Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 4 #5
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Sin embargo, regreso a la misma cercanía.

Temo que el cuarto diluya este recuerdo en formación.

¿Conoció Lucas a esta chica? ¿Quién es? Él insistió en la presencia de una niña que deglutía vidrio como si fueran chispitas de caramelo…

Y en otra de sus exploraciones llegó a atestiguar el asesinato de una mujer desnuda a quien un soldado pateaba en el vientre en una fiesta.

Fue en ese momento que Lucas perdió el control de sus travesías por los espacios de experimentación.

Llegó a afirmar que, en la sintonía que nuestro edificio emite en los parlantes internos de los ascensores, escuchó con nitidez incuestionable la misma publicidad de radio de una marca de jabones que había oído en una de sus travesías.

Una de la que ya había hablado también Khabib.

Según la investigación que le encargué a un becario, ese producto dejó de fabricarse en la década del sesenta y no quedan grabaciones de esa publicidad.

Las psicofonías nunca estuvieron en nuestras variables es el apunte que tomé en los archivos Nous.

Lucas estaba ingresando en un sembradío de incógnitas.

Los mecanismos de discernimiento entre bit neuronal y pulsión psíquica no lo ayudaron demasiado.

Lucas, Lucas… siempre demasiado emocional, y a un mismo tiempo, opaco; un tirano de su interioridad.

Lo que me ha dejado para recorrer es este collage gore.

Nadie pagaría por hacer turismo en este paisaje de pesadilla donde te esperan monstruos.

Claro que, tampoco, nadie me ha obligado a estar aquí, a adentrarme en los harapos mentales de Flor de Coleridge.

He venido convocada por la inquietud que percibí en McGunn —“vi a esa niña en los juegos a nivel inframundo”— y, sobre todo, por el informe final de Lucas:

No nos adentramos en los recuerdos de los demás sin pagar un precio, y no me refiero a los altos costos que los turistas tendrán que amortizar para aventurarse a esas exploraciones en la intimidad muerta, sino a que la limpia impunidad psicológica no existe, no puede existir.

Penetramos en los remanentes de actividad neurológica y abrimos una terrible caja de Pandora.

Nos convertimos, sin buscarlo, en testigos de crímenes.

Y, como testigos, al volver al plano real tenemos la obligación de denunciar.

¿A quién le importaría saber que un sujeto recuerda que a su abuela la estranguló el cinturón de un soldado?

Soldado y abuela están muertos. Aun así, ¿podemos considerar turismo biológico a ese paseo por el dolor de perfectos desconocidos?

Desconocidos que son polvo en tumbas que ni sabríamos dónde encontrar.

No lo sé. Pero aquí lo registro, lo denuncio, porque esta inmersión en vidas que se agusanan en las mentes narcotizadas por enzimas cadavéricas nos contaminan.

Sí, nos contaminan. Quien “pasea” por esto “lugares” no vuelve igual.

Hay algo de asesino o de víctima que se integra a tus células.

¿Qué hacemos con este contagio? Y, fundamentalmente, ¿son estos jirones de memoria el mapa del infierno?

, ¿perviven aquí los sacrificios olvidados?

¿Perviven aquí los sacrificios de los olvidados?

Nosotros, mi padre y yo, nunca olvidamos a Soledad.

De hecho, pongo la mano en el fuego a que papá decidió largarse de esta existencia para ver si en ese cruce de umbral encontraba en algún sitio a su hija mayor.

Papá era ateo —incluso este deambular en los recuerdos sin respaldo de gente desconocida le habría parecido abominable, demasiado rebosante de fe, de distracción inmaterial—; de todos modos, se arrojó a una búsqueda sin mapa, sin linterna, sin pasaje de retorno.

Yo tampoco tengo pasaje de retorno. Afuera de la cápsula en la que ahora levito, arropada incondicionalmente por el magma sintético, no hay otra Mariela que vele por mis reacciones, que compare mi presión arterial con la dinámica neurológica, que registre la dilatación de mis pupilas con la vibración de las ondas delta.

Mi cuerpo etéreo está solo en este cuarto negro.

Mi carne reposa en la cápsula como única garantía de que aún pertenezco a la vida. A la vida como la conocía.

He estado parada junto a la muchacha, escuchándola respirar como un animal. ¿O soy yo quien respira así?

¿Por qué estás aquí?, pregunto.

¿Estás muerta?, insisto. Y me corrijo, aunque lo absurdo no tiene compostura: Lo que quiero decir es que si sos el recuerdo de alguien…

pero aún estás viva allá, afuera. Perdoname…

No tendrías cómo saberlo. Vos no sos la que se ha metido aquí voluntariamente.

Lucas o el primero te introdujeron en sus psiques y ahora yo intento entender este delirio secundario, o terciario, o esta mierda…

La muchacha solloza.

Sacame, dice. Sacame de acá, suplica.

Yo… no sabría cómo hacerlo. Solo puedo sacarte en mi memoria, ¿entendés? Y… ¿qué harías con eso? Pero, vos… ¿podés pararte?

Palpo el respaldar de la silla para saber si tiene las manos atadas.

