1 #2
Dice: La actividad cerebral está reducida al mínimo, es por eso que podemos experimentar con ellos, entrar en ese residuo de información.
Habló, digo. Me pidió que lo dejara solo.
De ellos lo único que queda es un paisaje mental, dice. Nada más.
Tenemos que reducir los efectos colaterales al mínimo, dice McGunn unas horas más tarde en la sala de reunión. Mariela me hizo jurarle que no pondría en mi informe la voz que escuché, fue enfática al señalar los problemas que me ocasionaría.
Nos quedan tres meses, sigue McGunn. No podemos lanzar al mercado el proyecto si la gente despierta aterrada y con vómitos.
Xul, una Exploradora, dice: No lo vamos a conseguir. Tienen que darnos al menos seis meses más.
McGunn golpea la mesa con un puño y mira con rabia a la Exploradora, casi diría que con desprecio. Se hace un silencio intimidante.
Es un contrato que no se puede ampliar. No solo tu culo está en juego, el de todos nosotros también, dice.
Y tras una breve pausa, agrega sin mirarla, sin mirarnos a ninguno: ¿Tienen idea de cuánto está en juego?
Si alguna compañía que invierte en tecnología biológica se entera de lo que tenemos y nos roba el proyecto, nos jodimos.
Hablamos de millones y millones. Lo que se ha invertido hasta el momento supera cualquier cifra que puedan imaginar.
Ahora desperté con sangre saliendo de la nariz. No está listo, dice Xul.
Vamos a duplicar las horas de ser necesario, dice McGunn. No me importa si sus cuerpos estallan, ustedes sabían muy bien a lo que se metían. Les estamos pagando un dineral. Todas nuestras carreras están en juego.
Hace otra pausa para tomar aire. Las venas del cuello brotan cuando se enoja, parecen las ramas de un árbol que se expande por debajo de su piel hasta llegar a la tráquea.
¿Es tan difícil entender el panorama?, dice. ¿Acaso soy el único que lo ve claro?
Yo escuché una radio de hace setenta años, dice Khabib. Sucedió cuando no estaba conectado al Agente. Lo escribí en mi reporte y a nadie pareció importarle, lo asumieron como si se tratara de una pequeña anomalía.
En este estado la experiencia puede provocar un pequeño brote psicótico, dice una de las científicas. No es nada que deba preocuparnos, lo controlamos con las drogas adecuadas.
Le doy la razón a Xul, dice Khabib. No estamos listos, es un riesgo demasiado alto si salimos al mercado en estas condiciones.
Tres meses, dice McGunn, y da por concluida la reunión al ponerse de pie y abandonar la sala.
Ocupamos un sitio en la barra en un bar que queda en la parte vieja de la ciudad. Las mesas están llenas. Hablamos en susurros, temerosos de que nos escuchen. Bebo whisky, ella vodka.
Khabib estaba desayunando cuando oyó esa cosa, digo. Era su día libre y escuchó a una mujer cantando. Y cuando acabó, la voz de un hombre publicitando una marca de jabones.
Sabíamos que esos brotes se podían dar, dice Mariela.
Esa marca de jabón dejó de producirse hace setenta años. ¿Cómo pudo haber inventado algo semejante?
Mariela se pasa una mano por la nuca. Suspira: fastidio y cansancio y miedo.
Dice: Fue un brote que ya se controló. No ha vuelto sintonizar esa puta estación de radio en las últimas cuarenta y ocho horas.
Es normal que sucedan estas cosas en la fase en la que nos encontramos.
Lo único que tenemos que hacer es descubrir qué lo produce y buscar la droga que contrarreste el efecto.
Ward, digo.
¿Qué cosa?
Esa era la marca. Una empresa irlandesa que quebró en los años 60. Ni siquiera tuvo una distribución fuera de ese país.
Bebo whisky y miro a la gente que da vueltas por el bar.
Ya lo controlamos, no le des más vuelta, dice Mariela.
Eso es lo que hacemos. En eso consiste tu trabajo, el de Khabib, el de Xul, el de todos los demás.
Si no pasaran estas cosas, si no hubiera este tiempo de experimentación, los clientes se encargarían de realizar el trabajo por el que a vos te pagan todo ese dinero.
¿Por qué alguien pagaría por esto?, digo. ¿No te parece mal?
Sabías en qué consistía el trabajo cuando firmaste. ¿Por qué a estas alturas andas con dilemas filosóficos?
Mira a izquierda y a derecha. El cantinero revisa su celular, habla con un gordo de unas apuestas en el hipódromo. Un borracho coquetea con una mesera que evita mirarlo a los ojos. Dos jóvenes juegan a los dardos, los insultos que emiten cuando fallan se escuchan sobre la música.
Más calmada, Mariela dice: Hay gente que tiene dinero en cantidades que ni vos ni yo podríamos siquiera imaginar.
Y ya viajó a todos los países exóticos del mundo, India o Bolivia, y ya se dio una vueltita en el transbordador y vio la Tierra como una puta burbuja azul e insignificante, y se sintió vacía allí tan en lo alto.
Y porque en lo que estamos trabajando es un nuevo lugar a donde ir, quizás el último que le quede a la especie.
…
¿Querés más razones? Porque es algo nuevo y la gente tiene una tendencia aberrante a poseerlo hasta que lo vuelve viejo y lo desecha.
Sostengo una de sus manos y ella la retira, nerviosa.
No, dice. No deberíamos ni arriesgarnos a estar acá, en público. Si alguien de la compañía nos ve, nos jodimos. Eso está en el puto contrato.
Cuando todo esto acabe, cuando ya no tengamos nada que ver con la compañía, vámonos a alguna parte.
Sonríe, todo cinismo, y dice:
¿Dónde? ¿A Cancún?
No sé. ¿Por qué no?
Acaba el vodka.
Eso sucedió hace mucho, dice.
Recoge su mochila y se marcha.
Agente CXXL1