7 #2
Lucas muerde el cuero, aspira su olor ya familiar, el sabor amargo del aceite con el que es pulido cada semana.
Siente un dolor seco, siente el sexo de McGunn atravesándolo, crucificándolo.
Primero un dolor insoportable, después crash, se rompe, luego habla con Dios.
Escucha los jadeos, escucha invocarlo, Agente, Agente, como si él no estuviese allí.
Lucas babea el asiento del Mercedes, empapa con su sudor los poros de la piel del animal que cubre las latas del auto.
Lucas y McGunn se mueven con furia, se desbordan en una jungla de hierros, cuero y metal.
Se olvidan de sí mismos. McGunn se lleva la mano a la mejilla, se quita de encima un brillante de sal que cae de su ojo izquierdo.
¿Hay alguien acá, en CADÁVER, que no quiera llorar?
Lucas hoy está muerto y McGunn necesita evitar que el informe salga a la luz.
El informe que revela el secreto que no puede ser desvelado.
A veces McGunn duda, no puede distinguir dónde empieza la fantasía y dónde la realidad.
Lucas Terán, ¿fue su invento?, ¿es un recuerdo? , ¿un holograma?, ¿un fantasma sexual?
Los cristales suenan como caracoles. La niña que come vidrios habla, se dirige a Mariela.
McGunn no puede permitir que el informe salga a la luz, necesita evitarlo.
¿Evitar qué?, dice la niña que come vidrios.
Las cosas ocurren. Ocurre el futuro, el pasado, el presente.
La niña que come vidrios lo sabe. Pero no sabe si Dios es real, si la ciencia es Dios.
Pero sí sabe que lo inevitable es una ficción de los hombres blancos.
Todo lo que existe es CADÁVER, todo lo que nos queda es un pueblo que se llama CADÁVER.
Escuchen si quieren, les dice. A veces somos gigantes porque no cabemos en un pueblo que se llama CADÁVER.
La única que escucha el canto de los vidrios es Mariela.
Suena un disparo, una bala plateada atraviesa el vidrio del Mercedes y roza el cráneo de Rivas, se clava sobre la pared de ladrillo visto de una vieja cabaña.
Mariela mira el agujero, siente un tirón. La niña camina hacia allí, tira de ella.
Ven conmigo.
¿A dónde vamos?
Allí, responde la niña, mientras apunta hacia la cabaña.
Tengo miedo.
¿Tu nombre?
Mariela.
¿Dónde están tus padres?
Soy huérfana de hermana, de papá y de mamá. La primera en irse fue ella, la mujer que se llama Ileana. Soy la soledad máxima.
¿Ileana es tu mamá?
Sí.
Se fue, ¿a dónde?
No lo sé. Mi papá dice que era una sacerdotisa.
¿De qué religión?
No lo sé, yo creo que es mentira.
Los papás, ¿mienten?
Todo el tiempo, los papás mienten todo el tiempo. Creen que nos salvan.
¿Y después?
¿Después qué?
¿Quién se marchó, luego?
Mi hermana, la astronauta, Soledad.
¿Y tú?
¿Yo qué? Yo no soy la astronauta, yo no miro hacia el cielo.
¿Tú no eres soledad?
Yo también soy soledad, soy la soledad total.
¿Tu hermana, la astronauta, miraba al cielo?
Miraba al cielo.
¿Se fue volando?
Sí, la asesinaron.
¿Quiénes?
Todos.
A mí también, todos me mataron. Yo soy Soledad, soy Wilfrida, soy Jessica Martínez, soy Juanita, soy Charly, soy Candy, soy la Flor, la Celeste, la María y la Virginia.
Mira, dice Mariela.
De la entrada de la cabaña se asoma algo pequeño, como un ala.
La niña que come vidrios tira con suavidad.
Sus dedos extraen tres plumas grises. Las observa, están congeladas.
Ambas, Mariela y la niña abren sus bocas, emiten un aliento tibio que diluye el hielo.
Con su vaho, calientan a un pájaro invisible.
La niña toma las plumas, las devuelve a un atrapasueños colgado de una fina soga marrón que esta amarrada a su cuello. Mariela la observa.
Estamos en CADÁVER, pero no estamos muertas, Mariela. Acá nadie está muerto. Estamos huyendo.
