Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 4
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La parte de Mariela

Mar_Hiela. Ese podría ser mi password. Algo sencillo, algo que pueda articular si se me queda olvidado un retazo de cordura cuando todo haya pasado.

No tiene la misma complejidad, acaso ilusoria, de los códigos con que hemos protegido a los zombis flotantes.

Aprendí, después de tanto quemar mis retinas con las luces plateadas de los laboratorios en Japón, que los hackers pueden decodificar más fácilmente la alquimia ahora previsible entre símbolos algebraicos, mayúsculas y números romanos.

Nosotros, pese a todo el conocimiento de la elite seleccionada para llevar adelante este proyecto y al intricado sistema bioinformático, no pudimos defender a uno de nuestros Agentes más prometedores por la calidad multisensorial de sus recuerdos.

Una madrugada McGunn me llamó desesperado: explorando a nivel inframundo un holojuego de culto –a los que él es adicto y por los que paga un dineral–, había visto a un avatar idéntico a uno de los delirios secundarios que el Explorador Lucas Terán reportó en su informe.

Un informe que finalmente nos costó “millones y millones”, como insistía McGunn .

Yo me preguntaba por qué coños no diría directamente “billones” o “trillones”.

Luego fui entendiendo ese vicio de los paralelismos que lo somete, que lo obliga y nos obliga al resto del equipo a llevar dos proyectos simultáneos idénticos, bajo circunstancias casi iguales, para saber si en la réplica se abre la posibilidad de una variable ciega y esta habilita un descubrimiento verdadero.

Lo cuántico como método. ¿O como hallazgo?

Pero los descubrimientos, para ser tales, deben ser inesperados.

Hoy escribo este informe porque no sé si habrá retorno.

Es decir, no sé si volveré, si querré o podré volver después de una exploración clandestina.

Ni siquiera busco algo parecido a la justicia.

Suena terrible, pero no es eso lo que me anima.

Ya está, el mundo es así, neuronas y células.

Lo demás es prescindible. También la carne.

De hecho, una de las cláusulas que los Exploradores aceptan con algo de resistencia es la de la castidad.

Se les explica que las violentas alteraciones hormonales constituyen una variable que todavía no dominamos exhaustivamente y que la plena aceptación de ese aspecto es un punto no negociable.

De modo que… castidad. Nos acercamos como niños seducidos a una lengua religiosa en la que ahora sí comienzo a creer. Gracias a Lucas.

Después de que Lucas quedara “fuera del juego” –como así se refiere McGunn a esa noche definitiva–, se tomó la decisión de abrir otro proyecto con similares variables y con el mismo objetivo: vencer cada uno de los criterios de calidad que la Mental Health for Humanity había impuesto como respuesta al informe devastador del Explorador estrella.

El Explorador estrella era Lucas y ahora estaba “fuera de juego“.

A mí se me designó como supervisora del proyecto Cordero y McGunn mismo asumió el liderazgo del proyecto Regina.

Dividimos a fuego los archivos secretos en las arcas Nous y también los Agentes de los que nos haríamos cargo.

Yo me aseguré de quedarme con Lucas. A diferencia de otras ocasiones, esta vez no nos reuniríamos semanalmente para contrastar observaciones y certezas.

McGunn había quedado curado de espanto y no quería saber más de “hallazgos”.

Solo buscaba una confirmación dura como una piedra, algo arrojadizo que pudiera quebrantar incluso los muros invisibles de una psique.

Y es que trabajamos con residuos de psiques y nos sentimos a gusto hablando en una jerga que el común de la gente hallaría científica, pero que, en realidad, es solo pretenciosa.

Una jerga enfermiza. Hemos alimentado en las arcas Nous un diccionario de términos copiados de todas partes, lo mismo tomamos un concepto de un glosario de psiquiatría que uno de la física cuántica, y hacemos de ese ensamblaje lingüístico el esbozo de una quimera.

La pureza, lo primordial, lo dejamos colgando en el aire tenso de las reuniones cuando ninguna respuesta soluciona una manifestación no controlada .

Todo lo de Lucas es precisamente eso: “una manifestación no controlada”.

El cuerpo de Lucas flota, vacío, en la cápsula denominada Agente Flor de Coleridge .

McGunn aceptó inusualmente que así llamáramos a ese lugar –lejos de las ecuaciones alfa-algebraicas–, en un gesto que catalizaba a partes iguales el rencor y la condescendencia.

