Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 6
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Abro los ojos. McGunn me apunta con un arma.

Vas a parar esta mierda, dice.

El reflujo, en un proyectil de vómito, cae cerca de sus pies.

Le tiembla la mano. Quiero decirle que no dispare, levantar las manos y mostrarle que estoy indefenso, pero las arcadas no se detienen, las lágrimas bloquean mi visión.

Me lanzo de la camilla buscando un punto de apoyo en el suelo. El sudor frío, el olor a perro mojado.

McGunn se acerca, sus zapatos brillantes me encandilan los ojos. Me desmayaría, pero el pánico me mantiene alerta. Al fin, logro hilar unas palabras.

Calma, calma.

Respiro por la boca, agitado. La bilis me tapó las narices. Me arde la garganta, el colon me da puntadas. Rompo los hilos de saliva con un ataque de tos. McGunn también tiene los ojos inundados de sangre, las venas marcadas en las sienes. ¿Por qué está así? Necesito ayuda.

Se acaba aquí, ¿escuchás?

Grita y le da una patada a la bandeja metálica. Salen volando un par de jeringas y un frasco de ziprasidona. Intento huir a gatas, pero finalmente me alcanza, me agarra de los pelos y, con la otra mano, me pone el fierro en la frente. Mi cuerpo se adormece, mi pulso está a punto de reventar.

Calma, McGunn. Llamemos a Mariela.

¿Mariela? Hijo de las remil putas. ¡¿Cómo me vas a hablar de Mariela?! Me tira al piso otra vez. Lanza una patada al aire, errática, y apunta al techo. Baja el brazo temblando, vuelve a enfocarme. Esta vez retrocede un paso. Me acurruco, junto las manos.

Explicame. Explicame qué pasa, acabo de despertar.

McGunn abre los ojos antes de escuchar el disparo.

Un relámpago se dibuja en la ventana, el golpe del trueno atina justo en el corazón de su pánico.

Lanza la mano al costado de la cama y confirma que está vacía.

Cuando tiene pesadillas suele pensar en Xul, en cómo acostarse con ella no estaba tan mal.

Era una pésima Exploradora, y una chica demasiado ansiosa para su gusto, pero su compañía era de las pocas cosas que le permitían dormir en paz.

Abre la persiana de su dormitorio. Teme encontrar la cabeza gigante de Lucas en la mitad del cielo.

Cuando sueña con él, suele aparecer así, decapitado y enorme: un globo aerostático sobrevolando la llanura pampeana.

Esta vez solo hay nubes grises y relámpagos, una oscuridad que no escapa a la terrible aversión que siente por casi todas las cosas.

El celular estuvo vibrando sin parar durante las últimas tres horas.

Sabe de qué se trata: el proyecto que arruinó su vida, el muerto que lo persigue, no importa cuánto tiempo pase y qué tan lejos vaya.

C-A-D-Á-V-E-R. Creó una alerta de noticias para mantenerse enterado aun cuando eso solo empeora sus brotes psicóticos y su paranoia.

Es lo que le diría un terapeuta, si tuviera uno.

Pero la cordura es un asunto accesorio cuando se vive en la clandestinidad.

Le costó un par de meses entender. Tenía que huir.

Punto. Sin despedidas ni mensajes ridículos, sin explicaciones o disculpas públicas en busca de redención.

Nadie iba a rescatarlo o a salvarle la vida: ni la compañía, ni sus colegas, tampoco sus contactos con influencia, ni siquiera la policía podía intervenir.

Nunca imaginó que firmar el contrato de director de proyectos con la NDO iba a poner en riesgo su vida. ¿O sí? Simplemente le dio igual.

En medio del insomnio, deja la cama, se sienta frente al escritorio y vuelve a lo mismo de siempre: la foto con su hermana en la secu, los screenshots de sus notas en la prensa local, los tokens y el backup eterno del holojuego.

Repasa las carpetas en su laptop, disocia, se deja arrastrar por ese trance amargo.

No le importa su postura, ni el ardor de ojos, ni la sed que le sube a la cabeza como un pitido: ese tipo específico de incomodidad, leve pero constante, un ruido blanco.

Su sistema nervioso manda todas las señales de alerta, pero no tiene con qué procesarlas.

Cada día repasa el catálogo de decisiones que lo llevaron a hundirse.

Arranca con los sucesos de los últimos años, las decisiones que tomó como líder del CDVR.

Pero si quisiera, podría retroceder más y ver el patrón de siempre: buscar el resultado más conveniente y asegurar el control a cualquier precio.

Pequeñas acciones, mentiras tan bien hiladas que pasaban de largo, algún coqueteo temprano con lo turbio.

Se convenció de que eran cosas de pibes, nada que altere el orden social ni el porvenir de un ciudadano de bien.

McGunn se levanta. No entiende de dónde sale esa voz interna de telenovela.

El aislamiento le alimenta una narrativa moralista y aleccionadora que le da asco.

Le recuerda a los sermones interminables de Xul.

