Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 2
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Vuelvo sonámbulo al departamento.

A estas alturas, el departamento de nadie.

Las sesiones de pruebas duran entre veintiocho y cuarenta y cinco horas. Después de cada sesión, para mantener en orden nuestra fuerza vital y poder supervisarnos, nos obligan a descansar en una habitación preparada para nosotros en el laboratorio.

Nos conectan a los monitores cardíacos, nos administran por infusión continua algunos inhibidores enzimáticos que fueron aumentando en cantidad con el tiempo y nos inducen el sueño, a todos a la vez, para que tengamos el mismo tiempo exacto de descanso y esa no sea una variable a la hora de contemplar efectos adversos.

Últimamente hay semanas en las que regreso a este departamento solo una vez.

De más está decir que por contrato no podemos contarle nada de lo que ocurre en el interior del laboratorio a nadie y es por eso que nuestro estilo de vida en los últimos meses nos obliga a relacionarnos solo entre nosotros, si es que relacionarnos es una forma apropiada para definir el tipo de interacciones robóticas y casi nulas que sostenemos.

Por momentos cortos, la soledad me resulta dolorosamente tangible y se dibuja clara en mi cabeza de esta forma: han pasado cinco días y no registraste en ningún momento la presencia de un otro, o, más simple: no tenes a nadie.

Pero cuando pienso mejor, me doy cuenta de que hace tiempo que estoy acostumbrado a esto.

Hace tiempo conozco esta vida y fui acompañando con naturalidad cierta militancia autista de la vacuidad universal.

Hace tiempo sé que no existe otra orilla, que no hay posibilidad de una isla.

El prójimo no me interesa. El mundo no me interesa. Me da igual.

McGunn y su equipo seleccionaron para este trabajo a sujetos como yo en una búsqueda quirúrgica y obsesiva, sujetos que bordearan o traspasaran, en algunos casos, los límites de la invisibilidad. Parias, pseudohumanos borrados del plano social.

Animales de probeta. Podríamos ser ratas o conejos pero nuestro envase es un cuerpo humano.

Son cadenas de errores que te acorralan a vivir en soledad, crímenes menores o una sucesión de malas decisiones disfrazadas de devenir que te transforman en un ser humano imposible.

Un plátano, medio limón casi sin jugo, dos porrones de Corona, hielo, algo de sal.

Puede que este experimento esté acabando con cierta noción de lo propio, si es que quedaba alguna, el sujeto contamina el lugar, el lugar contamina al sujeto.

¿Es así? ¿Existió esa división en algún momento?

De cualquier forma, no me importa.

Me da igual.

Mcgunn es un hijo de puta.

Me quedo dormido repitiendo un insulto como un mantra.

Somos tres polacos y empuñamos un arma cada uno. Apuntamos a tres oficiales de las SS y a un judío que esa misma tarde era parte de nosotros hasta que lo descubrimos, mientras salíamos con los rifles del enemigo en mano, delatándonos con los oficiales de turno.

Detrás del enorme pabellón, el cielo aún negro y congelado contrasta con lo blanco de la niebla que desciende, atorbellinada: forma tubos de aire gris.

Al polaco más alto le falta un pie, lo que quedó de él parece un muñón recientemente quemado y abierto, las arterias sueltas cuelgan de su pierna, resbalan como intestinos a la intemperie.

No puede durar, pienso.

El polaco rengo está decidido a escapar, se sostiene parado, empuña el arma y grita, maldice.

Las hojas del único árbol que se ve en los alrededores cercanos del predio tiemblan por el viento helado. El polaco rengo dirige fija su mirada hacia mí.

Dice en polaco:

¿Qué mirás, cabrón?

*

Me despierto temblando, la misma sensación: total oscuridad, una especie de caída, vértigo, el reflujo que incendia el esófago y se acumula en la garganta, la náusea, sudor frío, temblores. Cierro la mano en las mandíbulas. Entro a la ducha.

El contraste de mi cuerpo helado con el agua hirviendo me despierta. Todos los días el agua me quema un poco más. Ya no soy tan joven. Ahora, en cualquier momento, podría morir. No pasa nada.

