Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 4 #3
30%

4 #3

Por suerte no dejó familia, digo para rajar el iceberg que comienza a emerger en el espacio permitido de nuestros cuerpos, que será de medio metro.

No tolero que se me acerquen más. Incluso con Lucas yo recorría esforzadamente, centímetro a centímetro, la distancia abisal que separaba nuestras respiraciones antes de vencerme a mí misma, de soltar eso que me ataba a un vacío.

Por lo menos el sexo era un olvido. Un olvido de mí, un viaje, un descenso milagroso.

Ahora, en cambio, la visión de Lucas levitando me produce otras emociones.

Nada tienen que ver con él. O no de un modo directo.

Él es el medio, el lugar , el puente inevitable.

Los Agentes reposan desnudos para que cualquier mínimo cambio en la fachada de sus organismos —porque son eso, fachadas, máscaras, epidermis todavía viva por virtud del oxígeno, pero que refugian un relleno también sintético, igual que el magma, plástico por afuera, plástico por adentro—, cada déjà vu sea detectable en el instante.

Ya nos pasó con una anciana, le brotó del vientre una tenia desesperada.

Sin alimento, el parásito había terminado masticando por dentro la piel.

¿Que cómo es que no la identificamos antes, en el proceso de vaciamiento?

Porque no estaba allí, no en la cueva desalojada del vientre, sino en el cerebro.

Al inyectar los estimuladores neurológicos, la tenia hizo lo suyo: migró, bajó por el tubo inútil del esófago y se enroscó durante un tiempo hasta que el hambre, como a cualquier criatura de pulsiones básicas, la obligó a buscar una salida.

Entonces, el bicho se simbiotizó con la cáscara dérmica hasta horadarla.

Asomó un extremo de ese cilindro que la conformaba y nos pegó el susto de nuestras vidas.

Porque uno puede ver un hemisferio del cerebro resucitar por completo por unos diez segundos, al punto de permitirle al lugar recuperar un gesto más pleno de identidad personal, y eso, lejos de asustarnos, nos entusiasma, nos baña dulcemente en adrenalina.

Pero una tenia, ¡por Dios!, ¿quién quiere imprimir en sus recuerdos la visión de esa lombriz asquerosa emergiendo como un feto malamado del vientre de una anciana?

No sé qué más ha estado comentando McGunn. Intento rebobinar a la velocidad de la luz sus últimas palabras, el movimiento de sus labios, pero solo reconozco “vidrios”. Eso es justamente lo que me espabila. La palabra al trizarse.

Todavía estamos indagando. Pero, honestamente, no hay mucha gente de confianza que tenga pericia con los holojuegos a nivel inframundo.

La Mental Health for Humanity hizo mucho alarde con los brotes psicóticos y las pruebas, irrefutables, según ellos, del elemento causal.

Pero ya me ves aquí, más alerta que un faro en el fin del mundo.

Sí, claro.

¿Eh?

Nada, nada… Sabemos que esa organización tiene amos. Que los holojuegos a nivel inframundo solo funcionan como estímulo adyacente si hay psique problemática de base. Y claro que no es tu caso. Vos jugás para distenderte. Para mí sería lo contrario.

Por eso me llamó la atención que una de las encarnaciones disponibles tuviera todas las características de la niña que nos describió la florcita de Coleridge durante su séptima incursión.

Recuerdo bien la descripción: ocho a diez años, pelo negro, dientes delanteros grandes, lunar de vino en el pómulo derecho, y la boca ensangrentada.

Ahí estaba también el vidrio molido, como una sonrisa superpuesta a su boquita. Qué te digo, me helé.

Y vos estás pensando…

Que nos roban información, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría ser? Nunca he sido de aporías y esos otros distractores de las ciencias esotéricas, como la psiquiatría o la parapsicología, que son la misma cosa.

Pero esa información…

¡Es nuestra, carajo! Pudo haber sido este mismo blandengue, dice McGunn, señalando con desprecio infinito al cuerpo casi ingrávido de Lucas.

Respiro profundo. Siento cómo la polución de las palabras, de las ideas, de las ambiciones de este hombre, invaden mis pulmones.

Si en este mismo instante yo también semimuriera por exceso de carbono, me reservaría la postal de mi asco para él.

Vení, McGunn, le suplicaría de algún modo, entrá, entrá en mí, entrá en mis ruinas, recogé una piedrita forrada en la radiación de este odio.

A su toque verás que en los harapos de mi psique te tengo reservada esta incurable abyección.

En mi opinión, los recuerdos fragmentarios que los Exploradores recogen en sus incursiones no son estrictamente de nuestra propiedad, digo de pronto, con un ánimo de batalla que me es novedoso, yo suelo librar mis guerras a mente cerrada.

¿Ah no?

