Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 8 #4
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Lulú sonríe y deja ver los dientes superiores separados.

Se le forman unos hoyuelos en las mejillas.

Lleva una camiseta de Lucas que le va demasiado grande.

Encoge los hombros con un gesto gracioso y Mariela siente mucha ternura.

Lucas pulsa el botón y la ventana de Lulú empieza a bajarse.

Levanta el pie del acelerador y el coche comienza a circular mucho más despacio.

Lulú saca medio cuerpo por la ventana. Levanta los brazos.

Cierra los ojos y su risa se mezcla con el sonido del aire.

El viento le deshace el pelo por completo.

A su lado en el asiento, la peluca azul de superhéroe.

Empiezan a sonar los violines.

Mariela se echa a llorar y pone la mano izquierda en el hombro de Lucas.

Estoy preparada. Esta noche veremos la cinta.

El vómito salpica los zapatos de Mariela y el olor se esparce por toda la sala del laboratorio.

Lucas está agachado y respira con dificultad.

Se lleva las manos a las orejas y las aprieta con fuerza.

El estómago vuelve a darle un vuelco, pero ya no tiene nada más que expulsar.

Se sienta lentamente en el suelo y apoya la espalda y la cabeza en la pared.

Eleva la barbilla. Toma aire . Cierra los ojos y se frota la frente empapada de sudor frío.

He llegado al lugar del accidente. Y había una niña. Una niña preciosa. Estaba fuera del coche.

Mariela se agacha frente a Lucas. Lleva una libreta en las manos y anota rápidamente lo que él va diciendo.

En el momento del accidente de ese Agente no había ninguna niña.

Lucas levanta un poco la barbilla y contempla a Mariela. Lleva el cabello larguísimo recogido en una coleta y una bata blanca con los botones desabrochados. Traga saliva ácida.

Pues estaba fuera del coche, sollozando. Tenía unos ocho, diez años. El pelo negro, los ojos verdes. Y una mancha, Lucas se señala el pómulo derecho, aquí. Una mancha negra.

Aprieta los labios y se pasa la mano por el pelo. Alza un brazo y señala a Mariela:

Se parecía un poco a ti. Iba vestida con una camiseta de adulto que le quedaba enorme. Y llevaba una peluca azul en las manos. Me he ido acercando y cuando ya estaba a pocos metros de ella me he dado cuenta de que estaba tarareando muy, muy bajito, ¿sabes qué? La nana que me cantaste en Cancún.

Mariela frunce el ceño. Cierra la libreta y la deja en el suelo. Se sienta y cruza las piernas.

¿La nana en kansai?

Lucas encoge los hombros.

Le he preguntado qué le pasaba. Sollozaba mucho. Y yo tenía muchísimas ganas de abrazarla, ¿sabes? Unas ganas que me sobrepasaban.

¿Y qué te ha dicho?

Lucas vuelve a frotarse los ojos. Se incorpora con dificultad. Mariela también se levanta. Lucas mueve la cabeza con un gesto frenético. Se detiene.

Cuando ya estaba delante de ella ha abierto la boca. La tenía llena de cristales. Los dientes ensangrentados. La lengua completamente triturada.

Lucas se inclina hacia delante y vuelve a vomitar. Mariela siente un escalofrío atávico en la columna vertebral. También tiene ganas de vomitar, de gritar. Hace años decidió ver sola el vídeo de su hermana Soledad.

Los cristales hechos añicos en la boca.

Los hilos de sangre.

La peluca azul.

Lo que vio, no se lo contó a nadie.

Se oye el sonido del inicio del reproductor de vídeo. Mariela aprieta fuerte los labios. El corazón en los tímpanos. La circulación de la sangre, densa. Lucas pulsa el play. Mariela le agarra fuerte la mano: Espera, le dice.

Lucas la mira y deja el mando sobre el regazo. Mariela cierra los ojos. Dos lágrimas gruesas le caen de golpe, recorriendo el contorno de la nariz. Inspira con fuerza. Hace un gesto con la barbilla hacia Lucas, señalando la tele. Lucas coge el mando y pulsa de nuevo el play.

La tele emite la imagen de una habitación oscura y de ladrillo visto, iluminada solo por una bombilla amarilla que de vez en cuando parpadea.

Hay muebles viejos cubiertos con mantas.

Y, en medio, Soledad sentada en una silla de madera azul llena de astillas.

Tiene las piernas y los brazos atados y lleva puesta una peluca, azul también.

La mirada perdida, los ojos tristes, la boca un poco abierta.

Un hilo de saliva le cae por la comisura.

De pronto, aparecen en la pantalla dos personas con la cara cubierta por unos pasamontañas negros.

Llevan unos guantes de trabajo muy gruesos.

Una de ellas sujeta una bolsa de plástico marrón.

Soledad alza un poco la cabeza, pero parece completamente sedada.

Una de las personas introduce la mano en la bolsa y saca un puñado de cristal hecho añicos.

