Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 8 #3
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Fueron días de mucha tristeza y ansiedad, como si intuyeran que serían los últimos.

Recuerda que pasearon por la playa y que vieron una ola gigantesca y tuvieron que correr.

Fue el único momento en que volvieron a reír como en Cancún.

La última noche, Lucas le pidió que cantara el kansai que ella había aprendido durante su residencia en Japón.

Se lo había cantado también la última noche en Cancún, completamente borracha y exultante, en un chiringuito de la playa.

Pero en aquel momento, en aquella habitación pequeña y oscura de Los Ángeles, Mariela sintió de una forma muy intensa que no tenía ganas de cuidar así a alguien; necesitaba que la cuidaran a ella.

Tenía una cinta de vídeo esperándola en el piso de Ginebra.

Tenía que reunir las fuerzas suficientes para verla, y debía ser fuerte.

Un auxiliar de vuelo se detiene en su fila de asientos con el menú.

No tiene hambre, pero sabe que necesita comer algo.

Le esperan muchas horas de vuelo. Ha traído todas las notas que ha ido escribiendo durante todos estos años de investigación.

Tiene ganas de iniciar el experimento. Aunque sabe que no está bien, que éticamente es despreciable.

Durante la residencia en Japón, se juró a sí misma que, a lo largo de su carrera, la ética sería su estandarte. Pero necesita el dinero para continuar con su investigación. Para seguir explorando sobre la metaconciencia humana.

Y también tiene ganas de volver a ver a Lucas. Pasará el test. Cumple todos los requisitos. Él le dijo que sí enseguida.

Le dijo que sí, que quería convertirse en Explorador. Ser un conejillo de Indias del experimento.

Es domingo y Lucas y Lulú aún duermen. Mariela está sentada en el sofá abrazándose las piernas.

Anoche se acostó tardísimo hablando con Lucas y le escuecen un poco los ojos.

Quiso ser honesta y le explicó toda la propuesta, aunque McGunn y Khabib le habían pedido total confidencialidad incluso si no aceptaba.

Lucas escuchó con atención y empezó a hacerle preguntas.

Parecía muy interesado en el proyecto, seguramente por la gran cantidad de dinero que ofrecían a Mariela, pero ella estaba convencida de que no podía aceptarlo.

Lo que puedas llegar a descubrir con este experimento, le dijo, quizá tardarías años en lograrlo en la universidad. Yo puedo encargarme solo de Lulú mientras dure todo esto.

Pero Mariela tiene una intuición. Sabe que ese experimento puede llegar demasiado lejos. Y aún no sabe por qué.

Lucas le dio un beso de buenas noches y, antes de levantarse del sofá, le sugirió si al día siguiente quería ir a Lausana, que le iría bien, que la veía intranquila.

Intentó abrazarla y, como siempre, Mariela, arisca, se apartó.

Lucas le preguntó, preocupado, cómo iba con la psicóloga, si ya se sentía preparada para ver la cinta, que hacía meses que la psicóloga le había dado luz verde para hacerlo, que la veía mejor, que tenía que recordar que lo harían juntos, que no tuviera miedo.

Y que era necesario para curar su trauma.

Mariela le dijo que sí, que faltaba poco.

Mariela se levanta y se acerca a la estantería.

Contempla la estatuilla del oso polar y el collar con el atrapasueños.

Las tres plumas grises. La figura y el collar son lo único que quiso llevarse de su hermana Soledad cuando su padre murió enloquecido y consumido, y ella vendió el piso para empezar una nueva vida en cualquier ciudad que le aceptara la beca de postdoctorado.

Antes, sin embargo, necesitaba unas vacaciones.

Fue a una agencia de viajes y pidió el primer destino que tuvieran.

Poco después, conocería a Lucas en Cancún.

Vuelve a dejar el oso polar en la estantería y le quita un poco el polvo de la cabeza.

La figura la ganó Soledad en una feria cuando aún estaban los cuatro juntos, cuando su madre aún no los había abandonado.

Soledad disparó y acertó a la primera, en el centro de la diana.

Su padre le dijo que la apuntaría a tiro con arco y su madre rio, y Mariela se dio cuenta, con extrañeza, de que hacía mucho que no oía aquel sonido estridente y acogedor.

De entre todos los juguetes de la parada, Soledad eligió el oso polar.

“¿Por qué?”, le preguntó Mariela en la litera, esa misma noche, a punto de dormir.

“Porque vive en el hielo, como yo”, le respondió su hermana desde la cama de arriba.

Mariela coge el collar con el atrapasueños. Soledad siempre lo llevaba puesto, pero el día que se fue de casa para no volver nunca más, lo dejó colgado de una madera de la litera. Tres días después llegaría la cinta a casa.

Mariela se lo pasa por la cabeza y se lo coloca bien. Se mira en el espejo del recibidor. Siente una punzada en el corazón. Cada vez se parece más a su hermana.

Hoy he tenido un sueño brutal, dice Lucas.

Mariela se gira asustada, se quita el collar, nerviosa, y se lo esconde en el bolsillo de la bata, pero Lucas lo ha visto y sonríe esperanzado.

¿Te lo has puesto? Pregunta y se acerca a Mariela e intenta abrazarla, pero ella lo esquiva, una vez más.