Son cosas, experiencias, sueños, qué sé yo, que les sucedieron a los que ahora están semimuertos y que nos permiten ampliar lo que conocemos de la vida, ¿no es verdad? Ese es el propósito de este proyecto. Si esas imágenes luego forman parte de una memoria colectiva, está fuera de nuestro control.

Está dentro de nuestro control. ¡Mariela, por favor!

¿No has leído las cláusulas? Todo lo que detectamos de la actividad neurológica residual de un cerebro que hemos comprado pasa a nuestros archivos.

Si luego queremos vender esos impulsos a otros soportes, para el diseño de holojuegos o de sala de torturas del gobierno o de lo que sea, es un derecho de propiedad privada.

Creo que reclutar a Flor de Coleridge fue un desacierto.

No era un tipo confiable. Si mal no recuerdo, vos nos pasaste su información…

¿Me estás acusando?

¿De qué? ¿De que no aplicaste con objetividad las pruebas de reclutamiento?

De eso puede ser. Quién sabe por qué pelotudas razones, pero a vos Coleridge…

, Lucas Terán, te caía bien, lo reclutaste, le permitiste una y otra transgresión a las reglas de los Exploradores y ahora intentás limpiarle lo que le queda de cara asegurándome que él no tendría las agallas de recoger las experiencias ajenas para traficarlas.

De eso quizás te puedo señalar algo, Mariela.

Pero no voy por ahí. Quiero saber si alguien está tomando nuestro diseño para crear algo mejorado.

La niña que vi en mi catábasis, estaba viva.

Yo podía sentirlo. Hasta sentía el horror del vidrio trizado en mis encías, arañando mi garganta.

Fue el vómito lo que me salvó, porque esos holojuegos te suben al plano básico en cuanto detectan actividad intestinal de cualquier tipo.

Esa niña… ¿te interpeló?

¿Interpelarme? No sé de qué hablás, Mariela.

La muchachita de pronto adquirió otro semblante, más maduro.

Casi de adulta, ¿sabés? En los holojuegos nivel inframundo estas cosas suceden de un modo más exagerado.

Uno puede ver cómo a una encarnación le crece un jardín de cuernos en la columna vertebral y ese tipo de cosas.

La mutación de la niña fue… no sé cómo codificarlo… Más obscena.

Vaya…

Pero bueno, Mariela. Te he detallado todo esto para que dimensionés la necesidad de apurar nuestros procesos. Si otros nos ganan, no nos alcanzarán tres vidas multiplicadas para pagar el embrollo en el que nos meteremos. Son inversiones gigantescas. Nos tienen fe, ¿te das cuenta?

Sí, sí. Nos tienen fe. Lo has dicho. Fe.

McGunn por fin se marcha. Sabe que ha visto lo que Lucas vio.

No solo la presencia sin pasado ni futuro de una muchachita deglutiendo vidrio molido, sino la evidencia de horrores intransferibles.

Horrores que nadie pagaría por ver. Horrores borrados, diluidos en ácido, pero que se dan modo de regresar en las últimas dendritas de la basura cerebral de alguien.

Una vez calculo que McGunn ha abandonado las instalaciones, ingreso en la cápsula gemela, la que me conecta al lugar que me apronto a visitar, y cierro los ojos.

He programado el ensamblaje total para que suceda en veinte segundos, para que no me dé tiempo de arrepentirme.

Un calor que no lastima, pero que avanza como si me hubieran vertido leche tibia en el bulbo raquídeo, me obliga a buscar la posición fetal.

Con razón los Exploradores se acurrucan así.

No es el sueño inducido, es una vocación del cuerpo, una kinesis nerviosa.

Eso es todo lo que alcanzo a dilucidar. El resto es viaje. Un viaje hondo, deseado, definitorio.

Agente Flor de Coleridge

Ahí está. Como un rey exhausto, un rey de lata, el viejo Mercedes domina ese cruce de caminos.

Lucas lo describía casi en estado de trance, encandilado por su belleza maquínica.

Alrededor, casi nada. El sol no es más que un estetoscopio sin uso, polvoriento.

O mejor, un espéculo, eso. Un espéculo que ha ingresado en la intimidad pudorosa de este lugar.

Lo he traído yo. He traído esa mirada lasciva conmigo.

Quiero ver lo que Lucas Terán vio, bajo este mismo sol psíquico, este sol de los semimuertos.

Y no es que yo hubiese dudado jamás de su relato.

Sus exploraciones siempre estuvieron bien monitoreadas; con el potencial hipnótico de los fármacos que optimizamos, no había por dónde se fugara.

No vine, pues, a comprobar ni a vivir con mis propias terminales neuronales la experiencia del turismo biológico.

A la mierda con esas exquisiteces de millonarios.

No usaría a Lucas, a la borra espesa de su cerebro, por mero entretenimiento.

De hecho, cuando regrese, si regreso, yo también publicaré un informe.

Yo también cavaré el piso que sostiene a McGunn en la industria de la experimentación con los cuerpos etéreos.