4 #2
Debió ver en mí una mirada distinta. Él, mi padre.
Y es que yo me quedaba largo rato observándolo, registrando el modo en que ponía agua del grifo en la tetera, por ejemplo.
O el modo en que ladeó el cuello, una mañana, para desahuciar a la plantita que nos hacía compañía desde una repisa de la cocina.
Supe en qué momento exacto decidió dejar de regar esa maceta minúscula, como un dios ordinario que hubiera amanecido borracho y quisiera destruir de forma arbitraria algo insignificante, por el mero hecho de serlo.
Me encontró estudiándolo. Tal vez pensó que medía su abandono.
Al fin y al cabo, que te deje tu esposa para marcharse con un grupo de canalizadores de las pléyades debe ser una de las formas más insoportables de la humillación.
Que no vuelva jamás , lo encontré hablando solo, o, mejor dicho, hablando sin tapujos con un vaso de whisky.
Que se quede con los adoradores de Lucifer, a ver si el fuego eterno le…
la cuece… le cauteriza eso que… esa tanta insatisfacción .
A mí me quedó un eco inapagable de esa palabra, cauterizar ; el título de mi artículo de graduación fue un homenaje a las posibilidades biocuánticas de ese término: Cauterización de llagas en la interfaz alucinación-experiencia holobiofísica .
Nada de esto había impresionado positivamente a mi padre.
Menos mal que se hizo la más pura ausencia antes de que McGunn me reclutara .
Claro que, mucho antes, cuando a Soledad la apodaron la “astronauta”, papá no supo cómo estar presente.
Sus maneras de ejercer una paternidad viuda eran performances dominadas por la hybris.
Esa última noche, lo recuerdo como si lo viera, había arrojado los cosméticos gastadísimos de mi hermana en la cazuela donde recalentaba un caldo de días.
No le importó que Sole los necesitara para cubrirse “los congénitos defectos”, como ella misma decía.
La casa se llenó de un olor a frutilla, el olor del gloss barato con que ella aliviaba sus labios siempre resecos y, aun así, jóvenes, capaces de estirarse sin rencor en una sonrisa melancólica.
¿Lo juzgo? Sí, como cualquier hija. Aunque no soy cualquier hija.
No es desde ese lugar que he emprendido este camino.
Soy hermana. Una huérfana de hermana. Una hermana abandonada.
“Astronauta”, le decían en un susurro viciado.
Soledad sonreía, algo drogada, algo dulce.
Pronto tendría diecisiete. Yo ya quería llegar ahí, a esa juventud descolocada, para estar juntas, para cuidarla por fin.
No tenía muy en cuenta que siempre nos separarían siete años.
Que era ella quien me cuidaba. Esto no lo vas a tocar jamás, esto mata, me adiestraba, meneando una bolsita que guardaba entre su ropa interior, esa ropa interior curtida porque la plata que debía para ser para ropa, para gustitos de chica, como decía papá, era para seguir viajando a su propio cosmos. Lejos, inalcanzable. Demasiado etérea.
Yo también quería ser astronauta. Miraba el cielo, las estrellas fugaces que a veces se chorreaban, raudas, por ese gel impenetrable.
¿Por qué te dicen “astronauta”, Sole?
Ay, vos. Siempre tan preguntona.
¿Creés que allá hay pájaros?
Claro, mirá estas plumitas, son de pájaros lunares.
Y era cierto. Soledad, mi hermana mayor, se arrancó la soguita hippie que le colgaba del pescuezo y que simulaba un atrapasueños: eran tres plumas grises, como si hubieran pertenecido a un pajarito triste, alguien que no sabría ni trinar.
Tres plumitas desoladas como mi hermana mayor. Tres tristes tres. La prefiguración de lo que Lucas traería con todas sus moléculas de las incursiones en ese pantano en que se habían convertido los jirones de memorias de los Agentes.
Lucas, ahora Agente Flor de Coleridge, flota en su cápsula.
Les dejamos el cuerpo —aunque desalojado de tripas y órganos— para que la visión de una cabeza solitaria, decapitada, no constituya un boicot estético cuando llegue la hora de comercializar el proyecto.
Esa es su única utilidad: la evocación de lo que una vez fue una persona y que ahora es un lugar de turisteo emocional, una indagación en destellos de vida, sin sintaxis, sin origen.
Es lo que siempre le repetía a Lucas, que no viera a los zombis levitantes como personas con residuos de actividad cerebral, la luz en el plasma fotónico no era el trazo de una luciérnaga encerrada en el cráneo que prometiera la posibilidad de una resurrección.
No son personas, le insistía yo. Lucas me miraba como si me desconociera, como si no tuviéramos, incluso, una historia en común, unos meses que fueron intensos y que habían perdurado —yo lo sabía— en su corazón.
Ese mismo corazón que hace tan poco incineramos junto al resto de sus menudencias, como si de deshuesar a un pollo se tratara.
