Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 8 #2
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McGunn la mira fijamente: Queremos empezar a hacer exploraciones con humanos.

La compañía compró el proyecto y ha hecho una inversión enorme.

Enorme. Hemos descubierto que podemos pasear por los paisajes mentales de otras conciencias.

Y si hay paisajes, hay rutas, y si hay rutas hay turismo, sonríe, y Mariela puede ver que tiene los dientes manchados de nicotina.

McGunn continúa: La gente ya ha visitado todo lo que podía visitar.

Ha dado la vuelta al mundo en transbordador y ha visto la Tierra.

¿Y ahora qué? ¿Qué más queda? Sonríe de nuevo y se toca la cabeza con un dedo que huele a cigarrillo.

Khabib interviene: Turismo biológico. Es el último lugar que le queda a la especie por explorar.

Pero necesitamos que nos ayudes con estas interferencias.

A detenerlas. Bueno, te necesitamos y… la compañía nos ha dicho que no seguirá financiándonos si tú no estás al frente.

Te tienen en el punto de mira. Hace años que siguen tus investigaciones, Mariela.

Khabib le coge la carpeta a McGunn, la abre y saca una ficha. La lee en voz alta. Los ojos le brillan: ”Los humanos están interconectados en una red psicográfica de un inconsciente colectivo”.

Khabib vuelve a dejar la hoja en la carpeta: La cantidad de dinero que ganarás no la podrías tener ni en tres vidas trabajando en la universidad. Tendrás muchísimo presupuesto para continuar tu investigación. Pero, sobre todo, llegarás más lejos de lo que nunca hubieras podido imaginar.

Mariela se levanta y se acerca a una estantería blanca de la pared del comedor. Coge una figurita de un oso polar que está al lado de un platito plateado con forma de concha donde reposa un collar con un colgante, un atrapasueños formado por tres plumas grises.

Mariela mira los dientes de la bestia. La pata desgarrada. Deja la figura: No me moveré de aquí, lo siento.

Mariela se levanta y se acerca a una estantería de la pared. Coge una foto en la que aparece su padre con un pez encima de una lancha a motor. Se gira. Asiente con la cabeza.

¿Y cuándo tendría que ir? Antes necesito terminar un informe.

McGunn y Khabib se miran, sonríen. Khabib se levanta con entusiasmo y se acerca a Mariela.

En una semana. ¿Te iría bien?

Mariela deja la foto en la estantería. Mira a su padre, su rostro lleno de inocencia e ilusión.

Sí.

Los primeros experimentos con humanos se llevarán a cabo en marzo.

Tendrás todo este tiempo para investigar cómo ajustar estas interferencias.

A comienzos de año reclutaremos a los Exploradores, los conejillos de Indias.

Serán diez. Tendremos que ir comprobando la medicación.

Ajustándola. La conexión tiene que ser perfecta. Evitar cualquier efecto secundario.

McGunn se levanta, se coloca la carpeta bajo el brazo y continúa:

Los Exploradores tendrán que firmar un contrato de máxima confidencialidad.

Deberán cumplir unos requisitos un poco especiales.

No tener familia ni trabajo, por ejemplo.

Sin ataduras sociales. Ya te lo explicaremos con detalle.

Buscamos gente en los márgenes. Quizá conoces a alguien que encaje con este perfil.

Una psiquiatra les hará igualmente unas pruebas para poder ingresar en el experimento.

Mariela siente una descarga en las cervicales y el estómago se le encoge.

Sí, conozco a alguien con este perfil.

Mariela acompaña a la puerta a McGunn y a Khabib, que está guardando la carpeta en la mochila. Antes de despedirse, Khabib se queda mirando fijamente a Mariela.

Piénsalo, por favor. Sin ti no podremos sacar esto adelante.

Mariela niega con la cabeza, con una leve sonrisa, y se aparta el cabello detrás de la oreja.

Lo tengo claro, Khabib. Pero tened cuidado. Lo encuentro peligrosísimo. Hay algo que no acabo de ver claro. No acabo de saber qué.

Lo sabrías si vinieras.

Mariela vuelve a decir que no con un gesto. McGunn le da la mano, receloso, y Khabib la abraza. El mismo calor de hace dieciocho años bajo el paraguas. El taxista apoyado en el coche, el pasaporte húmedo en la mano. Khabib insistente, como ahora, pidiéndole que se quedara más tiempo en Tokio.

Mariela cierra la puerta y oye el motor del ascensor.

Se rasca las mejillas, nerviosa. Se acerca a la ventana.

Fuera está nevando con intensidad. Contempla la calle con gesto de preocupación.

Y se queda absorta mirando un punto, tal como le recomienda la psicóloga que haga cuando le vienen pensamientos intrusivos a la cabeza.

El parpadeo de las luces de Navidad.

De pronto, se oyen unas llaves.

Mira al vestíbulo.

¡Hola!

Lucas ha abierto la puerta. Detrás de él entra, medio saltando, Lulú, con una funda de violín a la espalda. Lleva una peluca azul de un disfraz de superhéroe.

Mariela se acerca a ellos.

Habéis venido muy pronto, dice, se agacha un poco y le da un beso a Lulú.

