Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 6 #2
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Pasan las horas. Una sonrisita burlona lo arrastra de vuelta a la vigilia.

Ve a la mujer en el asiento trasero a través del retrovisor.

Es menuda y pálida, como una geisha. La peluca azul solo acentúa el contraste, la vuelve irreal.

Le clava la mirada a McGunn y corta la risa de un tajo. Rivas maneja extasiado.

Ah, McGunn . Quedaste planchado. Me desvié para ir a por Lulú… Ya se conocían, ¿no?

McGunn asiente, aunque todavía no sabe si está despierto o sigue atrapado en la duermevela. Tampoco cree saber algo de Lulú. ¿Quién iba a imaginar que Rivas tenía su lado oculto? Se lo veía tan formal en la oficina, tan tipo de familia, con esas aspiraciones insoportables de buen ejecutivo.

Lulú vuelve a reír. El sonido tiene un eco que se estira, como el canto de un ave que busca emparejarse. Rivas se ríe con ella aunque es evidente que no sabe el por qué. Sus risas no encajan. Los tiempos no coinciden. Las voces desentonan como un par de instrumentos averiados.

McGunn se lleva una mano a la frente. No tendría que haber fumado. La migraña ya le está respirando en la nuca. Intenta fijar la vista en la ruta, pero las luces se alargan en sus ojos astigmáticos y forman un solo látigo de neón.

¿Cuánto tiempo llevan manejando? No llega a formular la pregunta.

El impacto, inesperado y violento, lo lanza contra el asiento, lo hace rebotar hacia adelante, la frente choca con el salpicadero, los vidrios estallan.

Concluye la embestida y las bocinas de los dos autos se superponen casi idénticas.

Todo se vuelve negro por unos segundos, hasta que unas gotas calientes le corren por la nariz.

Es sangre. Ahora sabe que sí, está despierto.

McGunn abre la puerta y cae de rodillas.

Se arrastra a gatas, tal como lo hizo Lucas.

¿Compartirán el mismo destino? No, recupera el aire y confirma que sus costillas siguen intactas.

Se incorpora con fuerza. Desconoce la razón de su terquedad, de por qué insiste en sobrevivir, aun en el peor de los contextos.

Rivas sigue inconsciente, hundido en el airbag.

No hay rastro de Lulú, salvo la peluca azul que terminó en la parte delantera del coche.

Rodea la escena, tiene más equilibrio del que esperaba.

Sobre el parachoques del segundo auto ve a una niña que salió disparada por la ventana.

Es un Mercedes. La niña es menuda y pálida como una figura de porcelana.

Su pelo negro está lleno de cristales y coágulos de sangre.

Lleva una camiseta de adulto que le queda grande.

Un chorro de orina le baja por los muslos.

McGunn le toma el pulso. Demasiado tarde.

No hay rastros del conductor o conductora.

Solo otra peluca azul en el asiento del copiloto.

¿Qué carajos es esto?

La calle está desolada, no hay un solo transeúnte.

El semáforo ha cambiado tres veces sin la presencia de un motorizado.

McGunn ve al reloj de su muñeca, pero está roto.

Busca su celular en la campera, tampoco enciende.

Se recuesta en un poste de luz. No tiene suficientes energías para correr o gritar. Solo quiere descansar por un momento.

Escucha unos pasos acercándose. Distingue la silueta de una tercera mujer, alta y robusta.

La niebla se disipa. Una niña la acompaña.

McGunn se esconde tras los arbustos del andén.

No sabe por qué. Una intuición, quizá. Su corazón rebota contra las paredes de su pecho.

Siente un retorcijón fuerte en el estómago que lo obliga a permanecer encorvado.

Ambas se acercan al auto de Rivas, la mujer abre la puerta y lo arrastra a la calle.

¿Mariela?

Mariela abre la puerta trasera y toma la peluca. Se la encaja bruscamente en la cabeza y se monta en el parachoques vacío del Jaguar. Imitando al cadáver del Mercedes, se deja caer, abre las piernas y puja hasta que un chorro de orina le corre por los muslos.

McGunn, inmóvil entre los arbustos, observa cómo una de las puertas del Jaguar se abre. Lucas aparece junto al auto. Lleva sus pantalones negros, su eterno semblante atormentado. Se queda parado, hipnotizado, frente a la niña que muele el vidrio con avidez.

¿Tu nombre? Le dice.

La niña corre como una bestia, se convierte en una bruma que entra al cuerpo de la mujer muerta en el Mercedes.

La mujer poseída revive, se sienta igual que una rana sobre el parachoques y vuelve a masticar.

Lucas la observa de reojo, empieza a husmear el interior de los autos.

Mariela se baja del Jaguar, se quita la peluca y la deja en el asiento del copiloto, justo a tiempo para que pueda llamar la atención de Lucas.

Luego se va caminando hasta el semáforo y se desvanece en una humareda.

Una de las puertas del Mercedes se abre.

Lucas aparece al lado del auto. La niña salta del parachoques, levanta otro puñado de cristales del suelo.

Esta vez, Lucas la persigue y le habla en un español diferente al que suele usar.

Como si hubiera nacido en otro país, su acento es distinto, pero su tono de voz es el mismo de siempre: perdido.

La joven responde con un canto que podría haber sido agradable, de no ser por las burbujas de sangre que entorpecen su vocalización.

Otra puerta se abre. Lucas aparece. Mariela vuelve y toma el cuerpo de la mujer sobre el Mercedes.

La niña se hace humo y entra en el cuerpo de Mariela.

Mariela atraviesa el cuerpo de la niña y come vidrio.

La escena se repite incesantemente. Uno, dos, tres, cuatro.

Uno, dos, tres, cuatro. Las líneas temporales se interpenetran; el juego de sombras que emerge y se desvanece se hace multitudinario.

Los cuatro se convierten en una ráfaga de luces brillantes, en las que difícilmente se distinguen las extremidades de las pelucas azules; los colores del semáforo, las texturas de las llantas y las capas de niebla sobre la figura inerte de Rivas.

McGunn siente una punzada en el pecho, no puede respirar.

Huye siguiendo el camino de los arbustos hasta que la fachada del laboratorio lo recibe: es una entidad más que humana.

Se siente observado por las cámaras de vigilancia, por las luces que parpadean tras las rejas de las ventanas.

La entrada principal se abre sin resistencia, como si un conjuro silencioso la hubiese convocado.

McGunn se adentra y cruza los pasillos. Lo invade una confianza cálida, próxima al orgullo que alguna vez sintió al ejercer su cargo de director.

Los pasillos se encienden al ritmo de sus pasos; el blanco de las paredes imita un cascarón tibio, dispuesto a incubar.