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Fuera empieza a nevar. Los copos son quebradizos y caen muy lentamente, iluminados por las farolas alargadas que se tuercen como lamentos.
Las calles de Ginebra están húmedas y medio vacías en esta gélida tarde de principios de diciembre.
Las luces amarillas de Navidad parpadean sobre dos figuras que cruzan de forma acelerada un paso de cebra recién pintado.
Las manos frías en los bolsillos peludos, los abrigos largos hasta las rodillas.
El más alto vuelve a decir en voz alta, por tercera vez, el número del portal hacia el que se dirigen.
Mariela aparta la cortina blanca con olor a detergente que cubre una ventana de madera de un ático espacioso.
Lleva una taza de café caliente en las manos y el humo le empaña un poco las gafas de pasta negra.
Acaba de ducharse y se ha vestido con los pantalones de pana azul y el jersey gris de cuello alto que le llega casi a la altura del cabello, que lleva cortado un poco por debajo de la oreja.
Mira el reloj de la pared del comedor entornando un poco los ojos.
El tic casi imperceptible en la frente.
La aguja de los segundos parece avanzar al ritmo de su corazón desbocado. Quizá se pondrá a girar a tal velocidad que le hará ondear el cabello fino y negro, como este mediodía cuando ha salido del laboratorio.
Faltan cinco minutos para las seis.
Si son puntuales, dentro de poco sonará el timbre.
Bebe un sorbo del café y siente un pinchazo de ardor en la lengua.
Suelta la cortina.
Mueve los hombros para destensarse.
Hace dieciocho años que no ve a Khabib.
Dieciocho.
La última vez fue en el aeropuerto de Tokio.
Llovía mucho y él había querido acompañarla en el taxi para ayudarla con las maletas.
Mariela volvía a casa de su padre después de una residencia científica.
Khabib llevaba dos años trabajando allí y quería quedarse unos cuantos más.
Se habían conocido en el laboratorio de la universidad y, solo por la primera broma que él le hizo al entrar, Mariela intuyó que serían buenos amigos.
Khabib siempre movía los brazos con un ímpetu contagioso cuando hablaba y esa energía corporal le recordaba a su padre antes de apagarse, antes de que su hermana Soledad desapareciera.
Tres días después de la desaparición llegó a casa una cinta de vídeo.
Su padre la vio solo y, cuando Mariela fue a preguntarle qué salía en ella, él temblaba.
Entre sollozos y espasmos, le prohibió que la mirara.
Solo consiguió articular, con un movimiento lento y pesado de la lengua: tu hermana está muerta. Desde ese día, se fue consumiendo.
Suena el timbre del interfono.
Debe de ser realmente importante lo que Khabib quiere ofrecerle, si ha estado dispuesto a hacer todo ese viaje solo para explicarle en persona el proyecto que tiene entre manos.
El proyecto que lo cambiará todo, le había dicho antes de colgar.
Fuera empieza a nevar. Las calles de Ginebra están medio vacías en esta gélida tarde de diciembre.
Mariela sube al ascensor y pulsa el botón del segundo piso.
Se mira en el espejo y se sopla las manos para calentarlas. No le gusta llevar guantes. Se recoge la melena larguísima como si se estuviera haciendo una coleta.
Inclina un poco el cuello.
No sabe si le queda mejor el pelo suelto o recogido. Mueve las mejillas arriba y abajo haciendo fuerza con la boca. Cada día se le marcan más las arrugas de los labios.
El ascensor se detiene con un golpe abrupto.
Se sacude los zapatos, saca las llaves del bolso y abre la puerta de su piso.
Es un loft pequeño, pero lo ha ido decorando a su gusto durante los últimos años y ya lo siente como su hogar.
Casi tan hogar como cuando, antes de ir a dormir, en la litera de abajo, le daba las buenas noches a su hermana Soledad mientras oía a lo lejos la tele encendida emitiendo un concurso de aplausos enlatados y le llegaba el olor a nicotina.
Mira el reloj de la pared. Son las seis. Se quita rápido la bufanda y el anorak y los cuelga. Le gustaría ducharse, pero ya no tiene tiempo. Quería acabar un informe antes de salir del laboratorio y las dos últimas horas se le han pasado demasiado rápido.
De repente, suena el timbre del interfono.
Se acerca a la pantallita al lado de la puerta de entrada con el corazón bombeando con fuerza.
Khabib la está observando. Las manos en los bolsillos peludos.
Los ojos azules enormes y aquel parpadeo lento.
Casi no ha cambiado. Lleva, como siempre, una boina negra y se ha dejado un poco de barba.
Quizá tiene la cara más delgada y más arrugas en la frente.
A su lado, hay otro hombre que se frota las manos. Mariela supone que es McGunn, el director del proyecto.
Mariela, McGunn y Khabib están sentados en la mesa redonda del comedor del ático de Mariela. Les ha ofrecido café y el ambiente se ha cargado de un olor agridulce.
Khabib apoya la espalda en la silla y toma aire ruidosamente por la nariz. A Mariela le recuerda a los meses en Tokio, cuando oía ese sonido fuerte rompiendo el silencio limpio y brillante del laboratorio. La exhalación densa inundando la sala.