Pero qué es el corazón de un hombre. A un macho me refiero.
Un bollo de misterio anidando gusanos sin ojos en la vena magna.
Es decir, un corazón sin respuestas, algo para calcinar junto al hígado.
A Lucas lo conocí recién divorciado. Tenía esa actitud de huérfano arisco que yo detectaba en mi propio padre.
Quizás por eso me atrajo y quizás por eso viví los meses anteriores a mi viaje como si yo misma estuviera desahuciada.
Me gusta tu intensidad, decía Lucas. Quien está definido por una muerte solo puede pararse en el radio apretado de la intensidad.
Todo lo que ocurre por fuera de esa gravitación es insípido, absurdo.
Nos atraíamos, pues, imantados por algo especular.
Miro la cápsula de Lucas. En la base, la etiqueta metálica lo identifica: Flor de Coleridge .
¿Lo identifica? ¿Lo amenaza incluso en ese interregno en el que perviven sus neuronas?
Nuestros zombis son como olas detenidas por un frío glacial.
Una vez vi unas cataratas congeladas, como si un dios científico hubiese dicho “¡eureka!”, descubriendo que el tiempo, el verdadero tiempo, no es continuidad, sino el radical detenimiento de un gesto de la materia: una mariposa en vuelo, mejor si es negra, para que el color no actúe como una falacia. Eso es Lucas ahora, una interrupción.
McGunn me saluda a través de los vidrios de mi zona de experimentación. La suya queda en el otro extremo de nuestras instalaciones.
Hola, ¿todo bien?, pregunto, intentando disimular mi hartazgo.
McGunn me ha sacado de mis cavilaciones, de esa sensualidad mental que a veces me arropa, y eso me molesta.
Es mi jefe, sí, pero está tan desesperado y tan hambriento de las prometidas ganancias, que se ha puesto él solo en una relación de dependencia.
Si por cualquier motivo me marchara, McGunn no podría hacer la cadena de seguimiento que la Mental Health For Humanity nos exige tener lista en un tiempo récord.
Algunos inversionistas podrían desanimarse y mover su capital a proyectos de entretenimiento igualmente atrevidos.
Los chinos han prometido lanzar en cuestión de meses la plataforma Doppelgänger Encounter: te clonan por un tiempo predeterminado, pero en una versión mejorada.
Dice que se inspiraron en el Superyó. Otros que mezclan ciencias para crear engendros.
El clon perfeccionado de tu ser, eso sí, tiene fecha de expiración.
Prometen que ese proyecto nos convertirá en mejores seres humanos.
Nos confrontaremos con un espejo hermoso, ¿quién no lo desearía?
No hablan de razas superiores ni de cuerpos editados, conceptos ya obsoletos, por cierto; ponen esmero en que la retórica tenga un halo del viejo humanismo.
Pasaba a ver cómo va nuestra Flor de Colerigde, sonríe McGunn rebosante de ese cinismo que envilece hasta el aire aséptico que compartimos.
Lucas… El Agente Coleridge no ha tenido actividad cerebral registrada, explico, señalando el plasma fotónico donde la línea púrpura se escurre plana, con ondulaciones casi imperceptibles y a las que nos aferramos para seguir haciendo de Lucas un lugar donde espiar.
O mejor, un lugar expiatorio, pues McGunn no le perdonará ni aun muerto ese informe que hizo tambalear la hipermillonaria inversión.
Vos, atenta. En cuanto haya un pico llamamos a la nueva Exploradora. Tiene unas ganas inmensas de pasearse por los secretos ajenos.
No creo que con Lucas se vaya a divertir demasiado. No había mucho trauma en su vida, digo.
McGunn arquea las cejas. Si me dice algo como “toda vida es trauma”, dono la mitad de mi sueldo a los activistas contra los criaderos destinados al zootransplante.
Pero no dice eso; todo lo contrario: Quizás el único trauma que este se llevó a su muerte zombi sea el del terror que sintió cuando le sacaron la mierda.
Me asombra la rapidez con la que McGunn desciende a los cagaderos del lenguaje. Yo lo hago siempre, mentalmente, pero en la conversación científica me reduzco al vocabulario limpio de la neuroingeniería.
Pero, además, prosigue McGunn, de pronto achispado, ¿cómo sabés que este era un tipo llano?
Por los test. Hay cosas que se nos transparentan, aunque los Exploradores no quieran, ¿no ve?
Sí, tenés razón.
Y vos, ¿cómo sabés que sintió terror cuando lo de la paliza?
¿Yo? Ah, porque lo supongo. Imaginate que te arrinconen en un callejón y que de patada a patada te vayan apagando la vida. Cuando te digo que le sacaron la mierda es porque fue así, científicamente hablando. Le reventaron las tripas. Lo encontraron cagado. Pero eso ya vos lo sabés.
McGunn me mira fijo por más de dos segundos, que es lo que un sistema cerebral despierto puede tolerar una mirada en un silencio transicional.