Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 6 #3
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Presencia una suerte de orgía espiritual: decenas de figuras emergen, se desvanecen e intercambian cuerpos como si fueran vestuarios en un camerino.

La recepcionista se transforma en uno de los Agentes entubados.

Los Agentes brincan a los cuerpos de los Exploradores.

Los Exploradores atraviesan al personal del edificio, incluso en grupos que ocupan a un solo huésped.

Hordas de psicopompos y usuarios de holojuegos aparecen brevemente, interpretan su rol en una escena y se disuelven como bruma en otros cuerpos.

Las imágenes son tan aberrantes como hermosas.

Una danza de libélulas donde víctimas, victimarios y armas comparten una misma identidad.

Madres que se paren a sí mismas; huesos que florecen y se ensamblan en nuevas configuraciones esqueléticas; secuencias que recrean la interacción infinita de cinco momentos, y los espacios posibles entre ellos: nacimiento, enfermedad, pérdida, vejez y muerte.

McGunn camina entre las siluetas que alcanzan tal velocidad hasta ser imperceptibles.

Por un momento tiene la certeza de sentirlas como hilos atravesando su cuerpo.

Son la energía que moviliza a los átomos, son el sustrato de las células que lo componen.

Tales pensamientos lo sobrecogen. Siente un escalofrío, un temblor que le reubica la mente a la altura del pecho.

Deja atrás las camillas vacías y los cuartos llenos de equipos desconectados.

La visión ha terminado, es hora de abandonar el edificio del laboratorio.

No le sorprende continuar ileso, pero llega a resentirlo.

Nada ni nadie puede tocarlo. ¿Es eso todo lo que buscaba?

¿Convertirse en un fantasma mayor a todos los fantasmas?

¿En una sombra cien veces más que la sombra de los enfermos, los débiles y los muertos?

Se aleja sin ninguna prisa, camina hasta llegar al downtown.

En una de las calles desoladas ve a Lucas: le están reventando los intestinos a patadas.

Un grupo de muchachitos lo ataca, le arranca el morral y huye con decenas de puertos MD3, cientos de dosis de sifridamina y al menos un kilo de microdentritas.

McGunn ve la escena tres veces más. En dos de ellas, los atacantes tienen las caras de Xul, de Rivas, del mismo Lucas, y una mezcla enfermiza de dos Exploradores que no pasaron la primera fase del experimento.

¿Qué pasaría si interviniera? ¿Podría alterar el curso de las acciones?

¿O solo estaría chapoteando en el océano de las apariencias alucinadas de su mente?

Se cansa de ver agonizar a Lucas y decide volver al lugar del choque.

Agradece que las distancias sean cortas.

Su cuerpo está ligero, extrañamente energizado, aun privado de sueño y alimento.

Rivas y Lulú lo esperan dentro del Jaguar; esta vez, a McGunn le corresponde el asiento trasero.

El coche está intacto. No hay Mercedes, ni Mariela, ni la tenebrosa comevidrio.

McGunn se acomoda y vuelve a dormir. En el camino de regreso a la cabaña sueña que entra en un comedor donde está Carol, su novia de hace veinte años. Alta y rubia, contempla a sus dos hijos, un niño y una niña que se pelean por unas piezas de Lego. Se parecen a él.

La de la peluca azul se baja en plena carretera, cerca de una señal descolorida.

Se despide agitando las manos con la fluidez de una replicante.

Rivas le lanza besos. McGunn vuelve la mirada al paisaje montañoso.

Una oreja gigante se descompone en el cielo.

El lóbulo alcanza a cubrir una parte del sol naciente.

Qué asco, ¿verdad? ¿Será de Mariela o de Xul?, dice Rivas, mientras enciende el auto.

McGunn se desploma. Imagina que ahorca a Rivas desde el asiento trasero. Ambos caen por el barranco del CDVRverso o de la realidad, si es que existe tal cosa. Ya no importa. Morir de alguna manera es lo que cuenta. Ansía el accidente de tráfico.

Pasado un rato, se estacionan frente a la cabaña. Vuelve a ser de noche, aun cuando no hubo mediodía ni atardecer.

Guardá ese impulso asesino para el que se cagó todo. Rivas saca un arma de la guantera. El informe de Lucas Terán no puede salir a la luz. Tú no estás contaminado, tú puedes evitarlo.

McGunn recibe el arma. Las uñas azules brillan sobre el gatillo.

Mariela lo observa. Su rostro conserva algunos vestigios de las facciones de Rivas, haciéndola ver mucho más vieja.

McGunn aprieta el cañón, dejando una marca con sus yemas sudorosas.

Lo último que ve es la piel carbonizada de un ser más que humano, los mechones de pelo flotan dentro del auto como un ramillete de tentáculos, los ojos rojos enormes se plantan sobre él: son duros como el mármol y no tienen párpados.

La mujer esqueleto abre la boca, cientos de colmillos blancos y afilados le impiden cerrar la mandíbula.

Al fin, su sonrisa está completa. Incluso antes de dormir sobre las costillas expuestas de McGunn, hay un gesto único en el rostro demoníaco de Mariela: una risa entera, casi vacía de otredad.

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