Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 1 #3
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Marcas en el asfalto, ropa de mujer regada por los costados de la carretera.

Los mismos árboles y la misma brisa meciendo las hojas sin que oiga ningún sonido.

Me acerco a los restos del Mercedes y encuentro a la niña que come vidrio molido.

Me agacho y le toco el pelo. Apoyo la espalda contra la puerta del auto.

El sol aparece detrás de las copas de los árboles.

El mismo silencio de otras veces, parece brotar de esa mancha anaranjada a lo lejos.

Así debe ser el espacio exterior, esta es la clase de silencio que experimentan los astronautas.

Hay un cambio en la configuración del emplazamiento y aparezco en el asiento trasero del Mercedes.

La niña, con la misma camiseta de adulto que le va grande de siempre, ocupa el lugar del copiloto.

Maneja un hombre de mediana edad. El Agente.

Es él. Busco su rostro en el retrovisor pero no consigo verlo.

Bajá la velocidad, intento decir, pero la voz no sale de mi boca. Persiste esa ausencia tan honda de sonidos.

Yo no existo para ellos.

Lugares.

La niña saca medio cuerpo por la ventanilla y extiende los brazos. El viento hace un desastre con su pelo.

No van a sobrevivir a la curva, quiero decir, pero no consigo exteriorizar la voz.

Toco el hombro del chofer segundos antes de que choquemos contra el Jaguar.

*

Mariela revisa mis pupilas, siguen dilatadas desde la última incursión.

Murió en un accidente de tráfico, dice. Pero te lo aseguro, no había ninguna niña con él. Podés revisar la historia clínica. Viajaba solo. Su esposa fue la que firmó los papeles para que podamos hacernos con el cuerpo.

¿Y la niña? ¿Al menos tienen una hija?

No, dice Mariela, y apaga la luz de la linterna con que me iluminaba los ojos.

Dice: Era una pareja sin hijos. Vas a tomar dos de estas pastillas y tus pupilas van a volver a la normalidad.

Miro mis manos, el contorno de mis venas. Las toco. Tienen la misma configuración que cuando hago las exploraciones. Fue lo primero que me sorprendió, la réplica exacta de mi cuerpo.

¿Por qué aparece?, digo. Es muy real. ¿Cómo explicás que sea la única presencia humana?

Ya hemos tenido esta conversación, dice Mariela.

Lo que quedó del cerebro produce ese escenario, es un ecosistema, no una personalidad, no se trata de recuerdos.

Eso es lo que vendemos. Lo único que nos tiene que preocupar es disminuir los efectos traumáticos en la desconexión.

Ese es nuestro trabajo. Las preguntas filosóficas son irrelevantes.

Mariela está asustada, asume la postura de McGunn pero hay algo que no termina de convencerla. Quizás piensa en todo el dinero que tendrá para investigación una vez que esto acabe. Quizás sea lo único que le impide hacerse las preguntas que yo y otros nos hacemos.

Descansá, dice. Tenes una hora antes de la siguiente exploración.

Agente CXXL8

Una fiesta en un salón que es una réplica de un castillo francés del siglo XVIII.

Están disfrazados de acuerdo a la época y se amontonan alrededor de algo que no consigo divisar.

Gritan, levantan los brazos. Reina la algarabía.

La música suena baja, proviene de otra habitación.

Cuando me abro campo, veo que un hombre sin disfraz, con el uniforme de un soldado del siglo XXI, muele a patadas a una mujer desnuda que se retuerce con cada golpe.

Lleva una peluca azul. Él hace una venia y los disfrazados ríen, lo alientan a que continúe.

Ella trata de escabullirse pero la agarra de los pelos, la peluca queda arrojada al suelo, y la arrastra de vuelta al centro del círculo formado por todos esos curiosos.

Se desabrocha el pantalón, saca la verga y le orina sobre el rostro.

Otras mujeres, disfrazadas de duquesas con máscaras de pájaros, ríen a carcajadas.

Cuando acaba, el soldado me mira.

En la mesa hay vidrio molido, dice. Andá a traerlo. Vamos a hacerla comer.

*

Tras leer mi informe, Mariela intenta convencerme de que se trata de una transferencia, de que yo fui el que contaminó el lugar.

Vamos a probar una nueva droga que inhibe…

No, digo. Acá hay algo más.

Estamos en su oficina. Ya es de noche y todo el personal abandonó las instalaciones.

Se dio una transmigración, digo. Esa mujer a la que el soldado golpeaba era la niña que aparece en el Agente CXXL1. Hay una conexión que no sabemos descifrar.

No estás siendo racional. ¿Qué conexión puede darse? Es pura paranoia. Lo podemos solucionar si te aplicamos esa droga que…

Vos no estás ahí. Vos no entrás en ellos.

¿Estás escuchando lo que decís? Es tu cerebro el culpable, dice Mariela. Es un problema que se soluciona regulando tu bioquímica.

Sostengo una pequeña estatuilla de un oso polar que colocó al lado de una foto de su padre en la que se lo ve pescando encima de una lancha con motor. El escultor reprodujo con lujo de detalles la dentadura de la bestia, los labios, las garras, los ojos.

¿Qué mierda está pasando?, digo.

Nada que no podamos solucionar.

Era la niña convertida en una mujer, digo. Era la niña que aparece en el otro Agente.

Ni se te ocurra proponer eso a McGunn. Te va a considerar psicótico y te va a sacar del programa.

¿Qué le pasó a CXXL8 ?

Era una mujer de 32 años que cayó del balcón de su departamento. El portero llamó a la ambulancia.

¿Suicidio?

Es probable.

¿Qué tiene que ver esa escena tan brutal con esa mujer?, digo.

Química cerebral. Lo que ofrecemos es una nueva fauna y flora. No un alma, no una personalidad.