Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 3
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Levanto un poco las vendas sobre mi pecho. Las marcas se ven más graves de lo que son. El médico, tras estabilizarme, comentó que eran de primer grado. Dijo que en un par de días estaré bien.

Me recupero en las instalaciones porque no quieren correr el riesgo de que ocurra alguna nueva complicación y yo no esté aquí.

Lo que Mariela llama “dilemas filosóficos” me asedia más que nunca.

Las exploraciones se vuelven cada vez más ominosas; experiencias atroces, turismo del terror.

No dudo en que habrá interesados, pero a mi entender el objetivo del proyecto era distinto.

Cuando firmé el contrato, no detallaba el tipo de investigación que se realizaría, solo se destacaba lo novedoso, conveniente y preciado de esta tecnología en una realidad cada vez más hostil.

En la breve junta con McGunn y Rivas, el énfasis estuvo en la remuneración: una cantidad que jamás imaginé tener entre mis manos.

Pensándolo bien, es el precio que le pusieron a mi vida.

Y firmé. Firmé igual que los demás Exploradores.

Jamás imaginé que el experimento pudiera llegar a estos límites a pesar de haber leído la letra más pequeña del contrato: el mito de Fausto, el intercambio y la trampa.

Decidí no creer. Ateo por la gracia del dólar.

Para ellos, yo corrompo el proyecto, soy un virus. Repiten que los reportes de los demás son exitosos. Yo desconfío de esas cifras.

Con el tiempo, el cuerpo y la mente reducidos, no sé cuánto más pueda soportar. He estado aislado por completo.

Mariela acaba de venir para anunciar que mañana reanudaré las exploraciones, lo dijo antes de preguntar cómo estaba. Supongo que me vio mejor. Y así debo sentirme.

Agente CXXL25

Termino de bajar unos escalones anchos y llego a un sitio enclaustrado, oscuro y frío. Me estremezco. La ceja izquierda me punza, el pecho también.

Enfrente de una mesa con distintas herramientas, está un hombrecillo encorvado que manipula unas pinzas.

Aquí abajo todo es distinto. Es el único espacio que siento como propio y el único que se salva de la mirada escrutadora de mi madre. Es mi zona segura, dice carraspeando, su voz gélida, aterida por el microclima.

Esa otra puerta de allá da a la cocina, se mantiene siempre cerrada porque en las noches sale un olor espantoso de aquí, de la coladera.

La que uso para entrar es la puerta doble que lleva al jardín, por donde tú acabas de bajar.

Descender los quince escalones me hace recuperar la serenidad. Tose y luego sigue.

Primero me cercioro de que cada elemento esté en su sitio: la bata colgada del lado derecho, los utensilios sobre la mesa; a los lados, y al centro, la pieza en proceso, dice al tiempo que señala lo que nombra.

La mascarilla, los guantes de látex. Los frascos de ácidos y sulfatos, la acetona.

El formol, la lejía y el amoniaco. Si todo está en orden, comienzo a trabajar.

Tengo pocos especímenes aún. En ese congelador están los que esperan volver a la vida. Mi única regla es no matar a ningún animal; trabajo con cadáveres que encuentro en mis caminatas. Lo primero que hallé fue un tlacuache con dos crías, aún estaban tibios. La tos lo interrumpe.

Antes de levantarlos, tomo fotografías, luego hago un ritual breve en el que le agradezco al animal poder trabajar con su cuerpo y honrarlo para devolverlo al mundo de una forma más bella, dice viéndome directamente a los ojos. Me acerco un poco más.

En realidad, el proceso no tiene nada de bello.

Abrir la piel con el bisturí, quitar el tejido adiposo para revelar músculos, vasos sanguíneos y nervios.

Rasgar la carne para separarla finamente.

Quitar el pellejo es desarmar al animal, exponerlo por completo.

Luego se curte la piel para que esta no pierda flexibilidad y se estira.

Después toca extraer las vísceras, que van directo al incinerador. El armatoste es viejo pero funcional aún, ya estaba instalado cuando mis abuelos compraron la casa. Se detiene unos segundos para aclararse la garganta y continuar.

Luego toca separar los músculos del hueso lo mejor posible.

El trabajo lo terminarán los escarabajos.

Me gusta más ese proceso que el de la maceración, siento que es más limpio y que los insectos laboran de forma mucho más delicada y minuciosa.

Ese proceso lleva algunas horas, pero vale la pena dejarlos hacer lo suyo.

Míralos, cientos de escarabajos limpiadores, más voraces en verano que en invierno.

