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La sonrisa fijada en el rostro de Mariela se expande en líneas y formas indescifrables; brillan con una opacidad de telaraña antigua, de hielo petrificado, con una luz sin filtro, ni remordimiento.
Es un conjunto de figuras que componen movimientos fractales, interplanetarios.
En el interior, los colmillos blancos y afilados.
En el interior, Mariela. En el interior, un CDVRverso caótico, fuera de control.
En el interior, tú.
¿Tu nombre?
La pequeña lo escucha, pero no responde.
Camina hacia el auto, estira su brazo, se agarra del espejo retrovisor cuyo espejo está partido, lo sujeta con fuerza, toma impulso.
Salta hacia arriba y luego cae, como todo lo que es propulsado por fuerzas exteriores.
Una cuchilla, una gillette, el espejo roto abre un pliegue en la piel de su rostro, una flor rosa es destapada.
La niña aterriza sobre el capó. Se pone en cuclillas.
Tiene sangre en el mentón, en las mejillas.
Sobre su piel dibuja una línea roja y brillante que cae por su cuello, su pecho de pajarito, los pliegues de su camiseta de algodón de adulto que le va demasiado grande.
La niña que come vidrios siente aquella tibieza resbalando como una pequeña cascada por su cuerpo, el sabor metálico de la sangre dentro de su boca.
El hierro líquido atraviesa su paladar, salpica su campanilla, se mezcla con la saliva y las parótidas, atraviesa su laringe, la tráquea, el esófago.
La sustancia es una fuerza kriptonita que le permite agarrarse de una energía que no se parece a otras cosas; es una fuerza pequeña, de colibrí, pero telúrica, de cóndor.
¿Dónde están tus padres?
La niña escupe en rojo, le devuelve la pregunta.
Agente CXXL1, ¿dónde está tu hija?, ¿dónde la perdiste?
Los tímpanos metálicos del Agente CXXL1 reciben las sílabas, el concepto pérdida se introduce en los orificios de su cuerpo, pero él estira una pierna, lo expulsa, echa agua sobre las palabras de la niña, que son apagadas.
El rastro de humo que dejan se arrastra igual que una soga que rodea su cuello.
La niña que come vidrios deja de mirarlo. Se limita a confirmar lo que sospechaba: el Agente CXXL1 es un intruso, de todo, de allá, de aquí, sobre todo de sí mismo. Estaba perdido mucho antes de llegar hasta aquí. Pero…
¿Hay alguien acá que no esté perdido?
Mariela también lo está. Perdida. La niña se acerca a ella, con sigilo.
A los costados circula un ruido atronador, un rumor sórdido, desgarrado, de lamentos.
En cambio, ella se mueve por los metales y las latas retorcidas de los carros con la tersura de una servilleta.
Su mano se alarga, palpa la mano de Mariela, aprieta sus dedos contra la piel que cuelga de sus dedos carbonizados.
De la comisura de sus labios tiernos brota una gota redonda y roja que cae sobre su rodilla, sobre los pétalos de flor de camelia y sobre las marcas que señalan las huellas de una llanta en llamas que ardió pero no logró evitar la colisión.
Cuando se cae desde un barranco es directo, es desenfrenado, es catastrófico.
La niña abre la boca. Los vidrios saltan entre su paladar, los molares y las encías, estallan como si fuesen popcorn, emiten sonidos que son una lengua de botellas.
El Agente CXXL1 confunde las melodías del vidrio con el canto de una anciana.
Se sabe que cada cual escucha lo que sus oídos pueden.
Ocurre igual con el resto de sentidos; se huele, se mira, se siente, tal como se puede.
Se vive y se muere, como se puede. El Agente CXXL1 cree que hay una canción que suena.
Está convencido de que es triste, tristísima.
La niña lo observa, nota que el labio inferior se le frunce, que dibuja un puchero que se le queda pegado en la piel como un cromo. El Agente está a punto de llorar.
¿Hay alguien acá que no esté triste?, ¿que no quiera llorar?
Los sonidos que son emitidos por los cristales son claros, transparentes, diáfanos: A veces somos gigantes.
Mariela escucha el lenguaje del vidrio, que suena con el fulgor propio de un eco cristalino, de su sal. Su tacto, que es espectral, responde a la suavidad de la piel de la niña que come vidrios, aprieta las moléculas que conforman su mano pequeña, sin uñas, helada, acartonada.
A veces somos gigantes, repite la pequeña.
Igual que un enorme bisonte, Mariela abre aún más la boca.
Emite una sucesión de bufidos que se alzan sobre los cuerpos, espectros y objetos que conforman aquel enorme pueblo al que alguien ha decidido llamar CADÁVER.
CADÁVER, ¿por qué murió? CADÁVER, la presencia de lo ausente, los restos que nadie quiere ver.