Una niebla imposible ocupa toda la extensión de mi cerebro. Cada vez me pasa más seguido. No pienso. Así debería sentirse estar en coma: un momento de plenitud en el vacío.

Cuando estoy saliendo de la ducha suena la alarma. Hay un auto abajo que me espera para llevarme otra vez al laboratorio.

Khabib va a tener que ausentarse hasta que terminemos esta fase de pruebas, los supervisores determinaron que necesita un descanso, es lo mejor para que podamos lanzar a tiempo, dice Rivas, la mano derecha de McGunn.

Es un hombre muy alto, con cuello ancho y una nariz de animal viejo que el noventa por ciento del tiempo está transpirada. Termina de pronunciar la palabra tiempo y se retira, sin esperar respuesta.

Intento hacer conexión visual con Mariela pero esquiva mi mirada.

Mariela es una de esas fotos en mi celular, Mariela evoca una vida en la que la textura del mundo me parecía menos improcedente.

Ahora veo que tiene un tic cuando intenta ocultar que está asustada: su ceño se frunce con espasmos cortos y forma un triángulo confuso, seguramente suavizado por unas cuantas inyecciones de bótox.

Cuando me doy vuelta, Xul está observándome aterrada. Es la primera vez que me mira, es la primera vez que nos miramos.

Bajo la vista.

El perro que uno de los supervisores trajo —para hacer más cálidos y humanos los días del equipo de trabajo—, da vueltas en círculos y muerde rabioso el aire. Es un pastor alemán. Le pasa algo en el ojo.

Atino a gritar:

¡Dr. Rivas!

Pero antes incluso de terminar de pronunciar su nombre, Mariela se acerca decidida, clava sus uñas en mi brazo izquierdo y me dice al oído

¿Qué hacés, ridículo? ¿A qué te crees que estás jugando?

Decido callar.

Cada uno de los Exploradores nos vamos a nuestra camilla de conexión.

Hoy vamos a probar una nueva droga, dice uno de los supervisores. No crean que no los escuchamos, estamos justamente en una fase de prueba, para esto estamos acá, para corregir.

Mariela da la orden, me inyectan un líquido grisáceo y violeta en el cuello.

Un apagón.

Agente CXXL12

Creo entender que llegó el momento del escape porque los tres, coreográficamente, en cuatro negras, apretamos el gatillo, el más narigón dos veces: matando al judío buchón y a uno de los oficiales.

Los tiros retumban y hacen ecos en el témpano de hielo que es esa pequeña ciudad científicamente organizada y en vías de destrucción.

Mi vista se dirige otra vez al único árbol del predio.

Sus hojas siguen temblando por el viento.

Nuestras manos congeladas, que empuñan las armas, no tiemblan.

Corremos hacia la falsa estación.

Vemos salir, del pabellón central, a quince alemanes en calzoncillos largos blancos con fusiles. Tiran todos juntos y tres balas alcanzan al rengo que muere en el acto. Nosotros estamos ya muy lejos y nos perdemos en la oscuridad.

Ahora soy el polaco rengo.

Mientras agonizo escucho a los oficiales, se gritan cosas en alemán. Intentan tirar una vez más, al vacío. No atinan a correr. Hace frío y hay mucha niebla. El comandante no está, los trenes llegan cada vez más esporádicamente y lo que no se escapa, se congela.

Digo:

¿Por qué sé todo esto?

Los quince en calzoncillos ven en el piso a los primeros muertos del día que todavía no empezó, despiertan a algunos de los esclavos que quedan —todavía son muchos— y ellos llevan a la montaña de muertos del día anterior al judío buchón, a los tres oficiales y a mí.

Somos más de trescientos. Los cuerpos frescos chocamos contra una pared de cuerpos tiesos. Los golpes helados retumban como tiros.

Ahora soy el narigón y corro por la colina.

Estoy solo, mi compañero corrió para la izquierda, yo para la derecha.

Hace más de media hora que estoy corriendo a velocidad constante en subida. La falta de calzado apropiado, la desesperación y la neblina hacen que corra como si estuviera ciego.

Tropiezo, caigo al suelo de pasto escarchado varias veces y, cada vez más mojado, me levanto y sigo subiendo.