Abre algo parecido a un baúl que está en el piso y miro cientos, quizá miles de esos bichos yendo de un lado a otro en una confusión de cuerpos, patas, cabezas y huesos.

Volver a armar el esqueleto es mi parte favorita: montar la osamenta desarticulada como un rompecabezas que debe quedar unido para retomar su forma inicial.

Los manuales y atlas que he conseguido tienen muchas fotografías sobre esto.

Dependiendo del tamaño de la pieza, puedo usar lo mismo alfileres que varas delgadas de acero.

Para el cuerpo, uso poliuretano moldeable.

Luego coloco la piel evitando que las costuras sean visibles.

Por último, los detalles de las patas y el rostro: lo principal son los ojos.

Respira profundo y se toca la garganta previniendo la tos.

La pieza puede ser perfecta, el pelaje terso y el cuerpo estilizado, pero si los ojos no reflejan la vida encapsulada, la esencia de la pieza, entonces el resto del trabajo ha sido en vano.

Eso no viene en los libros, es algo que aprendí con la práctica.

Lo más importante es encontrar el vidrio esférico que se amolde mejor al cráneo y que respete el patrón del iris real según la especie.

La mirada debe hacer dudar al espectador si lo que ve tiene vida o no, si de un momento a otro el animal atacará o huirá.

Esas dos reacciones posibles, la agresión y el escape, son lo único que siento que puedo hacer frente a mi madre. Por eso evado su presencia, para que no lea en mis ojos lo que siento.

Entonces, ¿cuándo me traerás el cadáver de tu pastor alemán?, pregunta al tiempo que tose y reordena frascos, escalpelos, pinzas, agujas, tijeras.

Este trabajo ha sido una constante de ensayo y error, puedes constatarlo con los primeros especímenes. Aquí está la rata sin dedos, orejas ni bigotes; el petirrojo con la cabeza deforme. He mejorado, pero siempre se pueden perfeccionar las técnicas o aprender nuevas.

En el último atlas que recibí, hay un capítulo sobre el Bar Central, un bar-museo de un tal don Jorge Alomar que está en Mallorca.

Desde hace mucho se publican notas y fotos sobre el sitio, y don Jorge dijo en una entrevista que todo empezó cuando su abuelo, que fue soldado en Filipinas, contó a su regreso que había visto serpientes enormes de dos cabezas, monos miniaturas con ojos enormes y rostros humanos, cocodrilos que devoraban a otros de su propia especie.

Se aclara la garganta. Otros mundos posibles.

Las opciones no tomadas de la naturaleza.

Don Jorge, fascinado con las historias, ya adulto y teniendo un bar, vio la oportunidad cuando un cliente narró que una de sus cabras había parido un adefesio con seis patas que solo vivió unos minutos y al que no querían enterrar en sus tierras porque lo creían una maldición.

Don Jorge compró el espécimen, se lo entregaron en un cubo de metal y lo mandó disecar con el taxidermista del pueblo.

Ese fue su primer atractivo turístico, luego añadió más cadáveres únicos, como si uno llamara a otro: tiene casi un centenar de trofeos de lo raro.

Mira, ven, te lo muestro. El apartado viene con una la lista de los especímenes y sus descripciones. Si yo estuviera disecado ahí, mi ficha sería esta:

Tipo de animal: humano.

Estado de conservación: perfecto.

Dimensiones aproximadas en centímetros

(base incluida): 50 x 25 x 150 cm.

Deformidad: sí.

Descripción de deformidad: dismetría ósea.

A veces imagino que abandono por fin esta catacumba y visito el sitio, viendo al cabrito con tres pares de patas, al cerdo sin hocico, al gato con varios cuerpos unidos, al cordero con un solo ojo o al conejo sin orejas, mientras tomo un cordial.

Desde siempre, a la gente le gusta comer observando un espectáculo, olvidarse de lo que se llevan a la boca siguiendo un movimiento mecánico.

En el bar-museo, envueltos por lo antiguo y el olor de otros siglos, conviven rodeados de muerte y deformidad y son observados, a su vez, por las legendarias criaturas.

Este sótano es mi museo particular. Yo soy el animal contrahecho que solo existe para ser admirado por ti.

Guarda silencio, la tenue luz desaparece y lo único que escucho ahora es vidrio siendo triturado poco a poco, cada vez con más fuerza; el sonido terminante de una mandíbula esforzándose por reducir a polvo el cristal.