¿De quién?
De tu padre. De tu madre. De tu hermana. De tu hija.
Te equivocas, son ellas las que se fueron.
Nosotras somos CADÁVER, querida Mariela. Somos un mito, la historia sobre los orígenes que alguien más cuenta. Somos un pueblo que se llama CADÁVER y somos las hijas del vidrio.
¿Cómo lo sabes?
Lo sé porque yo siempre estuve acá. Yo soy tu mamá, soy tu padre y soy tu hermana, Soledad, la astronauta.
Soy tu hija. Soy el Agente CXXL1, soy Xul, soy McGunn, soy Khabib, el Agente CXXL8, el Agente CXXL25.
Soy todos los Agentes, la bestia paquidérmica, Lucas Terán, los turistas ávidos y vacíos, Rivas, el pastor alemán, la célebre doctora Mariela Lugones, @Ulaanbaatarsexscene. Todos estamos acá.
¿Estamos soñando?
No, no es tan fácil. Esto no es un sueño, pero tampoco es una vigilia.
Ocurren cosas, Mariela, son ineludibles.
Estamos exhaustos, llevamos años intentando ordenar, cuantificar, asignar, controlar.
Pero un CADÁVER, un pueblo no se controla.
A un pueblo se lo persigue, se lo acosa, se le mete miedo, se lo castiga, pero nunca se lo controla.
Somos un pueblo que se llama CADÁVER. Somos la vergüenza, lo que se debe borrar, ocultar, desaparecer.
Somos CADÁVER y olemos mal porque estamos podridos.
Alguien nos busca, Mariela. Alguien nos quiere enterrar. Alguien necesita olvidarnos.
Los turistas que llegan a CADÁVER en realidad nunca estuvieron fuera, forman parte del pueblo. Son prolongaciones de un cuerpo compuesto de adherencias, extremidades, órganos, sustancias y líquidos. Un Frankenstein bello y horroroso. ¿Lo ves? Aprende a ver.
Mientras la niña que come vidrios habla, Mariela observa que, en la penumbra, McGunn se dirige hacia los restos del Mercedes.
Se sienta en el asiento trasero. Se queda allí, como en blanco.
Lleva la palma de su mano hacia el cuero negro quemado, astillado, descosido.
Mariela lo llama. Pero el hombre no escucha. Mariela señala hacia él.
¿Y él? ¿Qué busca?
No lo sé, responde la niña que come vidrios.
Sin mirarlas, McGunn les dice que busca la gloria. Los hombres buscamos la gloria.
Desde que Mariela sintió el contacto con la mano de la niña que come vidrios, su cuerpo carbonizado no ha dejado de desprender pequeños trozos de combustible fósil.
Son como luciérnagas. Ahora, el carbón que la cubre se resquebraja, se forman fisuras, movimientos.
La hulla se desprende, cae poco a poco. Mariela se deshace, se transforma en una abeja. Da vueltas, zumba con sus alas y se va.
La niña que come vidrios la mira, decide seguirla.
Avanzan por lugares inhóspitos, parajes insospechados de CADÁVER.
Todos somos lugares, escucha la abeja. Llegan al punto de partida, donde todo terminó: la enorme multinacional, la sede de la NDO, que alberga el laboratorio donde se hicieron las primeras pruebas.
La abeja se coloca sobre la mesa de McGunn. La niña que come vidrios se acerca, observa una fotografía. En ella una familia posa: un hombre, junto a una mujer rubia a la que abraza, mira con diversión a un niño y a una niña que juegan con unas piezas de Lego.
Sobre la fina madera del escritorio descansa una tablet nueva, un libro sobre ciencia y empresa, otro sobre antropología del turismo y una novela que se llama CADÁVER; una boca sangra en su cubierta: está brillando.
La niña abre un cajón que está cerrado con llave, encuentra una fotografía de un hombre joven y guapo. Es Lucas Terán.
Lo utópico ha caído. CADÁVER es un pueblo. Nos resistimos a ser un pueblo que había que esconder. CADÁVER, la presencia de lo ausente, los restos que nadie quiere ver. CADÁVER, lo que hay que enterrar. ¿Y cómo se llamaba la criatura, cuando todavía estaba viva?
Herida, se llamaba Herida.