De ese modo Lucas había firmado su devastador informe, una declaración que remecía las bases del proyecto a solo un par de semanas de lanzarse al mercado.

No sé qué fue lo que McGunn despreció con más ahínco, si la palabra “Flor”, tan femenina, tan pequeña, o “ Coleridge ”, que seguramente le evocaba una cólera roja, biliar.

Más de una vez reviso de qué se ha tratado esto, no solo para comprender los senderos en los que se metió Lucas, sino para reafirmarme en mi decisión, para no dar marcha atrás.

Cuando McGunn me reclutó y, casi de inmediato, me puso a cargo del entrenamiento de los Exploradores, dudé de su entusiasmo.

Desde muy chica supe que esas chispas de euforia podían desatar incendios fatales.

Sin embargo, terminé aceptando. Era mucho dinero.

Y era, sobre todo, una manera de desapegarme de mí misma, de mi tendencia a pensar demasiado en las historias mutiladas de la niñez.

Trabajar en un proyecto vanguardista que hacía de la psique ajena un lugar de turismo emocional implicaba, además, desmoronar a picota el trono privilegiado y sagrado de la memoria.

Una manera de decirle a mi padre que nada era tan íntimo, tan singular, como para no ser profanado.

Pero papá ya no está. Hace tiempo. Por decisión propia.

¿Quién, de todos modos, puede sobrevivir con el corazón más o menos sano a una cinta en la que unos tipos le hacen comer vidrio molido a tu hija?

Menos mal que ya no está. Tal vez incluso a él, a su cuerpo agonizante, al último fulgor de sus dendritas estranguladas por la falta de oxígeno, lo habríamos usado en esta fase a contrarreloj de la investigación.

Yo misma habría firmado el consentimiento, no sé si con algunos titubeos o sin ninguno, para hacer de los remanentes de su actividad cerebral un lugar , un espacio en el que un viajero pudiera –a través de incontables conexiones de ondas delta– visitar las postales afectivas que su mínima actividad neuronal expusiera como un álbum de familia desquiciado. ¿Lo habría aprovechado? Yo creo que sí.

Como ahora aprovecho la muerte cerebral de Lucas.

Durante mi residencia en Japón, a pesar de acostumbrarme relativamente pronto a la crudeza de los procedimientos con que los científicos arremetían en los misterios del cerebro, me juré que a lo largo de mi carrera como ingeniera en Neurotecnología Aplicada, la ética sería mi estandarte.

Me protegería con el escudo irrefutable de sus postulados.

Nunca haría de las ruinas neuronales de nadie una cámara Gesell para interrogar secretos que debieron morir con su dueño: las fantasías sexuales, los temores y las fobias, la vergüenza…

eran terminales y pulsos en los que no indagaría.

Jamás entraría en las contracciones vaginales de una zombi ni en las ramificaciones nerviosas que supieron erizar sus pezones; jamás haría lo que había visto en los laboratorios japoneses: la inyección desconsiderada de neurotransmisores sintéticos que estimulaban las astillas de esa materia lastimada hasta despertar lo que el mismo organismo, en su plena manifestación, ni siquiera registraba como parte de lo vivido .

Los científicos argumentaban que lo vivido y lo dormido tenían ahora una verdadera oportunidad.

En esa sincronía, esos pedazos de cerebros por fin descubrían lo exponencial de sus posibilidades.

Cantantes de ópera que no llegaron a ser, que no se animaron a desarrollar su talento, porque la imagen de un escenario estaba cargada de afectos inconvenientes, ahora expresaban vibraciones conmovedoras en las cuerdas vocales; macroinversionistas en cibermonedas que solo habían podido despegar en pequeños negocios caseros, ya fuera vendiendo pasteles y postres o leyendo el tarot, de pronto se adelantaban como mensajeros del futuro al comportamiento más sutil de la bolsa de valores; personas que pudieron ser entidades completas, pero que se conformaban con aspectos estriados de su personalidad, con su rol de bufones en la familia, articulaban argumentos en los que destellaba el verbo milagroso de un mesías.

En esa colisión de masas cerebrales, que el experimento de los japoneses facultaba, se desadormecía una ontología compleja, apenas ejercitada.

¿Qué irían a hacer luego con esa experiencia?

No me permitieron saberlo. Terminó mi residencia y regresé a casa. Todavía me esperaba mi padre.