McGunn se frota el pelo rizado. Mariela se lo imaginaba más viejo. Huele mucho a colonia.
Mariela sostiene un pequeño iPad entre las manos. Los colores del vídeo le iluminan el rostro con distintos tonos. Se ha quitado las gafas de pasta negra. Khabib hace un gesto brusco para levantarse y se coloca detrás de ella.
Este es el laboratorio, dice. Está en un ala de la NDO, la compañía, señala Khabib en la pantalla. Aquí es donde tenemos a los animales. Los preparamos aquí. Ahora lo verás.
Mariela frunce el ceño. En la pantalla se ve un perro dormido, un pastor alemán. Su vientre late. El pelaje limpísimo. Está conectado a varios cables. Mariela gira la cabeza y mira a Khabib, que está respirando profundamente.
¿Están dormidos?
Khabib niega con la cabeza. McGunn tose : Muerte cerebral.
Mariela entrecierra un poco los ojos.
Khabib vuelve a sentarse y cruza los brazos. Hace un gesto con la cabeza para señalar a McGunn: Mariela, McGunn pudo acceder a los restos de la conciencia del perro.
McGunn vuelve a toser y lanza una mirada de reojo a Khabib.
A su paisaje mental...
Khabib continúa: Lo recogimos medio moribundo de una protectora. Era muy viejo.
Mariela pone pausa y deja el iPad sobre la mesa.
¿Recuerdos?
McGunn abre una carpeta negra que llevaba todo el rato sobre las piernas y extrae una hoja con un gesto nervioso. Se la alarga a Mariela.
Más que eso, dice. Este es el primer informe que escribí después de la exploración. Estuvimos investigando y la casa que vi era idéntica a donde vivió el perro. El mismo olor. Pero… Y mira a Khabib.
Mariela coge la hoja.
¿Pero?
Con otros habitantes.
Agente C1
El patio huele a orina y a basura. Siento mucha picazón detrás de las orejas.
Insoportable. La puerta de la casa se va abriendo y cerrando, creando un ruido rítmico.
La madera cruje. Subo los tres escalones del porche.
Una nube pasa por encima de mí y siento un escalofrío y los hombros me tiemblan mecánicamente.
Me giro. He sentido una presencia. Un aliento.
Y de pronto, un fuerte estallido de la puerta.
Me vuelvo a girar con una descarga en el cerebro. Estoy un poco mareado y siento mi cuerpo muy, muy pesado. Acabo de subir los escalones, cruzo el porche y abro la puerta suavemente.
El olor salado del pienso inunda la casa.
Abro otra puerta y entro en el comedor. Carol, mi antigua novia de hace veinte años, de cuando íbamos al instituto, alta y rubia, está de pie en medio de la sala mirando plácidamente a un niño y a una niña sentados en el suelo, peleándose por unas piezas de Lego.
Se parecen mucho a mí. Los dos. Carol levanta la vista y me mira.
Tiene mi edad actual. Sonríe, abre la boca y habla, pero no entiendo nada; el sonido es como si estuviera escondido y dando vueltas dentro de una copa de vidrio.
O como si saliera de dentro de una piscina densa.
Unas sílabas graves y cerradas. El niño y la niña me ven y se levantan contentos, alzan los brazos y se acercan a mí gritando de felicidad.
Sus dientes son puntiagudos y ensangrentados. Como los de un perro.
*
Mariela le devuelve la hoja a McGunn.
Son transferencias, dice Khabib, cogiéndole la hoja a Mariela. Transferencias entre la conciencia del perro y la de McGunn .
Mariela se remueve, nerviosa.
McGunn se levanta y se acerca a la ventana. Aparta la cortina. Se enciende un Marlboro. Se rasca la nuca: Desde entonces noto el olor a basura constantemente y me pica todo.
No fumes aquí dentro, por favor.
Khabib le agarra la muñeca suavemente; Mariela la aparta un poco, incómoda.
Hemos estado investigando, Mariela. Sabemos que estás dirigiendo un proyecto puntero sobre la metaconciencia en la Universidad de Ginebra. Que ya has hecho unas primeras aproximaciones.
McGunn se gira: ¿Por qué crees que vi a Carol y a unos hijos que nunca tuvimos?
Mariela vuelve a pedirle a McGunn que apague el cigarro. Se levanta, entra en la cocina y sale con un platito pequeño de color verde, y se lo da. Vuelve a sentarse y mira fijamente a Khabib, apoyando la barbilla sobre los dos puños.
Aprieta el anillo de plata.
No puede apartar la mirada de Khabib.
Los ojos azules que tardan tanto en parpadear.
Le había preguntado muchas veces si no se le resecaban.
Lo mira fijamente hasta que consigue preguntarle: ¿Qué queréis hacer con esto?
Khabib arrastra la silla para acercarse más a Mariela y ella siente el calor de su piel curtida, peluda y morena.
Te necesitamos. Queremos, quieren, que formes parte del proyecto. Las pruebas con animales eran simplemente eso… pruebas.
McGunn vuelve a sentarse y deja el platito con el cigarro mal apagado dentro. El olor del humo se mezcla con el de su colonia y Mariela tiene ganas de vomitar.