*

Náuseas y sudor frío. No vomito porque perdí el apetito desde lo del desfibrilador. Escalofríos.

Quiero ver al Agente. Darle un cuerpo a lo que acabo de ver y escuchar completa su historia.

Me siento y una mano en el hombro me retiene. Es Mariela. Tómatelo con calma, por favor. El monitor arrojó una correcta actividad general a excepción de la temperatura. Has mejorado mucho. ¿Tuviste alguna interacción?, indaga.

Todo el tiempo me habló directamente a mí. No intenté siquiera comunicarme con él porque no me dio oportunidad: soltó un monólogo que parecía tener ensayado desde hace mucho.

Eso es precisamente lo que debiste hacer, no estás en condiciones de jugarte el físico de nuevo.

Este hombre fue encontrado en el sótano de su casa; su madre, muy anciana, logró que alguien bajara luego de días de no saber nada de él.

Lo primero que la alertó fue no escuchar su tos por varias horas.

El hombre murió por inhalación de amoníaco que derivó en edema pulmonar.

La ziprasidona de efecto prolongado que se te administra desde tu última recaída está funcionando muy bien. El proyecto avanza como lo pidió McGunn, añade con más alivio que emoción.

Agente CXXL25

Tiene el premio justo enfrente. El pastor alemán escucha el corazón minúsculo palpitando despacio, la respiración apenas perceptible.

Llega junto a la caja, olfatea un poco más y ahí está la joya emplumada, la promesa de sangre tibia y carne suave.

Los ojos negros del ave están cerrados, confiados en la seguridad del algodón.

En un segundo, la quijada de perro se cierra con fuerza sobre el cuerpo fino.

Un silencio absoluto enmarca la escena: la cabeza del perro dentro de la caja, la muerte suspira.

Las fauces cerradas a canto, esperando que el corazón, cada vez más lento, se detenga para poder soltar el trofeo.

Despierto sobre la cama. Me pongo de pie lo más rápido que mi cuerpo me lo permite. Mis piernas entumidas no me dejan avanzar como yo quiero. La ceja izquierda late.

Primero distingo la silueta del perro, el pelaje recortado contra la pared. Prendo la luz para constatar el asombro. Prendo la luz y no puedo más que agarrarlo con todo el odio entre las manos, arrancarle el trofeo del hocico. Había cuidado de esa ave y su ala rota durante diez días.

En mis manos, la insignificancia emplumada. El cuello quebrado como hoja, el cuerpo inerte. Suave. Trato de enderezarlo, de cubrir los orificios en el pecho. Trato de arreglar lo irreparable. No hay más que hacer.

El desconcierto es más fuerte que el dolor. Quiero entender cómo ese cuerpo vivo ahora no es más que una carcasa, un armazón vacío de todo. Lo devuelvo a la caja, la cierro y la pongo debajo de la cama.

Carraspeo. Escucho mi voz metálica rememorando las últimas lecciones de biología: Gould dice que “los pájaros ostentan colores más brillantes en los países cuyo cielo es siempre puro”; Darwin, que “los gatos blancos y de ojos azules son comúnmente sordos”; Strindberg, que “hay peces que llevan fotografiadas en la gelatina de su dorso las olas del mar”; y Saint-Pierre, que “el girasol mira constantemente al astro del día, y reproduce con fidelidad su núcleo, sus rayos y sus manchas”.

Otro, de mis favoritos, es Bacon y su Novum Organum , en el que asegura que si un odorífero, como el canelero, es expuesto a un ambiente fétido, este, terco, retendrá su aroma para no mezclarlo con la podredumbre.

*

La zozobra me invade; arrastré el duelo entre las manos, lo acuné entre plumas que aún palpo. Sobre mi regazo, tres plumas grises con sangre seca. Esto nunca me había sucedido, volteo sobresaltado para ver a Mariela, pero estoy solo.

Un nexo. Eso representan, un puente, un vínculo con esa otra realidad, con ese mundo ahora tangible.

Ningún otro Explorador mencionó algo parecido jamás.

Mis latidos aumentan, miro en derredor para confirmar alguna otra intrusión, pero no detecto nada fuera de lo común a primera vista. Guardo las plumas en mi bolsillo.

Debo elegir muy bien mis palabras si hablo sobre esto con Mariela.

Me niego a reportar que mis incursiones son perfectas.

Mariela me prohibió usar la palabra transferencia o contamina ción , mas no hay otra forma de referirme a esto que ocurre y que ha llegado hasta mi bolsillo. Mi propia flor de Coleridge.