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Durante un tiempo que ya no resulta cuantificable —¿qué importa el tiempo en la tierra de los despojos?
—, has soñado todos los sueños de la muerte, sus caminos sin retorno.
Más que caminos, laberintos. Entre tus muchos nombres, eres la Flor de Coleridge y en estos paisajes mentales, en estos páramos del ser, no hay solo devastación, sino un silencio de purga.
Y es que silencio y ruido son parte de la misma dimensión abisal: una cavidad que conforma lo poco que queda de ese alguien que un día fue Lucas Terán.
Lo poco que queda de Lucas Terán es un pueblo que se llama CADÁVER, la presencia de lo ausente, los restos que nadie quiere ver.
Que no quieres ver. Hay cosas que prefieres sepultar en lo más profundo, en un sitio de acceso casi imposible, donde se codifican los secretos y donde ahora yaces, llamémosle así, como un hombre que huye de la guerra y que se cobija en las entrañas desgajadas de un bisonte hasta el amanecer.
Pero aquí no existe tal cosa como el amanecer, Lucas.
¿Dónde podrías esconderte?
¿Cómo huir de ti mismo?
En las ruinas de la culpa, en los ecos de tu culpa, anidas.
Anidas en un destello de vidrio roto, en la cicatriz en el pulgar (repetías sin cesar que era el estigma de los que no saben pelar una naranja), en la colisión entre un Jaguar y un Mercedes en la curva aquella donde quedaste aniquilado.
Donde tu viaje empezó. Anidas en el coma profundo y en los gritos de la muchacha con peluca azul, y en el sótano abriéndose cadáver para siempre.
En tus paisajes mentales aún permanece viva la otra chica, aquella a la que abrazaste en una playa de Cancún: unas horas antes la habías sometido en el lecho y ella se dejó llevar (o a lo mejor nunca lo hizo, sino que fingió encontrarse a sí misma cada vez que la habitabas con tu mirada oscura).
Mientras los dos yacían sobre la arena, te cantó una nana en kansai con la garganta cascada por el alcohol, y era casi la voz de una niña (tan parecida a la otra voz que habías conocido en esa otra vida de la que ahora tratas de escapar).
Quizás entonces el primer eco de la sospecha te sorprendió, como mismo tiempo atrás lo hizo la mordida de la muchacha apresada en el sótano: ella se quedó con un pedacito de piel entre sus dientes, casi nada, un pedacito que masticó.
¿Te sonreía? ¿Cómo puede sonreír alguien con la boca destrozada por los golpes?
¿Cómo aún tenía fuerzas para sonreír, cómo aún boca?
Pero no fue en el sótano donde tuviste verdaderamente miedo.
Miedo sientes ahora y miedo sentiste en las arenas de Cancún cuando entendiste, de verdad, qué habías hecho.
Mariela sonreía, los ojos fijos en las estrellas que el mar Caribe se tragaba en la telaraña de su oscuridad, y la nana en kansai te parecía terrible, no una canción para dormir niños inquietos, sino para atraparte en ese bucle del destino que no parecía tal, sino una vuelta al pasado.
En ese justo momento, un rayo, un trueno, una cicatriz se hizo visible sobre el cielo y se reflejó en las aguas.
Mariela se estremeció un segundo y, borracha como estaba, puso la cabeza sobre tu hombro y confesó, sin ambages, que le gustaría tener contigo una niña, una hija a la que llamaría Soledad, como su hermana muerta, o a lo mejor con un nombre más corto, Sole, Sol, o Lulú (mierda, pensabas mientras te mordías los labios para no pronunciar aquel recuerdo en voz alta).
El golpe del trueno atinó justo en el corazón de tu pánico.
Mariela arrancó a llorar. En las ruinas de tu mente, la memoria de ese llanto ha quedado parcialmente aniquilada; quizás sollozó o quizás resistió como siempre hacía Mariela, con la boca apretada hasta que sus labios se volvían líneas, igual que la raya de ese horizonte donde las estrellas devoraban la oscuridad del mar.
Nunca te pareció tan frágil como entonces, ni siquiera el día en que volviste a verla, años después, en un café de mala muerte en el centro de la ciudad, también de mala muerte.
Ya no se parecía tanto a la muchacha de la peluca azul, pues tenía las arrugas del dolor enclaustradas para siempre en el rostro, las ojeras típicas del insomnio (¿acaso soñaría Mariela tus mismas pesadillas: el vidrio, la muchacha, el vidrio masticando a la muchacha, o viceversa?), y una vejez prematura que se parecía a la sabiduría, pero que identificaste llanamente con el paso del tiempo.
La otra, la chica, casi una niña, del sótano, jamás sería vieja.
Dieciséis años tenía, ¿no era esa su edad?
¿Acaso no te la susurró muy bajito mientras la violabas, como si creyera que aquellos dieciséis años podían protegerla de los arietes del destino?