Hay una parte de mí que sabe que esto no tiene sentido, en cualquier momento despierto y podría evitarme todo este sufrimiento. Podría quedarme tirado en el suelo y experimentar el congelamiento.

Me miro las manos, la cicatriz sigue ahí: podría tirarme al suelo ahora y despertarme con las pupilas dilatadas, el vómito a punto de salir disparado, Mariela y los otros supervisores mirándome desde arriba tiesos a ver si ya morí. Pero la historia me obliga a seguir.

Ya no soy yo quien dirige mis movimientos.

Tropiezo de nuevo.

Esta vez caigo encima de una piedra con una punta filosa que me hace un tajo a pocos centímetros del ojo izquierdo.

Me incorporo con la mejilla cubierta de sangre.

Corro unos pocos metros más y veo a mi derecha, cercado por alambres de púa, un cubículo en el que todavía duermen los animales del jardín zoológico de los comandantes. Aún no termina de amanecer.

Me detengo.

Detrás del cerco, separados en ínfimos cubículos enrejados, zorros, jabalíes, aves y otras bestias capturadas en los bosques cercanos.

Cruzo el alambrado y me siento en un banco en el medio del jardín. Levanto un puñado de escarcha y me lo paso por la herida de la mejilla. Cierro los ojos unos minutos, saco el arma del bolsillo mientras me incorporo.

Intento llevármela a la boca.

Hay una fuerza extraña que no me deja apretar el gatillo y en cambio me obliga a caminar con pasos imperceptibles y me acuclilla lentamente a pocos centímetros del único bisonte europeo del jardín.

La bestia paquidérmica y preferida de los comandantes abre los ojos con extrema lentitud y yo, ya con el arma en su yugular, disparo. La bala se introduce en el carnoso cuello del animal con la total suavidad de lo inevitable.

En pocos segundos la escarcha acumulada alrededor de su cuerpo muerto se derrite al tiempo que se tiñe de rojo.

Qué estúpido este tipo. Bien podría haber matado a un animal más chico y acorde a su tamaño para poder despellejarlo rápidamente, cargar su carne y seguir corriendo hasta llegar a la aldea de Treblinka, pienso.

Me sorprendo a mí mismo abriendo al bisonte al medio, vaciando todo su contenido y comiendo carne cruda, todavía tibia, hasta que las arcadas me obligan a parar. Siento sus intestinos resbaladizos entre mis dedos. A la intemperie. La pierna.

Digo, y escucho mi voz metálica saliendo de su cuerpo:

Aquí es donde llega el final y me despierto.

Pero el narigón, o sea yo, mi lugar momentáneo, ahora mi cárcel, me sorprende de nuevo cuando toma la decisión —¿acaso motivada por el frío y la escasa ropa, o por la mera locura?— de meterme dentro del enorme envoltorio del animal y esperar a que salga el sol.

El arma en la mano, la agarro con fuerza, solo quedan tres balas. Mamífero húmedo, soy un feto en su útero. Tibio.

Me quedo dormido.

*

Mientras desconectan los cables, la misma sensación: total oscuridad, una especie de caída, vértigo, el reflujo que incendia el esófago y se acumula en la garganta, la náusea, sudor frío, temblores. Vomito un líquido violeta por varios minutos.

Digo:

Supongo que murió congelado. Nunca había entrado a él. Parecía algo así como un lugar colectivo. Esto es nuevo. Fui cada uno de ellos. Anoche los soñé.

Me invade una furia desconocida.

Grito:

¿Qué mierda me están dando?

Mariela está de espaldas y en cuclillas. Parece que no me escucha.

¿Qué mierda me están dando? ¿Qué mierda están haciendo con nosotros?

Sigue sin responder. Me acerco. Me sorprendo de mi propia iniciativa violenta.

La agarro de los hombros con fuerza y mientras la estoy dando vuelta con rabia pienso esto podría costarme el trabajo .

Cuando levanta la cabeza y me mira, no la reconozco, la frente enorme, los ojos negros, las pupilas dilatadas, los dientes ensangrentados y la boca rota, los labios y las mejillas cortadas por vidrio molido.

Después me despiertan los choques del desfibrilador.