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«El prójimo no me interesa. El mundo no me interesa. Pero este sótano es mi museo particular. No me lo jodas», te advirtió Rivas con una mueca de disgusto. «Grábala, que cuando regrese McGunn hay que tener el video listo, ya esta lleva casi tres días aquí y no da más».
Mariela te contó, aquella noche en la playa de Cancún (la noche estrellada como los vidrios en la boca de Soledad, o como los vidrios de los parabrisas desguazados), que su padre había recibido una copia de aquella última grabación de Soledad.
Luego intentó cantar de nuevo la nana en kansai, solo que la voz ya no le salía como antes.
Quizás estaba muy borracha para intentarlo, quizás el relato de la muerte de la hermana la había dejado sin fuerzas.
En cualquier caso, su voz brotaba como si ella misma tuviera cristales encajados en el cuello.
Se fue quedando callada y dormida (¿era aquello una trampa, una simulación?
, ¿sabía Mariela que eras uno de los torturadores de Soledad?) entre tus brazos, se le achicó el cuerpo, era solo huesos y espinas, un esternón inatrapable.
Respiraba con la misma lentitud rasgada con que lo había hecho Soledad en el sótano.
Su respiración te hizo sentir pánico. Hubieras querido preguntarle a McGunn si fue él quien envió la cinta a casa de Soledad (no dudabas que le alcanzaba la crueldad para eso), o si había sido el cara de pan de Rivas, o acaso Khabib, o si era posible que el video se hubiera filtrado desde la darknet.
Pero nunca supiste la respuesta. Hacía mucho que, como mismo no existía Soledad, tampoco existían McGunn, Rivas o Khabib.
Como si una maldición unánime hubiera arrasado con todos, el mismo año en que el cadáver de Soledad fue desechado, Rivas se había muerto dentro su propia casa, los efluvios de la taxidermia lo sofocaron accidentalmente mientras trabajaba en la disecación del cuerpo de una zorra.
Te habían contado que fue su madre quien lo encontró (¿o fue su hermana?
, ¿o su mujer?, ¿acaso podía alguien como Rivas tener una mujer, una hermana, una madre?).
Pocos meses después, a McGunn lo ultimaron en un callejón, la golpiza fue extensa y larga, alguien le sacó a patadas la mierda de las tripas (siempre creíste que habían ido a cobrarle alguna cuenta pendiente en la darknet).
La última vez que viste a Khabib, este lucía convencido de que ambos, tú y él, tenían los días contados.
«¿No sueñas con ellas?», te preguntó, «¿no te visitan las muchachas de las pelucas azules?
¿No te persigue Lulú Veletrix? Todas las mujeres del mundo tienen pelucas azules y saben lo que hemos hecho.
¿No ves cómo nos miran? Son terribles, como gigantes.
Todo el tiempo pienso en ellas. Todo el tiempo sé que me observan. Se están pudriendo frente a mis ojos».
Nunca más volviste a verlo, ni supiste de su destino.
Durante años, creíste que estaba loco, pero ahora, en este recoveco de tu culpa, en este basural de los lamentos donde Lucas Terán es solo una minúscula porción de paisaje mental arrasado, ya no estás tan convencido.
Como tampoco lo estabas en la noche aquella de Cancún, cuando abandonaste a una Mariela dormida y borracha en la arena, y huiste tembloroso, mirando hacia atrás constantemente, pues estabas seguro de que las estrellas te devolvían la imagen de una Mariela que llevaba peluca azul, una Mariela que conocía tu secreto.
La duda se transformó en sospecha y, años después, la sospecha se transformó en certidumbre.
La tarde aquella en que volviste a encontrarla (no era vieja aún, pero lo parecía) y ella te saludó tres veces con la mano en alto, temías el fogonazo, el momento preciso en que se alisara el pelo y sacara de la cartera su propia peluca de Lulú Veletrix.
Has ido a refugiarte, sin certeza de un pasado, de un futuro y, mucho menos, de un presente, en este páramo.
Eres un fantasma en su laberinto. Un vestigio, un eco.
Un muerto a cuentagotas. Un animal embalsamado en un tiempo que nunca existió, y en las vidas que has imaginado y que nunca llegaste a vivir.
Solo la culpa las hizo posibles. La culpa, y el deseo de negar tu crimen.
Has soñado que la velocidad quemaba tus ojos, y te has creído Explorador, Agente, Flor de Coleridge, padre de una niña con una marca en el rostro, esposo de Mariela, luchador contra las corporaciones, entidad heroica, entidad demoniaca, psicopompo y el último aparapita.
Pero solo abajo, abajo y más abajo se encuentra la verdad: aquí está la última madriguera del trazo llamado Lucas Terán, aquí el sótano definitivo que te apresa.
Afuera, en ese cuarto oscuro de ladrillo visto que tiene por techo una lámina de calamina, solo existen las tinieblas de esos cuerpos.
Son despojos gigantescos, todos de mujer, y aunque desesperadamente las llamas por sus nombres —Mariela, Lulú, Soledad, y tantos otros—, ninguna contesta.
Se pudren frente a ti, sin apuro y en silencio, y sus cadáveres espléndidos refulgen como cicatrices de la memoria.