchacha, a aquella que, por más de tres días, resistió presa y torturada en el sótano de ladrillo visto.
Por más de tres días, hasta que ya no quedó muchacha. Solo un despojo.
El destino era una puta que había ido a por ti hasta las playas de Cancún para poner, al alcance de tus ojos, a Mariela.
Una ráfaga de asco: Mariela se parecía demasiado a Soledad.
Las dos eran, exactamente, tu tipo de mujer.
De inmediato se superpuso el rompecabezas de una cara sobre otra, y no pudiste evitarlo: era Mariela quien en tu mente masticaba los cristales; Mariela de rodillas, con el rostro contra el suelo y la mano de McGunn sobre su cráneo, oprimiéndola mientras la penetraba con violencia.
«Los hombres buscamos la gloria y las putas son todas hijas del vidrio», era el lema de McGunn, el lema que sus tres acólitos repetían, el lema que tan sonoroso te resultaba, Lucas Terán, tan preciso, en aquel sótano de los terrores.
McGunn no se llamaba así, sino Julio (pero ni mierda decirle Julio, podía reventarte los huevos a patadas, al fin y al cabo, McGunn se escuchaba mucho más digno para el cabecilla de un grupo).
En los recovecos de tu mente, no obstante, te permitías cierta distensión y le llamabas Julito, y cuando te encabronabas con él, cuando se pasaba de rosca, imaginabas cómo le sometías, cómo le ordenabas ponerse bocabajo, con el culo en el aire en el asiento de cuero del coche, para humillarlo diciéndole marica, bugarrón, sarasa.
Agente Marica. Agente Bugarrón. Agente Sarasa.
Al líder le gustaban las películas porno y estaba obsesionado con Lulú Veletrix, una actriz especializada en el gangbang más crudo.
Recuerdas a Lulú Veletrix entregada como una virgencita a los minotauros en uno de sus éxitos; o encarnando a una aristócrata francesa en un castillo del siglo XVIII, las continuas súplicas de «pégame y dame con todo» que dirigía al grupo de hombres de todas razas y orígenes, mal trajeados, en un intento de parecerse con escasos recursos a aristócratas franceses y que resultaba en réplica ridícula; y recuerdas sus pechos pequeños (como los de Mariela, como los de la otra muchacha), su mirada desafiante bajo la peluca azul.
A Rivas lo había traído McGunn al sótano, y aunque ninguno de los otros Agentes soportaba su mal aliento o su cara de pan a medio cocinar, aunque del cuerpo de Rivas emanaba aquel efluvio de rareza, nadie jamás le dijo a McGunn que no era bienvenido.
Rivas apenas pronunciaba palabra. Era uno de esos tipos silenciosos, de los que prefieren observan antes que actuar, y no parecía tener interés en las muchachas prisioneras.
McGunn tenía que insistirle mucho para que las violara.
«Agente Marica. Agente Bugarrón. Agente Sarasa», le gritaba McGunn, y Rivas se encogía de hombros, aceptando de antemano que la humillación era el precio que tenía que pagar con tal de tener acceso al sótano.
Pero Rivas resultaba útil. Era, cómo decirlo, creativo.
Como mismo le eran indiferentes las mujeres, le interesaba entender el dolor que los cuerpos podían experimentar.
Fue él quien tuvo la idea de moler cristales y dárselos a comer a las chicas.
También fue él quien pensó en mantenerlas drogadas.
Un día en que estaba de mejor humor que de costumbre, más abierto a confidencias, contó a media voz que antes de ser parte de la manada de McGunn, lo único que le interesaba en el mundo era la taxidermia, la posibilidad de recobrar una imagen congelada de los cadáveres de los animales, y reveló luego que esperaba que un día McGunn le permitiera hacer lo mismo con las muchachas del sótano: soñaba con ponerles ojos de vidrio y tener a una de ellas, una muerta propia, en su colección particular.
Khabib era el más guapo de los cuatro, y por eso le correspondía ir de cacería.
Se largaba a las calles en busca de jovencitas, aquellas que escapaban del escalofrío de un destino para caer en el escalofrío del sótano, las desoladas por la pérdida de un hogar o una esperanza.
Una legión de cuerpos que Mc-Gunn amasaba con golpes antes de siquiera penetrarlas por primera vez.
Cuando Khabib no cazaba, se estaba muy quieto allá abajo, cerca de las jaulas de las chicas, y como seguía siendo el más guapo, aún en aquella oscuridad, ellas le suplicaban por misericordia y liberación, y prometían entre susurros irse de ahí para siempre y no contar nada.
En los primeros tiempos, Khabib intentaba calmarlas prometiéndoles mentiras, algo así como quédate quieta y nada te va a pasar, aunque Khabib sabía que sí pasaba, que ninguna mujer del sótano había vuelto a ver la luz del mundo.
No existía ninguna grieta. Para callar sus gimoteos ponía la televisión a todo volumen, y se repetía una y otra vez el mismo filme sobre un soldado de la Segunda Guerra Mundial, un flaco llamado Ward que caminaba por las praderas europeas, en su boca la melodía de un comercial de jabones que tarareaba obsesivamente, hasta que los pies se le volvían un callo único al llegar el invierno.
Como con el invierno se aproximaba la muerte, el soldado se acercaba a unos bisontes que pastaban mansos, a la espera de algún destino, y entre sollozos terminaba destripando a uno.
Para mantenerse a salvo y en calor por una noche más, se introducía en el espacio sagrado que antaño habían ocupado las tripas de la bestia, como si así pudiera protegerse bajo el sol de los semimuertos.
Solo los bisontes y el soldado de la película podían arrancarle a Khabib algunas lágrimas.
En estos páramos de tu mente, que tanto se parecen a las tinieblas del sótano, preferirías no recordarte junto a McGunn, junto a Rivas y Khabib.
Eras el más joven en aquella fraternidad monstruosa, el más tibio de los cuatro Agentes (así preferían llamarse los unos a los otros, presos de aquel juego de soberbia alucinada), y el que podía servirse último de las muchachas cazadas.
Cámara en mano, las filmabas en sus jaulas, o amarradas a las sillas.
Primero, grababas los sollozos. Luego, los golpes y las penetraciones, y cuando Rivas tuvo la idea de drogarlas y hacerlas comer vidrio, también grabaste aquellas escenas sin proferir queja alguna.
Los videos eran rústicos, tenían un pésimo sonido y solo contaban con la iluminación pobre del sótano, pero McGunn pronto empezó a felicitarte por tu tarea.
Siempre recordaba lo bien que se vendían los videos en la darknet, y pronto dejó de llamarte Agente Sarasa.
Te gritaba en cambio Kubrick o Spielberg o Bergman , «vente acá, Kubrick, a recoger tu paga», o « Spielberg , grábame el coño de esta manzanita podrida hasta que se madure la muy puta», o « Bergman , atiende, que te voy a enseñar cómo ser hombre».