Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 4 #4
33%

4 #4

¿Cuerpos etéreos dijiste, Mariela?, por favor.

Si McGunn me escuchara. Pero luego de observar durante tanto tiempo el comportamiento de las ondas cerebrales al apagarse definitivamente y de detectar una correlación inmediata con las tonalidades que adquiere el magma de las cápsulas donde levitan nuestros zombis, solo puedo pensar que hay algo más que emite el cuerpo en ese abandono final.

Si dijera alma , no estaría aquí, jugando con la mía al hacer de las sobras de cuerpos ajenos elementos de ensayo y error.

No tendría perdón. Pero no tengo alma. Quizás esto otro, esta persistencia de la memoria, del cuerpo y su querido calor, esta aura que tiñe la gelatina de las cápsulas, quizás eso sea la emanación final y ulterior de una identidad grabada en las neuronas.

No se trataría solo de que las neuronas por fin se agoten, sino de que su capitulación debe dejar un registro por fuera de la piel que ha contenido a una persona.

Avanzo sin peso por el paisaje ralo al que Lucas volvía una y otra vez, en el afán por reconocer cómo sucedía lo que él llamó “transmigración” y yo catalogué rápidamente como “contaminación”.

Transmigración o contaminación, lo cierto es que mientras esto que soy yo, este cúmulo de percepciones sensoriales, esta noción de ser y estar cuando soy consciente de que mi cuerpo permanece quieto en una cápsula, no registra ninguna otra cosa que no sea la del Mercedes como un rey descolocado en un imperio de devastación.

La sensación que me embarga es la de quien ingresa en la vibración de una profecía.

Solo que no sé de dónde vengo, si del pasado o del futuro.

Sé que en este lugar lo que ha sucedido ya está y, sin embargo, aún tiene la potencia de una premonición.

Esta ambivalencia insoportable es lo que me envuelve.

Muevo las manos con más soltura de lo que imaginé que acontecería en una experiencia así.

Busco dentro del Mercedes a ver si encuentro algún rastro que me conduzca a la niña.

Lucas dijo que en cada incursión encontraba alguna pieza más del rompecabezas: una peluca azul, las astillas de vidrio simulando hormigueros, una zapatilla de chica que no le quedaría ni a Cenicienta.

¿Y qué imagen se va formando en tu rompecabezas?

, le pregunté la última vez con una desazón que supe disfrazar de ironía.

Ninguna, dijo Lucas con la sequedad de siempre.

Jamás se sentía presionado por aportar alguna lógica convencional a sus conclusiones.

Hablaba en un idioma tan suyo que más de una vez le hicimos pruebas de divergencias, pero en cada ocasión solo nos enfrentamos a una personalidad huraña.

Por lo demás, sentíamos que reunía la valentía suficiente para viajar por los recovecos mentales de los zombis.

Ahora el zombi es él y yo viajo por las cicatrices de su memoria.

Más allá, donde el sendero amarillo termina y lo que al comienzo son plantas ralas que se ensanchan en un pequeño bosque, distingo una casa.

En realidad, no es ni propiamente un bosquecillo, sino el amague de un monte, plantas feas que los recuerdos de Lucas han mezclado aquí sin la más primigenia estética.

Vegetales como monstruos. Tampoco es una casa.

Es un cuarto de ladrillo visto que tiene por techo una lámina de calamina.

El solcito astringente que me ha heredado Lucas rebota sin ganas en el metal embaucándome: entrá, es aquí.

Barro con la mirada el entorno. Soplo el polvo que pulula en todo este paisaje desangelado, pero nada se inmuta.

No tengo una respiración verdadera. Esto no es uno de esos holojuegos avanzados con opción de experimentar un ataque de pánico.

Quizás he venido en vano. Quizás esa memoria del lugar al que conectábamos a nuestro Explorador era una revelación que se apagó como el cabo consumido de una vela en cuanto el visitante desarrolló apegos.

El trabajo neurológico retroalimenta y organiza los apegos con sustancias que recién estamos comenzando a conocer.

Espiritualidad química. Mi ansiedad debe haberme jugado en contra.

Aquí no hay nada para mí.

No está la niña.

Y, pese a ello, la sensación de acercarme al cruce de algo, a la intersección de tiempos, no me abandona.

Debe ser esta suerte de renovada fe lo que de pronto habilita esto que de manera consciente y científica llamaría orondamente una “manifestación psíquica no controlada”: flotando en este tubo de ensayo que es la mente dañada del Agente Flor de Coleridge, distingo las tres plumitas grises.

