Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 4 #6
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Esto no es original, digo hastiada. Ya lo hemos visto en las películas de terror. Malas pelis. Muy malas. Los demonios se meten en los cuerpos para adoptar personalidades que no son verdaderas. Las chicas hablan con la voz de Satanás, una voz múltiple, un coro abominable. Posesión se llama.

Posesión. Estoy de acuerdo.

¿Con qué carajo estás de acuerdo?, ¿eh?

La muchacha tose. La escucho escupir. Gargajos de vidrios deben estar inundando esta pieza. A pesar de la violencia de la calamina, su tos es clara e inmensa, como venida de un fondo más inalcanzable que su garganta.

Nos quedamos unos minutos en silencio. La lluvia ha amainado, pero ningún olor a tierra mojada o a vegetación húmeda penetra en el cuarto.

¿Una falla de las esporas inteligentes que usamos?

Tal vez afuera el reloj marque el tiempo de un modo más denso.

Aquí, la certeza de que podría estar parada eternamente en la oscuridad, interrogando a una invención, no me acobarda.

No hay cansancio, no hay prisa, sino la sensación de que aún puedo evitar algo y, al mismo tiempo, de que nada de lo que pueda conocer podrá definir mi destino.

Al despertar, estaré a merced de la fatalidad del mismo modo en que Soledad lo estuvo esa noche en que se pasó mantequilla por los labios porque papá había arrojado todos sus cosméticos a la olla donde recalentaba una sopa.

Con los labios jóvenes abrillantados, Sole me sonrió y dijo “ya vuelvo”.

Luego, lo que volvió de ella fue la grabación. Nunca un cuerpo.

Esto tampoco es un cuerpo, Soledad. No lo es, en absoluto, le digo a mi hermana mayor o a este amasijo de residuos neurológicos que hemos armado entre Lucas, McGunn y el primer Agente.

¿La conocían? McGunn la vio en los holojuegos nivel inframundo —“vi a esa niña, la de la mancha de vino, atragantada de astillas, esa niña que describió el Flor de Coleridge”—, pero esta muchacha que sufre y que parece gozar su sufrimiento, tal vez acostumbrada a su condena, no es una niña.

Nos poseyeron tantos hombres que perdí la cuenta, Marielita. A veces me acurrucaba preguntándome si la magia era posible. Si deseándolo con toda el alma una podía volver…

¿Volver…? A casa, ¿decís?

Volver a una misma. Achicarse el cuerpo, diluirse los pechos tan infinitamente manoseados.

Que se cerrara la vulva, que el coño fuera de nuevo un secreto, igual que un pececito: huesos, espinas, un esternón inatrapable.

Como una niña. Pero esos tipos también poseían niñas.

Ninguna inocencia, ninguna infancia te protegía.

Pensaba en vos y me decía que por lo menos vos… que vos…

No sos mi hermana. Sos una invención. Esto es un experimento, ¿sabés?

, refuto su melodrama con un esfuerzo de pretendi da objetividad que, en realidad, en esta circunstancia, me resulta inoperante.

Si la he creado o recreado, si esta muchacha atorada de vidrios dice cosas que me tocan, que me arrastran, es porque he recogido como girasoles desesperados las postales neurológicas de otros.

Y, sin embargo, su dolor es tan concreto como el hidrogel en el que mi carne ahora yace, arrojada la pobre a las fauces de mi subconsciente.

Una criatura de mi subconsciente es la que habla.

Seguro es así. Esto es una tremenda confusión.

Mejor me voy. Yo no caeré en esto… Además, no he visto tu cara. No he reconocido tu pómulo púrpura. Qué conveniente esta habitación oscura como la mugre, ¿no? Un pequeño fulgor no vendría mal, acabaría con esto que ni siquiera es un espejismo… ¿cómo podría suceder un espejismo en tanta negrura?

Y a mi voz, Mariela. ¿No le creés a mi voz?

La he sacado de mi memoria. Yo… de hecho, me parece que las he confundido, a vos, a ella, la madre que nunca estuvo.

Los mismos suspiros al final de las frases.

Podría ser tu voz. Podría no serlo. No tengo la más puta idea de si Lucas Terán, por ejemplo, escuchó realmente tu timbre.

Nunca habló de eso. Habló de palabras extranjeras, como si toda palabra dicha en esta dimensión no lo fuera...

Dijo que la niña hablaba japonés. Una cara se olvida, la voz es otra cosa.

Quizás yo te puse esa voz, esas frases, porque durante mi residencia científica en Japón me dormía escuchando nanas en kansai para acostumbrarme al laberinto de la pronunciación.

Fui yo quien contaminé las incursiones de Lucas.

Y luego él… él trajo esas tres plumitas.

¿Cómo estudiaremos este fenómeno? Qué he hecho… por Dios…

Oh, las tres plumitas, la muchacha ríe y solloza.

¿Ves? Vos respondés según mis emociones. No existís. No podés existir.

Y, entonces, ¿a qué viniste, Mariela? ¿Para qué entraste en la cabeza de Coleridge si no creés en nada?