No.

Poco a poco, Mariela. Despacio. Al menos ahora ya no está en el fondo de un cajón de la mesilla de noche.

Mariela saca el collar del bolsillo y lo vuelve a colocar en la concha de plata.

¿Qué has soñado?

Lucas se frota el cabello.

Que estaba en un callejón y me estaban dando una paliza.

¿Y por qué?

Por algo que había escrito. Querían algo mío. Pero ¿sabes lo peor? Yo estaba dentro de un bisonte. O sea, sin los órganos, ¿eh? Pero dentro de un bisonte. Y notaba toda la humedad. Me he despertado empapado, pensaba que me había meado y todo. Era muy, muy real.

Suena una canción de jazz. La luz es roja. Lucas y Mariela están sentados en una mesa al fondo de un restaurante chino. Mariela coge los palillos y apura un bol. Se limpia delicadamente con la servilleta.

Lucas la mira sin comer nada. Sus dedos se mueven sobre la mesa al ritmo del saxo.

¿Conoces la canción?, le pregunta Mariela.

Lucas niega con la cabeza.

No, pero me resulta familiar.

Mariela señala con los palillos un plato de arroz.

¿No comerás nada? ¿Ni arroz?

Estoy muy mareado.

Y eso que era un simulacro. Pero no te preocupes, tenemos que terminar de ajustar la medicación.

¿Lo controlas tú?

No, los dos farmacéuticos del equipo.

Lucas estira un poco los brazos y mueve los hombros. Tiene el rostro triste y cansado. Las mejillas amarillentas.

Me da igual. Estoy contento de haber pasado el test, pensaba que me dirían que no. No sé qué haré con todo este dinero.

Yo temía que descubrieran algo, dice Mariela y mira a su alrededor. De hecho, espero que nadie nos vea aquí.

Estamos en la otra punta de la ciudad.

Ahora Mariela lo señala con los palillos. Primero a él, después a ella misma.

Podrían echarnos del proyecto a los dos. Y si descubren que tuvimos una relación, no quiero ni pensarlo.

Lucas cruza los brazos sobre el pecho. Exhala.

Cada vez que dices la palabra “relación” me mareo más que con el simulacro. Si para ti llegó a ser una relación, no entiendo tu silencio de después.

Mariela deja los palillos. Nota las mejillas encendidas. Se recoge la melena y la coloca sobre un hombro.

No podía sostenerlo, dice e intenta forzar una sonrisa. ¿Tienes ganas de empezar las exploraciones?

Lucas mueve la cabeza y arruga los labios. Echa un poco la barbilla hacia delante y baja el tono de voz, impostando una suavidad extraña.

Si quieres, te contesto. Pero siempre haces esto: cambiar de tema. Así, como si nada. Es como si ahora, de repente, mientras hablamos del simulacro, te dijera… por ejemplo… Se queda pensativo, mira a derecha e izquierda, al techo y continúa: ¿te gusta que suenen violines en esta canción de jazz?

Mariela suelta una risa nerviosa.

¿Siempre? ¿Qué quieres decir con que lo hago siempre? Pero ¿qué dices, si hace diez años que no nos veíamos?

En Cancún era constante. Siempre me hacías lo mismo. Y también en las conversaciones que vinieron después, hasta que decidiste, como dices, que no podías sostenerme.

¿Y tú? ¿Podías sostenerlo? ¿Habrías venido a vivir conmigo a Ginebra?

A Lucas se le humedecen los ojos. Se los frota discretamente. Aspira aire de golpe por la nariz, como para arrastrar hacia arriba unos mocos inexistentes. Cierra los ojos con fuerza. Los vuelve a abrir y mira fijamente a Mariela durante unos segundos.

Por supuesto que sí.

¿A Ginebra? ¿Habrías buscado trabajo? ¿Habría tenido que buscarlo yo por ti, quizás?

Supongo que el cambio de vida me habría animado, no lo sé. Yo solo esperaba que me lo pidieras. Me imaginaba allí, contigo, vestido con ropa de invierno, paseando por la nieve con nuestros hijos.

Mariela siente cómo un agujero tierno y abierto, en carne viva, se va extendiendo con parsimonia, pero de manera inexorable, por sus vísceras.

¿Y por qué nunca llegaste a decírmelo?

El cielo está completamente azul. La carretera va bastante despejada.

Lucas conduce su viejo Mercedes, concentrado, tarareando una canción de jazz que suena por la radio.

Golpea el volante con los dedos. El anillo de plata produce un tintineo rítmico.

Mariela, sentada de copiloto, mira por la ventana las copas nevadas de los árboles.

Se le cierra la garganta. Un mareo inusual sube por el esófago.

Lulú, en el asiento de atrás, da palmadas al ritmo de la canción: ¡Y ahora sonarán unos violines!

Lucas la mira por el retrovisor.

¿Conoces esta canción?

Lulú contempla a su padre en el espejo.

Me la pone la profe de violín.

Está bien. Es bonita. No la había escuchado nunca, pero me resulta familiar.

Lulú arquea un poco la espalda.

Papá, ¿puedes bajar la ventana?

Mariela se gira y mira a su hija.

¿Por qué?