Están tiesas. Pero a mi tacto, que es un tacto vicario, el tacto de unos guantes de goma, las plumas se ablandan. No me asombraría que, de ellas, de su patrón celular, fuera formándose un pajarito. De la parte al todo. De la vida a medias a la euforia de la muerte.

Me llevo las plumas en la mano izquierda. No sé si serán el signo de algún pacto, si me salvarán de algo en este delirio, pero es lo único que me ata al afuera, a la exterioridad.

Entro en el cuarto feo. La oscuridad es tan negra que parece sólida.

Esta tiene que ser una oscuridad falseada por la experiencia del Explorador anterior, es decir, por Lucas.

Quizás el Agente original, el que inscribía en sí el lugar que Lucas visitaba, solo registró una penumbra amable y fresca, pero lo que ahora me engulle es una tripa ciega, donde nunca entró la luz.

Los espacios preservan la reverberación de las ondas sonoras, cargando el ambiente de una energía que se siente en la piel, como minúsculos golpes secos.

Pero —y esto lo aprendí en Japón— la luz, los fotones, también permanecen en un lugar oscuro, atrapados en sus propias cápsulas cuánticas; eso explica que, aun estando en un sitio sin ventanas, el cuerpo sepa que afuera es la mañana, el atardecer o la noche.

No es con los ojos que vemos la luz, lo compruebo ahora.

Las fauces de esta habitación me reclaman y yo ni siquiera puedo torcer el cuello y mirar hacia atrás.

Imagino que el Mercedes sigue allí como única extraña compañía en esta incursión bastarda.

Me dejo tragar por el cuarto. Camino dentro de esta pulpa negra con los brazos tensos, las manos abiertas dispuestas a chocarme con lo que sea. Pero ahí no hay nada. Un lugar dentro de otro lugar. Una matrioska maldita.

Desde afuera, el cuarto feo no era más que un cubículo reducido, pero adentro parece no tener fin.

Una respiración rítmica, apalancada por profundas inhalaciones me pone en alerta.

¡Hay alguien más en este sitio! Aguzo el oído y, guiada por esa forma angustiosa de atrapar el aire, me dirijo hacia donde presiento que aguarda la criatura, voy hacia ese ser desconocido.

¿Será la niña? ¡Tiene que ser la niña! Es cierto que las inspiraciones son roncas, pero el vidrio puede haber raspado su garganta.

Además, sería natural, en estos niveles, que la actividad neuronal de Flor de Coleridge hubiera contaminado los recuerdos del cerebro primario con los suyos.

Una criatura inocente que respira como una bestia sería lo esperable.

Pero ¿qué es realmente lo esperable?

Tropiezo, o creo que tropiezo, con la pata de una silla.

Sé que me detengo por voluntad propia un segundo antes de tropezar…

de modo que debo estar creando un recuerdo.

De no conocer las flaquezas de este proyecto, atribuiría este gesto a los despojos neuronales de Lucas Terán, hoy convertido en lugar de turismo biológico.

Esta “manifestación no controlada” —para volver a los términos que McGunn prefiere antes de aceptar que hemos entrado en territorios peligrosos de…

del alma, supongo— es de todas maneras una revelación, tiene que estar diciéndome algo.

¿No dije que me arrojaba como una mártir católica a la bruma de la profecía, a su ambivalente transparencia, que muestra y que oculta, que deforma y detalla?

Creado el recuerdo, tengo el deber de entregarme a él. Soy una sierva de mi subconsciente. Nada más.

Tengo que vencer mis fobias al contacto físico. Esta radical oscurana favorece la transgresión. Tengo que hacerlo.

Estiro la mano derecha buscando la boca de eso que respira. Ya no estoy segura de que sea la niña.

Una cabellera áspera, enredada, tal vez larga, comienza a darle forma a alguien. ¿Es esto mi creación o la memoria agujereada de Lucas? ¿O acaso el residuo del Agente primario?

Me entrego por completo al tacto. Mi mano, una cosa viva, autónoma, recorre a la criatura.

No es la niña.

Aunque tiene los labios y las mejillas salpicadas de vidrio molido, como si se hubiera comido uno de esos conos de hielo raspado con jarabes de sabores, no es la niña.

Lo sé porque los ángulos de ese rostro que recorren mis dedos son filos, descarnados por algún sufrimiento.

Me detengo en el pómulo izquierdo. Rodeo suavemente el cuello.

La piel es joven, las clavículas tensan una piel quizás adolescente.

Mis dedos nerviosos siguen palpando a la criatura, toco unos pechos pequeños. Está desnuda y da un respingo.

Tranquila, digo. Solo quiero saber quién sos.

La muchacha tose. Me aparto un poco ante la posibilidad de que vomite o que me escupa vidrios.