Lucas se quita la chaqueta.

Han cancelado la clase de violín. He visto a dos hombres salir del portal. ¿Eran los de la reunión?

Sí, ya te explicaré.

Mamá, ¿puedo poner la tele?

No, vamos ya a la bañera. Pediremos algo para cenar.

Lucas le pone una mano grande y pesada en el hombro, y ella hace un gesto instintivo de apartarse.

¿Estás bien?

Mariela mira a Lucas y entorna un poco los ojos. Contempla su rostro. Se fija en sus labios carnosos.

Siente un mareo que viene de muy dentro.

Un vacío que da vueltas en espiral y le abre las costillas.

Una intensidad mucho más extraña que un déjà vu.

Bien entrada la noche, Mariela pasea sola por Parc des Bastions. Huele a Navidad.

Solo se oyen sus pasos.

La nieve ya se ha derretido y los senderos están húmedos. Se oye el ladrido de un perro.

Saca el móvil del bolso. Mira la hora. Calcula la diferencia horaria y busca en la agenda el nombre de Lucas Terán. Cuando lo ve escrito en la pantalla, siente aún un arañazo en el interior de la garganta.

Un latido en el paladar y en las sienes.

La última vez que habló con él fue por mensaje, hace dos meses, el día de su cumpleaños. Hace diez años que no se ven, pero siguen felicitándose. Dos días antes, ella ya lo espera. Siempre es el primero.

Está a punto de pulsar la tecla de llamada, pero aparta el dedo de la pantalla y vuelve a guardar el móvil en el bolso.

Necesita pensar bien cómo le explicará la propuesta.

Cómo estructurará el discurso sin que se note que quizá, muy en el fondo, es una buena excusa para volver a verlo.

Vuelve a coger el móvil y lee la última conversación que tuvieron:

“¡Felicidades! Cuarenta ya, es un cambio de década muy especial. ¡Dicen que empieza la mejor!”.

“Muchas gracias, siempre eres el primero en felicitarme. Espero que estés bien ”.

“No demasiado, problemas de trabajo, como siempre. Espero que todo vaya bien en la universidad”.

Mariela le envió un beso y él se lo devolvió.

Nada más.

Había tenido otros amantes después de él. Y también algunas parejas con las que no llegaba al año de relación. Pero siempre terminaba recordándolo. Abre la foto de perfil de Lucas. Se fija en sus labios carnosos, recuerda sus días en Cancún.

Un mareo.

Un vacío que da vueltas en espiral y le abre las costillas.

Una intensidad mucho más extraña que un déjà vu.

Una luz cálida ilumina el rostro medio dormido de Lulú, que está tumbada en su cama. El cabello negro brilla sobre el cojín de peces y ballenas. Mariela está sentada al borde de la cama y le acaricia suavemente la mancha negra del pómulo derecho.

Como cada noche desde que nació.

Es el gesto que la hace dormirse.

Y siempre, cuando la acaricia, Mariela recuerda el momento en que la ginecóloga se la puso sobre el pecho, ensangrentada y viscosa, mientras la cosían sin anestesia.

Había sido un parto tan rápido que no le había dado tiempo a que le hiciera efecto.

Lucas estaba de pie a su lado, con los ojos llorosos, le acariciaba la frente sudada y no paraba de repetir: “Lulú, Lulú, Lulú”.

Mariela no podía dejar de mirar la mancha negra y enorme del pómulo derecho de Lulú, que con los años se fue haciendo más pequeña.

Se le contrajo la frente formando un triángulo.

El gesto que le salía instintivamente siempre que tenía miedo.

“¿Y esto?”, le preguntó a la ginecóloga, con la mano temblorosa y muchas ganas de llorar.

“¿Esto? Es como un beso de tu interior”, le respondió sonriente bajo la mascarilla.

A Lulú se le están cerrando los ojos. Y Mariela empieza a cantar la nana en kansai para terminar de dormirla. La misma canción que escuchaba ella cada noche antes de irse a dormir cuando vivía en Tokio para acostumbrarse al laberinto de la pronunciación.

Empieza a entonar las primeras notas.

Lulú se hace una bolita y acaba de cerrar los ojos, y su respiración se vuelve más fuerte y lenta.

Mariela sigue cantando hasta que llega al fragmento que más le gusta, no sabe muy bien por qué, pero siempre se le hace un nudo en la garganta al entonarlo: “A veces somos gigantes porque no cabemos en un pueblo”.

¿Estás bien?, pregunta Lucas mientras las contempla apoyado en la puerta. Va vestido con el pijama de rayas y lleva un vaso de agua en la mano.

Mariela lo mira.

Ya se ha dormido.

¿Quieres explicarme cómo ha ido la reunión?

El avión cruza las nubes. Mariela siente una punzada en los oídos.

Hacía muchos años que no cogía uno. Desde que fue a ver por primera y única vez a Lucas a Los Ángeles desde Ginebra.

Hacía tres meses que se habían conocido en Cancún y habían intentado mantener la relación a distancia.

En aquel primer reencuentro, después de las vacaciones, Mariela se dio cuenta de que no podría sostenerlo.