Es lo que se me ocurre. Una muchacha que sufre, que tiene la lengua sembrada de espinas de cristal, que me suplica que la rescate, tiene que estar inmovilizada.

Me sorprendo tremendamente cuando siento sus dedos en mi propia cara. Aguanto la respiración, me dejo tocar.

Mariela, dice. ¿Ya conociste el mar? Soñabas con patinar en un mar congelado, que hubiera quedado patitieso con las crestas levantadas, vos…

¡¿Eh?! ¿Cómo sabés mi nombre? ¿De qué mar me hablás? Yo tengo que estar contaminando este lugar . Vos no tenés vínculo conmigo.

¿Te gustó más el mar paralítico que las estrellas fugaces? Cómo te gustaban, Marielita. Adorabas el cielo.

¡Qué carajo! Esto no…

Esas estrellas allá parecían salpicaduras de vidrio, como esto… ¿Querés acaso saber qué es esto?

La voz de la muchacha parece estrenando ternura.

Y porque recién la estrena, esas palabras enloquecidas se desbarrancan pronto en la ironía.

Pero en este instante, lo que arrasa con mi cordura es que ella sabe mi nombre y ha traído a esta conversación tesoros de mi niñez, cosas que solo para mí tenían valor.

Quiero, digo con una determinación que he sacado como un as bajo la manga de alguna parte de mí.

Qué poco me conozco, qué a expensas de mí misma estoy.

Quiero saber tu nombre, insisto casi con maldad.

Y quiero saber qué hacés acá y por qué me hablás de mis propios recuerdos.

El lugar de travesía, al fin y al cabo, sos vos, no yo…

Esto, dice la muchacha con su voz rajada por los vidrios, esto fue mi cena la noche que intenté escapar.

Escapar… ¿de aquí?

No, no. Este cuarto es como el mar helado que te gustaba mirar en las postales que enviaba ella.

Ella…

Nuestra madre, Mariela. Nuestra tan soñada madre.

Claro, las postales. Los sitios inalcanzables, los rituales en los que se veía tan libre, las fotos sin nosotras… sin mí. Porque vos…

Esto es algo creado. Yo no estoy aquí.

¿Quién te puso aquí? ¿Lucas Terán? ¿Fue él?

Lucas, Pedro, Matías, qué importa. Nombres.

Aquí yo también perdí mi nombre. Me lo cambiaron.

Soledad era un nombre grande, como un barco.

Eso decía nuestro padre. Me pusieron un nombre que no importa.

Sí, eso. Me llamé Noimporta durante mucho tiempo.

Y llamándome así, vaciándome de los “Sole”, “Sol”, “Solecita”, que me llevaban dolorosamente a los días felices, pude aprenderme otros nombres.

¿Otros nombres? Soledad… Vos…

Como yo, muchas se llamaron Noimporta. Algunas también comieron vidrio.

Las que intentaron irse. Zoe, Yakhla, Enola, hubo incluso una Mariela…

pero ella no amaba ni el mar ni el cielo.

Querían volver a casa. Les rasparon sus nombres con una navaja.

Te vamos a amputar el nombre, decían. Te obligaban a usar disfraces asquerosos.

Y si te entercabas, te traían el puré de vidrios.

¿Vos te acordás cómo nuestro padre envenenó al perro de la vecina?

Yo fui ese pastor alemán, yo supe del fuego de esquirlas haciéndote mierda las tripas.

De los calambres inhumanos. De estar habitada por un rayo.

¿Qué querés? ¿A qué viniste? ¿A cuidarme, decís? Niña, niña…

Quiero ver tu cara, Soledad o como te llamés. Inventada o contaminada, ¡me cago en la puta! ¿Nunca hay luz aquí?

Doy vueltas como una loca en el cuarto feo.

Me duelen los párpados de tanto forzarlos a ver lo que no está.

Sé que en el afuera provisional hay un sol anémico que le frota el lomo al Mercedes.

¿Por qué no consigo traer un poco de ese resplandor a este maldito espacio?

¿No basta acaso con quererlo? ¿No es este el reino de los inventos psíquicos, el parque de diversiones donde los traumas se convierten en flores?

A tientas, busco una ventana, un ladrillo desvencijado, algo que forme una grieta por donde entre la luz. Necesito ver la cara de este delirio.

A mis espaldas, Soledad o cómo se llame ahora o, por último, Noimporta, vuelve a respirar como una bestia.

Eso y el ruido de los primeros goterones sobre la calamina me producen vértigo.

¿Quién y por qué habrá guardado este aguacero en la memoria?

¿Ayudaría esta agua a limpiar las huellas de un crimen, quizás sobre el metal del Mercedes?

Si quiero, puedo salir de aquí, pienso. Aunque ya no estoy segura de que en estas circunstancias neurológicas me alcance la función volitiva para irme, para volver a mi cuerpo físico.

Este cuarto infernal no tiene ventanas, protesto.

Acá nunca hubo ventanas, dice la muchacha cuya identidad es ahora un problema. Un enorme problema. Me resisto a quererla. A desear abrazarla.