Del café huiste, y de Mariela también, huiste de la ciudad, de su dolor, aunque sabías que ella te había reconocido y que desde lejos alzó la mano para saludarte, una invitación a que te aproximaras.
Al fin y al cabo, los días compartidos en Cancún se asemejaban bastante a un buen recuerdo.
Quizás hasta se preguntó, en el instante en que te quedaste congelado (que era un eco del instante de la posibilidad), si aquel encuentro furtivo en el café de mala muerte de una ciudad también de mala muerte, no era una señal del destino.
Mariela tenía ojos crédulos y una necesidad de esperanza dentro de ellos, una necesidad añeja de amor.
Te saludó con la mano en alto y le viste la sonrisa (que todavía se parecía a la de la otra, mierda).
Ni siquiera tuviste las fuerzas de correspondérsela, ni ganas de tomarte con ella ese café y luego pasar de la charla intrascendente (el cómo has estado, el qué tal tu vida) a cuestiones más urgentes (¿te sigue doliendo Sole o ya conseguiste doblar la hoja de la vida?).
Tantos años después, no tenías deseos de escuchar de nuevo la historia que conocías mejor que nadie, mejor que Mariela misma, porque habías estado allí.
Soledad jamás sería vieja, pero en las ruinas de tu memoria queda todavía un espacio para ella.
Un espacio alucinado, un rincón que sigue pareciendo sótano.
Ese día, en el café de mala muerte, el mundo entero lucía tan oscuro como ese mismo sótano, tan angosto que cuando Mariela (es decir, aquella versión de una Mariela deslucida por el paso del tiempo) alzó la mano por tercera vez para decirte hola, corriste hacia la puerta como si pudieras escapar.
En el camino te echaste parte del café hirviendo encima de la camisa y gritaste «mierda, mierda, mierda».
Todavía lo gritabas cuando abriste la puerta del Mercedes, temblorosa la mano y el café que querías bajar por la garganta en un solo buche, a ver si el dolor te hacía volver a la calma.
Al encender los motores del auto, estabas convencido de que no solo te habían crecido las manos hasta hacerse gigantescas (la cicatriz de la mordida en el pulgar era ancha como un valle, nunca te gustó pelar naranjas, ni tan siquiera te gustaban las naranjas), sino que además el timón te quedaba pequeño.
En el asiento del carro no había espacio, pues el fantasma de Mariela, sentado sobre tus piernas, manejaba a toda velocidad y cantaba esa jodida nana en kansai.
Creíste ver a tu lado a McGunn, Rivas y Khabib, que reían a carcajadas porque una puta aguanta lo que aguanta, y en el asiento de atrás de aquella caravana de recuerdos encontraste a la otra muchacha: era la única callada, no abría la boca (luego recordaste que la tenía destrozada, a lo mejor no podía ni usarla).
Aceleraste carretera adentro, como intentando echarlos a todos del auto, mierda, como si pudieras echarlos de tu memoria, y en la curva te diste un buche del café acidulado.
En la noche aquella de Cancún no eras gigante todavía, tu cuerpo podía acomodarse en un espacio sin sentirse desbordado.
A veces somos gigantes porque no cabemos en un pueblo, y menos en el pueblo de la humanidad propia.
Por el retrovisor buscaste los ojos de la silenciosa y ella te miró, te miró de vuelta, como mismo te miraba de vuelta en el sótano, las pupilas de un animal muriéndose a cuentagotas, el destello solitario de un fogonazo del mundo.
Fue un destello, sí, pero no el del mar Caribe uniéndose a los fulgores y misterios del cielo, sino algo cotidiano, casi pedestre, algo que te esperaba al doblar aquella curva: las luces encendidas, parpadeantes del Jaguar, la angosta vía, bajo tus manos de gigante sentiste el pulso del auto y gritaste en tu cabeza: «Mierda, el Mercedes está vivo, todo está vivo».
Mientras los cristales del parabrisas latían todos en tu rostro, mientras el cuerpo del Jaguar y del Mercedes se violaban mutuamente como jaurías mecanofílicas, el último destello de esa consciencia llamada Lucas Terán (y no de este cementerio en que te has convertido) giró el cuello (se te rompería poco después al colisionar contra el asfalto) para contemplar a la pasajera silenciosa, a la pasajera catastrófica, a tu Flor de Coleridge.
Entonces comprendiste que las visiones, sueños, memorias y otros lugares geográficos inundan, permean y contaminan todo.
Entrar en contacto con eso nos convierte en otros.
Nos volvemos ellos. Ellos se vuelven nosotros.
Es la rarificación del mundo. Y en esa rarificación no estabas solo, sino que caías hasta el fondo abismal de tu conciencia acompañado por la culpa, y la culpa tenía los ojos de Mariela, que a su vez eran los de la otra muchacha.
Una danza de libélulas donde víctimas, victimarios y armas compartían una misma identidad.