CADÁVER, lo que hay que enterrar, no vaya a ser que nos recuerden que...
¿Y cómo se llamaba la criatura, cuando todavía estaba viva?
Herida, se llamaba Herida.
Sí, que nos recuerden que acá, todo el mundo…
La niña no la suelta. Mariela perdió los párpados, pero decide dejar de mirar. Su cuerpo carbonizado cruje, se arruga, esparce carbones encendidos que saltan por los aires, se disgregan, iluminan el rostro de McGunn, que también está allí.
McGunn sostiene un arma. Su mano derecha tiembla. Rivas lo ha expresado con claridad: el informe de Lucas Terán no puede salir a la luz. McGunn no está contaminado, él puede evitarlo.
Al escucharlos, la niña que come vidrios se ríe.
¿De verdad piensan que McGunn no está contaminado?
, ¿cómo llegó Rivas a semejante conclusión?
, ¿contaminado de qué? McGunn ha sido alterado por otros, sus condiciones naturales ya han sido transformadas.
No hay camino de regreso para McGunn, hace rato que dejó de ser el que creía que era.
Él lo intentó, pero no fue capaz, su fuerza de voluntad no fue suficiente.
McGunn tiene un Agente CXXL atravesado, es un hueso en la tráquea.
El pobre McGunn hace rato que ya no respira.
¿Hay alguien acá que no esté contaminado?
Las carcajadas de la niña que come vidrios son olas que vibran, el temblor de sus miembros traspasa a Mariela quien a su vez, siente un sutil cosquilleo.
Un humor olvidado toca la puerta de su subjetividad, pasa, trae algo dentro de un paño de algodón que abre con cuidado, lo desenvuelve.
De su interior asoma el tacto verde de los tréboles que se abanicaban en un jardín en el que crecían árboles de chirimoyas, aguacates, cacao, duraznos.
Una anciana de rostro andino camina por el jardín, la acompaña un pastor alemán.
A lo lejos, el Cotopaxi. La mujer lleva entre sus manos una manguera de la que florece agua cristalina, riega con generosidad sobre la hierba, las rosas, los árboles.
Las abejas reciben las gotas de agua, limpian sus alas, descansan dentro de las flores, se embriagan de polen.
Que nos recuerden que todo el mundo se muere. Un CADÁVER es un peligro que hay que ocultar. La memoria está llena de olvidos. Por eso. Se oculta para olvidar. Se oculta para evitar la vergüenza. Un CADÁVER es una vergüenza.
Lucas Terán murió por vergüenza. McGunn intentó borrarlo, había que evitar que el informe saliera a la luz. McGunn también tiene vergüenza, pero intenta no pensar sobre ello, hace trato con tecnomercenarios para borrar el sistema, se ahoga en holojuegos. Intenta olvidar.
No puede dejar de pensar en el roce de la cadera de Lucas con el cuero negro del asiento del Mercedes.
Produce un silbido curioso, como de periquito.
La pistola de McGunn es flácida, larga, blanca.
La mata de pelos rubios de su pubis está bañada de nieve blanca.
Lucas se escupe en la mano derecha, aprieta la pistola de McGunn pero no la ahoga, deja que el aire circule, que bombee la sangre.
Con dificultad, la pistola crece como una florecita de amancay.
McGunn siente un cosquilleo en su vientre, abre los botones de su camisa, se la quita, la lleva a la cabeza de Lucas, la baja hasta su cuello, la anuda, aprieta.
McGunn se yergue, siente la adrenalina. Vuelve a bajar, estira su lengua, chupa su tetilla, la muerde, la quiere arrancar, comérsela, comérselo. Lucas gime.
Lucas acerca sus labios gruesos a los de McGunn , sus lenguas se enredan, se muerden, se relamen. McGunn se retira con violencia, lleva sus dedos hacia los labios de Lucas, los abre, forma una masa de saliva dentro de su boca y la escupe dentro de la de Lucas. Lucas lo recibe, traga el escupitajo.
McGunn toma su pistola, la pasea por las piernas de su amante.
Estese quieto, Agente, le dice mientras retira con las dos manos el pantalón.
Le baja los boxers hasta sus caderas, desea sentir su tela cuando penetre el agujero que Lucas Terán tiene en aquel culo que él adora, idolatra, mitifica. Agente, gírese del todo.
Ambos hombres, con dificultad, dan vueltas, sus miembros tropiezan torpemente.
Como acróbatas, buscan un hueco para el acoplamiento de sus huesos, sus fluidos y sus carnes.
El Mercedes es lujoso, pero al asiento trasero no es lo suficientemente grande ni para ellos, ni para los movimientos de sus cuerpos.
Lucas está completamente de espaldas. McGunn sube su camisa, desea ver su columna, las vértebras, los lunares de sus costillas. Introduce su pistola en la hermosa cueva de Lucas.