¡Vine por pelotuda! Vine porque… Algo, un ruido inconexo proveniente de las tinieblas, me sobresalta. ¿Escuchás? Alguien más se ha conectado a este lugar .

Unos pasos inciertos, un desgajarse de hojas, un sacudirse zapatos o botas o espuelas de masoquista…

El relato de Soledad o Noimporta cómo se llame me ha orillado a pensar en eso, en jornadas sadomasoquistas.

Lucas estaba a milímetros de serlo. Durante el sexo, su mirada se volvía más oscura.

De una hondura gélida que, sin embargo, quemaba, dañaba, te reducía.

Su cadera contra mis muslos internos, el golpe definido y deseado de esos huesos contra lo mullido de mí eran el tacto absoluto del poder.

Al acabar, sudados, pero secos por dentro, arrasados por un desierto invencible, nos dividíamos.

Así lo sentía yo, un dividirse doloroso, pero necesario.

La palabra aparearse adquiría todo su sentido y toda su animalidad.

Después del sexo, una tristeza pesada nos aplastaba.

Siempre creí que Lucas se regocijaba en esa modalidad del desprecio, del uso del cuerpo.

Sí, se regocijaba como un cerdo lleno de júbilo, rodando obeso en un barrial.

La muchacha y yo nos callamos. Ella aguanta esa respiración terrible como puede. Yo me acerco a la silla para cerciorarme de que, al apagarse sus bufidos, todo ese bulto que es ella no se va a terminar de fundir con la ceguera del cuarto.

Los pasos se detienen en la puerta. ¿Será la nueva Exploradora?

¿Es que ella también se ha atrevido a conectarse a las terminales neurológicas del Agente Flor de Coleridge?

Sin mi permiso, ningún Explorador puede hurgar los sistemas de las cápsulas.

Solo yo tengo las claves, aunque ya he confesado cuán vulnerables somos en los rizomas bioinformáticos del planeta. No hay alfabeto que nos proteja.

Pero… si fuera la nueva Exploradora, no se habría sacudido ningún par de botas.

Ella suele caminar como una geisha en los pasillos de mi zona de experimentación.

He llegado a pensar que se prepara con el cuerpo físico para cuando por fin pueda adentrarse con sus pies etéreos en los vericuetos afectivos de un lugar .

No sabe que aquí, pese a todo, el cuerpo impalpable también desea, también extraña, también se caga de pánico.

No hay escapatoria, querida geisha, pienso con lo que me queda de ironía, que es la única forma que conozco de manifestar algo de buen humor incluso en el borde de esta inminencia.

La muchacha, o Soledad o Noimporta, cómo se llame, me aprisiona la muñeca.

Su mano es cálida. Está viva, existe, pienso.

Me quedo quieta. Mi cerebro funciona a una velocidad que debe haber levantado innumerables ondulaciones en el plasma fotónico.

Quizás afuera mis párpados se mueven como las alas de un colibrí.

Quién pudiera registrar el color de mi aura, quién pudiera hacer de eso un aporte a las investigaciones sobre la fusión entre quasars y energía humana lumínica.

Entonces decido que la llevaré conmigo. Sacaré a Soledad de este lugar maldito en el que la han confinado. La sacaré.

Te venís conmigo, declaro, llena de una determinación amorosa que me duele en el pecho.

La obligo a incorporarse. Comienzo a caminar hacia donde mis hombros o mis caderas recuerdan que está la puerta de este jodido antro, aun cuando es ella quien me mantiene sostenida de la muñeca, como deteniéndome.

¿Estás segura de que yo… soy yo?

Quiero responder “no importa”, pero mi entropía cerebral lo impide a tiempo, en una milésima de segundo.

Además, quien sea que se haya atrevido a conectarse con el mapa neurológico de Lucas está abriendo la puerta, avanza unos pasos.

Intento ponerme delante de la muchacha tanto como me lo permite el cálculo corporal en la oscuridad. La protejo. No sé de qué.

Quien ya debe estar en el centro de este cuarto absurdo jala alguna cadena, ¿de una bombilla? El tintineo lo confirma. La mano de la muchacha se crispa en mi muñeca. Es una garra. Los dedos de una anciana.

Me doy la vuelta un segundo para intentar hablarle despacio, decirle que aquí ya nada nos puede pasar, que los estigmas del cuerpo han quedado en la piel de afuera.

Que no puede haberse creído las atrocidades que vociferaba nuestro padre en un intento de pringarnos también a nosotras de su ignominia: su madre la ofreció a una de ustedes a su dios, a ese demonio de mil siglos, Arihman…

secta de imbéciles . Nuestra madre, simplemente nos abandonó, quiero explicar, decírmelo a mí misma.

Era tan solo una mujer, no una sacerdotisa de ningún advenimiento. Una cojuda, eso.

No alcanzo a decir nada. Una luz violentamente blanca, aun más cegadora que las tinieblas, intransmisible a la escritura de un informe, explota de golpe.

Antes de calcinarme las retinas, antes de cortar por toda la eternidad el cordón umbilical que me ata a la verdadera Mariela, esa luz del horror revela por fin, por un instante, el rostro de la muchacha, enmarcado obscenamente en una peluca azul.