La otra persona abre con fuerza la boca de Soledad.

La primera le coloca el montón de vidrios dentro de la boca.

“¡Mastica! ¡Mastica fuerte!”. Su voz es metálica.

Como proveniente de un dispositivo. Se oyen unas risas graves que salen del pasamontañas.

Soledad empieza a masticar y los hilos de saliva se tiñen de sangre.

Lucas mira a Mariela, que contempla la tele sin parpadear. Le coloca una mano sobre el muslo y la acaricia: Mariela…

Mariela no aparta los ojos de la pantalla. Su expresión se vuelve cada vez más seria. Más concentrada.

Espera. Pon pausa.

Lucas coge nervioso el mando y pulsa el botón.

Mariela se levanta con ímpetu. Se acerca al televisor, se agacha y se queda mirando absorta a su hermana. Lleva el collar del atrapasueños. Las tres plumas grises. Vuelve a incorporarse y se dirige a la bandeja plateada con forma de concha. Coge el collar del atrapasueños. Las tres plumas grises.

Lo aprieta con fuerza.

Vuelve a mirar la pantalla, asustada.

Las interferencias.

Mi hermana se dejó el collar en casa el día que desapareció. Este collar. El mismo que lleva aquí.

Es de madrugada. Fuera llueve. El laboratorio está completamente vacío y a oscuras.

Solo está encendida la luz del despacho de Mariela, que está sentada frente al ordenador.

Con un programa, intenta hacer un retrato robot de la niña que Lucas le ha descrito.

Entre ocho y diez años, el pelo negro, los ojos verdes, la mancha negra en el pómulo derecho.

Los cristales en la boca. Los hilos de sangre. La peluca azul en las manos.

Es de madrugada. Fuera llueve. Mariela se levanta de la cama.

Aún no ha podido dormir a pesar de haberse tomado dos ansiolíticos.

Cruza el pasillo y abre la habitación de Lulú.

Enciende la luz cálida y se sienta al borde de la cama.

Su hija duerme plácidamente con la boca un poco abierta.

Se acaricia el collar del atrapasueños que lleva puesto.

Y piensa en cuántos objetos más de su cotidianeidad están existiendo en diversas realidades.

Pequeños detalles que pueden pasar desapercibidos.

Y en cuántas de esas distorsiones, quizá, no son solo materiales.

Mariela contempla el retrato robot de la niña que acaba de hacer.

El cristal en la boca. Siente una punzada muy fuerte en medio del pecho.

Un taladro que le abre un agujero entre las dos costillas hasta llegar a la columna vertebral.

Un movimiento acuoso de las vísceras. Nota cómo los pies se le desprenden del suelo.

Levanta un brazo y con el índice acaricia la mancha negra del pómulo derecho.

Un arañazo en la garganta. Cierra los ojos.

Un bosque nevado.

Unas huellas diminutas.

Los vuelve a abrir y acaricia de nuevo la mancha.

Un beso de tu interior.

Mariela aparta del rostro de Lulú el cabello negro y aparece la mancha del pómulo derecho.

Un beso de tu interior.

Le acaricia la mancha con suavidad. Cada vez la tiene más pequeña.

Espera que no desaparezca nunca. Y piensa que tienen que repetir más días como el de hoy.

Han aparcado el coche cerca de las pistas de esquí y ella se ha tirado un montón de veces en trineo.

En uno de los momentos en que Lucas y su hija subían la colina para lanzarse otra vez, Mariela se quedó contemplando las huellas de su hija en la nieve.

Mariela abre la carpeta del ordenador del experimento e inicia un documento nuevo. Sus dedos teclean rápido y con ímpetu.

Mariela se sienta a la mesa del comedor, abre el ordenador.

Sus dedos teclean rápido y con ímpetu.

«Coexisten en nuestra conciencia múltiples realidades superpuestas: sueños residuales, premoniciones, pasados sedimentados, futuros potenciales.

Y en esta mezcla también pueden emerger distorsiones sutiles: instantes de lucidez en los que, involuntariamente, de repente, te conectas con otras realidades que están ocurriendo en paralelo o, incluso, con elementos físicos que no forman parte de la tuya.

Rupturas fugaces del patrón habitual de percepción.

Sumergirse en la conciencia ajena puede desvelar estas capas ocultas, hacer aflorar diversas rutas neuronales escondidas e incluso contaminarse con las del otro. Y generar nuevas, híbridas, que remueven intuiciones.

Yo ahora he escogido un camino, he tomado una decisión a la que me ha empujado Khabib, pero al mismo tiempo seguro que se han abierto rutas paralelas, bifurcaciones que quizá puedo llegar a intuir.

Las interferencias no pueden desaparecer: forman parte de nuestra naturaleza cognitiva y emocional.

Somos sistemas abiertos.

Estamos conectados.

Quizá, en otra realidad, Lucas y yo solo tuvimos una aventura en Cancún y nunca volvimos a vernos».