Ahora que está solo, le sobra el tiempo.

Sufre de exceso de autoconocimiento. Camina hasta la cocina, pone agua a calentar y vuelve al celular.

¿Hasta dónde llega un mar de soretes? Muy lejos, al parecer.

Piensa, mientras revisa las alertas sobre Khabib y su entrevista en la Gallina Revoluca.

¿Qué delirio dice ese desgraciado? ¿Que es uno de los hombres más ricos del mundo?

¿Que está relacionado con la mafia? Una parte de él se infla con la lluvia de notificaciones: para ser un villano de ese calibre hay que ser un capo, tener contactos, estar podrido en guita.

Buena fachada. Pero no tiene nada de eso: apenas una cabaña desvencijada, una computadora llena de basura, un nombre repudiable en la esfera pública, una investigación policial en curso y algunos ahorros que se le van como agua por la pileta.

El teléfono zumba y lo deja caer. Hacía tanto que no recibía una llamada.

Se lanza al piso para recuperarlo. No alcanza a responder, pero llega a ver el nombre en el identificador: “Rivas”.

Imposible. Se queda paralizado frente a la pantalla.

Debió mandarlo la compañía, el fantasma de Lucas, o peor aún, la mafia albanesa.

De cualquier forma, hay un ser humano del otro lado de la línea.

Ya no le importa qué pasará; necesita hablar con alguien y huir de las voces que lo agitan desde adentro.

Sirve el café, pero no le da ni un sorbo.

McGunn escucha el sonido de un auto frenando en la entrada.

No puede ser. Se va corriendo a la ventana.

Ahora Rivas maneja un Jaguar. El coche oficial de todos los mandamases de la NDO.

No es otra víctima de la conspiración, tampoco un boludo como él que cayó al escrutinio público sin haber rozado siquiera la opulencia.

Deja caer la cortina y seca el sudor de sus manos con el pantalón.

No está listo para el contacto que tanto desea.

Siente que, en cuanto abra la puerta, va a tener que salir corriendo a vomitar.

Se refriega los labios llenos de cueros; tiene la boca tan seca como un Explorador.

Da vueltas por la sala, agarra la puerta como un perro ansioso.

Rivas aparece en la mirilla. Su cara hinchada, las bolsas en sus ojos, el abrigo con textura de esponjilla que no suelta.

Casi puede sentir el olor a tabaco que le pudre los dientes.

Está solo con una expresión que no logra leer del todo.

Podría ser pena, podría ser bronca. Podrían ser ambas.

A McGunn le tiemblan los dedos al destrabar la cerradura.

¿Rivas? Pregunta McGunn, sin abrir del todo.

Che, ¡cuánto tiempo! Disculpá la hora. ¿Me abrís?

La voz no cambió. Tiene la misma cadencia porteña de siempre, con ese tono medio cansado, medio burlón.

McGunn gira el picaporte. La puerta cede con un chirrido indecente. Rivas evita el contacto visual, como si ya supiera en qué va todo, como si no necesitara pruebas para confirmar que la situación es tan miserable como la imaginaba.

¿Quieres pasar?, dice McGunn, sin moverse del marco. Rivas asiente, seco. Entra con pasos medidos, es su primera visita a la cabaña.

Te vi en las noticias. Le habla, pero todavía sin mirarlo. Pensé que estabas muerto o loco.

Las dos cosas están bastante cerca últimamente.

McGunn responde apoyándose en la pared. Rivas se sienta en la sala sin pedir permiso. Apoya un termo en la mesa de centro como si fuera su casa. El gesto es tan absurdo que McGunn no sabe si reír o llorar.

¿Mate?

Dale, Rivas, dejate de tonterias. No te queda el papel de la visita. ¿A dónde quieres llevarme?

Rivas se enrojece. Es tan pequeño y redondo. Peinó con esmero los crespos canosos que todavía le sobreviven en la coronilla calva, hasta se puede sentir el tufillo a colonia.

McGunn cierra el portátil, se pone una campera y sale al exterior.

Un golpe de viento helado le corta las mejillas.

Se planta frente al carro de lujo y se ve reflejado en la ventanilla.

Carga una vejez antinatural, producto del agotamiento.

Con todo, siguen reluciendo su par de ojos azules y acuosos.

Siente los pasos apresurados, el portazo de un hombre asediado por la torpeza. Rivas se enreda con el termo en las manos, saca las llaves del coche y quita el seguro de la puerta. Ambos suben en silencio, McGunn se abrocha el cinturón y saca un Malboro, baja el vidrio mientras carbura.

Eh… vamos al laboratorio. ¿Vale?

McGunn expulsa el humo entre los dientes y suelta una carcajada lamentable.

Rivas espera una respuesta: violenta o condescendiente, nada en el medio, pero su copiloto se rinde al silencio.

Lo deja colgado igual que una nota sostenida en el aire.

Tira la colilla en la ruta, sube el vidrio y deja que la calefacción lo envuelva hasta quedar dormido, en un sueño denso e intranquilo.